EL PERONISMO ARTIFICIAL

Escribe Edgardo Arrivillaga.


El peronismo se dirige hacia las elecciones anticipadas, una nueva e inverosimil asamblea legislativa o un remoto golpe de estado, con sus alas derecha e izquierda divididas y un pacto faustiano con el doctor Alfonsín.

Esta situación es producto de la ruptura definiva del rigido centralismo justicialista, impuesto por Peron desde la conformación del GOU en 1943, cuando guardaba en su casaca la renuncia sin fecha de todos sus miembros, excepto la de Perlinger -su competidor directo, a quien finalmente pudo devorar- siguió con la exorcización de Isabel, que convenía a todos: peronistas y anti -y pudo mantenerse durante la década prodigiosa, la del menemismo- gracias a la astucia política de un pragmático sin igual.

Pero ahora las cosas han cambiado. No solo el rey está desnudo, tiene las formas fisicoculturistas de un striper poco creible, alimentado con testosterona made nacional.

Hoy el peronismo postmenemista se parece a una constelación de partidos provinciales similares a los partidos que nacieron, con poca garra, bajo el signo del proceso y solo bastaría la resurreccion de Francisco Manrique o el brigadier Ezequiel Martinez para que el eterno retorno estuviera completo.

Es que de una forma curiosa en este ballet de gobernadores, con varios candidatos a la presidencia y una implantación territorial que recuerda a la Confederación previa a la batalla de Caseros hay un tema superestructural que enmascara una relidad mucho mas profunda. En 1955 la sociedad reclamaba un peronismo sin Peron, hoy quiere, añora desea pecaminosamente un menemismo sin Menem.

Para contrarrestar esta tendencia conservadora y la formación de la conciencia nacional consumista, no como subproducto de las bibliotecas sino por la habitualidad de una convertibilidad que permitió a una generación educarse y consumir via internet, un oscuro personaje -de pocas ideas pero iluminaciones arraigadas- se movió con sólido instinto político y forjó una alianza de cúpulas entre Lomas de Zamora y la encrucijada tambera de Chascomus. Duhalde no es un socialdemocrata, Alfonsin si lo es pero ambos tienen puntos en común, el gusto por la política de cupulas, la necesidad de enmascarar casi masonicamente las políticas acuerdistas y una mediocridad de gestion que solo se compensa con declaraciones pasablemente encaminadas a reivindicar esotericas apelaciones a la justicia social -en el caso de uno- y a instalar a la Argentina en ese mundo de ninguna parte que se llama tercermundo post union sovietica, en el caso del doctor Alfonsin.

Los dos tienen pocos votos, individualmente, pero ambos se mueven en esa frontera un poco entelequica que sueña un tercer movimiento historico al cual habria que sumarle una porcion importante de los frepasistas sin brujula, de los piketeros y de las asambleas barriales recuperadas para una nueva coalición progresista. Tan progresista, tan etica y tan amarilla que hasta la propia Carrio no deja de reconocer -en privado, es cierto- las virtudes del -así se dice- maximo importador de prostitutas dominicanas para la provincia de Buenos Aires

Pero eso es un detalle absolutamente menor en una Argentina estremecida por los peligros de secesión, la ejecución calma y tranquila de los policías y la convergencia de desposeidos que carnean animales vivos a la vera del camino y clases medias que nunca mas depositarán un peso, un dolar en los bancos que fisicamente se encuentren en territorio argentino.

Menem, que no aspiraba a la santificación sino mas bien a figurar en algo tan divertido como la banda Rat and Pac de Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davies, sabia desde lo mas hondo que la respuesta a Maquiavelo fue inutilmente irresuelta por un concurso internacional de filosofos convocado por Federico I de Prusia. La pregunta esencial en un libro en codigo, en clave, para iniciados se traduce en el dilematico interrogante que propone la politica. Que es mejor -preguntaba el caústico florentino- hacer bien las cosas malas o hacer mal las cosas buenas y frente a ese dilema uno no deja de contraponer las figuras de Carlos Menem y Fernando De la Rua, este último ex presidente argentino, al menos para el record.

Para Menem la respuesta fue simple: hacer las cosas. Para De la Rua, no hacer ni lo uno ni lo otro, para Duhalde, hombre de terruño, no de ciudad, tratar de gobernar para todos y probablemente en eso deberemos buscar el inevitable origen de su futuro, caustico e inevitable fracaso como presidente, como gobernante, parlamentario y hasta hombre de partido.

La experiencia peronista de 1945 es irrepetible y ya lo era en 1952, cuando Perón inició una segunda presidencia mucho mas inteligente que la primera. Tibios contactos con Estados Unidos para contrarrestar al Brasil, apertura al sector privado petrolero buscando rentabilidades con capital de riesgo y mayor solidez en la administracion de los recursos a través de Gómez Morales, quien habia venido a emparchar los errores distributivos de Miranda. En el 73, tampoco las cosas eran posibles porque el empresariado nacional con su correa de transmisión gelbardiana, carecía de dimensión para la sociedad transnacionalizada que lanzaba sus primeras bengalas de advertencia.

Menem hizo la alianza de clases inevitable y el efecto derrame no fue obra del mercado, como creen algunos ingenuos liberales del pensamiento clasico sino obra de la disciplina partidaria de un movimiento que se mueve, ora ciega ora lucidamente, hacia las cordenadas cardinales que conduce verticalmente su ocasional jefatura política.

Menem, hizo una revolución capitalista desregulada y sin frenos sin pensarlo, simplemente haciendo la pregunta inevitable que se formula un politico pragmatico:donde esta el poder? Y si el hombre no creia demasiado -o al menos tenía sus dudas humanas acerca de la existencia de Dios, habia comprendido que lo que interesaba, al menos sobre la tierra era el Vaticano.

Duhalde tiene una perversión menos eficaz. Quiere gobernar para todos, una entelequia, y no sabe muy bien que hacer frente a los reclamos sociales antagonicos. O si lo sabe

sus respuestas son primarias como la de un alfabeto grabado en la piedra, subsidios y planes trabajar para los marginados, apelaciones a la recuperación de los valores nacionales para las fuerzas desarmadas -el discurso de recuperacion de las Malvinas en algun momento de la historia universal- pero sin luchas, sin guerras, sin combate, y el hueso de la discusión de un nuevo modelo para los intelectuales que construyen al peronismo desde las bibliotecas. Asi el funcionariado desempleado o a la pesca, se refugia en productos culturales interesantes, la revista Mascaras, los grupos de reflexion de Jorge Castro, el archipiélago de fundaciones y agrupaciones en las cuales se come bien y barato, en fin esos lugares que ya practicamente interesan solo a los iniciados.

Algo parecido hicieron Hernandez Arregui y Arturo Jauretche en su momento y Perón, un carnivoro de verdad, poco les dio.

En este constructo esta surgiendo, desde el gobierno, una suerte de peronismo artificial, algo similar a la recuperación de dogmas, de mitos, de fantasía que hacen pensar en un Duhalde inmerso en el decorado de la opera rock, Evita, mas que en el 17 de octubre de 1945 de verdad.

El resultado mas interesante de este experimento populista y de un colectivismo maquillado es la gradual desaparición de la izquierda como politica de poder en la Argentina de las plazas postmodernas.

Y esto es bastante evidente. Pese a la lucha anticorrupción, monopolizada por los órganos de prensa de la izquierda y a los latrocinios reales que se han efectuado con el país, los emergentes tienden a reflejar la aurora un poco sorprendente y algo caótica de un pensamiento anticolectivista. Así, tanto el antipático Lopez Murphy, como el demasiado simpático Gustavo Béliz o la camaleónica, Patricia Bullrich y hasta el gélido gobernador Reuteman hacen pensar que los movimientos sociales de los nuevos partidos se dirigen en esa dirección y que Carrio, junto con Zamora y los piketeros fuera del sistema no podrán coagular un cambio político que exprese, con certidumbres, alianzas de doctrina y de poder, la vigencia de un pensamiento de izquierda, proyectado hacia el futuro. Y en eso, hasta la ya instalada discusión sobre los derechos humanos en Cuba, tiene un sabor de revisionismo historico inevitablemente usado, revisitado, perimido y agotado. Allí, como en otras partes lo que interesa es la sucesión y luego los derechos humanos, junto con el capitalismo sano, el salvaje y -como es natural, la mafia- llegaran despues.

Esa situación es un baño de realismo impensable hace poco en America Latina y en la Argentina. Años en los que cada elección era vista como una apuesta de todo o nada contra ese mutante llamado sistema.

Duhalde y Alfonsin son la ultima apuesta dicotómica contra el mutante y la ineficacia del duhaldismo como expresión progresista del justicialismo, lo arrastrará de la misma forma en que Alfonsín y De la Rua arrastraron al radicalismo.

El peronismo artificial demuestra su inviabilidad, pero también la de la izquierda que pretende jaquearlo para despues reemplazarlo.

El cogobierno duhaldista-alfonsinista -pacto Ribentrop-Molotov, sin Hitler y sin Stalin, ha cercenado de cuajo esa posibilidad.


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