En los últimos años cinco o seis versiones de la memorias del almirante, han circulado por algunas editoriales y -a veces- se las ha vinculado a ciertos periodistas que, de una forma u otra, habrían accedido a ellas. Mientras tanto, los conocedores del personaje eran -esencialmente- escepticos. Intuian que aquellas pregonadas memorias circulantes eran lo que los marchands de arte llaman en jerga un "falso".

Ocurre que el hombre estaba limitado en sus movimientos pero no en su actividad y siendo, esencialmente, un hombre de acción, las memorias o el esbozo de las mismas, si es que realmente existían, tenían algo de lapidario, de definitivo, que no encajaban en cierto modo, con un cerebro calibrado para la política factual.

En síntesis, para la actualidad, con todos sus vericuetos, enredos cotidianos y herméticos bizantinismos.

Este documento que ofrecemos, en los albores felices del estado de bienestar hacia el cual nos dirijimos de forma tan maravillosamente exultante, es lo mas parecido a las antimemorias del almirante de lo que podría pensarse o concebirse y si bien el estilo, un poco trabajado, algo laborioso, recuerda un poco a MacArthur -el soldado que apostó a volver- mas que al septuagenario De Gaulle, retirado y corregido, infinitamente, por Malraux, la trama traspira, por momentos, una cierta verosimilitud que nos hace ofrecerlo como una koestleriana flecha en el azul que busca afanosamente su objetivo.

Como es de rigor en estos casos cuando realidad y ficción se entremezclan, deberíamos agregar-con beneficio de inventario- que cualquier parecido con la realidad es una simple coincidencia. Salvadas las precauciones legales queda entonces por preguntarse, es que alguien realmente lo cree?

Buena y amable lectura, entonces...
LAS ANTIMEMORIAS DEL ALMIRANTE

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Dejé que transcurriera mucho tiempo antes de decidirme a poner punto final a este libro. No exagero. Pasaron años desde que empecé a esbozar los primeros trazos en manuscritos que, debo reconocer, estaban quizás demasiado influenciados por el agravio y la iniquidad de una cárcel entre cuyas paredes me confinara la trapacería de un individuo a quien el propio gobierno del cual formé parte había ataviado con la toga de juez. O. S, que de él se trataba,me acosaba cumpliendo el mandato de mis enconados enemigos políticos con la complicidad, para qué negarlo, de alguno que otro miserable traidor. Y continué escribiéndolo en la prisión de Magdalena, adonde me recluyó el discurso hipócrita de la era alfonsinista que puso en vigencia la desmemoria colectiva, vergonzante, de un gran sector de la clase dirigente.

Quizás por ese motivo -porque pensé que cada palabra, cada párrafo, podía trasuntar una innecesaria carga de resentimiento y no ser la cabal -expresión de mis ideas y de -mis razones- decidí esperar. No fue suficiente el estímulo y el deseo de mis familiares y amigos de que lo completara imediatamente después de quedar en libertad. Preferí armarme de paciencia, corregirlo, despojarlo de rencores, enriquecerlo con el recuerdo de anécdotas y, sobre todo, incorporarle la mayor cantidad de datos que puedan servir para refrescar la memoria de protagonistas y testigos de mi época. No tengo interés por denostar a nadie. Lo que quiero es ofrecer a todos los argentinos nuevas informaciones acerca de la verdad; en especial a los jóvenes que hasta hoy han escuchado el tañido de una sola campana.

Confío en que la espera no haya sido en vano y que éste libro sirva para alcanzar un objetivo personal y cultural que me he impuesto: que se sepa la historia verdadera.

Yo soy un convencido de que la historia no se desarrolla en una línea recta trazada por la racionalidad. Por el contrario, avanza de manera tal que no permite pronosticar el curso que va a seguir, como si estuviera internada en un laberinto donde los hechos se suceden sin graduación de tiempo ni de dinamismo. El sentido común me lleva a aceptar que hay dos significados de la palabra historia: uno, referido a la enumeración de los hechos sucedidos; otro, al relato de esos acontecimientos. En el primer caso aspiro a lograr hacer una reseña prolija, objetiva, ordenada y lo más aséptica posible. En el segundo, considero que el tiempo transcurrido contribuyó a darme una mayor y mejor perspectiva para examinar el pasado y así poder volcar en estas páginas mi propia versión de los hechos.

También creo que hay una parte de la historia que tiene forma circular. Recuerdo que en alguna de las conversaciones que mantuve con Perón [1] le confesé que durante su segunda presidencia, siendo yo teniente de navío, me había involucrado en una de las tantas conspiraciones que se tramaron contra él.

Mi misión, juntamente con otros oficiales, consistía en tomarlo prisionero durante una proyectada visita a Puerto Belgrano. Habíamos preparado todo hasta en sus más mínimos detalles, pero el complot fracasó porque a último momento la gira fue suspendida. "Si aquel plan se hubiera concretado usted, quizás, habría sido derrocado antes del '55 y la historia de la Argentitia sería otra", le dije. Perón sonrió y yo también: claro, si aquel complot cambiaba el curso de la historia, posiblemente él no hubiese estado sentado allí por tercera vez como presidente y también, igualmente probable, yo no habría llegado a ser comandante de la Armada. Pero estabamos, y tomando un café.

En aquella oportunidad anterior -si mal no recuerdo la conspiración fue en 1953- esa historia circular a la que me refiero, y que transcurre como en una especie de plataforma (donde todos los seres humanos ocupamos un lugar en las graderías, dependiendo de nuestra ubicación circunstancial el que nos toque un rol protagónico o permanezcamos como meros espectadores), no había resultado temporalmente coincidente para los dos. Lo fue después y lamentablemente pienso que sucedió demasiado tarde, cuando ya había llegado el ocaso de Perón.

Podríamos hacer mil conjeturas acerca de cómo la historia del país pudo haber tomado otrorumbo si aquel complot de Puerto -Belgrano no hubiese pasado de ser una 'mera anécdota. Pero sería un ejercicio estéril, ya que todo quedaría en el terreno de lo supuesto, de las presunciones. En cambio, de lo que tengo certeza y estoy firmemente convencido es de que la prolongación del liderazgo y la autoridad que en vida ejercía ese hombre viejo y descarnado [2] constituía, en la instancia de 1974, la herramienta más eficaz para evitar que un par de años más tarde se produjera la ruptura del orden institucional.

[1] - En los seis meses imnediatainente anteriores a su fallecimiento mantuve extensas charlas con el general Perón. Eran encuentros informales, sin agenda ni temario fijo, en los cuales ambos nos explayabamos a gusto. Comenzaron por una circunstancia fortuita. Ocurrió que un par despues de haberme designado al frente del Comando en Jefe de la Armada, Perón se encontraba solo en la Casa Rosada -algunos sábados él iba a su despacho, sin otra compañía que su edecán y algunos asistentes de menor nivel- y se enteró que yo estaba en el edificio Libertad, atendiendo una cargada lista de audiencias. Quizás por simpatía, o por aburrimiento, ese día me mandó a llamar para convidarme a tomar un café. Estuvimos hablando hasta entrada la tarde y, desde entonces, repitió la invitación varias veces.

Que había pasiones desatadas expresadas en las formas más violentas, es rigurosamente cierto. Que afloraba a la superficie una despiadada lucha por posiciones de poder cuya indefinición socavaba los cimientos mismos de la sociedad, no hay la menor duda. Que la debacle económica y la protesta social se encontraban artificialmente contenidas, también. Sin embargo, todo eso lo podría haber encarrilado Perón con la inmensa autoridad que tenía y ante la cual los dirigentes políticos, sociales, sindicales y de cualquier otro sector del justicialismo, como mínimo, se estremecían. Y aunque sus feroces enemigos y cerriles opositores se sumaban por centenas, lo cierto es que en una emergencia como aquella hasta a ellos se los veía proclives a aceptar que fuese él quien hiciera valer su condición de gran líder para ordenar el desorden y mantener viva en los sectores populares la llama de la esperanza. Los antiperonistas de -la década del '70 estaban abrumados y atemorizados por el fenómeno de la subversión, contra el cual carecían de respuestas así como no la tenían para afrontar los problemas que planteaba la debacle económica.

Fue en los escasos meses que precedieron a la definitiva salida de Perón del escenario que, en mi caso particular, la historia circular me asignó una responsabilidad mucho -más relevante de la que había aspirado a lo largo de toda mi carrera profesional. Y en tales circunstancias asumí el compromiso de permanecer al frente de la Amada, con la convicción de que podía contribuir a que el país superara la encrucijada a la que inevitablemente se lo conducía. Yo tenía cabal conciencia de lo que significaría para las Fuerzas Amadas que se siguiese marchando con ese derrotero, como también la tenía la mayoría de los dirigentes del país, aunque por una razón u otra -ya fuera hipocresía o el caprichoso concepto de moral responsable [3]- lo disimularan ante la opinión pública.

[2] - Esas eran palabras que Perón reiteraba muy a menudo para significar que ya había vivido todo y que, con su retomo al país, a la Presidencia de la Nación y a la reposición de su rango militar y su uniforme, se daba por cumplido.

Algo estaba claro, sin embargo: existía conciencia generalizada de que una era post Perón resultaría propicia para profundizar el desquicio nacional e, inexorablemente, abriría las puertas a la reanudación del ciclo de gobiernos civiles y militares. Aquella era una perspectiva que yo, al menos, me resistía a aceptar sobre todo cuando aún tenía fresca en la memoria la imagen del general Lanusse entregándole los atributos del mando a Héctor Cámpora y el rumor de la Plaza de Mayo en la cual una multitud coreaba "se van ... se van ... y nunca volverán".

De manera que aún antes de que Isabel Perón se hiciera cargo de la banda y el bastón presidencial puse a la Armada, con todos sus hombres y toda su energía, a trabajar en una sola dirección: procurar la continuidad institucional. Pero no era tarea sencilla lograr ese objetivo en el contexto en que se desenvolvía la sociedad argentina, antes y después de la desaparición del jefe del justicialismo. Todo lo contrario.

Así como sostengo que la supervivencia de Perón pudo haber sido determinante para que la Nación -sin abandonar el marco institucional- emergiera de la crisis que nos agobiaba en la primera mitad de los años '70, también estoy convencido de que a lo largo de la historia de los últimos cincuenta años él fue uno de los protagonistas que catalizó la crisis. Pienso que Perón no imaginó jamás la dimensión que podía alcanzar su aliento a la creación de formaciones especiales.

[3] - Max Weber, "Politik als Beruf', Munich, 1919, citado por Mario Vargas Llosa en "Desaflos a la Libertad", pág. 133 y sgtes., cap. "La moral de los cínicos'

Para comprender mejor esto que sostengo hay que remontarse a la década del sesenta y echar un vistazo a las contradicciones que se vivían en el mundo, cuando las relaciones internacionales estaban signadas por la bipolaridad y la coexistencia pacífica. Con el primero de estos términos se significaba el contenido del antagonismo ideológico y político de las dos grandes potencias del Este, la ex-Unión Soviética, y el Oeste, los Estados Unidos. Con el segundo se expresaba el resultado al que finalmente se había arribado como consecuencia de la paridad de peso de los arsenales nucleares de ambas superpotencias. La capacidad de destrucción mutua llevó a que, en la práctica, las diferencias entre sistema capitalista-sistema comunista no pudiesen ser diriniidas en una guerra. De modo que, a la vista, la batalla entre los gigantes del Este y el Oeste se daba en terrenos no violentos y con armas tales corno la carrera por conquistar el espacio, la competencia económica y el desarrollo de tecnología. Pero, bajo la superficie, la violencia estaba presente en los métodos para penetrar ideológicamente al enemigo. Ese fue el caso específico de la Argentina.

Nuestro país albergó desde siempre a sectores de tendencia izquierdista, pero estos nunca lograron extender su influencia sobre las masas populares, ya fuera entre los obreros de las ciudades o entre los trabajadores rurales. Distinto fue lo que pasó en otros países de la región, como Chile y Perú, en los que el discurso del socialismo le permitió obtener sucesos electorales. Y, quizás por eso mismo, es que para la penetración ideológica de nuestra sociedad el camino elegido resultó el del aliento a la subversión armada, el de la búsqueda del poder por medio de la violencia política.

Los frutos de esa estrategia de la izquierda, caracterizada por su convicción marxista-leninista [5], comenzaron a ser visualizados con nitidez a partir de los dos últimos años de los '60, precisamente cuando también alumbraban las formaciones subversivas que reconocían sus raíces en el nacionalismo y que se protegían debajo del paraguas del justicialismo. Fue esa coincidencia, probablemente circunstancial, la que produjo el punto de inflexión que signó el acontecer de la vida argentina durante los diez años posteriores.

Desde la perspectiva de la subversión, las situaciones nacionales en esta región del continente americano resultaban un convite para sus acciones. En la línea de pensamiento de quienes dirigían a esos grupos la política de Estados Unidos para América Latina estaba orientada a posicionarnos como su patio trasero, en el cual no debía poner los pies el enemigo soviético. Y por eso, sostenían, Washington fomentaba la intervención activa de los militares en política, instándoles a derrocar a los gobiernos civiles y a ponerse a la vanguardia de la lucha contra quienes auspiciaban la revolución social. Esa permisividad norteamericana con las Fuerzas Armadas de la región era una de las patas que sostenía la doctrina de la seguridad nacional, para cuya aplicación los Estados Unidos realizaban una paciente tarea de captación de los oficiales que cumplían destinos o cursaban estudios en los institutos militares de ese país.

[5] - "La filosofía marxista-leninista fue desarrollada como la perspectiva mundial de la nueva clase revolucionaria -la clase obrera- y su misión es destituir al gobierno de la burguesía, abolir el capitalismo y construir la nueva sociedad comunista, la que será la sociedad más justa y avanzada que el mundo haya visto. La filosofía marxista está llamada no sólo a dar una explicación estrictamente científica del mundo, sino también a servir de instrumento teórico para su transformación." Fundamentos de Filosofia Marxista-Leninista, Moscú, 1974, p. 15. (en Léxico de la Sepnáiilica AIarxisla-Leninista, Raymond S Sleeper, Ediciones Tres Tiempos, Argentina, 1988, p.295).

"El marxismo-leninismo no puede ser confinado dentro de una organización nacional. Es una única doctrina internacional completa e integrada, que pertenece a los comunistas de todas las naciones. No puede haber 'variantes' del marxisino-leninismo determinadas por factores geográficos, nacionales, etc." Informe de L.F. llichev, Pravda, Moscú, 19/6/63 (Ibidem, p.296)"...no es mediante el voto, sino por la guerra civil, que se deciden todas las importantes cuestiones de política cuando la historia unico a la dictadura del proletariado en el orden del día." Tareas de la Tercera Internacional, V.I. Lenin, Selected Works, 1919, vol. 10, p.5 1. (Ibidein, p.225)

"La violencia es el alma de la lucha revolucionaria. Quiten el alma de la lucha de clases y el resultado será encontrar sólo charlatanería liberal" Social Democracia, escalón del Fascisnio; D.Z- Manuilski (Ibidem, p.512)

Nada más falso ni tan disparatado. La muy meneada doctrina no existe, ni existió nunca en el pasado. Fue una entelequia, una invención elaborada en la mente panfletaria de un conspicuo intelectual de la subversión brasileña -Fernando Marighela- que a partir de 1966 comenzó a difundirse como verdad revelada en las proclamas y documentos de los grupos extremistas latinoamericanos.

Igualmente fue una falacia el argumento de la captación de oficiales para servir a los intereses estadounidenses. La verdad es muy simple: los oficiales elegidos para cumplir tales misiones o cursar estudios de perfeccionamiento son los que por su capacidad han sido seleccionados entre sus compañeros de promoción por lo que, naturalmente, después adquieren un natural protagonismo dentro de las instituciones.

Por eso el latiguillo de la influencia doctrinaria del imperialismo yanqui y el Pentágono sobre las Fuerzas Armadas latinoamericanos no fue ni va a ser jamás otra cosa que una patraña.

A los planificadores del terrorismo los inspiraba un solo propósito: procurar el total desbarranque del proceso de institucionalización. Tratarían de lograrlo con la acción directa y en caso de fracasar, lo intentarían a partir de provocar una reacción orgánica de las Fuerzas Armadas que las llevase a la sustitución de las autoridades civiles. Esa era la estrategia del extremismo entre 1973 y 1974 para tratar de legitimarse ante la ciudadanía. La nuestra, la mía en particular, fue la de armarnos de paciencia y estar en disposición de luchar para tratar de sostener al régimen civil, a la vez que para desarmar de argumentos al enemigo de manera tal que el transcurrir del tiempo debilitase sus fuerzas.

Ocurrió que el gobierno de Isabel Perón fue desde un principio inviable. Ella era la viuda de Perón y, sin embargo, no contaba con el apoyo de la estructura partidaria ni de los sindicatos. Todo lo contrario. La prueba fueron las huelgas y los paros que le hicieron, cosa que con Perón jamás se hubiese concebido. Era una situación caótica.

Aún después de la exclusión de un personaje extraño como lo fue López Rega -cuyo destierro embozado se produjo en julio de 1975-; desarticulada la maniobra de intromisión en el poder por parte de un grupo de oficiales del Ejército durante la gestión del general Numa Laplane; y frustrado el intento del coronel Damasco de encabezar un gabinete de crisis [6], aún así era caótica.

El fracaso en la administración del país a la par del desconcierto de la clase política constituían señales elocuentes que desquiciaban a la sociedad argentina y la sumergian en las profundidades de un abismo que no parecía tener fin. No había respuesta válida para nada por parte del gobierno, del peronismo ni de ningún otro sector político o social. El Congreso lisa y llanamente no existía. La dirigencia formal, es decir, la de los partidos políticos, las entidades sociales, las instituciones, había perdido toda capacidad para proponer iniciativas capaces de reponer la esperanza en la gente.

Yo no afirmo esto porque sí. Para los desmemoriados, y en particular para quienes o habían nacido todavía en aquellos años, bastará con recurrir a los testimonios periodísticos de entonces y a los múltiples documentos críticos que emitían cotidianarnente las dirigencias citadas. Se escribía, en los días finales del '75: "Lo peor que puede ocurrir a pueblo es el estancamiento, la inmovilidad. Las sociedades, como las aguas sin movimiento, se corrompen. Las fuerzas que en ellas, se mantienen vivas deben buscar entonces una salida, la apertura de cauces nuevos que restablezcan la salud perdida". [7] Sin dramatizar, se trataba de una imagen cabal acerca de lo que sucedía y de las oscuras perspectativas que se vislumbraban. Tales expresiones resultaban moneda corriente en las editoriales, los discursos y los documentos partidarios del segundo semestre de aquel año. Todos se quejaban, pero nadie ofrecía ideas conducentes.

[6] - General Alberto Numa Laplane, comandante general del Ejército; coronel Corral, jefe de la Casa Mlitar; mayor Bauzá, responsable del área de la seguridad presidencial. El coronel Vicente Damasco, secretario de la Presidencia, impulsó por entonces un cambio de gabinete de ministros y él Mismo se reservó el Ministerio del Interior.

[7] - Diario Clarín, nota editorial, Buenos Aires, octubre/1975.

En verdad, los meses que precedieron al 24 de marzo de 1976 fueron de verdadera catástrofe para el país, que se encontraba anarquizado y descompuesto en sus estructuras fundamentales. Existía un vacío de autoridad, que es justo decir no podía ser atribuído a la persona de Isabel Perón. Todo estaba fallando y, en especial, el sistema político formal. La retórica mediante la cual los dirigentes intentaban disimular su ficticia representatividad ya no alcanzaba. Peor todavía: trasuntaba pánico y vacío intelectual.

El cuadro económico de aquellos meses bien podía ser calificado como de gravedad extrema, similar al de un enfermo en estado de coma terminal. En el mercado mundial los productos que exportábamos desde la Argentina perdían su valor, mientras se encarecían nuestras importaciones. El sector industrial transitaba sobre un tembladeral, puesto que si el balance comercial arrojaba un déficit para el cual no existía posibilidad de financiamiento automáticamente quedaba vedado el abastecimiento de insumos externos, de manera que operaba a media máquina cuando podía trabajar. La inflación estaba totalmente disparada, retroalimentada por la emisión de moneda, las devaluaciones, la especulación y la presión salarial [8]. Sin soluciones a la vista se sucedían las, huelgas, los paros salvajes, los despidos y hasta los lock out patronales. Con el sistema monetario prácticamente destruido, obvio, no se registraba inversión. Lo que había era una estampida de capitales hacia el exterior.

Acontecía así por incapacidad de quienes estaban al frente del Palacio de Hacienda, pero además, porque el país se encontraba ya inmerso en una guerra interna sin precedentes en su historia. Se multiplicaban los atentados de la subversión extremista. En estas páginas me propongo inventariar esos hechos, de manera de aventar dudas acerca de la magnitud que había alcanzado ese fenómeno que apuntaba en particular contra los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y de seguridad pero que, como se ve, de manera directa o indirecta atacaba los intereses del conjunto de la sociedad.

[8] - A fines de 1975 la tasa de aumento de la inflación superaba el 300 % anual y el salario real había retornado al nivel de 1973, es decir, era igual o aún más bajo que cuando Cámpora había asumido el gobierno. El proceso fue disparado por el sinceramiento de la economía, "el rodrigazo", como popularmente se motejó a la política de shock aplicada por el mnistro Celestino Rodrigo y el secretario Ricardo Zinn, a quienes habían antecedido en el Ministerio de Economía José Ber Gelbard y Alfredo Gómez Morales. Para dar una idea de lo que aquello significó bastan algunos ejemplos: de la noche a la mañana, literalmente, el dólar comercial sufrió un 160% de aumento; el dólar financiero, 100%; las tarifas de electricidad tuvieron un alza de entre 50 y 75%, según fuera el destino; la nafta super, un 172%; la común, 181,3%; el kerosene y el gas oil, 50%; las tarifas ferroviarias, 100%. En esas condiciones se profundizó el proceso de desinversión que ya era grave y se multiplicaron los quebrantos empresarios, lo que derivó en olas de despidos, de suspensiones y de conflictos laborales.

Frente a la agresión terrorista se alzaba, entonces, un coro generalizado de voces qu reclamaban la movilización efectiva de nuestros recursos para reprimirlos. "Ningún Estado puede tolerar la subversión. Hacerlo equivaldría a consentir que se lo destruyera. Que sedición sea reprimida no es, por lo tanto, un hecho censurable en sí mismo. Los propios destinatarios de esa represión deberían reprimir si el poder estuviese en sus manos. y fuera discutido. La represión de la insurgencia es la reacción, en defensa propia, de un sistema establecido. Un acto conservativo, tan natural en las organizaciones como en individuos" [9], se argumentaba con una lógica dificil de refutar. Nunca se ha dicho, si embargo, que los impulsores de la tesis de "combatir la subversión por todos los medios no fueron los altos mandos militares ni el gobierno de Isabel Perón, sino que fue el conjunto de la sociedad nacional.

Desde todos los sectores sociales se nos pedía acción porque en el desorden todos perdían, en particular los sectores medios y los de más bajos ingresos que eran los más expuestos a la agresión subversiva, al descalabro gubernativo y a la debacle económica.

También los oficiales jóvenes presionaban hacia arriba. Ellos, y sus familias, se veían convertidos en los blancos móviles de esa guerra desencadenada por un enemigo solapado que día a día provocaba más víctimas entre sus filas [10]. Hartos ya de enterrar a su muertos, el reclamo de estos hombres fue un elemento fundamental a la hora de asummir formalmente la decisión de poner en marcha la guerra antisubversiva. Porque para hacer frente al desborde del extremismo se hacía necesaria, indispensable, una acción orgánica de las Fuerzas Armadas -y, consecuentemente, de los altos mandos- que evitase otro desborde: el de nuestras propias instituciones.

[9] -De Cámpora a Videla, 1973-1976. Rodolfo H. Terragno, Peña Lillo editor, Argentina,1981, p.117.

[10] - Sólo en los doce meses que fueron desde la muerte de Perón, 1º de julio de 1974, y la misma fecha de 1975, se registraron 520 víctimas fatales, en acciones terroristas y un número varias veces superior de heridos. La mayoría de los caídos eran miembros de las fuerzas armadas y de seguridad. Pero si las acciones violentas ejecutadas por la subversión se contabilizan entre la asunción de Cámpora hasta el 24 de marzo de 1976, esto es, durante 1035 días, la suma de hechos de violencia política asciende a 21.642.

En esas condiciones se encontraba la Nación en el mes de marzo de 1976. Sólo por fragilidad de memoria o por hipocresía puede haber hoy quien haya vivido ese tiempo y se atreva a negar aquella realidad. No fue únicamente un decreto presidencial el que nos encomendó a las Fuerzas Armadas actuar con la máxima dureza para aniquilar al terrorismo: fue el clamor unánime de la sociedad argentina el que nos impuso la misión. Y la cumplimos como hay que cumplir una tarea de esa naturaleza, sabiendo que nos encontrábamos frente a un enemigo singularizado por su condición artera y taimada.

Voy a apelar a la caracterización de la guerrilla que hizo el analista político francés Jean-Francois Revel en su libro La Tentación Totalitaria, porque creo que es ilustrativa. Esos movimientos, decía, "se basan en la ideología de que el único recurso posible para transformar a la sociedad es una lucha implacable contra todos sus aspectos, todas sus instituciones y todos sus miembros, apelando a todos los medios, incluida la matanza al azar con bombas depositadas en lugares públicos o la captura de rehenes inocentes'.

EI Derecho es un señuelo, y nada puede esperarse de una acción que es incierta en el contrato social. Pero apenas los terroristas de esta escuela de pensamiento caen detenidos, apelan al mismo Derecho cuya supuesta inanidad era la excusa de su apelación a la violencia. Exclaman inmediatamente: '¡Llamen a nuestros abogados! ' '¡Exigimos que nos dispense el trato que corresponde a los presos políticos!' '¡Reclamamos al Ministro Justicia que declare incompetente a nuestro juez de instrucción! ' '¡Exigimos el derecho de escribir en los diarios y de comunicarnos con nuestros amigos! ' 'Denunciamos las innobles brutalidades policiales de lay que hemos sido víctimas! "

Ese era el enemigo que teníamos enfrente y al que nos encomendaban eliminar. Puesto en marcha el aparato militar para el combate pronuncié un discurso que tenía a la guerrilla por principal destinataria aunque también me propuse ser concreto para que el pueblo que nos habia convocado conociera cabalmente la profundidad de nuestro compromiso.

Ante los atentados que se reproducian dia tras dia. Dije entonces: "No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina.(...)En otros siglos ha habido pestes que flajelaron al mundo durante mucho tiempo, pero hoy pareciera que la humanidad asiste a una novedosa y alucinante epideria: la voluntad de matar. (..) La ideología es una contraseña, es la tarjeta de identidad superficial que les entregan a los manipuladores, entrenados para detectar a aquellos que, en sus confusos corazones, ya están incubando el delirio de la destrucción para alcanzar la nada. Los que estamos a favor de la vida vamos a ganar, porque mientras nosotros luchamos para ganar la paz ellos luchan para mantener la guerra. Por eso no vamos a tolerar (..) ningún pacto, ninguna conversación, y aquellos ambiciosos melancólicos -si los hay- que sueñan con persuasiones imposibles, no sólo serán considerados reos de alta traición a la Patria, sino reos de alta traición a la vida. " Y terminé con un juramento: "No vamos a combatir hasta la muerte, vamos combatir hasta la victoria, esté más allá o más acá de la muerte. "

Lamentablemente, la victoria conseguida en el campo de batalla a costa de tanto sacrificios fue malversada luego por quienes borraron con el codo lo que habían escrito con la mano. Y también por la inmoralidad de quienes pretendieron -y aún pretenden- arrogarse la propiedad de una democracia que no se habría recobrado si el resultado de la guerra hubiese tenido el signo contrario. Es grave. Porque los pueblos que no son capaces de sacar enseñanzas de su historia están condenados a repetirla.

En este punto, antes de ponerme a bucear en la agenda de ese pasado tan relativamente reciente para memorar hechos, circunstancias, nombres y apellidos ... en fin, datos precisos acerca de quienes tuvieron algún protagonismo, de los que antes nos acompañaron codo a codo, creo oportuno acudir a una reflexión: "Los hombres hacen su propia historia, pero la hacen arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generacion muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos." [11]

[11] Carlos Marx, en El 18 brumario de Luis Bonaparte.

No existe nada más terrible para un hombre de armas que verse obligado a participar en una guerra fraticida, un conflicto violento que lo involucro a la par de la sociedad civil. Quienes abrazamos la profesión militar lo hacemos desde el imperativo de la defensa de la soberanía y nunca sobre la perspectiva de tener que luchar contra nuestros propios compatriotas, por muy en las antípodas de las nuestras que se encuentren las convicciones ideológicas de algunos de ellos. Sin embargo, a los argentinos de mi generación tanto civiles como militares, nos tocó vivir años signados por el enfrentamiento, la división, la intolerancia y la violencia política.

A mi juicio, fue a partir de los cambios introducidos en el cuerpo social de la Nación -por la aparición del fenómeno peronista en 1945- que las grietas ya abiertas por antiguos desencuentros históricos se profundizaron hasta niveles inimaginados. De hecho, los ejemplos que abundan en el mundo constituyeron siempre para mí un indicio cierto de que sería extremadamente dificil cerrarlas sin más enfrentamiento y mayor derramamiento de sangre. Pero jamás supuse, ni lo hubiera deseado, que cuando se me asignó la misión de conducir a la Armada tendría que verme obligado a ordenar a mis camaradas intervenir en una lucha desgarradora, lacerante, en la que deberíamos confrontar con un enemigo subrepticio y perverso. No obstante, en circunstancias tales como las que atravesaba el país no podía haber lugar para la indiferencia ni entre los militares ni en el seno de la sociedad civil.

Han existido muchos ejemplos de mendacidad, hipocresía y cinismo después del Proceso. Pero aquellos que fueron actores, partícipes necesarios y testigos calificado's de las condiciones en las cuales se desarrolló la guerra antisubversiva no pueden seguir pretextando ignorancia supina y seguir disimulando su pasado. Pretendieron hacer catarsis cuando en realidad practicaron el exorcismo.

Porque hay una verdad que, de manera alguna podrán refutar: el 24 de marzo de 1976 los comandantes de las Fuerzas Armadas pusimos en movimiento la maquinaria de guerra para responder a la intensa presión que aplicaban ellos y la abrumadora mayoría de la sociedad nacional. Pero a nadie se le escapa que por muy grande que fuera nuestro poderío, en un contexto popular diferente el triunfo militar no nos hubiera sido favorable y los terroristas habrían accedido al poder sin intermediarios, como pareciera que sucedió más tarde.

Voy a ser más preciso para ubicar en el tiempo ese respaldo que recibimos desde todos los sectores sociales: el aliento para que saliéramos a presentar combate en esa guerra vil -no civil, sino vil por vileza- se inició en la segunda mitad del año 1975 y se convirtió en clamor generalizado en el verano del '76. Me parece indispensable poner énfasis en este aspecto, así como en que fue desde todos los ámbitos prácticamente sin excepción. Nuestra movilización la reclamaban los partidos políticos, incluyendo a buena parte de la dirigencia del justicialismo; las entidades empresariales; la mayoría de los sindicalistas; la Iglesia; los hoy llamados comunicadores sociales; y también la gente común, aterrorizada por una violencia que no discriminaba a sus víctimas. Y todos ellos, en mayor o menor medida, contribuyeron activamente a que tuviéramos éxito en el rechazo del asalto subversivo.

Pienso que sería demasiado tedioso e inoportuno, quizás, enfrentar al lector en este tramo del libro a una enumeración puntual de las actitudes de la clase dirigente en aquella época. En todo caso, nombres y anécdotas irán surgiendo a lo largo del relato de cómo se desarrollaron los acontecimientos. Pero vale detenerse un instante en algunos conspicuos personajes de nuestra vida nacional en virtud del protagonismo que asumieron más tarde, cuando ya la guerra se había ganado y el país retornaba a la normalidad.

En estas menciones voy a comenzar por Raúl Alfonsín, un hombre que no dudaba en calificar públicamente como "el general democrático" al ministro del Interior en el primer gobierno del Proceso, general Albano Harguindeguy [11], de quien había sido compañero de curso en el Liceo Militar de la Nación. Alfonsín fue un protegido de Harguindeguy durante aquellos años, lo cual le permitió seguir haciendo vida de comité a pesar de la veda impuesta a la actividad partidista.

Precisamente, a raíz de esa inclinación comiteril, Alfonsín me pidió audiencia en una oportunidad. Y yo se la concedí, aún sin conocer el tema que lo llevaría a despacho.

Recuerdo muy bien el desarrollo que tuvo esa reunión y, en particular, un detalle que llamó mucho mi atención: Alfonsín en ningún momento me miró de frente, a los ojos. Como digo, para mi sorpresa, este posterior campeón de los derechos humanos no fue a verme para reclamar o interesarse por la suerte de ningún detenido -cosa que sí era muy habitual en otros dirigentes- sino a pedir "mi apoyo en la Junta de Comandantes", para que prosperara un proyecto "por el cual se declaraba a los políticos en estado de asamblea lo que permitiría la apertura de los padrones del radicalismo." Su intención era prepararse para una eventual "interna" ya que si se abrían los padrones, él podría engrosarlos con las fichas de sus partidarios.

Como en verdad se trataba de un pedido increíblemente singular y despistado, en un marco de circunstancias tan dramáticas como las que estábamos viviendo en la Argentina, simplemente lo despedí con el compromiso de fijar una posición sobre el tema.

"No le haga caso, Almirante, porque ese no es más que un negrito intrigante y comunista", fue el consejo que unos días más tarde recibí de boca de Ricardo Balbín, a quien le relaté el episodio. Con el fallecido jefe del radicalismo me unía una relación bastante cordial a raíz de que ambos nos cruzábamos con cierta frecuencia en la ciudad de La Plata, ya que allí transcurrieron mi niñez y juventud y pasé muchos otros años de mi vida por razones familiares y profesionales.

[11] La referencia de Alfonsín a su protector fue registrada en un reportaje publicado por la Revista Confirmado, tras una de las frecuentes reuniones que ambos mantenían en las oficinas del general en el Ministerio del Interior. Otros medios de prensa la recogieron en numerosas oportunidades durante aquel período.

Me pareció tan descalificador lo de Balbín que en ese momento no atiné a hacer ningún comentario. Pero debo reconocer que esa no fue la única vez que se refirió en esos términos a su correligionario: el mismo juicio lapidario lo repitió, por lo, menos en dos oportunidades, en las reuniones que frecuentemente manteníatnos en un departamento de la calle Paraná en el cual vivía Julio García Córdova, quien había sido columnista de una influyente sección política -Qué dice la calle- del diario Clarín. Por lo que recuerdo, además, la cuestión de los padrones jamás se conversó en las sesiones de la Junta.

Con Alfonsín aquella fue mi única, curiosa e inolvidable experiencia, a su pedido y por sus asuntos de comité. De los muertos, los desaparecidos y de los derechos humanos, no mencionó una sola palabra.

Distinto fue el caso de Ernesto Sábato del cual sé que una vez, por lo menos, hizo alusión al tema de los derechos humanos en despachos oficiales aunque de manera tangencial y muy mesurada. El escritor del Nunca Más habló así de la cuestión en ocasión de un almuerzo que compartió en el comedor de la Casa Rosada con el general Jorge Rafael Videla, cuando ejercía la presidencia de la Nación. El relato de ese encuentro y sus alternativas lo refrescó no hace mucho tiempo públicamente Natalio Botana en sus Memorias, citando como fuente a otro de los comensales de ese encuentro de Videla con gente de la cultura, el padre Leonardo Castellani. Yo había tenido oportunidad de conocer los pormenores en mayo del '76, precisamente porque el propio sacerdote nos refirió detalles de la actuación de Sábato en una ocasión en que fuimos a visitarlo con el doctor Olejavesca.

Los testimonios dicen que Sábato aludió a la acción que se libraba contra la subversión, sugiriendo que se matara a todos los que se creyera culpables y que, a cambio, cesara la persecusión de los inocentes. Así, de manera tan genérica como drástica. De los ya muertos por ambos lados, los presuntos desaparecidos detenidos y los derechos humanos, ni siquiera una mención.

En otro plano de actuación, en más bajo nivel pero con repercusión asegurada, se dio el caso de muchos comunicadores sociales a los que el transcurrir de los asíos les afectó tanto la memoria. Cierta vez un periodista -quien me visitaba de cuando en cuando en la cárcel de Magdalena al igual que otros se sinceró conmigo y me conmovió diciendo que se sentía poco menos que un traidor por haber trabajado en los medios de comunicación oficiales durante nuestro gobierno para, después, guardar silencio mientras la avalancha de mentiras y denuestos se abatía sobre nosotros. Le expresé que, desde mi punto de vista, ese cuestionamiento que se hacía demostraba que era un hombre de bien.

Y, para confortarlo, aludí a tantos otros periodistas que también se pusieron a las órdenes del Proceso para colaborar durante la guerra contra la subversión, -pero que ni siquiera tenían la valentía de reconocerlo como lo hacía él. Todo lo contrario, recuerdo que le dije, a partir del '83 ellos no vacilaron en ser los primeros en subir a la carrera alfonsinista y en convertirse en ácidos críticos de lo que antes habían apoyado incondicionalmente.

Entonces traje a colación los nombres de personajes tales como los de Sergio Villarruel, o José Ignacio López, quienes tras desempeñarse como gratuitos apologistas del gobierno militar fueron capaces de travestirse en un santiamén, para hacer punta en la oprobiosa campaña de difamación instrumentada por el alfonsinismo y sus aliados tácticos.

Y en algún caso particular remarqué esa vez, la de ellos constituía una traición desenfrenada ya que además habían sido colaboradores rentados, con firma incluida, en mi periódico partidario Cambio para una democracia social. Claro que no fueron los únicos.

También Magdalena Ruíz Guiñazú pegó una pirueta en el aire para poder convertirse en esa suerte,de sacerdotisa de los derechos humanos del posproceso que es hoy. Antes había gastado las baldosas de los pasillos y el cuero de los sillones de los comandos de las Fuerzas Armadas, en tren de colaboración. Supongo que ella no puede haber olvidado que llegó a estar cerca de subir al podio para recibir el premio cuando integró la terna de candidatos a dirigir el Centro Piloto de París, un organismo cuya misión debía ser la de mostrar a Europa el verdadero rostro del gobierno militar ante la prédica destructivo de los terroristas exiliados en ese continente, según recuerdo que rezaba un párrafo de los considerandos del proyecto. Esto es, se candidateaba para hacer propaganda en favor de todo lo que hoy le parece abominable. La señora afirma ahora que ella no sabía que alguien la había propuesto para el cargo, pero es mucha la gente que sabe cuánto transpiró para obtener el nombramiento para lo cual hacía valer el respaldo de un hombre con fluidos contactos en los altos mandos. Pero se frustró, pués la designación recayó en un viejo periodista acreditado en la sala de la Casa Rosada -Alfredo Bufano- y, quízás ese haya sido el motivo por el cual de la noche a la mañana, tan drásticamente, resolvió cambiar de bando.

Tengo también una mención para Mariano Grondona, de quien no recuerdo la más mínima actitud crítica hacia el Proceso antes de que el mismo terminara. Mientras comandé la Marina tuve varios contactos con él en casa de Alejandro Shaw, de quien Grondona era vecino en Punta del Este. Lo que no recuerdo bien es si fue a raíz de esas reuniones, o por otra vía, que supe de la cotidianeidad que tenían sus encuentros de trabajo con altos jefes del Ejército y de la Aeronáutica, sobre todo durante el período en el cual ejerció simultáneamente la profesión de periodista, banquero y maestro de ética. [12]

[12] Durante el Proceso, cuando se produjo la crisis del Banco de Intercambio Regional (BIR), Grondona encabezó una suerte de gestión interventora acordada con las autoridades del Banco Central de la República Argentina (BCRA) con la presunta misión de organizar un salvataje de la entidad privada; al mismo tiempo se hizo cargo de la conducción de la Revista Confirmado, de la que se decía que al igual que el BIR era propiedad de Rafael Trozzo. Mientras tanto, mantuvo sus cátedras de derecho en la universidad, desde las cuales impartía lecciones de ética en igual línea que lo hace ahora pero ante las cámaras de la televisión.

Yo sabía de la existencia de Grondona desde el año 1962, más o menos. Fue en virtud de un episodio que remonta a la etapa en que desempeñé funciones en el Servicio de Inteligencia Naval (SIN), a cargo del área política. Por encontrarse dentro de mi competencia, supe que el jefe del Servicio recibió en una oportunidad l a instrucción de relacionarse con Grondona y al sociólogo José Miguens, con la intención de procurar su colaboración profesional en su condición de analistas políticos. Tengo entendido que mantuvieron varias charlas durante las cuales tanto uno como el otro expresaron su interés por la propuesta, pero sus pretensiones excedían largamente las partidas que el SIN reservaba para esos menesteres.

Quien sí colaboraba con el servicio desde unos años antes de que a mi me tocase ese destino era Adolfo Dago Holmberg, precisamente el padre de Elena Holmberg, una mujer de cuya muerte se me acusó injustamente. A pesar de que existía una considerable diferencia de edad entre ambos y de que mis tareas sólo en forma muy tangencial se vinculaban con lo que él hacía, tuve oportunidad de relacionarme lo suficiente como para poder apreciar su incuestionable calidad humana así como sus dotes intelectuales. Cuando llegué al SIN, Holmberg ya había realizado numerosos aportes intelectuales. Por aquella época acababa de ocuparse de la redacción de E1 libro negro de Frigerio, una suerte de ensayo-denuncia. Corría, como lo señalé antes, el año 1962 y habían transcurrido pocas semanas desde el derrocamiento del presidente Arturo Frondizi, de quien Rogelio Frigerio había sido un estrecho colaborador. A alguien -nunca supe a quien pero podría haber sido a cualquiera, ya que no se le perdonaba a Frigerio su rol de factotumi del pacto con Perón- se le ocurrió cargar contra él. Recién me había hecho cargo del puesto y uno de los primeros papeles que recibí fue un ejemplar de aquella publicación, de la cual hasta un chico de primer grado se podía dar cuenta que había sido impresa en el propio taller del SIN porque de allí, además, salían todas las publicaciones oficiales de la Marina. Fue un caso muy controvertido, que fue a parar a la Justicia ... no sé cómo terminó.

No es mi intención agobiar ahora al lector con otros nombres y referencias al pasado. Estos y muchos otros datos de la verdadera historia afluirán naturalmente a medida que avance en el relato. En cambio, creo que aquí es oportuno detenerse para formular un par de reflexiones en tomo a las condiciones de la guerra, así como al respeto de la ética y la verdad en la defensa de los derechos humanos. Yo sostengo que ni una ni otra cosa pueden ser examinadas en abstracto. Sobre todo la primera.

La guerra es un hecho concreto, tremendo, dramático, en el que las bajas producidas por el combate no se cuentan sólo entre los contendientes de ambos bandos sino también entre la sociedad civil. Y digo que el concepto de guerra no puede ser examinado en abstracto porque no es lo mismo una guerra entre estados que una guerra civil, ni tampoco existe paralelismo entre las guerras de liberación colonial con lo que en nuestro país fue la guerra desatada por la subversión. Cada una tiene su contexto, su argumento y sus contendientes. Así, los principales protagonistas de las batallas en la guerra entre estados serán sus respectivas fuerzas armadas; los de la guerra civil podrán estar separados por razones religiosas, ideológicas, raciales u otras, pero siempre los bandos constituirán una maraña en la que se confundirán civiles y militares para luchar a cada lado; la guerra de liberación colonial entrenta a una sociedad nacional sojuzgada, la cual trata de destruir a una estructura montada para responder a intereses extraños y que es sostenida por las fuerzas armnadas pertenecientes a un estado extranjero; en la guerra subversiva, por último, no se dan ninguna de esas definiciones convencionales: allí el agresor es un enemigo que se mimetiza con el pueblo que, como sucedió en nuestro país y en muchos otros lugares del planeta, no comparte sus objetivos ni lo apoya sino que es la primera víctima inocente de su accionar violento. Violencia que no es empleada para defenderse (como en la guerra entre estados); para imponer la supremacía de una etnia, una religión, un sector social (como en la guerra civil), o para recuperar la identidad nacional (como en la guerra de liberación colonial). No, en la guerra subversiva la violencia es el arma que se elige para destruir las instituciones sobre las cuales se estructura la propia Nación.

Esa y no otra ha sido la configuración de la guerra que se libró en la Argentina en la década del '70, en la cual las Fuerzas Armadas nacionales no operaron como represoras sino como contendientes. Este es el nudo de la cuestión sobre la que hay que reflexionar.

Hoy ya es moneda común escuchar palabras de arrepentimiento y autocrítica en boca de quienes iniciaron la agresión subversiva. Son los que condujeron a la muerte a millares de jóvenes, a quienes pienso que seducían más el modelo épico de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara y las canciones de protesta que las definiciones ideológicas de grupos como el ERP o Montoneros. Y por eso yo pregunto: ¿cuántos muchachos y chicas fueron al combate conociendo con certeza cuáles serían las propuestas políticas concretas de sus líderes, si efectivamente tomaban el poder?- ¿cuántos tenían en claro que las Fuerzas Armadas no eran un ejército de ocupación al servicio del capital extranjero, sino que estaban integradas por hombres tan argentinos como ellos y que compartían la aspiración de un futuro mejor para esta tierra?

Creo que la mayoría no tenía una noción cabal de los objetivos que perseguían apelando a la violencia, como no fuera la toma del poder por el poder en sí mismo. Por eso un sector muy importante de los subversivos que cayeron detenidos, tras sobrevivir al combate y verse abandonados por sus jefes, colaboraron luego con nosotros llevados por la íntima convicción de que se habían equivocado de enemigo. Ha sido tremendo, entonces, que aquellos que los indujeron a recorrer el camino erróneo fueran capaces de denostarlos más tarde, acusándolos de deserción y delación. Ni aún en el ejercicio de la autocrítica, los jefes de la subversión tuvieron aptitud moral como para reconocer su propia culpa por la experiencia trágica que les habían hecho vivir a esos jóvenes en su irracional intento de destruir las bases institucionales del país.

Y no me refiero a exclusivamente a Mario Firnienich y sus amigos. Aludo a Horacio Verbitsky, transformado insólitamente en fiscal de la República, después de haber desertado y pasado a colaborar con uno de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas mientras sus compañeros, a quienes ahora tiene el tupé de acusar, seguían jugando sus vidas por el triunfo de la causa mentonera. Y, obviamente, sin olvidar a quienes antes y después del año 1983 se recostaron en la UCR y en el PI; para el casó: los hijos, sobrinos y hermanos de Gass y otros.

La guerra de los años setenta fue una guerra necesaria porque sirvió para evitar la quiebra definitiva de la sociedad nacional argentina. Fue una guerra justa, porque desde una perspectiva histórica racional resultó determinante para que hoy esa misma sociedad resuelva sus problemas pacíficamente, en libertad y en democracia. Fue una guerra en la que la participación de las Fuerzas Armadas no se decidió en la cúpula sino que surgió como respuesta al clamor de un pueblo aterrorizado por la subversión. Y si fue una guerra sucia es porque solamente los mínusválidos mentales, los hipócritas y los cínicos pueden ser capaces de afirmar que existen las guerras limpias. Fue una guerra en la que se registraron defecciones, cobardías, excesos y traiciones. Y como en toda guerra, además, hubo actos de heroísmo en los dos bandos en pugna.

Pero sobre todo fue una guerra que ganamos los que teníamos la razón de nuestra parte. Ganarnos porque nos acompañaba,la solidaridad y el deseo de paz de nuestros compatriotas. Ganamos porque defendíamos a la Nación y a su pueblo de un ataque cruel, irreflexivo e inconducente.

Y estoy seguro de que jamás nos arrepentiremos de nuestro triunfo.


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