BATLLE Y LA GUARANGADA TRANSPARENTE

por Luis María Bandieri


Jorge Batlle, viejo político oriental, se mandó una guarangada, del estilo de esas a las que somos afectos los rioplatenses, creyendo hablar de entrecasa, así, a la que te criaste, pero no sabía que estaba bajo el escrutinio de la cámara y el registro del micrófono multidireccional. Y allí se armó un barullo inmenso y barroso como el río que a la vez une y separa a estas crueles provincias. Bajo impostación rioplatense, tomó, por cierto, forma de sainete. El doctor Tabaré Vázquez aprovechó para presentarse como un tipo políticamente correcto, incapaz de una salida de tono. Nuestra clase política, es decir, el coro de los apestados, tomó la oportunidad de las trenzas: gargarizó fulminaciones, requirió excusas, satirizó sobre los bancos uruguayos que sirven -servían- al dinero argentino transfugado de refugio o trampolín hacia otros paraísos más prometedores. Y nuestro presidente se dio el único gustazo soberano desde que asumió la cruz del cargo, sirviéndose de Chiche como Cireneo: mientras el pobre Batlle puchereaba y recordaba tangueramente a la vieja, nacida de este lado, el vasco ponía cara de gaucho malo.

Lo que doña Anne Krueger, o el señor O'Neill o el general Powell pueden propinarnos mientras fingimos cara de alumno aplicado, no se lo podemos permitir al vecino de la pieza del fondo del conventillo, petizo para más datos. Qué le vachaché, yorugua, los nacidos en la provincia de esta orilla estamos condenados al éxito, estamos. Nadie se ocupó mucho de Bloomberg, la agencia noticiosa que hizo pasar off the record por reportaje. Sylvina Walger tuvo el tino de hacerlo, en "La Nación" del 6/6/02. Allí nos informa que esa agencia, de la que es dueño el actual alcalde de Nueva York, se maneja con un sistema de "transparencia" total: todo lo que hacen o dicen sus dependientes es registrado. Si escriben un mail incorrecto, aparece un Alert! En sus pantallas. El único que está fuera de pantallas o grabadores es el señor Bloomberg. El episodio rioplatense se inscribe en ese ideal de "transparencia" implantado por la videología de los mass media: todo el mundo debe ser "transparente" a su escrutinio las venticuatro horas del día, los trescienos sesenta y cinco días del año. El ideal del panóptico de Bentham, del ojo insomne del poder, privatizado por los media. He explicado otras evces que la "transparencia" (cuya medición se ha convertido, también, en negocio que da de vivir) no tiene nada que ver con la publicidad de los actos de gobierno y de las conductas políticas, propiedad central de una república. Hay transparencia y, sin embargo, la más descarnada lucha de grupos de interés se desarrolla ante nuestros ojos, suplantando las vías representativas. La transparencia pertenece a la lógica totalitaria del siglo XX, pasada con éxito al nuevo milenio. Es un totalitarismo con aprovechadores más que mandamases, ubicuo y errante. También he recordado otras veces el origen de la expresión "transparencia", que mucho dice sobre cómo entenderla. Fue consecuencia de una maniobra publicitaria destinada a mejorar, en sus tramos finales, la casi derrumbada imagen del sistema soviético y de su último líder, Gorbachov. El image maker de Gorbachov era Aleksander Jakovlev, formado en universidades norteamericanas. Jakovlev lanzó la palabra glasnot, transparencia. Sabía que para los medio occidentales anglófonos, glasnot evoca glass (vidrio, cristal), reforzando así la idea de transparencia absoluta. En ruso, en cambio, la palabra deriva de golos, voz, la claridad de la voz de Gorbachov, en este caso.

Los resultados superaron ampliamente el propósito inicial. Entre otras consecuencias, la transparencia ha matado la publicidad republicana, sin que los constitucionalistas se hayan dado cuenta.-

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