ir a parte anterior // ir al capitulo siguiente PARTE II. IMPRIMIR

El amanecer del 10 de noviembre de 1973 en el mar, y navegando a unas 80 millas al sudeste de Puerto Belgrano, presagiaba un día destemplado por el cielo cargado de nubarrones y un viento en ráfagas que invitaban a quedarse en los compartimentos del barco. Lamenté que el buen tiempo no nos acompañara porque eso le podría quitar un poco de brillo al acontecimiento, pero estaba seguro de que en manera alguna conspiraría contra su enorme trascendencia histórica.

Y no era para menos, puesto que el general Juan Domingo Perón a tan sólo un mes de haber inaugurado su tercera gestión presidencial, dejaría ese sábado el despacho de la Casa Rosada para realizar su primer viaje oficial. La elección del destino poseía un elevado contenido simbólico: visitaría el más importante apostadero naval del país, precisamente un lugar que había sido epicentro de conspiraciones contra, sus dos primeros gobiernos.

De allí la calidad política que tenía el gesto, consecuente con el reconfortante nuevo discurso en el que convocaba a la pacificación y al reencuentro entre argentinos. Es que Perón como presidente solamente había traspasado los portones de la base en una oportunidad, también un sábado de noviembre pero del año 1946. Jamás retorné, ni siquiera una vez, en los siguientes nueve años de sus primeros dos gobiernos. Desde entonces nunca se preocupó por disimular su encono hacia la Marina a la que consideraba un verdadero reducto del más acendrado gorilismo antiperonista, sentimiento que no dudó en exteriorizar abiertamente después del '55 a raíz del rol decisivo que le tocó jugar a la Flota de Mar en la rebelión que derivó en su derrocamiento.

Así que ciertamente no me equivocaba al asignarle real jerarquía histórica a esa jornada en la que el destino, por otra parte, se había ocupado de reservarme uno de los papeles centrales. Era a mí a quien le correspondería recibir a Perón en el portaaviones 25 de Mayo, buque insignia de esa misma Flota que él tanto había denostado, al frente de cuyo comando yo estaba a cargo desde enero de ese año.

El programa de la visita establecía que el Presidente llegaría a la Base Comandante Espora, en Puerto Belgrano, alrededor de las 8 de la mañana. Allí se le rendirían los honores de práctica y pasaría revista a las tropas antes de abordar un helicóptero para volar hasta el portaaviones, desde el cual presenciaría un ejercicio aeronaval en compañía de su comitiva. Eso, en lo formal, era lo que marcaba el protocolo preparado para darle un adecuado marco militar al acontecimiento político que representaba ese viaje.

Yo dudaba que Perón circunscribiera su actividad a mirar como volaban los aviones y navegaban unos pocos barcos. Presumía que quizás si se hubiese tratado de otro presidente podría haberse dado por satisfecho y por cumplido con la exhibición militar. Pero el que descendería sobre la cubierta del 25 de Mayo era uno de los hombres políticos de mayor envergadura que conoció la Argentina en el siglo veinte, y por esa razón consideraba improbable que estuviese dispuesto a someterse, a tanto trajín sin tratar de sacarle algún otro provecho.

A un Perón anciano como ya era él -y consiguientemente, con obvias limitaciones para desarrollar una actividad demasiado intensa- difícilmente se le presentaría otra circunstancia tan propicia como la de ese día si le interesaba sondear, sin intermediarios, la opinión y los sentimientos de los cuadros de la Armada. Y a bordo de la nave se pondrían a su alcance oficiales de todas las jerarquías -empezando por mí- precisamente en un ámbito que, por sus características, facilita el diálogo entre superiores y subalternos. Claro que, también podía ocurrir algún imponderable, porque el despegue y aterrizaje de los aviones sobre la pista de cubierta siempre conlleva riesgos ... pero preferí pensar en otra cosa para no preocuparme.

Volví a repasar la lista de la comitiva que lo acompañaría, encabezada por los ministros de Defensa Angel Federico Robledo, y d e Bienestar Social José López Rega, mas los comandantes del Ejército teniente general Raúl Carcagno, la Armada almirante Carlos Alvarez, y la Fuerza Aérea brigadier general Héctor Luis Fautario. No sería nada complicado, me dije, que si Perón tenía intención de hablar a solas con alguien se despegara de ellos.

Observé el reloj y advertí que recién eran las 6 y 55, así que decidí bajar a mi camarote a tomar el desayuno y ponerme más cómodo para continuar con mis cavilaciones. Faltaban más de dos horas para que llegase el helicóptero. El comandante del portaaviones me haría avisar cuando desde Puerto Belgrano anunciaran que las visitas emprendían el vuelo.


En otra época, según las normas tradicionales que habían regido los movimientos y traslados de los integrantes del Almirantazgo, yo hubiera tenido que trasladarme a Londres para asumir la jefatura de la Misión Naval en Europa, con sede en la capital británica. Pero a partir de 1968 el procedimiento había sido modificado -justamente fui uno de los que más influyó para producir ese cambio- y, desde entonces, se aplicaba el criterio de que por las exigencias físicas que implicaba la atención de ciertos cargos éstos debían ser adjudicados a quienes tenían una edad más adecuada para desempeñarlos. En rigor, lo lógico era pensar que un almirante de cincuenta o cincuenta y cinco años de edad podría resistir mejor el trajín que otro dos o tres años mayor. Por eso, tras un año de destino al frente de la Secretaría General Naval -en cuanto ascendí a contraalmirante, a fines de 1971- se me asignó el Comando en Jefe de la Flota de Mar.

En eso pensaba yo cuando el comandante de la nave insignia me avisó que el avión presidencial ya había aterrizado en Espora. Todo seguía su marcha normalmente y mi mente se, trasladó nuevamente a la visita.

Lo que más me intrigaba, por supuesto, era la actitud que demostraría Perón hacia mí. A mi no me cabía ninguna duda de que el inminente huésped del portaaviones había estado detrás de varios tanteos de aproximación que me habían hecho dirigentes políticos del peronismo en el transcurso de los meses anteriores. Semanas antes de las elecciones del 13 de marzo, con la presunción del triunfo asegurado, un par de personajes relevantes del justicialismo me hablaron de la posibilidad de ser designado comandante en jefe por Cámpora. Supuse entonces, y aún hoy sigo creyendo que esa fue la intención, que se trataba era de inducirme a fijas mi postura ante la perspectiva de un descabezamiento de la Armada. Dé hecho, mi nominación significaría el obligatorio pase a retiro para quienes fueran más antiguos que yo. Por eso les expresé con toda amabilidad que precisamente para evitar que eso sucediera, rechazaría una eventual propuesta. Pero sin embargo, pocos días antes de que asumiera Cámpora, estas mismas personas volvieron a tentarme con su propuesta, aunque esta vez con la firmeza que les daba el cumplimiento de un mandato. Mi respuesta no varió y, como siempre, sostuve que la elección debía recaer en un vicealmirante, de los que había tres: Fuenterrosa, Giavedonni y Alvarez. Igual que en la anterior oportunidad informé al almirante Carlos Coda de las alternativas de estas conversaciones, y él avaló mi actitud. La designación como comandante en jefe de la Armada recayó en el almirante Carlos Alvarez, con lo que se logró el objetivo de mantener sin provocar mayores bajas en la estructura del Almirantazgo.

Unos meses mas adelante -después del 20 junio y antes del 23 de septiembre de 1973, en el período en el que Perón ya había regresado definitivamente al país pero todavía no era presidente- tuvo lugar otro episodio vinculado con los que acabo de mencionar, el cual por razones distintas quedó también a mitad de camino. Una tarde recibí un llamado telefónico de Horacio Rioja, quien ocupaba, el sillón de vicepresidente en el directorio del diario Clarín. Con Rioja nos unía una antigua relación de amistad. El propósito era invitarme a compartir junto a él y a Giancarlo Valori, del que se refirió como un íntimo allegado al jefe del justicialismo, además de encontrarse vinculado estrechamente con el Vaticano. Rioja me confió que Valori le había requerido la gestión, anticipándome que el por entonces misterioso caballero italiano era portador de un mensaje que debía transmitírmelo personalmente. Fui y escuché al heraldo cumplir con su misión: Perón deseaba invitarme a compartir un desayuno, para charlar un poco...

Esa misma mañana le informé de la novedad al almirante Alvarez y recibí de él la orden de soslayar el convite.


De los ministros que integraban el séquito ya había conocido a Robledo hacia muchos años y me había parecido una excelente persona. Fue casi en las postrimerías de la segunda presidencia de Perón, en el '54, cuando Robledo se desempeñaba como embajador ante el gobierno de Ecuador y yo, con el rango de teniente de navío, era secretario del entonces Ministro de Marina, el almirante Aníbal Olivieri. Recuerdo que en aquel viaje la delegación naval también había incluido al almirante Isaac Rojas. Me quedó una grata postal de las atenciones y la calidez con que nos atendieron en Quito; lo que no podía imaginar en esa época, ni por asomo, era que en el futuro debería mantener contactos mucho más frecuentes y estrechos con él.

De López Rega sabía poco y nada. No más de lo que se sugería en los medios de prensa y lo que, se comentaba en las reuniones sociales: un personaje extraño, difuso, del que nadie estaba en condiciones de afirmar a ciencia cierta cómo logró ingresar en la intimidad de Perón ni cuál fue la razón que lo llevó a ocupar una ubicación en el gabinete, primero en el de Cámpora y después en el de Perón.

También para- mí representaba una incógnita el general Carcagno. Lo había conocido personalmente en La Plata durante la época de los frecuentes enfrentamientos entre, azules y colorados -cuando él adhería fervientemente al sector de los colorados-, y casi diez años más tarde nos reencontramos al hacerme cargo de la Flota de Mar. Al comenzar el año '73 el general comandaba el Quinto Cuerpo de Ejército, asentado precisamente en Bahía Blanca donde igualmente se encuentra la base naval de Puerto Belgrano. Nos vimos muchas veces allí, hasta que con la asunción de Cámpora a la presidencia Carcagno accedió al comando en jefe de su fuerza.

La primera vez que lo había tratado -en el año 1962 o en el '63- me dejó la impresión de un antiperonista convencido. La fama de duro que adquirió al encabezar las fuerzas del Ejército que actuaron en la represión del cordobazo del '69 consolidaron en mí esa idea. Pero en el reencuentro bahiense aquella imagen se me desdibujó. Fue a propósito de algunas, charlas informales, típicas de las veladas sociales de ciudad de provincia a las que habitualmente nos veíamos obligados a concurrir. Inevitablemente se abordaba el tema de las elecciones de marzo, con la perspectiva cada vez mas seria de que el general Lanusse tuviese que entregarle la banda presidencial a Cámpora. Todo el mundo sabía que tal posibilidad irritaba la epidermis de la mayoría de los generales. Sin embargo, y para sorpresa, Carcagno parecía aceptar sin desasosiego lo que en otros tiempos habría interpretado como una catástrofe. En las vísperas del camporismo lo asumía como si se tratase de lo más natural del mundo.

Supongo que en esa evolución del general debe haber tenido bastante influencia la presencia del coronel Juan Jaime Cesio en uno de los puestos clave de su Comando. Este se desempeñaba como jefe de Estado Mayor del Quinto Cuerpo tras haber sido agregado militar de la embajada argentina en Francia, un destino que le permitió ser testigo privilegiado de la paradigmático rebelión estudiantil del '68, la del mayo francés. En esos encuentros sociales que mencioné antes, él era otro invitado obligatorio. Advertí que había quedado profundamente influenciado por aquellos sucesos de París, no sólo a raíz de las opiniones que exponía y por el curioso análisis con el que intentaba sustentarlas sino, en especial, por los pintorescos sacos estilo Mao que frecuentemente vestía cuando la ocasión se presentaba propicia para el uso de ropa civil.

En ese marco, tras el reconocimiento del triunfo de Cámpora sucedió un episodio que viene a cuento aquí porque de alguna manera involucraba a estos protagonistas. Antes del 25 de mayo, fecha en que se entregó el gobierno, hubo iniciativas de la más diversa índole para evitar que se concretase el retorno del peronismo al poder. Yo diría que sólo se trató de sondeos de opinión, porque no tuve conocimiento de que se llegase a organizar un complot concreto. Fue casi público que el general Lanusse y su gente se resistían a aceptar la derrota de su proyecto -político, pero no eran los únicos que querían cerrarle a Cámpora las puertas de la Casa Rosada.

En Bahía Blanca exploraron conmigo, para lo cual fui invitado a una reunión en la que estaban presentes notorios dirigentes y personalidades de la ciudad. Mis anfitriones me hicieron conocer sus argumentos que, sintéticamente, consistían en: a) censurar a Lanusse por "el descalabro que había provocado con su tozudez y miopía política"- b) la gente "no tiene por qué sufrir las consecuencias del fracaso del gobierno-, c) la transferencia del poder no debía consumarse- d) había que ponerle una barrera a un desastre mayor como el que se resumía en el eslogan "Cámpora al gobierno y Perón al poder". Recuerdo que los escuché guardando un riguroso silencio, pacientemente, hasta que por fin uno de ellos -en realidad, fue una de las señoras presentes- dijo: "El general Carcagno está dispuesto a levantar al Quinto Cuerpo".

-¿Usted está segura?- pregunté.

-Si.

- Pues yo pienso que no ... y aún cuando creyera lo contrario, no estaría dispuesto a seguir haciendo golpismo en el país.

No recuerdo, bien qué cara pusieron esas personas cuando les hablé así, aunque puedo imaginar la expresión que deben haber tenido unos días después, en el momento en que Cámpora anunció la designación del general Carcagno como su Comandante en Jefe del Ejército. En cuanto a mí, los interrogantes sobre la ideología y la vocación del general se me multiplicaron por su decisión de organizar el insólito Operativo Dorrego, un acto grotesco en el que tropas del Ejército fueron enviadas a pasar un fin de semana de convivencia con agrupaciones juveniles de declarada- tendencia antimilitarista.

En cuanto al brigadier Fautario había tenido poco trato con él, a pesar de que habíamos iniciado la carrera militar en el mismo año. Sabía que lo fijaban buenas relaciones con gente del peronismo, no mucho más.


La primera vez que lo vi a Perón en persona fue el jueves 18 de julio de 1946, día en el que concurrió a despedirnos como cadetes de la promoción 73 de la Escuela Naval que iniciábamos el viaje dé instrucción alrededor del mundo a bordó del crucero La Argentina. Cosas curiosas las de la vida. Para él ese acto significaba dar por primera vez la orden de zarpada a un buque escuela de la Marina de Guerra -la mayoría de cuyos integrantes lo aborrecían, y hacia los cuales seguramente experimentaba el mismo sentimiento- y a mí me tocó estar entre los primeros cadetes navales que recibieron personalmente su saludo. Si alguien esperaba qué durante el acontecimiento Perón advirtiese alguna señal que supusiera una ofensa para su investidura, se equivocó de medio a medio. La inmensa mayoría de nosotros era "contrera" -como se les decía entonces a los opositores- pero ya teníamos la experiencia de la promoción 74, es decir la que nos seguía a nosotros: habían marchado todos al castigo por exteriorizar su antiperonismo. Lo recuerdo bien porque era la de mi hermano. Durante una sesión de cine en la sala de la Escuela silbaron a Evita o a Perón, cuando juntos o separados aparecieron en la proyección de un noticiero. Se encendieron las luces, se escuchó: Desalojen... y los mandaron carrera march a bordo de un barco.

Práctica, pero legalmente, los confinaron.

Después circuló la versión de que tras la zarpada del buque escuela nosotros arrojamos al Pío de la Plata el guante de la mano derecha, con el cual habíamos estrechado la diestra de Perón. Puede que alguno lo haya hecho...

Volví a verlo el 20 de diciembre del mismo año cuando juntamente con los egresados del Colegio Militar recibimos nuestros diplomas y sables en un acto que se realizó en el teatro Colón, también presidido por él. A propósito de eso a todos nosotros se nos conoció desde entonces como la Promoción del Colón de la que, entre muchos, forman parte el hoy dos veces presidente de Bolivia general Hugo Banzer, el brigadier Osvaldo Cacciatore....

Años después tuve oportunidad de conocer un poco más de cerca el estilo Perón que tanto, fascinaba a sus, allegados y a las masas. Fue cuando me desempeñe como secretario del ministro Olivieri, al promediar el segundo período presidencial truncado por el triunfo de la revolución de septiembre del '55. Lo veía con alguna frecuencia y a veces cruzaba conmigo algunas palabras. Por cierto, existía una mayúscula diferencia jerárquica que en mi caso me obligaba a guardar respetuosa distancia. Perón era quien se ocupaba de acortarla. Debo reconocer que me deslumbraba su actitud cordial, atenta, propia de un hombre que manejaba la seducción como instrumento esencial en la tarea de sumar adhesiones. Siempre que recibía al almirante Olivieri extendía también la mano para estrechármela a mí, el teniente Massera, sin olvidar nunca el nombre de mi mujer - "¿Cómo está Lily? ... Hágate llegar mis saludos"- a pesar de que nunca le había sido presentada y, más, ni siquiera recuerdo que alguien la hubiera mencionada en su presencia. Cualquiera puede opinar que eran gestos de poca entidad, pero se trataba del Perón de la década del '50 y uno no podía menos que sentirse halagado por su deferencia.

Sin embargo, jamás hice un ademán que pudiera malinterpretarse políticamente. Por el contrario, procuraba siempre presentarme con rostro adusto, cosa que no se le escapaba a, mi ministro. Un día, no recuerdo la fecha con precisión, Olivieri me encaró:

-Dígame, Massera,"- por qué pone siempre esa cara tan seria en presencia de Perón?

-Porque pienso que si no pongo esa cara, señor, van a creer que terminó por convencerme también a mí.

La última vez que vi al Perón de aquella época fue poco antes del 16 de junio de 1955, en la residencia presidencial, un palacio que había sido de la familia Unzué. Quedaba en avenida Libertador y Austria, en los terrenos donde ahora se levanta el edificio de la Biblioteca Nacional. Lo recuerdo bajando por la gran escalinata principal que daba al jardín. Allí había vivido también Eva Perón hasta su muerte, en 1952.


El comandante de la nave interrumpió mis evocaciones. Había recibido el mensaje del piloto del helicóptero anunciando que llegarían en no más de cinco minutos. Y efectivamente cumplió posando suavemente el Sea King a las 9,24 sobre la pista del portaaviones. Perón bajo primero, protegiéndose del fuerte viento con un abrigo pesado y, por fin, estreché su mano tras casi veinte años cargados de historia. Advertí que a pesar del tiempo transcurrido conservaba el mismo brillo intenso en los ojos, la sonrisa seductora y una actitud de semblanteador experimentado que de a poco desarmaba a sus interlocutores. Me pareció que estaba mucho más aplomado de como lo mostraban las fotografías y la televisión, desbordando salud para alguien que como él portaba ocho décadas sobre los hombros.

Saludé a Robledo, simpático y lúcido como siempre pese a sus problemas de salud, y uno a uno a todos los demás miembros de la comitiva. Estuvimos unos pocos instantes parados allí, mientras se les rendían los honores de práctica en cubierta, con el viento que azotaba por babor. Después Perón me agarró del brazo e iniciamos la recorrida por el buque. Realmente, era admirable la forma en que subía y bajaba por las angostas escalas, algunas fijadas casi verticalmente. Ibamos charlando sobre generalidades, aunque de vez en vez él aludía a algún tema específico relacionado con el mantenimiento de los barcos y el adiestramiento del personal.

Después de varias subidas y bajadas pensé que se le debía ofrecer un respiro. Por eso permanecimos un rato en el cuarto de operaciones desde el cual, junto con el resto de su séquito, presenciamos el ejercicio aeronaval que consistía en despegue y aterrizaje de los cazabombarderos de ataque Skyhawk y los patrulleros Tracker. Perón hizo alguno comentarios con respecto a la capacidad que demostraban los pilotos y, como todo transcurrió sin fallas, nos dirigimos al salón en el que se sirvió un vino en honor de los visitantes. Fue entonces cuando departió, aunque brevemente, con algunos de los oficiales que estaban bajo mi mando. Observé que los miembros de la comitiva discretamente se, mantenían a distancia, con excepción de López Rega que se desplazaba de un lado al otro sin descanso con la evidente intención de inmiscuirse en los diálogos que entablaba Perón. Pero el Presidente lo ignoraba como si no advirtiese su presencia. De pronto se dio vuelta, me buscó con la mirada y al acercarme, me dijo:

- A ver, Massera ... ¿por qué no me muestra cómo vive el comandante cuando navega, con su Flota?

Fue obvia para mí y para quienes lo escucharon que deseaba hablar conmigo en privado. Todos se abstuvieron de seguirnos, incluso López Rega- Ya en el camarote, sin preámbulos, me disculpé por no haber aceptado el convite a desayunar que me cursara a través de Rioja y Valori, "pero -le dije- cumplí con la obligación de informar previamente a mi comandante en jefe y acaté la orden que recibí en el sentido de no concurrir."

Perón guardó silencio un instante. Y entonces me confió cuál había sido la íntima razón de ser de aquel viaje extenuante que lo llevó a embarcarse en un portaaviones que navegaba en alta mar, 80 millas al sudeste de Puerto Belgrano:
-Sabe que pasa, Massera ... aquella vez, y ahora, lo que yo quería era hablar con el dueño del circo.

Pasado el mediodía el Sea King despegó de la pista con rumbo a la base de Puerto Belgrano para trasladar a la comitiva a un almuerzo con el comandante de Operaciones Navales, contraalmirante Vázquez Maiztegui.

 

Aunque nunca hablé del tema con él, estoy seguro de que Perón ya tenía decidida mi designación como comandante en jefe de la Armada desde antes de emprender su viaje a, Puerto Belgrano. Era un hombre que no necesitaba hacer el esfuerzo que hizo para adoptar una resolución de esa naturaleza.

Pero la visita al portaaviones 25 de Mayo fue un gesto que para mí tuvo un enorme significado, por el aval que representaba a la gestión que tendría que iniciar. El líder del justicialismo me convocaría, aunque previamente dejaba recompuesta, una relación que había estado fracturada durante larguísimos años. Ese mensaje, cualquiera fuese la forma en que quisieran leerlo sus partidarios, no podía ser interpretado más que como una muestra de contemporización y pacificación con la Marina, la otrora fuerza antiperonista por antonomasia. Nada mejor, entonces, para, quien tuviese que ejercer la comandancia.

Yo entendí inmediatamente de qué se trataba, la alternativa de que él quisiera reemplazar a los comandantes del Ejército y la Armada resultaba bastante razonable, habida cuenta- de que -por acción u, omisión- ambos jefes habían quedado pegados al fugaz paso de Cámpora por la Casa Rosada. En el legajo del general Carcagno la nota descalificadora estaba constituida por la aceptación y ejecución de una idea tan controvertida y comprometedora como lo fue el operativo Dorrego, engendro que fue pergeñado por el coronel Cesio. Y en el caso del almirante Alvarez, porque era un secreto a voces que debía su cargo a la relación amistosa con un familiar directo del presidente renunciado, el sobrino Mario Cámpora.

De todos modos, al tomar conocimiento extraoficial de la decisión adoptada por Perón consideré un deber hablar con Alvarez de la situación. Nos reunimos entre los últimos días de noviembre y la primera semana de diciembre, hasta que el día 4 fui convocado por Robledo quien me impuso formalmente de la decisión de Perón en el sentido de que yo debía asumir el cargo. Agradecí el ofrecimiento, pero argumente ante el ministro que consideraba conveniente que se intentase una gestión para evitar que mi ascenso significara el descabezamiento del Almirantazgo. Sugerí entonces el nombre del almirante Pereyra Murray -un brillante oficial- con quien yo ya había hablado de esa alternativa. Aclaro que mi charla con Pereyra no había sido sencilla porque se negaba a hacer abstracción de su fuerte convicción antiperonista, aunque sobre el final del encuentro sinceramente creí que lo había convencido.

El 5 de diciembre Robledo lo recibió en su despacho, -mientras yo almorzaba en la vieja Fragata Sarmiento con uno de mis compañeros de promoción, el capitán de navío Menozzi. Obviamente nuestra conversación giró permanentemente sobre el tema y ninguno de los dos disimuló su inquietud ante la posible intransigencia o falta de ductilidad de Pereyra. Y tuvimos razón en preocuparnos.

Robledo usó el teléfono esa tarde para indicarme que al día siguiente debía presentarme en su despacho. Cumplí y él sencillamente me informó que Perón me había designado Comandante General. No había margen para especulación alguna. Sin embargo, y para sorpresa suya, le señalé que antes de aceptar quería hablar con el Presidente.

Perón me recibió de inmediato. Obviamente él sabía que no se trataba de una audiencia formal con motivo de la designación, sino de que en el momento crucial de decidir entre la aceptación o el inevitable pase a retiro yo pondría mis cartas sobre la mesa. Me invitó a hablar y le manifesté sólo dos cosas: que tuviese la más absoluta confianza en, mi lealtad y que, como contrapartida, me diese su apoyo para evitar que la política volviese a ingresar en la Marina. Después de esa charla, a partir del 7 de diciembre de 1973 alcancé la máxima jerarquía de la Armada, con el grado de contraalmirante. [1]

Mi primera decisión, dentro de la Fuerza, fue designar al contraalmirante Armando Lambruschini como Jefe del Estado Mayor Naval, es decir, segundo en orden de jerarquía. Abel Lizaso, que ya estaba en el cargo, quedó como Secretario General; Jorge Isaac Anaya se convirtió en Comandante de la Flota de Mar, Cesáreo Góñi fue puesto al frente de la Aviación Naval; Luis Mendía se hizo cargo de la Prefectura Marítima Argentina; Aldo Peironel, pasó a comandar la Infantería de Marina; los almirantes Franke y De la Riva fueron destinados a las misiones en Londres y Washington, respectivamente; y yo, por decisión del gobierno retuve durante un año el Comando de Operaciones Navales.

Lamentablemente, mi relación oficial con el presidente Perón duró escasos seis meses, a raíz de su fallecimiento. Fue muy franca y cordial. Los dos cumplimos con nuestra parte en los términos que yo le había expuesto aquella tarde del 6 de diciembre. Puedo asegurar que con Perón no tuvimos nunca un sí o un no. Y la Marina creció a partir del cabal y amplio respaldo que él me dio. Lo que vendría, después de su muerte es otra historia.

 

Fue entre enero y marzo del '73 que mi nombre comenzó a estar en el candelero cada vez que se hablaba de los probables comandantes generales del inminente gobierno constitucional. En esos meses de verano el proyecto continuista del lanussismo se hundía irremediablemente. Nadie o casi nadie dudaba del triunfo electoral del Frejuli. Sólo Lanusse y los suyos confiaban aún en que un eventual ballotage podría evitar el retorno del peronismo al poder, pero ni siquiera se animaban a alardear con esa posibilidad. De manera que en tal contexto parecía lógico que comenzaran -a moverse influencias para colocar las piezas en todas áreas que deberían atenderse después del 13 de marzo. Y los comandos de las Fuerzas Armadas, razonablemente, formaban parte fundamental en ese juego.

Para esa época yo me había hecho cargo del Comando de la Flota de Mar, una de las posiciones más importantes en el organigrama de la Armada. El traslado significaba un cambio de aire muy gratificante para mí, después de haber pasado los dos últimos años enfrascado en la tarea de asesoramiento político a los últimos comandantes, Gnavi y Coda. Pero no podía evitar el hecho de figurar en los planes de algunos dirigentes amigos -y a veces, tan sólo conocidos- que me creían un buen candidato a ocupar la máxima jerarquía del arma. Por supuesto, cuando me enteraba de esas intenciones trataba de desalentarlas, con el argumento de que siendo un contralmirante relativamente nuevo se produciría una verdadera purga de almirantes. Pero no siempre lograba mi objetivo,

Los argumentos de quienes impulsaban mi nombre estaban respaldadas en la excelente relación que había establecido con muchas de las principales figuras del sindicalismo y, también, con un significativo número de dirigentes del sector político del peronismo. En orden al gremialismo, se hacía alusión a mi fluida relación con Vandor y con Alonso, a quienes la subversión ya había asesinado; la buena vinculación que me unía, a Rucci; el reconocimiento de la actitud equitativa que había mantenido durante la tarea política en la Comisión de asesoramiento a la Junta, durante los años inmediatamente anteriores.

Las gestiones cobraron intensidad tras el triunfo del binomio Cámpora Solano Lima y podría asegurar que se prolongaron casi hasta el último instante previo a los nombramientos que debía hacer el nuevo presidente. Hubo reuniones con el almirante Coda, comandante saliente, para lograr que respaldase mi nombre ante las flamantes autoridades. Hasta él llegó un grupo de conspicuos dirigentes políticos del justicialismo para exponer esa intención, pero Coda los desalentó apelando a los mismos reparos que anteponía yo: era necesario evitar que el gobierno inaugurase su gestión con un descabezamiento del Almirantazgo.

No obstante siguieron insistiendo. Y el 10 de mayo de 1973 recibí una llamada de Carlos Gallo, un influyente dirigente surgido del sindicalismo -era del gremio telefónico- quien me invitaba a tener una reunión con Raúl Lastiri con la excusa de que éste quería verme por indicación de Cámpora. Consulté con Coda y convinimos en que debía acudir a la cita, aunque ni él ni yo estuviéramos dispuestos a modificar nuestra tesitura.

El encuentro se concretó en un departamento de la calle Paraguay entre Esmeralda y Maipú. Fue allí donde Lastiri me hizo un formal ofrecimiento para que ocupara el cargo, señalándome de manera explícita que actuaba por orden del presidente electo. Mi respuesta fue la misma que había dado en todos los sondeos anteriores.

Volvimos a tratar el tema con Coda los días 15, 16 y 17 de mayo, en esa última ocasión durante una reunión con motivo del Día de la Armada. Y, allí quedó establecido que si la Fuerza era consultada, propondría que el nuevo Comandante fuese elegido entre los, tres oficiales más antiguos del escalafón, cuyos nombres eran por orden de jerarquía: vicealmirantes Fuenterrosa, Giavedoni y Alvarez.

La consulta se produjo, aunque limitada a mi nombre. Otra vez el grupo de dirigentes encabezado por el mencionado Carlos Gallo pidió directamente una entrevista con Coda, en cuyo transcurso insistió en mi designación para sucederlo en el Comando. La respuesta del almirante fue que yo era muy joven, que oportunamente -sería comandante, pero que consideraba que en aquellas circunstancias era prematuro mi ascenso a la máxima jerarquía naval. En otras palabras, que no me desgastaran.

Finalmente, la elección del gobierno recayó sobre Alvarez, determinó el pase a retiro de los primeros; como Jefe de Estado Mayor fue designado Pereyra Murray, con lo cual efectivamente se pudo mantener la estructura de mandos navales. Acerca de la designación, cabe aclarar, no fue consulta por parte de las nuevas autoridades.

De todas formas, cumplido el objetivo, yo retorné a Puerto Belgrano, Comando de la Flota de Mar.

 

Asumir nuevamente tareas operativas después tanto trajinar político significó un verdadero desafío profesional. Pero me entusiasmaba la idea de poder visualizar en la práctica la opinión que había venido sosteniendo, desde mucho tiempo atrás, con respecto a la organización de la Marina y las responsabilidades de los mandos. Era la oportunidad de ver si, en realidad, había estado acertado con mis propuestas cuando cinco años antes, en 1968, trabajara en el plan que modificó la estructura funcional de la Fuerza.

El rol del Comandante en Jefe [1], en la Armada, es el de gran administrador de sus recursos y responsable de fijar los lineamientos y políticas generales de la actividad a desarrollar. Es también el máximo y único representante de la Fuerza ante los poderes del Estado y, aunque habitualmente cuenta con equipos de asesoramiento adecuados, él es la última instancia y cae bajo su exclusiva responsabilidad personal todo lo que se haga dentro o fuera de la misma.

En el terreno estrictamente profesional, es decir, en el manejo del arma naval como instrumento de guerra el responsable es el Comandante de Operaciones Navales aunque, por supuesto, bajo la supervisión de la máxima jerarquía. A su vez, el Comandante de la Flota tiene a su cargo el adiestramiento y operación de las naves que la componen. Y allí residía el problema que me tocaba enfrentar entonces: en enero de 1973 yo recibía una Flota absolutamente obsoleta ya que aún no se habían concretado los planes de modernización que se habían proyectado bajo los comandos de los almirantes Gnavi y Coda que, fundamentalmente, estaban orientados a incorporar unidades nuevas dotadas de tecnología moderna.

En la situación política y económica que atravesaba el país no había mucho margen para hacerse ilusiones de que lo planificado comenzara a hacerse realidad, as í que no Quedaba otro remedio que esperar tiempos y condiciones más propicias. Por eso pasé ese año saltando de un barco al otro, tratando de levantar la moral de las tripulaciones y de aceitar el mantenimiento y el adiestramiento del personal. Y no me fue mal en la tarea, porque cuando dejé la Flota para asumir el Comando en, Jefe, gocé del más amplio respaldo por parte la oficialidad y suboficialidad naval.

Recién al producirse mi designación como comandante, y merced a la visión que demostró tener Perón con relación a la necesidad de recuperar la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas, fue posible iniciar el desarrollo del plan de modernización naval.

[1] Quiero aclarar que cuando empleo la denominacion de Comandante en Jefe como máxima autoridad de cada fuerza armada lo hago con la intencion de no confundir al lector ya que el mismo cargo a lo largo de las últimas décadas ha llevado otros títulos, tales como Comandante General, Jefe de Estado Mayor, etc.

El mar no es un paisaje, una extensión o una distancia. Para un país como el nuestro, de interminable litoral marítimo, es más bien un ámbito, un hogar o una morada que forma parte de su patrimonio, de su superficie y de la vida de sus habitantes.

Cuando Perón me designó comandante naval me aseguró que tendría todo su apoyo para reconstruir el poder operativo de la Marina de Guerra. Perón era un verdadero estadista y, como tal, tenía una concepción amplia de la geopolítica. Sabía muy bien que la República Argentina es una nación cuya soberanía no se agota en sus playas y en sus costas escarpadas, y que para ejercer esa soberanía es necesario disponer de una flota marítima capaz de navegar y exhibir un poderío suficiente como para garantizar nuestra presencia y aventar la ajena.

Pero los componentes del poder naval son, por igual, los buques de guerra, las aeronaves, los cuerpos de infantería de marina, las bases y puertos y los astilleros y talleres de reparación de los equipos. Y a reconstruir el inventario me apliqué a partir del momento en que Perón me puso al mando.

Llegué con la experiencia de haber comandado de la Flota de Mar, que por entonces no era otra cosa que un conjunto de naves obsoletas las cuales, con dificultad, podían servir para instruir a las tripulaciones pero como material bélico bien podían catalogarse verdadera chatarra. Desde 1968 se habían dado algunos pasos en dirección al reequipamiento, tanto durante la gestión del almirante Gnavi como en la del almirante Coda. Pero las limitaciones políticas sumadas a los aprietes presupuestarios les impidieron avanzar más allá del trazado de una planificación correcta.

Lo cierto es que después de algunas alternativas complicadas para vencer resistencias dentro del gabinete ministerial, Perón suscribió el decreto 956 del 28 de marzo de 1974 por el cual se aprobó el Plan Nacional de Construcciones Navales Militares que, si bien no colmaba nuestras aspiraciones, era mucho más de lo que habíamos tenido hasta entonces. En su aspecto esencial, el programa establecía la necesidad de interesar y obtener de la industria nacional el apoyo

Para participar en la construcción con la mayor cantidad posible de materiales, equipos y partes construidas en el país. Este plan tiende -decía el decreto- al aprovechamiento integral de los esfuerzos ya realizados, con lo cual se disminuirán los costos y se amortizará lo ya invertido. La premisa básica es que los buques se construirían desde el primero de la serie en astilleros del país y contendrán el máximo de mano de obra, materiales y tecnología argentinos.

Se agregaba, además, que para posibilitar un proyecto con materiales nacionales, resulta indispensable el lanzamiento de una serie, para hacer económica la producción de equipos y componentes que se requieren por parte de la industria nacional. Entre los considerandos de ese decreto suscrito por el presidente Perón -que hoy debería considerarse histórico y ser releído por quienes ocuparon y ocupan el Gobierno- se sostuvo que la Armada Argentina constituye uno de los pilares fundamentales de la defensa de la Nación y, en consecuencia, es deber irrenunciable del Estado asegurar su aptitud para cumplir eficientemente esa misión.

Este decreto Nº 956 de Perón fue complementado el 5 de septiembre del mismo año por el Nº 768, firmado por su viuda y sucesora. En éste se establecían mecanismos, de rutina para el financiamiento y puesta en marcha de los trabajos de construcción de unidades y, entre otras cosas, se facultaba al Ministerio de Defensa a través del Comando General de la Armada a contratar y/o asociar los Talleres Navales de Dársena Norte (Tandanor) con una firma del exterior con experiencia en la construcción de submarinos. Así fue como se dio origen al Astillero Domecq García, que no era ningún proyecto fantasioso ni faraónico de los jefes de la Armada, sino que respondía a una concepción militar moderna y nacional compartida por el general Juan Domingo Perón.

Traigo a colación los textos de esos decretos para recordar -después de la agresión alfonsinista a las Fuerzas Armadas y, hoy, cuando la discusión de los presupuestos militares sigue estando a la orden del día- que fue merced a la comprensión del tema evidenciada por Perón y su mujer, que pudimos reequipar a nuestra fuerza naval, aeronaval y de infantería de marina, para hacerla capaz de una operatoria adecuada a las necesidades de la defensa nacional.

Gracias a ellos, incorporamos los destructores Brown, La Argentina, Heroína y Sarandí y las corbetas Drumond, Guerrico, Granville, Espora, Rosales, Spiro, Robinson, Gómez Roca y Parker. También sumamos a la Flota el BDT Cabo San Antonio y las lanchas patrulleras Clorinda, Concepción del Uruguay, Barranqueras y Baradero, así como los buques hidrográficos Puerto Deseado y Comodoro Rivadavia, el rompehielos Almirante Irizar, el transporte polar Bahía Paraíso y los transportes San Blas, Canal de Beagle, Cabo de Hornos e Isla de los Estados.

Pero, no fue todo lo que pudimos hacer: finalmente se inició la construcción de los submarinos San Juan, Santa Cruz, SaIta y Santa Fe(hundido en Sándwich)

El plan nos permitió sacar a la aviación naval de su estado de postración y, en poco tiempo, pudimos incorporar un número interesante de unidades de tipo BE-200 Super King Air, FK-28 4000 Fokker, Super Etendart y L- 188E Electra.

En lo que hace a las unidades de la Infantería de Marina, recibieron importante equipamiento de obuses Otto Melara calibre 105 milímetros, plataformas de lanzamiento Marbe, vehículos de exploración Panhard, vehículos tipo Lohr y morteros de 60 y de 81 milímetros.

Todo ello sin excluir el importante parque de munición compuesto por misiles Exocet MM40 (mar-mar), Exocet AM39 (aire-superficie), misiles Magic 550 (aire-aire) y sistemas aéreos Albatros y Aspid.


Hago este recuento grosso del reequipamiento naval realizado a partir de mediados de 1974 con un doble propósito. En primer lugar, para que se evalúe de manera concreta y desapasionada el énfasis con que la Armada adquirió material para la defensa del país en el caso de una agresión externa. Y esto, porque es un contraste con la situación actual de abandono en que se encuentran la mayoría de sus unidades, debido al escaso presupuesto, a la carencia de mantenimiento y a la flamante obsolescencia de la mayor parte del equipo.

Y, en segundo lugar, para remarcar que la Marina de Guerra argentina se preparó para la eventualidad de una guerra convencional y no para reprimir al terrorismo. No construimos barcos y submarinos, ni compramos aviones, cañones y cohetes Exocet para combatir contra el delirio de los Firmenich o los Santucho. Nosotros nos ocupamos de la Armada para ponerla en condiciones objetivas de defender la soberanía en una hipótesis de conflicto con un extranjero.

Si después fuimos llevados a una guerra interna que nosotros no desatamos ni deseábamos, contra un enemigo artero cuya confesada estrategia consistía en asesinar a nuestros camaradas y a nuestras familias [2], y que además sembraba bombas que, mataban indiscriminadamente al pueblo, no fue porque tuviésemos planes ni vocación para hacerlo.


De cualquier forma no me resultó tarea sencilla echar a andar el plan de reequipamiento naval. Hubo que vencer mucha resistencia, y no precisamente del área de las finanzas estatales sino del sector militar y, en particular, de la Fuerza Aérea.

De los tres comandantes, el general Anaya era el más antiguo y el que se manifestaba más abiertamente peronista. De hecho, actuaba con respeto de la verticalidad jerárquica y política, que es como decir que respondía a Perón.

Además, él no ponía la proa para el desarrollo de nuestro programa porque entendía que al Ejército no le afectaba la modernización del material aeronaval o el de la Infantería de Marina, puesto que apuntaban a atender tareas militares diferenciadas de la de su Fuerza. Mientras el general estuvo al frente del Comando mantuvimos frecuentes reuniones y contactos fluidos acerca de todos los temas que podían interesarnos.

Otra, cosa fue con el brigadier Fautario. El sí que literalmente ponía proa, popa, babor y estribor para obtener su espacio presupuestario.

Y aquí me voy a permitir otra disgresión, porque quizás sirva para la comprensión de quienes entienden ciertos códigos que se manejan entre militares.

Yo soy de la misma promoción que Fautario, aunque en la Escuela Naval ingresábamos unos meses antes que los que lo hacían en el Colegio Militar (de allí salían los aviadores en aquella época), de modo tal que también era más antiguo que él. Aunque fuese muy distraído, el brigadier no podía ignorar quién era yo, que pertenecía a la promoción 73 o cuál había sido mi carrera profesional. Y menos aún si los dos habíamos llegado a la jerarquía de comandantes generales: aunque más no sea por curiosidad, uno trata de averiguar quien es el otro que está a su mismo nivel.

El caso es que Fautario, después de un par de reuniones protocolares, pareció darse cuenta de que habíamos iniciado la carrera con el mismo orden de campana y, me dijo, en tono de sorpresa: -Pero usted entró conmigo al Colegio Militar!

-No, yo entré un poco antes y fue a la Escuela Naval...

-Bueno, sí...-reaccionó un poco incomodo- Entonces .. ya que somos de la misma promoción podemos tutearnos.

Desde ese momento nos dijimos de vos, aunque obviamente pienso que como el jefe de la Fuerza Aérea fue el único de los tres comandantes sobreviviente de la debacle camporista, era una concesión que me hacia.
[1] Me remito a las citadas declaraciones formuladas por el hermano de Santucho y el montonero Perdía al diario Clarín y a la infinidad de testimonios de otros terroristas.

....
A comienzos de 1971, recién desembarcado de la fragata Libertad, asumí el cargo de Jefe de Gabinete Político de la Armada. Pudo haber sido un pase traumático. Llegaba de comandar el buque-escuela durante el viaje de instrucción, un destino que supone estar alejado del país por largos meses navegando los mares del mundo, de manera que tenía una información muy fragmentada acerca de los acontecimientos políticos nacionales [1], y decidí zambullirme de cabeza en la elaboración de propuestas tendientes a resolver los problemas que los mismos planteaban. Pero el almirante Pedro Gnavi, que en ese entonces era miembro de la Junta de Comandantes descontaba que yo estaba capacitado para cumplir la tarea; sin anestesia, me colocó ante el desafío de conducir a su grupo de asesores.

En consecuencia, inicié ese año comprometido en una función de responsabilidad política muy estrecha con el Comandante en Jefe. El almirante era un hombre ingenioso dotado de una innata habilidad para manejarse en el nivel más elevado y conflictivo del poder. Pero tenía una contra: era resistido en el seno de la fuerza, particularmente por el Almirantazgo. Mantenía con él una excelente relación, más allá de que eventualmente, nos habíamos visto alineados en veredas opuestas durante la época de azules y colorados. Ocurría que tanto para él como para mí, al comenzar la década del setenta, aquella división entre militares formaba parte de la historia antigua. Sin embargo, existía un número nada desdeñable de almirantes y capitanes de navío -aparte de los retirados, dueños de una considerable gravitación interna- que no coincidían con ese criterio. En los episodios del '62/'63 la oficialidad de la Armada había sido abrumadoramente partidaria del bando colorado, con la excepción de Gnavi y de un puñado de otros cuadros superiores que bien podían ser contados con los dedos de las manos. Y aquel pecado no les había sido perdonado.

Al comandante se lo discutía en la Armada por el sector al que había adheria en el pasado, con un agravante: tampoco se le soportaba que dejara de lado ciertos formalismos carentes de real sentido, estilo por el que se inclinaba si aquellos representaban un impedimento para el logro de los objetivos que se proponía alcanzar. A mí me parecía que se trataba de una virtud, pero eran mayoría los que no compartían el concepto. De todos modos quiero dejar en claro que a pescar de tal desprejuicio en la modalidad de conducción, Gnavi siempre se comportó con absoluta corrección en el tratamiento que deparaba a sus pares y sobre todo la sus subordinados, manteniendo una férrea lealtad y objetividad en cuanto a su conducta y a sus opiniones políticas.

Pero el tema era mucho más complicado porque, además, trascendía las fronteras de la propia Armada. Como una demostración irrefutable de que a una década de distancia la trama azules-colorados carecía ya de entidad, la plana mayor del Ejército -con el general Lanusse a la cabeza- lo quería poco y nada al almirante. Era un sentimiento que prevalecía a pesar de que todos ellos habían sido azules. ¿Cuestión de celos, envidia? Pienso que sí. Y que se originaba en el hecho de que Gnavi podía mantener fluidos contactos con los más conspicuos dirigentes del peronismo lo cual, ante los ojos del generalato, lo convertía en un marino singular, distinto a los que estaban acostumbrados a tratar.

La cuestión es, que al iniciarse el año 1971 Gnavi necesitaba exhibir que disponía de una task force política propia para respaldar sus acciones en el juego interno de la Junta de Comandantes. Y, fue a mí a quien asignó la tarea de manejar ese cuerpo de asesores, cuya misión fundamentalmente consistía en desbaratar o al menos contener los propósitos hegemónicos del Ejército. No se trataba de una tarea menuda, teniendo en cuenta que precisamente el almirante era quien había sido el principal promotor de la candidatura del general Roberto Levingston para, suceder en la presidencia de la Nación al general Juan Carlos Onganía, en junio del, año anterior. El damnificado por esa jugada de Gnavi había resultado el general Lanusse puesto que, obviamente, se consideraba el candidato natural para ser receptor de la transferencia de banda y bastón. De manera que aguardaba la hora de la revancha, al igual que sus adláteres.

Cuando inicié mi trabajo en la jefatura del gabinete de asesores los días de Levingston marchaban en cuenta regresiva. Ya estaba tomada la decisión de Lanusse y los generales de su entorno de hacer valer definitivamente el peso específico del Ejército en la interna de la Junta Militar e intentar la aplicación de un plan político de factura propia, con salida electoral incluida.

Desde el punto de vista jerárquico la función que se me encomendaba era de espectabilidad, sobre todo dentro de la fuerza, puesto que dependía directamente del Comandante en Jefe. En la estrategia de Gnavi nuestro trabajo constituía prioridad uno, convencido como él estaba de que tenía un cierto margen para incidir sobre el rumbo de la solución política que se buscaba para el país.

El principal escollo para la elaboración de un proyecto racional de retorno a la Constitución lo representaba Lanusse y quienes lo rodeaban, que aspiraban a verlo presidente de facto y convertido en su propio heredero. El plan puesto en marcha en el verano del '71 debía desarrollarse en dos etapas: la primera, desplazamiento del general Levingston de la Casa Rosada y reemplazo por Lanusse con retención de su lugar como titular de la Junta; la segunda, negociación con la dirigencia política y social para que apoyaran su candidatura en las e ecciones a las que se convocaría para normalizar el país.

De hecho, el derrocamiento de Levingston para ponerse en su lugar no iba al resultar demasiado complicado para el jefe del Ejército, aunque sus colegas de Junta -el almirante Gnavi y el brigadier Carlos Rey, con quien el general también vivía en cortocircuito- opusieran aIgún tipo de objeciones. Dificil sería lo otro, porque para alcanzar el objetivo de la presidencia constitucional tendría que contar con el respaldo político y gremial del peronismo, 0 sea: debería arribar a un acuerdo con el hombre a quien él mismo había declarado que era su enemigo número uno, el general Perón. No existía otra vía posible.

La maniobra para desprenderse de Levingston comenzó a desarrollarse, en los primeros días de marzo, mediante diversas formas de hostigamiento, hasta que el viernes 19 la situación forzó, al Presidente a reclamar una pieza que era del riñón lanussista: dispuso el relevo del Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, brigadier Ezequiel Martínez, quien inmediatamente recibió el apoyo de su mentor y no acató la orden.

Los consejos de almirantes y brigadieres (la crisis lo había sorprendido a Rey de visita óficial en Chile) evitaron un pronunciamiento explícito, pues aunque tanto en la Armada como en la Fuerza Aérea se barruntaba que la jugada del lanussismo apuntaba también a condicionaría participación de cada arma en el poder, existía poco margen de maniobra para intentar que la misma fracasase.

En la tarde del lunes 22 el presidente Levingston sabía que su suerte estaba echada, ya que no había conseguido ninguna adhesión entre sus camaradas del Ejército. No obstante, decidió hacerle pasar un mal rato a Lanusse. Llamó a los tres comandantes a una reunión en la Casa de Gobierno y les informó que no sólo lo relevaba a Martínez sino que también, en ese mismo acto, disponía el retiro del mismísimo general presidente de la Junta. Simultáneamente, para molestarle todavía más, desde las oficinas de la Presidencia se cursaban radiogramas a todos los comandos y unidades del Ejército en los cuales se informaba de la medida adoptada porque, decía la comunicación, el comandante en jefe relevado había incuniplido una orden impartida en el mes de enero de 1971, lo que facilitó la consecución de hechos sediciosos que ocurrieron ultimamente en la ciudad de Córdoba, con serio agravio para los intereses de la Nación. [3] Y por último, como si eso fuera poco, se informaba que el Comando en Jefe del Ejército quedaría interinamente a cargo del general Jorge Esteban Cáceres Monié, jefe de la Policía Federal.

Levingston era consciente de que lo suyo no significaba otra cosa que fuegos de artificio, pero le sirvió para desconcertar a muchos y poner en evidencia al generalato. Casi de inmediato Cáceres Monié asumió el mando, aunque comunicando que lo hacía para reponer en su cargo a su antecesor, en clara desautorización -es un eufemismo- al Presidente. A partir de ahí el episodio se completó en pocas horas más: a medianoche el Ejército resolvió la destitución de Levingston y un poco antes de las 3 de la mañana éste presentó su renuncia; después fue hasta la sala de periodistas de la Casa Rosada, donde se despidió de los cronistas acreditados allí a quienes con una sonrisa y un tono socarrón, les dijo que esa noche todavía dormiría en la residencia de Olivos. [4]

La Junta de Comandantes reasumió por tercera vez el poder político el martes 23, aludiendo en un comunicado a que lo hacía con el objetivo de crear las condiciones indispensables para el pleno restablecimiento de las instituciones democráticas, en libertad, progreso y justicia. [5] El jueves 25, como ya resultaba inevitable, el general Lanusse impuso su designación como presidente de la Nación y se estableció un improbable sistema de rotación entre los miembros de la Junta en el desempeño de la titularidad del Poder Ejecutivo. Gnavi, Rey, los almirantes y los brigadieres sabían que se trataba de otra ficción, puesto que el proceso de institucionalización debería concluir mucho antes de que Lanusse estuviese obligado a traspasarle la banda presidencial a algún otro militar que no vistiera el uniforme del Ejército.

Cumplimentando la primera de las dos etapas de su plan Lanusse juró el viernes 26 de marzo de 1971, oportunidad en la que reiteró el propósito de entregar el gobierno constitucional en 1973 a las autoridades que surjan de comicios libres. Y enseguida puso en funciones al nuevo ministro del Interior, Arturo Mor Roig; al de Bienestar Social Francisco Manrique; y al de Trabajo, Rubens San Sebastián. Los tres, con matices, debían ser quienes tratarían de que se concretase el proyecto lanussista.


El almirante Gnavi asumió la nueva realidad política con responsabilidad, esforzándose por mantener a la Armada en un marco de estricta imparcialidad frente a los intereses partidocráticos. Coincidía plenamente con el análisis y recomendaciones que le haciamos desde el gabinete de asesoramiento, convencido de la necesidad de las elecciones y de asegurar que la instrumentación del proceso que condujera a ellas tuviese las mayores garantías de legalidad. El objetivo de Gnavi era realmente institucionalizar democráticamente a la Nación como el que alentaban el general Lanusse y el entorno lanussista.

En el gabinete político de la Armada detectábamos que la dirigencia artidaria y gremial del peronismo confería un alto grado de confiabilidad a la sinceridad de Gnavi, lo que facilitaba nuestros contactos y conversaciones. En mi caso personal las eventuales reservas de mis interlocutores eran mínimas, pues -aunque por razones totalmente ajenas a la política- había tenido oportunidad de tratar con muchos de ellos. Con el Augusto Vandor del pasado o el José Rucci de esa época, habíamos llegado a tener un trato fluído, a partir del cual podíamos entendernos utilizando códigos diferentes a los que se presume deben ser, los usuales en las relaciones políticas.

Pero lo que importa es que el plan político lanussista fue puesto en marcha en coincidencia con la asunción de Lanusse, como presidente, y de su ministro del Interior, Mor Roig, quien pasaría desde entonces a conducir un proceso de restauración institucional mediante elecciones en las que debía quedar vedada, o al menos condicionada, la posibilidad de acceso del peronismo al poder. Con todo el respeto que me merece su recuerdo -particularmente al evocar la forma en que fue después salvajemente asesinado por los montoneros durante a subversión terrorista [6] y, en particular, a raíz de la manera vergonzante con que el radicalismo lo ha borrado de su pasado- el caso de Mor Roig me parece paradigmático de la época de lanussismo. Era un hombre hábil y correcto, quizás no demasiado brillante, pero sí muy astuto para la política de comité. El, al igual que Lanusse, estaba convencido del agotamiento del proceso militar y de la necesidad de una salida electoral, y concordaba con su jefe en la conveniencia de un acuerdo previo entre las fuerzas políticas democráticas, que le cerrase paso al peronismo. El Gran Acuerdo Nacional (GAN), que Mor Roig había contribuido a esbozar, tenía al propio Lanusse como principal beneficiario. Pero en el supuesto de que no prosperase ese objetivo, el reaseguro sería favorecer a la Unión Cívica Radical, partido al cual pertenecia.

Nosotros, desde el gabinete político, alertabamos al almirante Gnavi acerca de incredulidad y desconfianza que provocaban en la dirigencia del peronismo las medidas instrumentadas por Mor Roig. Pero abarcábamos más, ya que habíamos visto ampliado nuestro ámbito de actuación. Ocurrió que la actividad de los partidos fue autorizada un par de días después de la asunción presidencial del general Lanusse, simultáneamente con la, difusión del contenido del proyecto GAN y con el anuncio de la conformación de una comisión asesora del Plan político, en la cual las FF.AA. tendrían un representante cada una. La Armada designó al almirante Pereyra Murray (a quien me tocó reemplazar en poco tiempo, ya que al comenzar el año '72 se le asignó el comando de la Flota de Mar y a mí me correspondía ocupar su vacante como Secretario General Naval), la Fuerza Aérea le dio la misión al brigadier Carlos López y la representación del Ejército recayó en el general Dubra.

A raíz de mi participación en el seno de esa comisión tuve el privilegio de ser testigo sin intermediarios -y, porque no, también protagonista- de un proceso en el que pude apreciar el estilo de Lanusse y el criterio con que Mor lloig y sus asesores manejaban el plan político para la salida electoral.

Del general Lanusse se afirmó siempre que si llegó hasta donde lo hizo, fue enahcado en, su condición de caudillo dentro de un Ejército que cuando los tuvo, mandaron o fueron muy influyentes. Alguna vez escuché a un general decir que: "a Lanusse se lo sigue sin chistar". Pero nunca, en realidad, en las Fuerzas Armadas de nuestro país se siguió a alguien sin chistar. Ni siquiera a Perón. Hombres de la talla de Osiris Villegas, Guglialmelli, Onganía, el Propio Lanusse, han sido figuras que sobresalieron en un ámbito castrense en el que prevalece la concepción administrativa del ejercicio militar. Unos por su inteligencia, otros por su vozarron, se, destacaron hasta alcanzar la jerarquía de caudillo entre sus camaradas lo cual, a raíz de los avatares de la pólíiica nacional, los hizo trascender los límites de los cuarteles.

Esta es una convicción que se me afirma, por ejemplo, cuando escucho a algún general sostener que tal o cual camarada es un buen soldado. Buen soldado o buen cadete del Colegio Militar no es sinónimo de llegar a ser un buen general o buen comandante. Lo primero puede no significar otra cosa que levantarse al alba, estudiar, hacer bien la instruccion, transpirar en el orden cerrado, e impostar la voz para impartir las órdenes si le toca en suerte ser tropero. Pero no mucho; más que eso. En cambio lo segundo, es decir, ser un buen general es otra cosa muy distinta porque de él -así como de un almirante o de un brigadier- se espera que sepa conducir, que reuna los suficientes conocimientos para evaluar todas las circunstancias y para saber extrater conclusiones antes de adoptar una decisión. Porque el Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea no se comandan pegando cuatro gritos.

Por eso pienso que a Lanusse se lo puede encuadrar en la categoría de caudillo natural, por su carisma y también por su carácter autoritario: era alguien capaz de lograr que sus compañeros y subordinados obedecieran por coincidir con su proyecto o, en su defecto, por temor. Es innegable que dentro de los límites del Ejército se manejaba con capacidad de conducción, más se equivocó al suponer que podía trasplantar esa condición al terreno de la política.

Muchas veces pienso que buena parte de su indisimulados celos hacia Gnavi eran consecuencia de la frustración que experimentaba el no poder disfrutar del arte de la política como lo hacía el almirante. Gnavi recibía a un José Antonio Rucci o a un Jorge Daniel Paladino [7], para charlar un rato e intercambiar ideas mientras tomaban un café. Seguramente Lanusse no soportaba esos coloquios con gente a la que él pensaba que todo lo que había que hacer era impartirle órdenes.

Otro factor que influyó en el fracaso de Lanusse fue su entorno. El general creyó, realmente, en una suerte de máxima que se repetía a su alrededor: Perón llegó a presidente porque era general. Y si era asi, se convenció, ¿por qué no habría de llegar él mismo? No tuvo en cuenta -y supongo que nadie se lo advirtió- que Perón era más que un general, hayamos estado de acuerdo con él o no.

Claro que hubieron muchas otras razones, posiblemente de mayor peso, para que el resultado fuese el que fue. Un desbarajuste económico producto de la reiteración de modelos liberales incompletos; el crecimiento incesante de la actividad subversiva terrorista; y, por sobre todas las cosas, el preciso sentido del tiempo con que Perón manejó las negociaciones que el lanussismo intentaba para lograr que el peronismo se sumara al GAN y aceptara confluir detrás de la candidatura de Lanusse.


Sacarse de encima a Gnavi no fue un objetivo fácil para Lanusse, pero tampoco fue una tarea imposible. Coincidentemente, el mismo día 3 de noviembre de 1971 en que Paladino le presentaba a Perón su renuncia en Madrid, el comandante general de la Armada pidió el pase a retiro y su reemplazo por el almirante Carlos Coda. Lanusse realizó a ese efecto una maniobra similar a la que había hecho Juan Carlos Ongania unos años antes para desplazar al almirante Benigno Varela, el antecesor de Gnavi. Operó con algunos sectores de la Armada a los que sabía hostiles al comandante y logró que fueran estos quienes impulsaran la formación de un tribunal de honor para juzgar su conducta.

Antes había intentado arrimar agua a su molino cuando sus adláteres le informaron sobre la gestación de un movimiento interno -cuyo foco estaba en Puerto Belgrano- orientado a lograr directamente la destitución de Gnavi, pero no logró su propósito. Yo creo que los complotados desistieron para no hacerle el juego a Lanusse, por quien sentían menos simpatía que por su propio Comandante en Jefe.

Una vez que Gnavi resultó desplazado me tocó a mí ir a Londres donde el almirante Carlos Coda -su sucesor- estaba al frente de la Misión Naval. Mi misión consistía en imponerlo de la situación política previa a su designación y de la trama que se desenvolvía como salida institucional. Con el flamante Comandante me unía una relación bastante estrecha a pesar de que él pertenecía a una promoción muy anterior a la mía. Pero compartíamos cierta pasión por el turf. (En una época -cuando ambos coincidimos como oficiales en el Acorazado Moreno- habíamos llegado a desarrollar una fórmula matemática para detectar a los mejores candidatos aunque, lamentablemente, no era un sistema infalible.)

Coda me anticipó que mantendría la línea de Gnavi, respondiendo idéntico criterio en cuanto a la negociación política en curso.

Del devenir de los acontecimientos posteriores -hasta que Perón cortó toda negociación con el lanussismo- vales en mi caso, traer a colación la experiencia que me dejó esa tarea de asesoramiento político que se me encomendara. Fue una época en la que palpé de cerca la diferencia sustancial que había entre la dirigencia gremial y la política a la hora de hacerse valer en defensa de sus intereses. Cada reunión a la que asistía me mostraba a gremialistas que manejaban valiosa y precisa información, analizada meticulosamente y con los pies sobre la tierra, dispuestos a discutir, conceder y reclamar en cada uno de los puntos que los involucraban; tenían sensibilidad real sobre las dificiles circunstancias sociales que atravesaba el país y exhibían una particular preocupación por la expansión de la actividad subversiva.

José Rucci, por ejemplo, a quien llegó a unírme una amistosa relación, era un hombre audaz, ,muy vivo para la negociación y también muy inteligente, a pesar de que por falta de preparación no hubiese podido alcanzar un elevado nivel cultural. Por su carácter y su decisión me pareció siempre el polo opuesto de Lorenzo Miguel, de un estilo mas bizantino. Rucci poseía poder propio y eso le posibilitaba desenvolverse con rasgos de a ante Perón, como antes había ocurrido con Vandor, quien antes de ingresar al gremio metalurgico había sido cabo maquinista de la Armada.

Vandor fue otro buen interlocutor que tuve entre los gremialistas. Ellos, al igual que José Alonso y José Rodríguez- poseían identidad propia, definida. A ellos a la desaparición de Perón no los podía arrastrar, como sucedió en cambio con muchos otros sindicalistas.

Los dirigentes políticos, por el contrario, me sorprendían por la perspectiva distorsionada desde la cual observaban el panorama nacional; era notable su desconcierto frente a la marcha de las negociaciones con Perón y la incertidumbre que les causaba el sinuoso trámite de las mismas. Se me antojaba que no tenían juego propio, ninguno de ellos, porque dependían de las maniobras de gobierno militar y de la inagotable imaginación política de Perón.

Por cierto, la misma sensación de incertidumbre también ganaba al lanussismo. Lanusse y Mor Roig continuaban adelante con su plan político conducente a una salida electoral, pero procurando permanentemente hallar fórmula de impedir el acceso del peronismo al poder para el caso de que no hubiese acuerdo con el líder exiliado en Madrid. Marchando hacia una u otra dirección, Mor Roig incurría en constantes contradicciones. Trabajaba, por supuesto, para, Lanusse, aunque no perdía de vista que el fracaso de su jefe favorecería a su partido de origen, el radicalismo. Y eso tampoco lo ignoraba el peronismo, que se colocaba en actitud cautelosa ante cualquier sugerencia o iniciativa del ministerio político.

En ese marco se sucedieron varios episodios que pusieron en evidencia las reales limitaciones que tenía el esquema de apertura proclamado desde el gobierno. Frente a los reclamos del sindicalismo de convocatoria a negociaciones paritarias, Mor Roig lo primero que propuso fue decretar la intervención de la CGT. Y, con la indudable intención de imponer la medida, llevó en forma sorpresivo y compulsivo el tema al seno de la comisión política de la que yo formaba parte la cual, por disposición de la Junta debía emitir opinión. Me opuse sin medias tintas aunque, por supuesto, dejándolo librado a la decisión final del almirante Coda, a quien no me daban tiempo para informar. Esa actitud mía fue acompaiíada por otras coincidentes -entre ellas las del secretario de Trabajo, Rubens San Sebastián- y bastó para frustrar la maniobra, que hubiera dejado fuera de la negociación política al sector gremial.

Antes y después se adoptaron otras iniciativas que procuraban siempre el objetivo de fondo. Voy a recordar sólo dos de ellas: una, Ia reforma de la Constitución Nacional, con obvios propósitos proscriptivos, para lo cual se dictó la Ley Declarativa Fundamental, otro, el anuncio del traslado de la Capital Federal al interior del país en un plazo no mayor de 10 años, formulado por el ministro Arturo Mor Roig en 1971 y reiterado por él mismo en dos oportunidades durante el año 1972. Y las traigo a colación como hechos curiosos, dada la similitud de operaciones políticas que se intentaron realizar un poco más de una década después, aunque en el marco de un gobierno presuntuosamente democrático. [8]


Queda dicho que las reuniones, declaraciones, marchas y contramarchas no podían ocultar cuál era el objetivo fundamental de aquel gobierno del lanussismo: negociar el hombre que sería el futuro presidente constitucional. El primer candidato era el propio Lanusse, pero ante la inviabilidad de su nombre se decidió canjearlo por el del general Tomás Sánchez de Bustamante. Tampoco levantó vuelo y así fue como comenzaron a barajarse las más diversas alternativas, igualmente todas carentes de asidero, como que en algún momento se incluyó mi nombre entre los potenciales candidatos. [9]

Recuerdo aquellas reuniones y a los dirigentes que desfilaban por las mismas, Balbín, Enrique Vanoli, Américo Gioldi, Horacio Thedy, el jujeño Horacio Guzmán y su hija Cristina, Oscar Alende, Manuel Belgrano Rawson, Celestino Gelsi, Felipe Sapag, Jorge Abelardo Ramos y tantos otros. Ahora, repasando esa nómina a la distancia, compren el porque de que Ias posibilidades de Perón, se hacian mayores con cada jornada que transcurría.

Además, dentro del propio oficialismo lanussista se libraba una lucha sin cuartel. Francisco Manrique, por caso, desde su cargo de ministro de Bienestar Social desarrollaba una actividad nítidamente proselitista, al punto que en abril de 1972 cuando realizó un viaje a Tucumán, algunos medios de prensa señalaron que se trataba de su gira Nº 72 por el interior del país. [10]

Y fue precisamente Manrique el primer funcionario de real importancia que renunció a su ministerio, cuando el presidente Lanusse dispuso que todo aquel que aspirase a un cargo electivo debía alejarse del gobierno. Dimitió el 2 de agosto y pocos días más tarde anunció su postulación presidencial e inició su segunda campaña electoral.

Antes del lanzamiento de Manrique ya se había constituido el Frente Cívico de Liberación Nacional (Frecilina), que después se convertiría en Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), en ambos casos bajo el liderazgo del peronismo. Comenzaba la segunda mitad del '72 y la realidad le extendía certificado de defunción al Gran Acuerdo Nacional que habían imaginado los lanussistas tan sólo un año antes.

Eliminada la posibilidad de llegar a algo con Perón, y ya sin márgen alguno para volverse atrás en el camino hacia el comicio, el gobierno apostó todas sus fichas a apuntalar un triunfo del radicalismo por la vía de una segunda vuelta. No confiaba tanto en la calidad de la fórmula de la UCR, donde la opción antes de las internas se planteaba entre Ricardo Balbín-Eduardo Gamond y Raúl Alfonsín-Conrado Storani, como en lo impresentable que podría ser el binomio a consagrar por el Frejuli. Especulaba con que Perón, no pudiendo él mismo ser candidato por la veda que se le había impuesto, eligiría a un par de dirigentes sin envergadura porque no estaría dispuesto a concederles el poder. En eso acertó Mor Roig: finalmente, de las elecciones internas radicales realizadas el 26 de noviembre surgió la fórmula Balbín-Gamond y de la decisión de Perón, anunciada el 15 de diciembre, se compuso el dúo Héctor Cámpora-Vicente Solano Lima.

Por cierto, a simple vista y por la calidad de los antecedentes de esos postulantes, el antiperonisrbo podía mantener viva alguna esperanza. Pero ni así pudo zafar el lanussismo del brete en que se había metido, arrastrando consigo a toda la sociedad.


[1] Sobre este aspecto creo válido traer a colación una anécdota, haciendo la salvedad de que debe tenerse presente: a) la diferencia de calidad y capacidad en materia de comunicaciones que existía entonces; b) el entramado de las relaciones que Argentina mantenía con el mundo en esa época. Lo ciento es que en el curso de aquel viaje llegamos con el buque-escuela a Taiwan en los mismos días en que Lanusse depuso a Onganía. Todavía vivía Chiang Kai Sheck, quien sentía una particular estima por el defenestrado presidente argentino, a punto tal que existía en la isla china un emplazamiento militar llamado Batería Onganía. Yo tuve que cumplir con la obligación protocolar de presentarme ante ese singular protagonista de la historiá contemporanea sin saber a ciencia cierta lo que estaba sucediendo en nuestro país y, por supuesto, sin haber recibido ninguna directiva acerca de lo que debería responder en caso de que él hiciese alguna alusión a la situación argentina.

[2] En los enfrentamientos de 1962/63, el almirante Gnavi adhirió decididamente al sector azut. Ya habia quedado algo descolocado dentro de la Armada por su abierta simpatía con la gestion presidencial de Arturo Frondizi, época en la que se desempeñara en caracter de subjefe del Servicio de Informaciones del Estado (SIDE) y sólo contaba con el respaldo de un reducido grupo de almirantes, entre los que recuerdo a Coda, Fuenterrosa y Quijada.

[3] El comunicado aludía a la orden de poner en alerta al Ejército y a los violentos incidentes registrados durante un paro de la CGT, que incluyeron la ocupación del barrio Clínicas el que debió ser recuperado por las policias federal y provincial luego de varias horas de combates callejeros.

Antes, un grupo subversivo había tomado la Casa de Tucuman y el Ejército tampoco se habia movilizado para reprimirlo.

[4] La declaración constituía un último mensaje de Levingston a Lanusse, con sentido del humor. Conocedor de que la mayoría de los cronistas de la Sala eran incondicíonales del comandante en jefe, le avisaba a través de ellos que aún no podría ocupar la quinta presidencial. Por cierto, la mayoría de los cargos de la Secretaría de Prensa durante la presidencia de Lanusse fueron ocupados por esos cronistas a los que les habló esa noche.

[5] El comunicado parecía continuación de las palabras pronunciadas por Gnavi a raíz de la deposición de Onganía pero la realidad demostró que el plan era diferente. Gnavi había dicho un año antes: El enfoque esbozado por el teniente general Onganía creaba el peligro de desembocar en una representatividad segmentada, que no canalizara adecuadamente las corrientes de opinión ciudadana, de acuerdo con la tradición democrática argentina y, al mismo tiempo, engendraba un concepto de Estado que podría haber llevado a deformar nuestra escencia republicana.

[6] Roberto Perdía, en Clarín, segunda sección, página 5, domingo 13/10/96.

[7] Secretario de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y Delegado Personal de Perón en Argen tina, respectivamente. Rucci sería, más tarde, Secretario General de la CGT.

[8] Raúl Alfonsín.....

[9] Ocurrió en plena euforia de la búsqueda de un candidato potable para el peronismo. Yo estaba sólo en mi casa, ya que mi familia se encontraba fuera de la ciudad, y recibí un inesperado llamado telefónico del almirante Gnavi quien me anuncio su inminente vlsita ya que quería conversar urgentemente y en privado.

Era casi la hora de comer, así que fui hasta una pizzería que quedaba en Las Heras y Agüero y compré algo para convidarlo. Un rato más tarde llegó Gnavi acompañado por el general lñiguez -a quien yo hasta entonces no conocía mas que de nombre- y durante más de dos horas estubimos, hablando de casi todos los temas nacionales, aunque sin profundizar sobre ninguno en particular.

Con el tiempo supe que aquel había sido un exámen, con el objetib de incluir mi nombre en la carrera por la candidatura presidencial.

[10] Un par de años más tarde el presidente Perón me mostró una interminable lista con la cantidad de expedientes del Ministerio de Bienestar Social, que su gobierno podia llegar a utilizar si deseaba iniciar acciones legales que involucraran a Manrique por su gestión al frente del mismo.


Continuará.....

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