LAS FARC: MODELO PARA DESARMAR

Tienen al menos 15.000 hombres y controlan hasta el 40 por ciento del territorio nacional. Están a sólo millas de la capital, Bogotá. Ya tienen a unos 500 prisioneros de las Fuerzas Armadas colombianas. Extraen hasta 1.500 millones de dólares anuales del narcotráfico. Están bien equipadas y están comprando misiles tierra-aire para neutralizar a la Fuerza Aérea colombiana. Dictan leyes y construyen un Estado de facto en los 42.000 km2 de territorio que les cedió el gobierno colombiano. Ya han "desbordado" las fronteras colombianas y penetraron en Ecuador y Brasil. Pero sus incursiones más significativas han sido en Panamá. Ya tienen bases en el norte colombiano, desde donde podrían desarrollar su potencial para tomar el Canal. Naturalmente, Estados Unidos está cercano al terror y este año dedicará 3.300 millones de dólares para la lucha contrainsurgente en Colombia. Estas son las claves y la historia de la principal hipótesis de conflicto a nivel continental: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
Por Gabriel Alejandro Uriarte

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El 15 de mayo una pequeña hacendada colombiana fue asesinada. Eso de por sí no significa demasiado en Colombia: en la última década nada menos que 35.000 personas fueron asesinadas por causas políticas. En principio, puede decirse el furor por la muerte de Elvira Cortes se debió a la peculiar crueldad del atentado: un "collar-bomba" fue fijado a su cuello; para quitarlo debía pagar un rescate de 7.500 dólares; no lo hizo y la explosión desintegró la parte superior de su cuerpo. Pero, para que esto tuviera un significado trascendente en un país tan ensangrentado como Colombia, hacía falta un factor político. Y lo había.
Es que el asesinato (aparentemente cometido por paramilitares) resultó en una ola de acusaciones y contra-acusaciones que tuvo el efecto de desdibujar definitivamente el consenso sobre la pregunta más urgente del país:
¿qué eran realmente las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, conocidas universalmente como las FARC?
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La pregunta nunca fue más difícil de responder.

Colombia siempre pareció operar a destiempo del resto de la región. Mientras la dictadura era el modelo del Cono Sur, Colombia ostentaba una democracia más o menos operativa. Mientras que la recesión o la hiperinflación caracterizaban a las economías de sus vecinos, Colombia creció notablemente, inflada en parte por el narcotráfico. En ese sentido, las FARC son enteramente colombianas. Ahora que están cada vez más cerca de lo que llaman "la conquista del poder para la construcción del socialismo", el Muro de Berlín sigue en ruinas y en el ex bloque soviético se ven distintos grados de democracia. Uno de sus mayores héroes, Fidel Castro, se desvivió por ganarle una sórdida partida a Miami por la tenencia del balserito Elián González (lo que finalmente logró). Estudiar a las FARC implica entonces retrotraerse al pasado. O, posiblemente, adelantarse al futuro. En cualquier caso, el elemento central de la confusión radica en la falta de paralelos históricos en la región. O, quizá, en la existencia de paralelos aparentemente cercanos pero en realidad distantes.

Para ser más precisos, muchos comparan a las FARC con las guerrillas de Castro o con el Vietcong. En el aspecto ideológico, estas comparaciones siempre serán una pregunta abierta. Pero en el aspecto militar --el que explica la continuada existencia de las FARC y su control de hasta el 40 por ciento de país— hay menos incertidumbres. En ambos casos, las FARC son una anomalía. No tienen el profundo arraigo popular de la guerrilla castrista ni el férreo apoyo de una potencia exterior del que gozaba el Vietcong. La base del poder de las FARC es dual. Por un lado, tienen mucho dinero, más de lo que la mayoría los grupos guerrilleros se atreverían a soñar. Los ingresos del narcotráfico (estén o no involucrados directamente en ella) y de los secuestros aportan gran parte de los 500-1.500 millones de dólares que se estima obtienen anualmente. Segundo, esa guerrilla se enfrenta a un Estado débil en dos aspectos clave: a) el gobierno no puede garantizar la seguridad de la guerrilla, en caso que bajara las armas, contra grupos paramilitares; b) pero tampoco puede tomar la ofensiva contra los rebeldes a causa de la ineficacia de su propio Ejército. El resultado es un extraño estado de equilibrio marcado por un aún más extraño proceso de paz (que incluyó, por ejemplo, una gira de guerrilleros y funcionarios por Europa "para estudiar otros modelos de desarrollo"). Solamente una cosa es segura. No será la política la que romperá el equilibrio. O, más bien, serán sus otros medios: la fuerza militar.

Cazadores de utopías

Pero, ¿no nos olvidamos de la motivación ideológica del conflicto? ¿No son las FARC la última y más importante instancia del socialismo en armas? ¿No son los únicos que plantean un proyecto revolucionario en momentos en que el resto de la región mira ansiosamente las calificaciones desde las evaluadoras financieras? Todo esto fue cierto en su momento. Ahora no es necesariamente falso. Pero ha perdido gran parte de su importancia.

Las FARC surgieron del excepcionalmente sangriento período de la historia colombiana conocido como "La Violencia". Los cuadros originales de las FARC se hallaban en las milicias liberales campesinas que se formaron para resistir los ataques del Ejército y los paramilitares conservadores. Luego de que el golpe de Estado de 1953 devolviera un mínimo de orden al país, los liberales y conservadores llegaron a un acuerdo basado en la alternancia en la presidencia. La orden de la cúpula liberal a su "brazo armado" era bajar las armas. Algunos lo desobedecieron. Entre ellos se encontraba Pedro Antonio Marín, quien fundó el "Bloque Guerrillero Sur". En 1964 ese grupo cambiaría su nombre por el de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Marín adoptaría el nom de guerre "Manuel Marulanda Vélez" en honor a un sindicalista asesinado. Pero sería con su apodo en la guerrilla que se haría famoso: "Tirofijo".

A diferencia de su modelo, la guerrilla castrista en Sierra Maestra, las FARC no crecieron irresistiblemente hasta llegar a una posición preponderante contra el Estado que combatían. Todo lo contrario. En un principio fueron perseguidos de una zona marginal del país a otra; del noroeste hasta la Amazonia a principios de los 80 y el Putumayo (en el extremo sur) en los últimos años. Pero gradualmente su poder fue creciendo y sus números fueron aumentando. Ya se las podía contar entre las más importantes guerrillas del país: el Movimiento 19 de Abril (M-19, con fuerte penetración en las ciudades) y el Ejército Popular de Liberación (EPL).

FARC: ¡Una!, ¡Grande!, ¡Indivisa!

En lo que no deja de ser lógico, las FARC ascendieron solamente después de la desaparición de estos dos grupos armados. Ambos casos demuestran lo peligroso que es llegar a un acuerdo de paz con un gobierno que no puede controlar las acciones de los paramilitares. El M-19 firmó en 1990 la paz con el gobierno y se convirtió en partido político. Pero muchos de sus cuadros serían asesinados por los paramilitares, y el establishment político estaba férreamente en su contra. "El sistema político nos chupó y sin digerirnos nos cagó", sintetizaría un ex dirigente del movimiento. La violencia paramilitar también causó estragos entre los ex guerrilleros del EPL cuando llegó a un acuerdo similar al del M-19. Pero las FARC ya habían sufrido en carne propia la falta de garantías del gobierno. En 1985 firmaron un acuerdo con el presidente Belisario Betancour y lanzaron la coalición de izquierda Unión Democrática. Una reacción increíblemente sangrienta desde la derecha resultó en que más de 5.000 militantes de ese partido fueran asesinados. No quedaba otro camino que la vía armada.

Esta historia temprana ilustra uno de los problemas a los que se enfrenta el actual presidente Andrés Pastrana en sus negociaciones de paz con las FARC. Su gobierno es simplemente incapaz de garantizar la seguridad de la guerrilla contra los paramilitares. Estos últimos son de hecho uno de los mayores obstáculos a la pacificación por medios políticos. Originados en los ejércitos privados de los grandes hacendados, actualmente los paramilitares también reciben reclutas de organizaciones de "autodefensa" campesinas, ex asesinos a sueldo y criminales comunes. Se calcula que ahora las "Autodefensas Unidas de Colombia" (AUC) aglutinan a unos 8.000 hombres. Si bien declararon "una guerra a muerte" contra la guerrilla, la mayoría de sus operaciones consisten en masacres contra civiles acusados de ser "estafetes" de los insurgentes. En los últimos dos años el gobierno colombiano realizó un notable esfuerzo para debilitar a las AUC y se señala que ya hay 400 paramilitares en prisión. Sin embargo, los "paras" son muy difíciles de derrotar o controlar dado que ya se están emancipando del apoyo terrateniente y semi-oficial. El agente de esa transformación es el mismo que explica el crecimiento explosivo de las FARC: el narcotráfico.

No somos faloperos

Las FARC siempre aseguran que "no tenemos ninguna relación con el narcotráfico". También lo hace Pastrana, a quien naturalmente sería más difícil llevar a cabo negociaciones de paz si tildara a sus interlocutores de "narcotraficantes". El amigo americano, sin embargo, no tiene dudas. El zar antidrogas Barry McCaffrey siempre insiste en llamar a las FARC "narcoguerrillas". Según sus cifras, los guerrilleros extraen alrededor de 1.500 millones de dólares anuales de su relación con el narco. La mayor parte saldría de los impuestos que los laboratorios pagan a cambio del permiso para operar y de protección contra las fuerzas antidrogas del Estado. Las FARC afirman que la solución al problema del narco pasaría o por legalizar la droga o por un plan integral para la sustitución de cultivos. Como ninguna de estas dos variantes parece ser factible en el futuro cercano, es seguro que esta lucrativa asociación continuará sin interrupciones..

No siempre fue así. Según el ex FARC Augusto Zavala Molina (ahora exilado en España), el quiebre decisivo vino con la muerte a principios de los 90 de Jacobo Arenas, el ideólogo más destacado del movimiento. Con su ausencia ganaría protagonismo Jorge Briceño, el del inolvidable apodo "Mono Jojoy". Briceño habría impreso un perfil distinto, mucho más empresario, a la guerrilla. El narco sería explotado al máximo. Un ex cabecilla del ex M-19, Arjaid Artunduaga, consideró que la caída del Muro de Berlín y el Fin de la Historia contribuyeron a ese vuelco al crear un sentimiento de desilusión en las FARC. "Cuando se les cae encima el Muro y desaparece esa gran patria que descubrieron leyendo a Marx y Lenin, ahí se produce el cambio. En el 60 ya había marihuana y nadie se involucró con ella. Pero ahora se quedaron sin madre ni padre, huerfanitos, y entonces hay que replantear el poder".

El narcotráfico tiene un efecto muy peculiar en la insurgencia colombiana. Generalmente una guerrilla vive o muere por su nivel de influencia sobre el territorio y la población. Pero en Colombia el 73 por ciento de la población vive en zonas urbanas. El territorio que controlan las FARC es en gran medida jungla escasamente poblada. A las FARC les gusta señalar como modelo al Vietcong, pero ese grupo tenía un fuerte arraigo en las zonas de cultivos intensivos y de alta población. La base narco (con el "gramaje" y el dinero de protección cobrado a los laboratorios) de las FARC explican por qué la guerrilla y el gobierno se mantienen en el actual estado de equilibrio. Sin embargo, eso es sólo la mitad del problema. También hay que explicar porque las FARC, más allá de su enorme cuenta bancaria, lograron expandirse prácticamente de la nada hasta arrebatarle entre el 30 y el 40 por ciento del territorio nacional al Estado colombiano.

Fuerzas Armadas Brancaleone

El motivo radica en el catastrófico desbarranque del Ejército colombiano en la última década. Ese Ejército nunca había sido capaz de aniquilar las guerrillas, pero generalmente había podido desplazarlos de la mayoría de sus bases. Tales operaciones no tenían un efecto demasiado duradero pero al menos impedían que los insurgentes consolidaran su dominio sobre áreas del país. Eso dejó de ser cierto en los 90. Unas FARC fortalecidas por el dinero del narco confrontaron a un Ejército cada vez menos capaz de hacerles frente. Había corrupción a todos los niveles, el entrenamiento de la tropa (vital en una fuerza en gran medida conscripta) era terrible y sus vínculos con los paramilitares los hacían resistir todos los proyectos de reforma. El presidente Ernesto Samper intentó revertir la tendencia formando en 1998 una unidad de élite antiguerrillera, la Brigada Móvil Nº3. En marzo de ese año el batallón 52 de esa unidad entró en combate con las FARC en las selvas de Caquetá y perdió 80 soldados muertos y heridos, y 45 secuestrados, que pasaron a engrosar a los ahora 500 militares en manos de los rebeldes. La moral cayó de manera irrecuperable. La derrota fue agravada por los curiosos contratos que el Ejército le ofrece a sus soldados voluntarios, quienes tienen la opción de "renunciar" cuando lo deseen. Tras la debacle de marzo, decenas en la Brigada Móvil Nº3 aprovecharon esa opción. Uno de los renunciantes no dio rodeos al explicar sus motivos: "Volver ahí sería un suicidio; la guerrilla es la que manda en la selva"

Eventualmente, la situación militar se estabilizaría. En mayo de 1999, el Ejército logró reconquistar a sangre y fuego la importante ciudad de Mitu, fronteriza con Brasil. En julio, sus fuerzas pudieron derrotar e inflingir numerosas bajas a una ofensiva de las FARC contra Bogotá. Desde entonces, según el analista militar colombiano Alfredo Rangel, el Ejército "ha realizado ofensivas de carácter defensivo para impedir que la guerrilla se expanda a ciertas áreas". Rangel consideró que era imposible que las FARC tomaran Bogotá o incluso que aumentaran la cantidad de territorio bajo su control. La superioridad convencional del Ejército es todavía demasiado aplastante. Pero los militares colombianos tampoco son capaces de tomar la ofensiva contra las FARC. El resultado es el actual estado de equilibrio que llamamos estancamiento. La guerrilla, frustrada por el momento en el área militar, se abocó en los últimos meses a la tarea mucho más difícil pero también mucho más promisoria: la construcción de un Estado.

Proyecto de nación para la jungla colombiana

Si hemos de creerle a organizaciones campesinas y la Defensoría del Pueblo colombiana, esa perspectiva despierta una reacción ambigua en gran parte de la población que vivirá bajo la ley revolucionaria. En el Estado guerrillero predomina el orden. En eso concuerdan hasta sus mayores críticos. Y es natural. Una guerrilla es de alguna manera una respuesta desde la izquierda al Estado-Nación en armas: es decir, a los ejércitos. Esa dicotomía ha significado que en el Siglo XX el término "nacionalismo" fuera asociado más y más con el aspecto represivo y militarista de los Estados. En el siglo XIX, por ejemplo, la situación era exactamente inversa, y el nacionalismo era un movimiento liberal contra el monopolio dinástico del poder político. Es por ese motivo que en tiempos modernos fue siempre mucho más fácil entusiasmarse por una guerrilla que por un Ejército. Estos últimos ya habían perdido todo asomo de representación popular, bandera que les fue arrebatada exitosamente por los insurgentes.

Pero hay un reverso a la medalla. Su constante confrontación teórica con el Estado significa que gran parte del pensamiento guerrillero se focaliza en los aspectos represivos de aquél. El resultado es que los Estados que crean se distinguen fuertemente por la represión interna y la movilización popular férreamente controlada por el Estado. Mientras el régimen guerrillero sea popular y goce de gran legitimidad, eso puede pasar desapercibido, como ha ocurrido casi siempre en Cuba. Pero si esos factores se disipan con el tiempo, como en China, el aspecto represor del Estado guerrillero se torna cada vez más evidente. Luego de que en 1999 el presidente Andres Pastrana les cediera 42.000 kilómetros para una "zona de distensión", gradualmente el mundo pudo tener una ojeada al gobierno según las FARC.

La tropa está efectivamente muy motivada y se presta mucha atención a su educación. "A las seis se discuten las noticias; puede ser una discusión sobre Cuba, la esposa de Clinton o Israel", explica un guerrillero de 26 años. Las mujeres tienen una representación notable entre los combatientes. Se calcula que alrededor del 30 por ciento son mujeres, proporción que el portavoz Simón Trinidad asegura que "aumenta todo el tiempo". La oportunidad para las mujeres es irresistible. Una de ellas, Nora, explica que en las FARC escapan al machismo de la sociedad colombiana y pueden acceder a una educación que si no les sería inalcanzable. La disciplina de la tropa es excelente e implacable.

Hacia afuera, las FARC imponen la misma combinación de orden y progreso. "Desde que llegaron los guerrilleros lo que hay es mucho menos crímenes, antes había muertes todos los días", relató un lugareño de San Vicente del Caguán, en el centro de la "zona desmilitarizada". Al mismo tiempo, las FARC traen sopa y hacen obras en zonas empobrecidas a la vez que extraen recursos de los barrios pudientes. Su control territorial y monopolio de la violencia en la zona desmilitarizada es tan evidente que las FARC ya comenzaron a emitir leyes. La 01 era de reforma agraria, la 02 cobraba un impuesto a los ingresos por sobre un millón de dólares anuales (aplicable en cualquier parte de Colombia), y la número 3 prevé el castigo de "funcionarios corruptos" (también en todo el país). La lealtad política se regula a sangre y fuego. La Defensoría del Pueblo denunció en repetidas ocasiones que las FARC reclutaban forzosamente a hombres y niños, algo que las FARC niegan. Cuando en abril se fundó el nuevo partido político de las FARC, los guerrilleros habrían atacado con armas de fuego al municipio de Lejanías, cuyos habitantes no habían asistido al acto de lanzamiento.

Habiéndose armado una estructura política, las FARC también están consolidando la economía de su Estado en la jungla. Vimos antes que las áreas bajo su control no están demasiado pobladas. Sin embargo, las FARC se están ganando el apoyo de los 250.000 campesinos cocaleros del Putumayo colombiano. En las remotas y casi inaccesibles zonas rurales del sur colombiano, los cultivos ilícitos son efectivamente la única ocupación rentable a la que se pueden dedicar. Se estima que hay 110.000 hectáreas dedicadas a la coca y 10.000 a la amapola. Las FARC no demuestran demasiado interés en acabar con esos cultivos. Durante una cumbre a fines de junio sobre el tema, ellos propusieron un "programa piloto" que involucraba cederles más territorios y que requería 10 años de prueba antes de que se pudiera aplicar de manera general. En lo que no deja de ser lógico, el gobierno dijo que no. Bogotá decidió entonces incrementar la presión sobre la economía de las FARC mediante la fumigación desde el aire de los cultivos ilícitos. Pero las FARC se muestran menos y menos tolerantes de las intromisiones dentro de su territorio. Poco después anunciaron que "atacarían militarmente" a los aviones fumigadores. Estos últimos --pesados, lentos y cargados con material inflamable— pueden ser derribados con nada más que ametralladoras. Para los campesinos que dependen de la coca para subsistir (y cuya salud sufre por los efectos colaterales de la fumigación) la protección de la guerrilla representa nada menos que la salvación.

Con una poderosa fuerza militar y su retaguardia en orden, las FARC pueden tomarse su tiempo con las negociaciones de paz. Desde que comenzó la última ronda en 1999, éstas han sido suspendidas cuatro veces. Al disfrutar de una situación militar tan favorable, la guerrilla no ve motivos para pedir algo menos que lo ideal: moratoria de 10 años de la deuda externa, abandono del "modelo neoliberal", cambios en la política petrolera, reforma agraria, entre otras cosas. Acuerdos sobre todos y cada uno de estos temas han sido hasta ahora la precondición para un cese al fuego. Mientras tanto, como las FARC afirmaron reiteradas veces, la guerra continuará.

El último Vietnam latinoamericano

Una manera de romper este equilibrio sería la intervención extranjera. Muchos consideran que Estados Unidos está ansioso de asumir ese papel. En realidad, lo último que quiere el Pentágono es patrullar indefinidamente una zona casi del tamaño de España. Por ese motivo, Washington busca que los otros países de la región se hagan cargo del problema. A mediados del 99, el zar antidrogas Barry McCaffrey realizó una gira a los vecinos de Colombia para armar un "cordón sanitario" contra la guerrilla. El propósito básico era cortar el suministro de armas y de precursores químicos que la guerrilla y/o los narcos reciben desde el exterior. No parece haber surtido demasiado efecto. Otra táctica norteamericana es la ayuda "antinarcóticos", que este año será de más de 1.300 millones de dólares. Este dinero será utilizado prioritariamente para la compra de equipos militares, incluyendo 60 helicópteros norteamericanos (18 Black Hawk y 42 Huey II). Pastrana también quiere sumar ayuda europea para su "Plan Colombia", pero hasta ahora solamente Noruega y España se sumaron con 120 millones de dólares. Y siempre existe la posibilidad de una intervención directa norteamericana con tropas de tierra. Sin embargo, el único escenario en el cual se podría contemplar una intervención de ese tipo sería la caída de Bogotá o una amenaza inminente contra el canal de Panamá. Pero el actual equilibrio entre el Estado colombiano y las FARC hace que esas eventualidades sean sumamente improbables.

Pero, ¿existe un caso inverso? Es decir, algún tipo de intervención en favor de la guerrilla. Es una pregunta que intriga a las capitales de la región y a Washington. Las sospechas se dirigen especialmente hacia el presidente venezolano Hugo Chávez. Además de compartir con las FARC un gusto por lo "bolivariano", el mandatario demostró un voluntarismo en el proceso de paz que resultó muy irritante para Bogotá. Es que Chávez trataba de hecho a las guerrillas como una "parte beligerante", que por tanto pueden recibir reconocimiento internacional y no debían ser tratadas como meros insurgentes. Se sospecha además que Venezuela es una importante fuente de armas y suministros para la guerrilla, un papel que supuestamente no le resultaría desagradable a su presidente. Si le agregamos su amistad con Fidel Castro y su anti-yanquismo estridente y a veces poco práctico (una vez impidió que buques norteamericanos auxiliaran a las víctimas de una gigantesca inundación), el presidente Chávez parecería estar jugando un juego muy complejo. O quizá no tanto. Si las FARC toman el poder, el resultado sería la intervención internacional y guerra total en toda Colombia. Si no lo hacen pero se mantienen fuertes, el gobierno colombiano seguirá sufriendo una enorme sangría anual de dinero, hombres y moral a causa del conflicto insurgente. En ambos casos, el resultado sería el debilitamiento de Colombia, un país con el cual Venezuela tiene varios diferendos fronterizos pendientes desde que su "constitución bolivariana" definiera como su territorio a los de la antigua capitanía general de Venezuela de tiempos coloniales.

Hacia un Ejército profesional

Durante la Guerra de los Treinta Años en el siglo XVII, fue sólo gracias a la creación de un Ejército confiable y bien disciplinado que el Electorado de Prusia logró acabar con la ocupación y explotación a la que la sometían aliados y enemigos por igual. Colombia parece estar en un predicamento similar. Hemos visto que el proceso de paz sufre de dos grandes obstáculos: a) La guerrilla siempre tendrá buenos motivos para mantenerse armada en tanto que sigan existiendo los grupos paramilitares. b) Las exigencias de las FARC apuntan a un cambio tan radical en el Estado colombiano que es improbable que el gobierno las acepte por las buenas. Hay muchos indicios de que la solución a estos dilemas ha dejado desde hace tiempo de ser política. La reforma agraria podría ayudar, pero no se puede esperar que las FARC pierdan partidarios en favor de un gobierno identificado demasiadas veces con los terratenientes. Y el efecto de la reforma sería marginal en un país donde, de nuevo, más del 70 por ciento de los colombianos vive en las ciudades. Además, las FARC, en su gigantesca encarnación actual, subsisten en gran medida del secuestro y del narcotráfico, no de su nivel de popularidad en las no muy pobladas zonas rurales. Y las FARC ciertamente han demostrado que pueden controlar disidencias dentro de su "Estado". Por todos estos motivos, el gobierno colombiano parece inclinarse cada vez más hacia la solución militar.

No buscaría la aniquilación de la guerrilla. El analista Alfredo Rangel enfatiza que eso ya no es posible: "Requeriría un esfuerzo militar, una cantidad de recursos, un costo humano, demasiado alto y que el país no estaría preparado para pagar". El gobierno apuntaría, entonces, a las negociaciones de paz por otros medios. Las propias FARC pasaron de la indefinición trotskyana de "ni paz ni guerra" a una combinación dinámica entre las dos. Ahora el Estado colombiano tomaría ventaja de esa ambigüedad. La clave sería la profesionalización del Ejército. La tropa sería voluntaria y mejor entrenada. Se enfatizaría la movilidad y se crearían fuerzas de reacción rápida. El despliegue de los helicópteros norteamericanos permitiría ofensivas relámpago contra los santuarios guerrilleros. Por su parte, Estados Unidos ya comparte inteligencia satelital con Bogotá desde hace tiempo. Además, en poco tiempo habrá tres batallones colombianos de élite (unos 3.000 hombres entrenados por Boinas Verdes estadounidenses) expertos en la lucha en la jungla. Su papel oficial es de lucha antinarcóticos. Pero las FARC, según Washington, son después de todo una "narcoguerrilla".

Las reformas militares colombianas también atenderían al segundo problema del proceso de paz: los paramilitares. "Obviamente se debe mejorar el desempeño contra los paramilitares, contra los cuales la fuerza policial ya ha realizado acciones que han llevado a la captura de 400 de ellos", señala Rangel. Ya se habrían destituido a varios altos funcionarios de la policía y el Ejército por sus vínculos con los paramilitares. "El objetivo político (de estas reformas) debería ser obligar a las FARC a desarrollar una negociación política mucho más ágil y productiva para llegar a la paz", resumió el analista.

No es un mal plan. Pero podría sobrestimar los recursos colombianos. La profesionalización del Ejército requeriría invertir más dinero en salarios --especialmente con su triste historial de derrotas militares a manos de la guerrilla-- o mantener una fuerza bastante pequeña. Y, en los hechos, Colombia apenas puede soportar el actual gasto anual de 3.000 millones de dólares en la lucha contrainsurgente. Desde la década del 90 el "riesgo país" de Colombia ha subido vertiginosamente y el flujo de inversiones extranjeras se fue secando. Actualmente sufre lo que todos denominan su "peor recesión en un siglo". El analista norteamericano Edward Luttwak subraya además que Colombia no necesita una pequeña fuerza de élite: "No se puede controlar un área como el sur colombiano con una élite; tienen que entrenar al grueso de su infantería". Y tampoco puede subestimarse a la guerrilla. Rangel asegura que "las FARC son una organización muy disciplinada, jerárquicamente estructurada, altamente entrenada, tienen armas y equipo muy modernos, una tremenda experiencia en la lucha insurgente, y gran moral y capacidad de entrega a una causa. Todo esto les da una gran fortaleza en términos militares". Además, el plan del gobierno depende fuertemente en la cooperación con la Fuerza Aérea y de la movilidad de tropas aerotransportadas. Y, según Rangel, "hay persistentes rumores de que las FARC han usado su dinero para comprar misiles tierra-aire portátiles de última generación". Como demostraron los talibanes en Afganistán, no se puede subestimar el poder de esos misiles en manos de una guerrilla combatiendo en terreno montañoso o de sierra.

La guerra total

Clausewitz definió en una ocasión que existen dos tipos de guerra: la que busca el derrocamiento total del enemigo y la que sólo intenta extraer concesiones en el tratado de paz final. Una confusión muy común acerca de estas "guerras limitadas" es que su limitación procede de la libre voluntad de los contrincantes. Todo lo contrario. Generalmente (exceptuando casos en los que superpotencias deciden no utilizar la opción nuclear) esas guerras constituyen el máximo esfuerzo del que son capaces los gobiernos adversarios, esfuerzo que sólo basta para el regateo en la mesa de negociaciones. Ese es el actual predicamento de Colombia.

Ningún equilibrio dura para siempre. Pero muchos duran demasiado. La guerra civil en Angola, por ejemplo, ya se ha prolongado por casi un cuarto de siglo. Los casos africanos son especialmente pertinentes para Colombia dado que en ambos casos las rebeliones internas se financian con recursos de alto valor y fácil exportación: los diamantes en Africa, la coca en Colombia. Ese factor puede hacer que la lucha se dilate por mucho más de lo que nadie se imagina.

D.H. Lawrence deseó una vez "una ola de generosidad o una ola de muerte" ante la crisis del mundo moderno. En Colombia, la ola de generosidad que comenzó con la elección de Pastrana en 1998 y el proceso de paz parece estar disipándose en las interminables negociaciones en la zona de distensión. Las FARC, con su renuencia a acordar un cese al fuego, parecen apostar a la ola de muerte. Esta ya estuvo en marcha desde hace tiempo en Colombia. Y parece que, efectivamente, será lo único que decidirá el conflicto.

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