LA ARGENTINA: LO QUE SE VA Y LO QUE NACE

por Luis María Bandieri


Los argentinos nos sentimos en una de esas encrucijadas donde se decide el destino colectivo. Más aún: intuímos que ese destino ya está prácticamente decidido, en el sentido de nuestra desgracia, y que nada podemos contra él. Vivimos, pues, una situación trágica en el sentido clásico del término. A la inexorabilidad de la tragedia antigua la modernidad la mitigó con la esperanza. Pero hoy, los argentinos carecemos de ese don, que nos permitió, en otras circunstancias igualmente trágicas de nuestra historia, mantener viva la convicción de que, tras la rodada, en otra vuelta del camino retomaríamos el ascenso. Estamos a merced del viento y nuestra mayor aspiración es dejarnos llevar. Y, sin embargo, como en la vieja tragedia, aún no pudiendo nada contra lo que nos pasa, pretendemos, cuando menos, explicarnos qué nos pasa. Queremos cantar el presente y opinar, aunque nuestra opinión resulte apenas un reflejo en el lomo cambiante del río infinito que nos arrastra. Si examinamos las opiniones que se cruzan, de aquí y de afuera -se ha vuelto un deporte planetario interpretar a los argentinos-, y tratando de poner allí un poco de orden, podríamos hablar de aquellas que apuintan a circunstancias referidas al "gran juego" y de las que aluden a circunstancias referidas al "pequeño juego". En el gran juego la apuesta es el sentido general de la época; en el pequeño, se trata de los conflictos locales, tanto internos como del ámbito regional. En el garito del gran juego no tenemos entrada; apenas si, de vez en cuando, se arriesga en el tapete alguna ficha que lleva nuestro nombre y apuesta sobre nuestra desventura y nuestro desvarío. En el pequeño juego sí tenemos un lugar, que a veces está vacante y otras cubierto por un jugador siempre desnorteado y, a ratos, francamente chambón.

Cuando hablamos del "gran juego", lo asociamos con la globalización. "Globalización" alude a la presencia omnímoda y ubicua de mecanismos o "soportes" impersonales como las redes tecnológicas de comunicación, los mercados financieros y, en general, los aparatos ajustados a "elecciones racionales" conforme la fórmula binaria costo/beneficio y el objetivo de maximizar estos últimos. Aquellos soportes resultan portadores de su propia lógica interna, cuyas conclusiones resultan de sistemas expertos y que se satisfacen a ellos mismos en el desenvolvimiento de su propio mecanismo. La globalización se refiere, pues, a una metafórica malla impersonal, autosuficiente e inexorable, que prescinde del hombre, reducido a una especie de ente anticuado, periférico y, pronto, quizás hasta virtual. La globalización va aún más allá del planteo, ya de por sí algo trastornante, de un espacio para considerar el desenvolvimiento de nuestras vidas que equivalga al mundo entero y no a la comarca. En aquélla no se apela a referencia espacial alguna. Tampoco figura referencia al hombre, expresado por sus preferencias en percentiles sobre gráficos de barra o de torta, esto es, reducido a superstición estadística. La metáfora globalizadora es la de un entramado de redes, donde, como en el Dios esférico de Pascal, el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Se advierten así los rasgos tétricos de la globalización, que constantemente modifica las circunstancias de nuestra vida concreta con referencias a movimientos de capitales, subas o bajas bursátiles, transferencias de información entre máquinas, etc., dando lugar a un proceso de toma de decisiones prácticamente impersonal y sin rostro: a decisiones sin decisores.

Junto a la globalización reticular, que prescinde del hombre y de la dimensión espaciotemporal en que aquél transcurre su vida, existe otra forma de mundialización, que a veces se confunde con la primera, pero que es diversa de aquélla.. Me refiero a la tendencia hacia un imperio planetario. No estoy hablando de la conjura de un "colegio invisible" que pretenda regir monocráticamente el mundo desde las sombras, aunque proyectos en tal sentido hayan existido o quizás existan en la actualidad. Hago referencia al carácter de superpotencia planetaria que asumen los EE.UU., con mayor fuerza desde 1991 (fecha del derrumbe del imperio soviético) y, con especial inflexión, desde el 11 de septiembre de 2001. Es la primera vez en la historia del hombre que una potencia se presenta como superior a todas las demás, simultáneamente en el plano militar, económico y tecnológico, teniendo como objetivo el dominio político sobre una ecúmene que coincide con el planeta entero.

Tenemos, pues, en el gran juego, la actuación simultánea de dos tendencias hacia la unificación del mundo. Una, conforme a la razón tecnológica. Otra, conforme a la razón política. Ambas razones, en la versión que tenemos ante nuestros ojos, se presentan como maximizadoras, absolutizadoras y expansivas, es decir, carecen de la noción de límite y medida y su lema es "siempre más". Desde este punto de vista, una y otra están enfermas de hybris, la arrogante desmesura que en la mitología griega era trágicamente puesta en su lugar por obra de Némesis. Probablemente, este desquite "nemético" se dé a través del choque entre ambas racionalidasdes. Porque, como veremos, caminan a la contrariedad y el choque.

La razón teconológica globalizada ha envuelto el mundo en una red cada vez más compleja de sistemas expresados en diagramas de flujos, cuya unidad es la cifra binaria (0/1), el bit. El proceso decisional, en ese complejo de redes virtuales pertenece cada vez más a los sistemas mismos.. Y se ejervce en casi todos los los aspectos que cuentan para nuestro tiempo: información, comunicación, mass media, bolsas, mercados, créditos y deudas, contratos trasnacionales, etc. En el trámite decisional van desapareciendo los autores responsables, sustituídos por programas vigilados expertos en el diseño y manejo del software correspondiente, absolutamente irresponsables y ajenos a las consecuencias de sus actos, ya que los problemas, de surgir, se deben, simplemente, a que se cayó el sistema, el programa se colgó o no responde el server... Hannah Arendt vio certeramente cómo el totalitarismo, la terrible enfermedad política que bajo rótulos muy diversos recorre el siglo XX y penetra el XXI, resulta de la extensión a escala global de la lógica eficentista y utilitaria aplicada a la dominación humana, en cuya virtud se decreta que alguna parte de la humanidad resulta, a todos los efectos, superflua. Esta lógica, según Arendt, es servida con entusiasmo por muy triviales y eficaces dependientes, capaces de apilar prolijamente números estadísticos en un campo de concentración o de declarar, por vía de una ecuación de que mide su "riesgo soberano", un país entero como económicamente inviable. Sin pretensión de tremendismo, puede afirmarse que la globalización y sus decisores sin cara, como procedimiento de dominio, se inscribe en la historia totalitaria de la humanidad moderna y posmoderna. Este reticulado neototalitario ha ido sometiendo, poco a poco, grandes sectores de la actividad humana: las finanzas, la economía, la política, el derecho.

Hasta tal punto la red pesa sobre el mundo, que hubo momentos en que se supuso definitivamente superada la razón política por la razón tecnológica que aquélla expresa. La razón política se expresa por la "razón de Estado", por la cual, el príncipe, alegando la suprema ley de salvación del pueblo, se considera no atado por la ley, y superior a ésta. El aparato de dominio, el Leviatán descripto por Hobbes, se plantea a sí mismo como un "dios mortal" que exige obediencia a cambio de la protección otorgada al súbdito. La razón política, pues, encierra en sí los mismo gérmenes absolutizadores y totalitarios de la razón tecnológica. Uno de los principales quehaceres de la reflexión sobre la política a través de la historia, precisamente, ha sido el de propiciar sistemas de contrapoderes que contengan a Leviatán. La razón polÏtica supone que en el conflicto donde ella interviene existe, al menos en potencia, la posibilidad de destruir y ser destruído. Cuando adviene la razón tecnológica, pareció que, defintivamente, esos conflictos con carga potencialmente destructiva podían ser para siempre neutralizados. El conflicto político sería sustituído por la competencia en el mercado, que conduciría a una pacificación espontánea, ya que la aritmética de los intereses permitiría satisfacer a todos los partipantes (estrategia del ganar/ganar). Habría sonado la hora del "fin de la historia (política)".

Pero el dios mortal no estaba muerto; simplemente sesteaba. Varios factores contribuyeron a despertarlo. Al disolverse las ideologías décimonónicas a impulsos de la razón tecnológica, que pulverizó sus profecías, resurgieron las teologías que estaban en la base de aquéllas. El Islam, sobre todo, se alzó como una contestación global a la razón tecnológica. Los puntos dolientes del planeta mostraron que sus problemas no se ajustaban a la convergencia de intereses ganar/ganar. El conflicto árabe/palestino, el conflicto India/Pakistán, los Balcanes europeos, los Balcanes asiáticos (Afganistán y repúblicas circundantes) requirieron y requieren la presencia de la razón política en toda su crudeza. El 11 de septiembre de 2001, al golpear el terrorismo los centros simbólicos de la tecnología y el poder mundiales, Leviatán se irguió, definitivamente, para dar protección a los sumisos y destruir a los insumisos.

Razón política y razón tecnológica tienen su asiento principal en los EE.UU. y aparentan ir de la mano. Pero son absolutas, y necesariamente chocan. Hay escaramuzas livianas: proteccionismo vs. OMC; negativa de los EE.UU. a suscribir el Tratado de Roma sobre jurisdicción penal internacional, etc. Habrá encuentros más intensos. Los argentinos, se repite, no tenemos sitio en ese "gran juego". En la aldea global, todos los aeropuertos se parecen y los suburbios tienden a ser siempre los mismos. Estamos en un arrabal del mundo, con peleas y problemas propios de donde el barro se subleva, pero nuestros dirigentes -el día que los logremos- deben tener en cuenta el "gran juego" y sus peripecias planetarias.

El "pequeño juego" se libra en el nivel local. Allí, cada uno de nosotros anda perdido como quien acaba de sufrir un terremoto seguido de un derrumbe, y camina atolondrado entre las ruinas. La catástrofe nacional nos ha sacado momentáneamente también del pequeño juego. Nunca,. en la historia de nuestra caídas, hemos atravesado una situación tan letárgica. El daño principal de la catástrofe, a mi juicio, reside en el oscurecimiento casi absoluto del presentimiento de futura grandeza y de brillantes destinos que Juan Agustín García, en su tiempo, señalara como rasgo del carácter nacional. Esa idea de la predestinación colectiva no tuvo, como en el caso, de las colonias británicas asentadas en la costa este de los EE.UU., una base religiosa y asiento bíblico. Más bien surgió, desde Buenos Aires y los "campos porteños", como se decía entonces, a manera de una oscura forma compensación ante la ausencia del recurso minero, que proporcionaba, en los tiempos fundacionales, la riqueza inmediata y que, para encontrarlo, requería subir a la lejana Potosí, en el área altoperuana vinculada a Lima. Así, desde una aldea chata, húmeda y apestosa a reses sacrificadas en el matadero surgió la persistente y casi absurda convicción de que nos esperaba un porvenir espléndido, por el camino de intercambiar, a como diera lugar y las más de la veces ilícitamente, los frutos uterinos dela tierra (cuero, sebo, crines, carne) por las manufacturas producidas por el "primer mundo" de entonces. El gaucho vivía en una choza de adobe, llamada "rancho" por influencia del lenguaje marinero, pero vestía un poncho y calzaba un cuchillo made in England (punto que sería interesante recordar por parte de quienes proponen "vivir con lo puesto"). La creencia invencible en el "destino de grandeza" acompañó a Liniers reconquistando Buenos Aires y la sonrisa de la Perichona; dio sustento a la alcaldada agroexportadora de 1810; hizo a don Bernardino Rivadavia, casado con la hija de un virrey, presidente de una república que terminaba al final de la Calle Larga de Barracas y fabricó uno de los mejores políticos que hasta hoy dio la Argentina, Juan Manuel de Rosas, un hacendado progresista obligado a pelearse con las potencias a las que él quería venderles los frutos de la tierra que su provincia producía. Más tarde, otro porteño, don Bartolomé Mitre, a partir de aquella convicción persistente hacia la grandeza, diseñó las bases históricas y culturales de lo que hoy llamamos la "nación argentina" y era entonces una confederación laxa de provincias revoltosas. Incluso, nos dio por Padre de la Patria a un correntino afecto al renunciamiento, que nos dejó en estado abandónico, ya que pasó la mayor de su vida fuera de casa (apto, pues, como pensara don Bartolo, para ser invocado por cualquiera, ya que, en principio, no comprometía a nadie). Finalmente, en otra vuelta de tuerca, el interior profundo, conquista con el cañón Buenos Aires, la capitaliza y asienta sus reales en el viejo Fuerte con don Julio A. Roca,esta vez para quedarse. La letra federal de la Constitución resulta modulada en unicato y liga de gobernadores. Algo así como la paz sigue a los sacudimientos y ejecuciones a lanza y cuchillo. Con la inmigración y los barcos frigoríficos se realiza lo que James Scobie llamó "la revolución en las pampas". Y allí las cifras parecen coincidir con el destino de grandeza: la Argentina es la "mesa puesta de la humanidad" y su PBI (aunque entonces no se desvelaban con esa cifra mágica), al despuntar el siglo XX, equivale al 50% del PBI total latinoamericano. No voy a seguir las peripecias de nuestro sentimiento de predestinación; y los altibajos de sus concreciones. Baste señalar que dura, aproximadamente, hasta la primera mitad de los 90 del siglo pasado, aunque ya bastante percudido. La última manifestación de ese argentine dream transcurre en el lustro 1991/95, esto es, durante la euforia fiestera del menemato. De paso, asoma allí en plena forma, como un cierre perfecto, el origen mezquino, sustitutivo y rapaz del mito de la promesa de grandor. Porque era evidente, por entonces, que Menem -el político más hábil que produjo la democracia ochentista- llegaba al poder al frente de una montomera que se desplegaba con vistas a una apropiación sistemática y ordenada de la cosa pública, concebida a partir de allí como cosa nostra. Carlos Menem tuvo la audacia de mostrar el proceso globalizador como una oportunidad para la gran repartija interna, el método distributivo de la indiada maloquera que el "Martín Fierro" describe y nos ha quedado como modelo del cumplimiento de la promesa original. Y a las dirigencias de los distintos clanes y sectores que componen la vida argentina se les encendieron los ojos voraces: la ciudad de los Césares estaba a la vuelta de la esquina; Jauja era, al fin, realidad; Potosí volvía al puerto. Cierto, había que adormecer la conciencia blanda de los populistas de bombo y estampita y de la "progresía" vigilante. El "carlismo" supo perfectamente cómo proceder en un caso y en otro. Los costos se pagaban con endeudamiento externo y así los sindicalistas se convencieron de los beneficios de ingresar al primer mundo y muchos ex guerrileros se convirtieron en brokers con pasado pecador. En Olivos, Alfonsín y Menem sellaron el acuerdo ratificatorio del "partido único de los políticos", titular monopólico de la explotación de la república y sus privilegios anexos. La sociedad toda soñó el sueño de la grandeza, hasta el punto de que aún queda la vaga añoranza de un menemismo sin Menem que nos retrotraiga a ese momento maravilloso donde un peso era un dólar y nos sentíamos como si fuéramos "primer mundo".

El jugador argentino en el pequeño juego -nuestra clase política- está ética, intelectual y prudencialmente incapacitada para continuar en su puesto, lo que es evidente para toda la ciudadanía, que la repudia abierta y ruidosamente. Su mensaje es tan sólo autorreferencial y su objetivo durar aferrada a su trenza de privilegios, que finge desanudar de día para recomponerla luego a escondidas. En su ceguera, sólo aflojará cuando cunda el Gran Miedo -que ya se anuncia en actos aislados- y, como los aristócratas franceses el 4 de agosto de 1789, proclame la abolición de sus prebendas cuando ya sea muy tarde. La situación se agrava porque ni siquiera sus integrantes son capaces de dejar momentáneamente de lado sus internas, que exacerban con manipulaciones, operaciones de inteligencia, movilización de cuadrillas mercenarias de marginales, etc. Estas maniobras de volido corto se volverán inexorablemente contra los intrigantes que las montan, pero al precio de agravar el sufrimiento y la zozobra de todo el resto. Está cercano el momento, ya vivido en todas las guerras civiles que jalonan nuestra historia, en que los mensajes se desbocan inconteniblemente y las pistolas comienzan a dispararse solas. Nadie en sus cabales puede quererlo o propiciarlo, pero nuestras dirigencias crepusculares, en su fuga hacia delante, nos empujan patéticamente hacia aquellos extremos, y las palabras que intentan detener la estampida y la sangre se apagan como ruido en el aire.

Después de haber destruído la moneda y el crédito en una casino society donde todas las ruletas giraban con trampa, hoy reconstruimos las funciones de intermediación en los cambios y de medida común de los valores con los certificados que se emiten en los nodos de trueque. Del mismo modo, la reconstrucción política tendrá que remontarse a lo primordial, aquello que Aristóteles llamaba la philía, es decir, la amistad cívica fundante de la comunidad. La reconstrucción del tejido comunitario y de la vida cívica consiguiente sólo podrá producirse yendo de lo micro a lo macro, en una imbricación federativa de niveles, bajo el principio de subsidiariedad, que vaya del barrio al municipio, del municipio a la provincia, de la provincia a la región, de la región a la nación y de la nación a la confederación subcontinental. Esta vía, larga y difícil, es la única que permitirá volver central lo local e inmediato y periférico lo mundialista y global, que de otro modo oprime con doble talón de hierro. Es un camino que debemos emprender casi sin referencias, huella marcada o mapa, ya que nuestra cultura política quedó también agotada. Caminamos a los tumbos por una sentina de requechos ideológicos: los populismos moribundos a los que nada queda por repartir, salvo su propia rapacidad insatisfecha; la derecha errante que aún espera un mesías uniformado con mano dura; la izquierda sin futuro que nos promete un pasado mejor, el de los guerrilleros de los 70. A sumarles todos los predicadores de los beneficios de ser globales de estricta observancia, ya lo afirmen por interés, convicción o, simplemente, 'sin querer queriendo".

La tragedia se lleva una Argentina que fue la nuestra y no tiene retorno. Purificada en esa dimensión trágica ha de nacer otra patria, cuyo rostro no alcanzamos aún a vislumbrar, cuyos sueños habrán de poblar otros mitos que no el de la abundancia y el destino regalado, del que acabamos de despertar.-.


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