VUELVE FICHTE ?


Dos libros parecen haber recobrado actualidad en la Argentina de estos tiempos. Las lecciones universitarias de Fichte, compiladas en el célebre Discurso a la Nación Alemana, por entonces una entelequia geopolítica y Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte, que con su análisis del 18 del Brumario, la revolución leninista y la marcha sobre roma del fascismo, parecen preanunciar los objetos del miedo de los argentinos, impensables hace solo tres años. El presente trabajo indaga, desde una óptica deliberadamente tremendista, la actualidad de Fichte y las coordenadas del nacionalismo que parecen resurgir.
Por José Antonio Riesco (*)


      A principios del siglo XIX, destruida Prusia y los otros "länders" alemanes por la fuerza expansiva (político-militar) de la revolución liberal que comandó Napoleón Bonaparte, el "espíritu nacional" de la patria de Federico El Grande y de Enmanuel Kant casi yacía sobre la derrota. Algunos de sus grandes pensadores, como Goethe y Hegel, quemaban incienso en homenaje al "gran italiano" (Córcega, donde nació el Emperador, fue francesa por obra de uno de los tantos manotones de la historia). Entonces, los "discursos a la nación alemana" de un profesor de filosofía, Johann Gottlieb Fichte, se dirigieron como exhortación a la juventud alemana. La llamó a ponerse de pie y a convertir la educación en la herramienta decisiva para la reconquista moral y sin la cual ninguna post-guerra tiene sentido.

Junto con Johann Herder, allá lejos, fue Fichte uno de los principales fundadores del nacionalismo teutónico y se dice que, por su intermedio, Hegel accedió a una interpretación no satánica de Nicolás Maquiavelo, el padre espiritual, a distancia, de la unificación de Italia. Esto es bueno recordarlo en la Argentina actual, donde el ánimo público apenas si da para la protesta mediante grupos armados de ira y cacerolas (por ahora...) y bandas de iracundos que practican el "scrache" con banderas rojas. Una técnica que los nazis utilizaron contra las personas, los negocios y los domicilios de los judíos en el afán, hacia los años 30 del siglo pasado, de fundar una Nueva Alemania. No se trata, por eso, de imitar a los unos ni a los otros, a los prusianos de hace dos siglos ni a los de hace 70 años, y tampoco de pensar que en los "scraches" hay un mensaje a la Nación Argentina. O sea, un llamado para que ésta se ponga de pie en medio de las ruinas que dejó el modelo neoliberal y que hasta este momento, en cosas fundamentales, goza de buena salud.

El nacionalismo es la causa de los pueblos jóvenes que buscan un espacio propio en el escenario terráqueo del cosmos; a veces el plan de subsistencia de una nación de largos y probados méritos que de pronto se ve acosada por la adversidad, o que necesita resolver problemas importantes de articulación socio-territorial. No es, por ello, un fenómeno abstracto ni, por consiguiente, un esotérico automovimiento de simplemente una "idea absoluta". Es sí (tiene que ser!) un programa vital --el alma nacional encarnada en la realidad biológica, territorial y psico-espiritual del pueblo-- que mira hacia el futuro mientras venera a "los padres". Lo que implica cierta vocación de u-topos (el horizonte que está más allá de lo dado) pero que requiere viabilidad técnica y cultural; y eso demanda una actitud mental de reconocimiento de los factores y pautas objetivas de los que no se puede escapar.

Me refiero a los propios que, en cuanto auténticos, generan capacidad para asimilar lo de otros y sin perder autonomía ni renegar de la familia. Y esto es cosa de bien nacidos y no otra cosa. Uno de los defectos de nuestro "nacionalismo" fue haber adherido más de una vez a las motivaciones ajenas, a las del romanticismo germano que nada tiene que ver con este país, o, más estúpidamente, haber mezclado los valores religiosos latinos con los intereses ideológicos del extremismo de derecha (manifiestamente pagano) que imperó en Europa central luego de la primera guerra mundial del siglo XX.
Eso no es nacionalismo argentino sino uso impúdico de la fotocopiadora, tan inútil como lo hecho por nuestros teóricos liberales del XIX enamorados del modelo institucional de los anglosajones. Ni sirvió, tampoco, la reacción de la juventud universitaria (FUA que le dicen) de 1945 que, agitando pancartas con el rostro exitoso de Stalin, Roosevelt y Churchill y la bendición del embajador Spuille Braden (USA), marchaba por las calles de Buenos Aires clamando contra el "fascismo" de Perón, una fabulación ésta que les adosó Victorio Codovilla, un gordo PC que tenía entonces la batuta de lo que era y no era la democracia en este mundo.

Con igual énfasis hay que rescatar el aporte sustantivo que el nacionalismo criollo (católico y pro falangista) hizo al proceso de construcción de la Argentina moderna luego que, con la gran crisis de 1930, se hizo insostenible el proyecto exclusivamente agropecuario ligado a un Estado prescindente. La necesidad de ir "más allá" la señaló Federico Pinedo durante la mal llamada década infame y años después lo ratificó Robustiano Patrón Costa, tal cual lo recogió la revista "Fichas·" del intelectual marxista Melciades Peña en su momento. Lo dijo bien claro Miguel Angelo Cárcano en un meduloso discurso ante el Congreso cuando era ministro de agricultura de Agustín P. Justo. Como vale tener presente que de dicho nacionalismo, la generación revolucionaria (cívico-militar) de 1943 en adelante, recibió su vocación social e industrialista. Pese a sus disidencias y riñas internas, en su síntesis histórica, concretizadora, aquel "conservadorismo" fue una auténtica obra nacional. Hizo posible superar la "gran crisis" y entregarle al peronismo una nación en plena marcha, sobre todo por su potencial económico. Cuando a nuestra historia política dejen de escribirla los resentidos de siempre, seguramente se le hará justicia al general Justo, artífice de aquella articulación y sin olvidar que a él le cupo el mérito, junto a hombres como el ex gobernador cordobés Pedro Frías, de haber enterrado el proyecto corporativista de Uriburu.

¿Es llegada la hora de una visión nacionalista de la Argentina acorralada..?

Tal cual se ve, por lo que nos pasa en este 2002, todo es un problema de responsabilidad política en sentido eminente, y a eso precisamente lo suelen ignorar los populosos que creen en el reparto sin previamente llenar las alforjas, y de manera que, permanentemente, se reponga y aumente lo que se gasta. Y es paradójicamente, lo que violentaron los neoliberales cuando ignoraron que la economía es asunto de "cosas" (bienes y servicios para una sociedad) y, en cambio, todo lo concentraron en lo simbólico (billetes, bonos, malvares, pagarés, cheques y endeudamiento a granel). ¿Cuánto creció la nación con semejantes farmacopeas..? ¿En qué medida después de ellos aumentó la vitalidad espiritual y material de la Argentina..? Acaso sea cierto que en el recinto undécimo del infierno, el Dante previó un lugar para que estuviesen juntos populistas y liberales.

Hace poco un joven me comentó que con un grupo de colegas, jóvenes profesionales, trataban de imaginar un programa "nacional" y me requirió una opinión. Se me ocurrió decirle lo que hace un tiempo le manifesté a un militar amigo que andaba con similares inquietudes. "-Lea los libros que siempre son generosos y ayudan, también vea televisión si le gusta, pero no busque allí la respuesta. Párese en su propio país, la Argentina, y mire hacia afuera para aprender muchas cosas, pero no saque sus pies de la tierra propia, la tierra de los padres, la Patria. Haga como San Martín y Juan Bautista Bustos, como Juan Manuel de Rosas y Domingo Faustino Sarmiento, como Julio Argentino Roca, Nicolás Avellaneda y Pablo Ricchieri, como Hipólito Yrigoyen y Lisandro de la Torre, como Agustín P. Justo, Juan Perón, Juan Ignacio San Martín y Arturo Frondizi.
Fueron hombres de su tiempo y por eso su mirada al mundo fue de apertura, unos más y otros menos; aunque su fortaleza y creatividad consistió en que esa visión la proyectaron desde la plataforma histórica y material de su Nación argentina. No de otra. Si se mira hacia adentro se descubren experiencias e ideas valiosas, están en la trayectoria patria, y cuya interpretación actualizada permite imaginar objetivos para lo que hay que hacer.
Todo sin renunciar a tomar prestado del extranjero lo que sea necesario y bueno.

Quiere decir que el nacionalismo --si no es adopción tilinga de modelos extraños, como ya nos ocurrió más de una vez-- constituye el plan de aumento de la vitalidad de una nación que necesita emerger más allá de sus crisis y de sus marcas naturales. Algo que tiene que ver con las condiciones socio-culturales de cada generación, además de lo que le aporta la herencia colectiva. Una sociedad desarticulada no puede operar ni económica ni políticamente como una "unidad de destino", pues en esas condiciones las energías se consumen auto-digiriéndose, por aquello de que si lo dejan suelto "el hombre es lobo del hombre", tal cual lo advirtió el genio de Tomas Hobbes, siempre vapuleado y poco leído con atención. Eso pasa cuando el pueblo y sus individuos carecen de reglas realistas de cooperación social. En medio de los conflictos multiplicados, pese a que se disimulen, la competencia que es inmanente a todo progreso degenera en guerra interna aún sin armas. Y una sociedad instalada en el egoísmo, la mediocridad y los dogmatismos se vuelve reacia a la ciencia y a la innovación tecnológica; lo hace en nombre de creencias mal entendidas y olvidando que Galileo vivió y murió con fe en Dios y peleado con la Inquisición.

En nuestros reiterados "va y viene" --a veces hacia arriba y otras cayendo-hay un responsable fundamental que no puede ignorarse: El Estado.
Nos hizo independiente con San Martín y los caudillos, fuertes y en crecimiento con Sarmiento, Avellaneda y Roca, industriales y socialmente expansivos con Justo, Perón y Frondizi. Y pare de contar. En otros tiempos, antes y luego, tuvimos algunos gobiernos con buenos impulsos y que se frenaron a poco andar. Llegó incluso el turno a los desmanteladores del Estado, enamorados del libre cambio en brazos de la globalización, enemigos enérgicos del populismo pero sus mejores herederos en cuanto al desprecio con que trataron a la administración pública y financiera. Predicaron y aplicaron un liberalismo (ingenuo y a la vez corrupto) que no practicó ningún liberal sensato del resto del mundo; por eso antes de irse dejaron a la propiedad privada en el calabozo. Hoy, como premio ( o continuidad...?) nos gobiernan los zurdosos anticuados y los ex-montoneros cuya "revolución" quedó en la historieta sangrienta que todos conocemos y cuyo programa máximo no pasa ahora de gestionar lástima y limosna de las agencias financieras del "imperialismo". Lenin confiscó la propiedad ajena para fundar el comunismo, estos confiscadores nuestros, no se sabe para qué. De ellos sólo se conoce de dónde vienen pero no a donde nos llevan.

Nuestro Estado en un ejemplar inservible y costoso, con él sus inquilinos de ocasión sólo atinan a "reducir el gasto fiscal" ignorando que la inversión pública es una de las fuentes de lo que, junto con los aportes de la empresa privada, llega al mercado para nutrirlo y hacerlo funcionar. A pesar de lo cual se exige al pueblo que pague impuestos, en medio de una parálisis asombrosa y dañina de las relaciones de compra-venta de productos y servicios. Entretanto el discurso del Presidente Duhalde no se parece al de Fichte, salvando las distancias, sino que convoca a la Fiesta del 9 de Julio próximo para festejar el fin de la recesión. Lo imita a Francis Fukuyama que hace unos años citando a Hegel anunció "el fin de la historia".
Pero nuestro presidente de turno mediante un decreto de necesidad y urgencia acaba de resolver que el 8 de junio se cierra el ciclo negativo. Por algo se dice que está saliendo humo blanco de las tumbas de Colbert, Adam Smitt, Marx y Keynes; sin perjuicio de lo cual mucha gente dedica sus oraciones al milagro prometido. Y vale preguntarse en qué cueva está refugiada la dignidad argentina. Claro que todo será si el FMI "nos presta plata". Qué Estado.??!!

En el Plan Fénix, elaborado por un calificado grupo de economistas que convocó el área respectiva de la Universidad Nacional de Buenos Aires, en los capítulos introductorios, y al margen de los méritos del trabajo (que los tiene! , aunque no tantos como pretenden sus autores ) se puede leer uno dedicado a la "Reforma del Estado". La cuestión responde a una imperiosa necesidad nacional que ya lleva décadas de postergación en cuanto a una respuesta adecuada. Pero, en este caso, lamentamos sostener que nos dejó con el gusto amargo de las decepciones; su buena factura teórica y las calidades académicas del autor no avanzan en nada fundamental. Con respeto, nos sentimos tentados a reproducir --por la repercusión que siempre tuvo en la Teoría del Estado- aquella odiosa y sugestiva frase de Adam Müller: "La reforma del Estado no tiene nada en común con la limpieza de una alacena".

Puesto que el tema presenta, a nuestro modo de ver, ciertos rubros vitales que es necesario, al menos, plantear : a) concentrar el Gobierno en la conducción política y técnica del Estado y proyectar sus capacidades a la sociedad;

b) constituir y operar un sistema de planeamiento que, como las naciones desarrolladas del mundo y las grandes empresas, permita establecer objetivos y previsiones para las actividades básicas en orden a economía, educación, defensa, salud pública y desarrollo cientìfico-tecnológico;

c)delimitar las competencias del Congreso para que se dedique únicamente a su rol natural en un Estado moderno : legislación básica y control;

d)seguridad interna a fin de colocar los derechos de los ciudadanos honestos y trabajadores por encima de los privilegios jurídico-procesales de que hoy goza la delincuencia (común y financiera);

e) reivindicar el rol fundamental de la oferta y la demanda (destruido por el dogmatismo liberal ) en la asignación de recursos, planificando "a través del  mercado" en todo lo que sea posible;

f) llevar la administración pública a los más altos niveles de eficiencia-eficacia con la incorporación de tecnología informática y separándola de la política;

g) replanteo profundo de la situación de los partidos políticos con medidas que destierren definitivamente los vicios y privilegios de la clase política;

h) proteger la producción propia bajo la pauta de un intercambio riguroso de beneficios (impositivos, crédito, etc.) por competitividad exterior en términos de calidad, cantidad y costos;

i) política internacional exclusivamente en función de los intereses nacionales y aprovechar, consecuentemente, todas las oportunidades que brinde el proceso mundial contemporáneo descartando ideologismos pasados o presentes y socios que no nos tratan como socios.

Lo "nacional" no es ni debe ser una receta (ni un mito ni una superstición) que nos encierre y nos aísle como si fuese una máscara de hierro. Más allá de las fronteras nacieron muchos de nuestros padres y abuelos que llegaron de lejos para cambiar el desierto por el trabajo y la cultura; y están nuestros hermanos americanos de todos los colores. Pero somos la Argentina y aquí está el destino. En cada experiencia propia, en cada generación, hubo un aporte y una acumulación de ideas y experiencias; es precisamente aquí donde encontraremos la respuesta a la problemática del crecimiento y de la soberanía. Aquí donde hay que retomar la dinámica que alguna vez tuvimos y donde debemos insertar lo que viene de afuera. Hacerlo sin prejuicios ni timoratismos, duros con los traidores y también con los abúlicos e indisciplinados, especialmente de arriba hacia abajo; con "voluntad de poder" para construir, organizar y superarnos. De otro modo no tendremos qué exportar en materia de dignidad, conocimientos y bienes, y estaremos siempre a la intemperie, cantando el Himno en voz baja, avergonzados y sin virilidad cívica. El nacionalismo es voluntad de poder, ante todo para domar nuestras carencias y vicios; por eso es el programa de una Nación que se siente vital y joven.

(*) Instituto de Teoría del Estado

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