PORQUE LOS ESTADOS UNIDOS NO QUIEREN PRESTAR DINERO A LA ARGENTINA.

Las cosas parecen ir razonablemente para algunos funcionarios argentinos, pero la verdad es que van muy mal.
Y no se trata de la simple demonización de una clase política devaluada que ha confundido la expansión de la democracia con la expansión de sus ingresos personales. Las cosas pasan por Washington y no mas por Buenos Aires, aunque los argentinos sigamos creyéndonos unos nuevos e injustamente condenados de la tierra. Hay algunos problemas de la espontaneidad de la política monetaria americana que es, esencialmente, una política que transpira prioridades de imperio y de nación a la vez y mientras en la Argentina persista una tozudez impecablemente conspirativa no se podrán ver los alcances de la conspiración real. Es decir, cual es el grado de vulnerabilidad de la economía americana y cuales son los componentes políticos que la signan y la definen después del Pearl Harbour del siglo XXI.

Probablemente el principal problema es que nadie, absolutamente nadie, en la superestructura de poder americano cree realmente que la democrática clase dirigente argentina tenga la menor capacidad técnica -aunada al poder político- para manejar administrativamente una política, en el sentido anglosajón de policy.
Una sutil combinación de metas caseras y estrategias profundas.

Este diagnostico prejuicioso y profundamente realista a la vez, afecta los criterios de la clase dirigente americana e influye también -y en forma no tan tangencial en un mundo globalizado, en el cual algunos sectores de la finanza europea, con mayor o menor elegancia, nos proporcionan las coordenadas, direcciones y teléfonos del Fondo Monetario Internacional.

Ocurre que tanto el señor Duhalde, como sus extremadamente sobreactuados y fingidos contendientes, Elisa Carrió y Luis Zamora, todos ellos producto del mismo pacto socialdemócrata alargado, producen la misma sensación de impericia, cultura filosófica de perfiles foucoltianos y una imagen de la realidad económica tan poco transparente que semeja mas a una representación de la realidad que a la realidad misma.

También, visto desde Washington, ningún político argentino parece conjugar capacidad técnica, prolongación histórica y persistencia en sus ideas, excepto la galaxia que se mueve en torno a Carlos Menem, aunque ya se sabe que los texanos no votan en Buenos Aires, pero -hecho que no se puede descuidar- pesan en Buenos Aires, con menor desgaste que en Afghanistan. En ese sentido no son del todo ilusorias las versiones que plantean una lucha entre Repsol-YPF y los intereses americanos que verían con agrado una revisión de la privatización de YPF y la posibilidad de reinsertarse con fuerza en la única región de reservas petroleras y gasíferas que está relativamente lejana de los conflictos del medioriente, del extremo oriente y del Cáucaso.

Pero también visto desde Washington el problema es estructural y -si bien las cosas parecen haber comenzado en la mañana de hechicería del 11 de septiembre- la comprensión de la violencia no nos debe descuidar el análisis posterior de las consecuencias no violentas de la violencia. O en otros términos y hablando claramente de desafío y respuesta la incógnita es saber, como ha quedado realmente la economía americana después del día de las torres gemelas, después del viaje al corazón de las tinieblas de las montañas afghanas y después de los mandamientos mas o menos funcionales de una justicia infinita, como tallada por un cuáquero repentinamente encolerizado.

Para los americanos, no menos paranoicos y conspirativos que otros pueblos, ya no se trata de saber cual de las agencias de inteligencia ignoraba la hipótesis de guerra desatada sobre Nueva York, sino mas bien en que orden o escala jerárquica se puede establecer una graduatoria de peor desempeño. Si bien para algunos la CIA parece llevarse los palmares, todos temen que las conclusiones de la comisión parlamentaria sean inevitablemente transversales y que algunos funcionarios resuelvan, algo eufemísticamente, pasar en el futuro mas tiempo con sus familias.

La catástrofe ha afectado en lo económico y si bien la metrópoli se ha asentado a costa de un razonable, para los términos argentinos, índice de desempleo, los analistas prevén una creciente debilidad del dólar frente al euro y hasta frente al yen. Ocurre que el superpoderoso dólar para la Argentina, en Estados Unidos esta herido de muerte o por lo menos convaleciente de una larga noche de epifanía, básicamente por el alto déficit de cuenta corriente.

Así, el duro debate entre O´Neill -que quiere depreciar la moneda- y sus contendientes del sector financiero revelan una pelea sin metáforas ni reglas tauromáquicas. El secretario es un hombre del sector productivo, sus adversarios -revancha política inevitable- quieren mantener sus comisiones con adquisiciones y el manejo irrestricto del capital extranjero que se ha transnacionalizado, y globalizado. Todo eso hace que los americanos o el american way of life siga dependiendo de un nivel de consumo financiado, clásicamente, por deuda. Y este fenómeno que contaría una trama de subdesarrollo si no se tratara de la primera potencia militar, científica, tecnológica y talasocrática existente, hace que el nivel nacional de depósitos sea negativo y que proliferen esos curiosos clubes de salvataje de las bancarrotas personales -ya inevitables- y crezcan las empresas de asesoramiento para bajar el nivel de las deudas privadas que, en su mayor parte, provienen de las tarjetas de crédito con sus exponenciales tasas correspondientes.

Esta realidad americana -dura y antisentimental como la cordita en la antigua pólvora vieja- complica la situación argentina y casi haciendo un juego de imaginación contrafáctica se podría vaticinar que si la Argentina pudiera volver al patrón oro, solo recibiría magros resultados por parte del Fondo.

Los americanos tienen poco dinero para gastar -ninguno para dilapidar- y menos aún en la dicharachera Argentina, tan amable, tan extraordinaria, tan poco previsible.

Así están las cosas.

EA.


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