EL PEREGRINO SECRETO

Marcos Aguinis, como en su momento Uri Avnery, el tanquista pacifista, imaginó -una vez -la posibilidad de un acuerdo entre israelies y palestinos que, inevitablemente, se referíría a la metáfora de la desunión italiana plasmada inmortalmente por Shakespeare. Eso que llaman amor o algo parecido, en fin, Romeo y Julieta.

Veinte año mas tarde, el autor, de vuelta de sus esperanzas amorosas entrecruzadas, metáfora de una paz cada vez mas esencial y -a la vez- imposible, acusa al cinismo y a la manipulación como elementos cardinales de la escalada sin remedio, en la región medioriental. Sus argumentos tiene peso pero Arafat no es Sadat y la inlazabilidad de una paz -la de Camp David, la unica funcionante en verdad-, no parece posible que se traslade a los territorios. Pese a ello, desde sus trincheras intelectuales, el peregrinaje secreto de Aguinis se pone al trabajo.

GUERRA, CINISMO Y PREJUICIO

por Marcos Aguinis


Hace semanas que me refreno para no emitir opinión sobre tan delicado tema. Pero no puedo callar más. Desde que publiqué hace tres décadas la novela Refugiados, crónica de un palestino, apoyo con firmeza los derechos del pueblo palestino y la firma de una paz justa y estable para todo el Medio Oriente. La ecuanimidad que me esforcé por mantener en esa obra produjo el malestar y las críticas de ambos bandos. Parecía una utopía delirante que una israelí y un árabe palestino llegaran a amarse, y que ambos pueblos lograsen convivir armoniosamente. Fui coherente con esa postura, y años después hice público mi rechazo a la guerra del Líbano, que generó el enojo de la embajada de Israel en nuestro país.

Tengo, pues, credenciales para ser crudo en lo que voy decir.

Génesis del actual enfrentamiento

La reciente versión del peligroso conflicto mesoriental no ha estallado en forma espontánea. Ninguna guerra empieza sin previa incubación. Hagámonos entonces las incómodas preguntas. ¿Es el gobierno de Ehud Barak, más paloma que el del mismo asesinado Itzhak Rabín, quien ha elegido la confrontación? Hacía pocos meses que había reintegrado al Líbano hasta su último centímetro de tierra, pese a que nada se le concedió a cambio. Su osada generosidad para con los palestinos en Camp David dejó atónita a la mayoría israelí y cosechó el reproche de casi todo el espectro político, incluso de Lea Rabín, viuda del recordado premier. Barak, el hombre que casi logró una paz definitiva, ¿es quien anhelaba desencadenar las hostilidades y provocar una espiral de odio? Recordemos lo que trascendió de Camp David: propuso compartir la soberanía de Jerusalén, pero Arafat dijo no. Entonces ofreció que el Monte del Templo quedase bajo jurisdicción del Consejo de Seguridad de la UN, y Arafat también dijo no.

Llegó incluso a conceder una nueva partición de Jerusalén -tabú para los israelíes- entregándole los barrios árabes de la parte oriental. Otro rechazo.

Hemos visto la diferente actitud de ambos líderes cuando regresaron de la frustrada reunión. Han sido notables las imágenes trasmitidas por TV. Barak aterrizó triste y abrumado porque sus concesiones, sin precedentes, no habían conseguido la deseada paz. El presidente de la Autoridad Palestina, en cambio, fue ovacionado como un héroe por haberla abortado. Ahí empezó el nuevo y lúgubre capítulo.

Dicen que la visita realizada el 28 de septiembre por el general Arié Sharon al Monte del Templo fue el detonante. ¿No pudo haber servido de detonante otro hecho cualquiera? Porque si bien Sharon es odiado por los palestinos, ¿se justificaba la magnitud de las agresiones que se extendieron como el fuego, orquestadamente, por todos los sitios donde era posible apedrear a un israelí? No olvidemos que los ataques no se produjeron sólo contra militares, sino también contra quienes estaban rezando junto al Muro de los Lamentos.

Es verdad que los musulmanes consideran al Monte del Templo su tercer lugar sagrado, pero resulta que es, para los judíos, no el tercero, sino el único y más sagrado lugar del mundo, que veneran con hipersensibilidad desde hace por los menos tres mil años. Reconozco que Sharon es un halcón odiado por los árabes y rechazado por la mayoría de Israel, pero sólo lidera una fracción de 19 diputados sobre 120. De ninguna manera se justificaba el desenfreno que malogró el arduo esfuerzo de siete años.

Con horror nos enteramos de que el predicador de la mezquita de Al Aksa, en lugar de pedir serenidad, llamase a "erradicar los judíos de Palestina". Y "Palestina", para la dirigencia y el imaginario árabe, no es sólo la franja de Gaza y Cisjordania, sino, principalmente, todo Israel. Hubo manifestantes que reclamaron, además de Jerusalén, a Haifa y Iafo-Tel Aviv.

A renglón seguido la televisión oficial palestina empezó a emitir documentos sobre la Intifada de 1987, donde se exaltaba el modelo heroico de jóvenes y niños apedreando a los israelíes. La radio palestina inició la trasmisión de canciones patrióticas de guerra. Es decir, sobre un terreno explosivo se arrojó más pólvora. Como si esto no alcanzase, el gobierno de Arafat ordenó cerrar las escuelas y declaró una huelga general que tuvo como efecto la proyección hacia las calles de miles de jóvenes y niños. ¿Esta actitud correspondía con quien anhelaba una solución negociada? Si pretendió un "levantamiento controlado" para conseguir más concesiones de Israel, cometió un error imperdonable.

El presidente del parlamento israelí, Abraham Burg, al borde de la lágrimas, exclamó en esos días: ¿"Acaso entendemos lo que está pasando? Después de ceder en casi todas las demandas, siguen las demandas".

Durante siete años la Autoridad Palestina constituyó una fuerza de 40.000 hombres armados, incluso con asistencia israelí. Pero no se ocupó de frenar la propaganda antijudía ni en los medios -que controla- ni en los libros de texto escolares. Por un lado dialogaba con los israelíes y por el otro cultivaba el odio. La famosa jihad (guerra santa) nunca fue dejada de lado.

Comprendo que haya frustración palestina. El proceso de paz no brindó a ese pueblo, aún, el bienestar que necesita. También reconozco que Israel tiene parte de culpa, tanto por acción como por omisión. ¡Pero no seamos cínicos!: parte de la culpa, no toda. Hablar de que los palestinos sufren bajo la opresión israelí confunde, porque el 90% ya está gobernado por la Autoridad Palestina. También confunde decir que la Intifada reclama territorios, porque Barak ofreció reintegrárselos apenas se firmase la paz; además, prometió en Camp David el reconocimiento pleno al primer Estado palestino que registrará la historia.

¿Qué pasó, entonces? la misma pregunta se formulan, desesperados, millones de israelíes que venían luchando en el frente interno para llegar a la paz con sus vecinos.

EL CINISMO

Yaser Arafat volvió al camino que mejor conoce: la violencia. La misma que aplicó durante décadas contra ómnibus escolares, aeropuertos, secuestros de aviones, atentados urbanos y hasta asesinato de atletas en las olimpíadas de Munich. Ahora es nuevamente un héroe, mimado por la dirigencia árabe. Tuvo el talento de aprovechar la televisión para conseguir una lástima universal. El malestar que había producido su intransigente negativa a los ofrecimientos de Barak fueron revertidos cuando logró convencer al mundo de que su gente era víctima de la congénita maldad israelí. La muerte de niños y mujeres es más efectiva para causar indignación, y por eso no hay órdenes para impedir que se introduzcan en las zonas de riesgo, mientras los adultos predican en la retaguardia. Nadie de la Autoridad Palestina ha expresado una sola palabra o realizado un solo acto para detener la emoción violenta que sólo logrará aumentar el número de víctimas. Los resultados, hasta ahora, le favorecen.

En sus cálculos no importa si mueren cien o diez mil. Ha podido establecer un criterio simplificador y maniqueísta mediante el cual sólo aparecen como víctimas los palestinos y sólo como criminales los israelíes.

¿Esto es bueno para los intereses del pueblo palestino?

¡Qué va! Es pésimo. Sólo es bueno para las ilusiones irresponsables de Arafat y una masa demagógicamente manipulada. El mismo criterio de guerra a ultranza fue aplicado hace cincuenta y tres años, cuando los árabes se opusieron a la partición de Palestina en un Estado judío y un Estado árabe que debían convivir en paz. Su belicosa obstinación, estimulada por el sueño reiterado de "arrojar los judíos al mar", desembocó en la tragedia que vino después y reina hasta el presente.

Quienes rechazamos el odio y el fanatismo, y consideramos que no existe una opción más noble que la paz, debemos abrir los ojos ante el cinismo con el que se manejan estas cosas, sea en Ruanda, Bosnia o Medio Oriente. Cuando Rabín y Arafat se dieron la mano, en 1993, la esperanza era de que los niños de ambos pueblos podrían jugar juntos, estudiar juntos, reír juntos. Que terminaba una pesadilla; que los traumas sufridos por ambas partes serían superados. Que Israel tendría seguridad y los sufridos palestinos un Estado soberano y floreciente. Que empezaba "un nuevo Medio Oriente", como vaticinó Shimon Peres.

Hace ya décadas que en Israel se han constituido movimientos impresionantes por la paz. Israel ha devuelto tierras que triplicaban su tamaño para conseguirla. La continuación del proceso de paz hubiera encontrado una solución para las pocas diferencias que quedaban. Los israelíes y los árabes están condenados a ser vecinos. A cooperar y respetarse.

Pero no siempre se los ayuda a mantener la racionalidad. Debemos expresar nuestro desencanto ante muchos medios de comunicación y las mayorías automáticas de los organismos internacionales, debido a suparcialidad y su prejuicio. Más aún: corresponde denunciarlos como saboteadores de la pacificación. En lugar de desalentar la violencia elegida por la dirigencia palestina, la estimulan mediante la condena sistemática de Israel, y sólo de Israel, haga lo que haga, o ceda lo que ceda. Ayudan a instalar en el imaginario colectivo la idea de que un cese de la beligerancia equivaldrá a una humillante rendición ante el demonio. La paz no será gloria, sino derrota. ¿No es atroz? Para cierta dirigencia árabe, esta vez la violencia no debería cesar hasta conseguir los objetivos supremos: una Jerusalén sin judíos y un Medio Oriente sin Israel. Por eso no harán nada para detener el camino del martirio y el acoso permanente, que predican a sus jóvenes. Hay tanto miedo a la suba del petróleo que nadie, ni siquiera la administración norteamericana, se atreve a señalar honestamente quien de verdad sabotea la solución negociada.

Como cierre, ilustraré hasta dónde los medios, infectados de prejuicio, distorsionan los hechos. Nada menos que el New York Times publicó una foto, que también apareció en este diario, mostrando a un soldado israelí con bastón en mano, aullando sobre la cabeza sangrante de un palestino. Si alguien sangra, es palestino, obviamente; si golpea, es israelí. Bien: días después ese diario tuvo que retractarse porque insistentes denuncias probaban que el herido era el judío Tuvia Grossman, quien había sido brutalmente apedreado por palestinos; el soldado israelí le estaba salvando la vida al ahuyentar a los agresores...

Cuando publiqué Refugiados, crónica de un palestino, no imaginaba que lo que allí proponía iba estar a un suspiro de lograrse. Aún puede lograrse; no perdamos la esperanza. Pero para ello es preciso desalentar a quienes sueñan con las soluciones basadas en la violencia, sea con piedras, fusiles, bombas, puñales o la prédica del odio. Allí y en cualquier otra parte. Los argentinos, modestamente, tenemos algo de experiencia en el asunto

volver