El rumor argentino: malestar social y desestabilización.

escribe Lic. Carlos A. Fernández Pardo

Oscuras disonancias

No tenemos la costumbre de preguntarnos en que consiste aquello que mantiene integrada a una sociedad. Damos por entendido que una democracia posee mecanismos específicos para mantener la cohesión y los disensos en un estado de equilibrio dinámico. Pero el problema es que asumimos sin mayor reparo que la Argentina sobrelleva su existencia bajo un sistema democrático, que él se sostiene en creencias profundas en sus principios y que se actualiza a través de conductas congruentes con los mismos.

Por lo general, ésta congruencia, es definida en términos de institucionalización. En estos días, es usual referirse a una crisis institucional cuando se constata, en casi todos los ámbitos, indicios preocupantes de que esa congruencia está ausente. Evidentemente que lo que mantiene integrada a una sociedad son, desde un punto de vista objetivo: las instituciones. Pero, desde el punto de vista subjetivo, son las creencias que aquellas nos suscitan. Ahora bien, es un hecho que la sociedad argentina está disociando las instituciones y las creencias. No parece ver en las primeras una materialización de éstas últimas. Sin perder el sentido, podríamos decir que las preferencias y valores de nuestra sociedad ya no están depositados en el sistema institucional de la justicia, la educación pública, la gestión económica del patrimonio común, y menos todavía, en la representación política.

Basta dar un paso más en esa dirección para inferir que el colapso del propio marco constitucional es inminente en un punto sensible de la democracia liberal: si el pueblo no delibera ni gobierna, sino que lo hace a través de sus representantes ¿cómo nombrar un estado de las cosas en donde el pueblo quiere deliberar y gobernar por sí mismo? Lo primero que se nos ocurre pensar es que, alcanzado este punto, el mismo Estado argentino está vaciándose de soberanía. Nunca ha sido más cierta la prevención enunciada por Nicolás Maquiavelo, al advertir que los hombres no respetan un ordenamiento constitucional que ven cambiar todos los días. Pero, lo que es más grave, difícilmente lo tolerarán si este ordenamiento cambia en perjuicio suyo.

Los dilemas del cambio político

Con frecuencia, tampoco estamos seguros si la sociedad se mueve en el tiempo manteniendo la misma estructura y representaciones de sí misma o, si por el contrario, efectivamente ella cambia ocurriendo lo propio con ideologías y mentalidades. Puede ocurrir, que las categorías a través de las cuales interpretamos los fenómenos políticos, no sirvan para captar la novedad que trae consigo una época de cambios. No sugerimos, al decir esto, ningún "fin de las ideologías" o cosa parecida. Simplemente, nuestro argumento, pretende señalar una situación muy próxima lo que cualquier psicólogo social reconoce cuando escucha hablar de "disonancia cognitiva". Esto, quiere decir, que la realidad que percibimos, tiende a ser confirmada con ideas previas que nacieron de experiencias pasadas La disonancia se produce cuando experimentamos nuevas realidades y las ideas pasadas no sirven para eliminar tal disonancia. Los argentinos tenemos una vivencia de la vida política que no podemos comprender y difícilmente explicar. Así, por ejemplo, nadie ignora los alcances del impacto provocado por el "menemismo". De hecho ha transcurrido más de una década desde su emergencia y los peronistas aún intentan explicarlo desde un fondo de ideas del pasado. Buscan, comprender su identidad perdida, entre las significaciones producidas por el nuevo liderazgo que Menem exhibió durante quince años.

En última instancia, nos estamos preguntando, si los fenómenos sociales que actualmente se manifiestan en la sociedad argentina, a veces con singular violencia, son comprendidos en su verdadero significado. O si, por el contrario, nos volvemos hacia ellos procurando entenderlos con categorías de otra época, como si se tratara de los mismos actores y motivaciones.

¿ Habrá que recordar que la sociedad es un resultado de interacciones individuales? Se sabe que estas interacciones se desenvuelven en un determinado marco de reglas. La sociedad argentina, contiene las posibilidades de un pluralismo integrado mucho más por efecto de la cohesión, solidaridad y acciones particulares que por la fuerza de la legalidad. Esto permite que sus miembros tengan una representación relativamente unificada de la misma dejando a salvo sus identidades singulares de clase, filiación o rol social. Así, entendida, como unidad que contiene creencias, opiniones e intereses plurales, la sociedad es una síntesis, pero imaginaria. Cada uno de nosotros la recrea imaginariamente. Nuestra conjetura es la de que el primer síntoma de un conflicto social reside en la incapacidad imagen de una sociedad integrada. Se ha roto el marco de los grandes partidos de masas.

No cabe duda que la argentina ya no es una sociedad masas. En todo caso, la dimensión de las "masas", para decirlo en términos descriptivos se ha trasladado al territorio inhóspito, pre político o tal vez post político, de la exclusión social. Si la sociedad se expande cuando lo hace la ciudadanía, entonces la sociedad argentina tienen un tamaño menor al que imaginamos.

Radicalismo y Peronismo no son lo que eran. Eran grandes partidos masas. Mientras el Radicalismo ha conseguido disociar su compromiso con la ética democrática, respecto a la responsabilidad intransferible de gobernar, el Peronismo emprendió el camino de un federación de partidos provinciales.

Lo primero que nos revela una crisis institucional, según lo señalado, es una cierta disociación entre las preferencias valorativas y el sistema de poder que la sociedad se ha dado. Se ha dicho, con bastante acierto, que en el origen de una institución se halla el encuentro entre un valor y un poder. Resulta pues que carece de fundamento la asunción de que el sistema de poder una sociedad se desenvuelve al mismo ritmo que las preferencias valorativas de sus miembros. La situación argentina ha demostrado que las cosas no ocurren de ese modo.

Líneas de tensión

Una disociación de ésta naturaleza causa estragos en el sistema institucional de los argentinos. Si el poder fuera exclusivamente una cualidad personal o un atributo de los actores sociales, tendríamos una versión sumamente pobre del mismo. Estaríamos perdiendo de vista el hecho de que el poder es también una relación. Una compleja relación de intereses y capacidades. Un juego dinámico de influencias y recursos. Y, no cabe duda, que se ha producido en los últimos años una alteración traumática en las relaciones de poder en nuestra sociedad. En término de intereses, aquellos considerados básicos para ostentar el status de la ciudadanía moderna como, sin duda, son el libre acceso a las prestaciones de bienestar y a la inserción en el proceso económico, se encuentran completamente afectados por la falta de reconocimiento institucional. Carece de sentido traer a cuenta los indicadores socioeconómicos más elementales.

Las capacidades relativas a la expresión social y la comunicación, relacionadas con la satisfacción de los intereses sociales, moldean asimismo la disposición de poder de los actores sociales. Una pobreza ostensible en la satisfacción de los intereses se combina con aquellas capacidades. Y lo hace con notable fuerza reactiva. El nivel de organización es lo que da cuenta de ello. La fuerza reactiva, ya lo hemos visto, se traduce como "movilización" y "perspectiva de las calles" y, esto último, se revela como un medio para competir por la influencia a través de nuevos canales y redes. Si bien, desde fines del año 2002 se ha provocado una masiva transferencia de recursos económicos y financieros, hacia sectores de riqueza altamente concentrado o hacia canales financieros del exterior, el precio ha sido alto. No sólo para quienes la padecieron. Ha sido extremadamente alto para el mismo Estado argentino y para el sistema político y judicial.

En última instancia, cuando nos referimos a las creencias profundas en la democracia no hacemos más que señalar la fuente de la legitimidad. No obstante, el problema reside, en que la legitimidad es una creencia. Por tal razón, resulta completamente absurdo pretender que construcciones jurídicas o argumentos intelectuales, puedan despertarla. Nadie puede negar el esfuerzo que llevan cabo muchos dirigentes políticos e incluso analistas con influencia y hasta medios de comunicación, para "hacer creer" lo que ellos mismos no creen. No creen, ciertamente, en la conformidad de las conductas sociales con las reglas que las instituciones prescriben.

Evidentemente que aquellos que acometen aquel esfuerzo están del lado de las instituciones. No se preocupan por indagar que se está gestando realmente desde fuera de las mismas. Sin atreverse a pensar que, tal vez, en la sociedad esté madurando una política real, más allá de la "política" representada, se entregan al signo fatal de muchas democracias contemporáneas: la deriva oligárquica. Si la democracia es el poder del Pueblo, entonces su condicionamiento por parte del Estado, se preguntaba Georges Burdeau, ¿acaso no puede llegar a levantar, frente al poder del pueblo, otro poder que no procede de él? No puede sorprender la inquietud que provoca la menor expresión de democracia directa, participación ciudadana, reclamos de referéndum o revocatoria de mandatos. Desgraciadamente, son demasiados los argentinos que están convencidos de que un poder extraño a su vocación y a sus intereses, se ha levantado contra sus derechos más elementales. Consideremos algo sumamente importante. A lo largo de quinientos años, toda la cultura política de Occidente aceptó que la necesidad histórica del Estado, su "obra de arte" por excelencia, se explicaba por la necesidad de proteger la vida y promover la propiedad. En síntesis, la razonabilidad de la existencia del Estado, arroja dos conclusiones de validez universal: sin garantías ciertas de preservar la propiedad privada y la existencia como seres vivientes, la forma estatal no tiene justificación alguna.

Por cierto que tenemos de distinguir claramente entre el Estado y el Gobierno que es el mando político de una comunidad humana. La conducción de los hombres, sin duda, pertenece al orden natural, mientras que el Estado es una construcción de naturaleza artificial. Consiguientemente, cabría preguntarse que si la protección y los incentivos sociales son las funciones que señalan la razón de ser del Estado ¿que podría esperarse cuando éste fracasa en ambos cometidos?. La conclusión es por demás obvia. Cuando tal cosa acontece, como actualmente en la Argentina, estaríamos a un paso del un colapso manifiesto de la autoridad pública.

Señales, indicios, presunciones

Cuando tuvo lugar la movilización de diciembre del año 2001, el Congreso Nacional se apresuró a convocar a elecciones para el día 3 de marzo del 2002. Sin embargo, en julio de éste mismo año los mismos parlamentarios encuentran obstáculos para realizar los comicios antes de marzo del año 2003. La explicación de todo esto es muy es sencilla. A fines del año pasado se pedía la renuncia de Fernando de la Rúa y de su ministro Domingo Cavallo. Ahora se pide la renuncia de todos los cuerpos de representación, control y gestión del Estado.

Una vez consumada la identificación entre el Estado nacional y el sistema político los ciudadanos comenzaron a entender que la democracia argentina está derivando peligrosamente hacia formas oligárquicas en el ejercicio de la representación. Nada tiene que ver con todo esto. Es preciso, entonces, articular la definición de los problemas con aquello que la ciudadanía define como tales, no según define los problemas el Gobierno o los representantes

Tenemos respuestas equivocadas para preguntas mal planteadas

Sensiblidad y ciclo de atención social de los problemas

La crisis de los principales partidos políticos argentinos resulta una prueba concluyente de que sus tradiciones que han dado de sí todo cuanto podían. Han dejado de ser organizaciones de "memoria y tradición" para convertirse en "franquicias" de elección.

Se sabe que una tradición política es portadora de dos bienes intangibles. Nos referimos a una clase de bienes lamentablemente escasos: sabiduría y memoria de los hechos. Uno podría detenerse en consideraciones relativas a la "sabiduría Radical" ciertamente reabsorbida en la versión socialdemócrata que en sus días ofreciera Raúl Alfonsín desde comienzos de la década del ochenta. Sin embargo, aquello fue un giro razonable. Tal vez necesario. Pero encerraba las claves de su propia negación. Los límites de la democracia social lo pone el capital, no el electorado. Pero había otra falla de origen. Era dificultad básica que significó no contar a su favor con el sindicalismo y en no poder proporcionar a éste inspiración política.

De la tradición del Radicalismo proviene un acendrado respecto por la ética pública, la incorruptibilidad de las conductas y la intransigencia. Pero son principios que sólo pueden mantenerse en la comunión de sus creyentes. Sin embargo no se hace política para los fieles, sino para un gran número de personas que difieren en sus preferencias, de modo que interpretan la libertad como el derecho a disentir. Ahora bien, la tolerancia represiva practicada por el gobierno alfonsinista casi llevó identificar la coalición que lo llevó al poder, como la plenitud de una identidad democrática que hacía caer la sospecha sobre quienes no revistaban en las filas del "panradicalismo"ambicioso de aquel entonces.

Nadie cree que el Radicalismo pueda reconstruirse abriendo los grifos de su tradición política. Dejar correr el agua clara de sus principios finiseculares no alcanza. Sin embargo, entre estos principios, hicimos referencia a uno, poderosamente actual: la abstención intransigente. Es la salvación desde el llano, el cambio de mentalidad y de cultura política, no menos que de prácticas. Su requisito conlleva el abandono de una ética de la responsabilidad y la asunción de una ética de los principios. No pensamos que equivale a un salto al reino ideal. Una ética de los principios no es la negativa a realizar el juego, sino una apuesta a un cambio de sus normas y procedimientos.

Nuestro punto de vista se apoya en proposiciones que dan lugar a ciertas conjeturas. Al comienzo de esta comunicación creemos haber sido explícitos en el caso de las primeras. En razón de ello deberíamos pasar ahora a la exposición de las segundas. Nuestra primer conjetura es la de que se han instalado condiciones objetivas de un dualismo social en la Argentina con indicadores realistas de este fenómeno. Dicho de otro modo, la dinámica económico-social ha dejado de integrar al mercado a porciones crecientes de la población. La noción de dualismo social, de algún modo, posee también una cierta calidad analítica en tanto se refiere de manera directa a la integración que en apariencia resultaría un proyecto fallido si declina la base de producción material de la sociedad.

Por consiguiente, el primer problema que presenta el dualismo social es de integración: se observa la creciente debilidad de unas normas de convivencia compartidas que comienzan a dejar de serlo. Efecto mensurable de éste acentuado dualismo, es la generación de una brecha de ingresos inmediatamente que incide en las personas mediante la percepción de su privación relativa. El agravante es que dicha privación es vista como el resultado de decisiones políticas personificadas, antes que como la consecuencia no deseable de los procesos anónimos del mercado. En el deterioro actual de las condiciones sociales está en juego un notable caso de atribución. Son pocos los que creen que ese deterioro se deba a un efecto macroeconómico. En realidad, la mayoría lo atribuye a políticas concretamente decididas. Entonces comienza por imputar una culpa moral a los responsables.

El dualismo social es un término descriptivo de las diferencias de riqueza y acceso a los bienes y servicios. Son diferencias ostensibles. Su magnitud puede ser perfectamente revelada también en términos cualitativos: el cambio de riqueza y patrimonios producido en un año en la Argentina ha sido impresionante. Las estructura social ha perdido eslabones, acusa una notoria fragmentación. Un clásico de la sociología, Emile Durkheim, observaba a comienzos de siglo que, al suprimir los vacíos que separan a sus distintos segmentos, la sociedad se vuelve más densa. Está ocurriendo lo contrario en la sociedad argentina, lo que ha llevado a pensar que probablemente ingresaremos a la vía colombiana (secesión y dualismo territorial y social) En efecto la densidad social está disminuída, hay eslabones sueltos y muchos otros han desaparecido. Sólo en la base de la sociedad se están reconstruyendo. Y esto acontece bajo una lógica imperativa que primero tiene que ver con supervivencia, y acaso en algún momento, con el poder social directo que reclamará su propia democracia.

No me siento convencido de que existan indicios de "colombianización". Prefiero creer que podemos empezar a registrar más bien un "síndrome paraguayo". Simplemente, porque existe en la sociedad argentina demasiada legalidad, pero sin eficacia. Invocaciones tímidas a la legitimidad, pero sin las lealtades suficientes. Por cierto, también tenemos estructuras de autoridad, pero éstas carecen de capacidad para sostener un bien público como es el orden social. En fin, la capacidad de violencia potencial se halla dispersa y los nudos de interés que sostienen su propia red de compromisos y servicios obran en función de quienes protege. La disolución de lo público puede llegar a ser completa. El conflicto puede tomar la forma de privados contra privados.

Solamente la extrema debilidad del poder estatal, la actitud de confusión y abandono de los responsables de gobernar y la atonía de la alta burocracia, mantienen en estado de latencia de un conflicto civil. No obstante, algunas condiciones objetivas del mismo deben conjurarse necesariamente.

Emisión de moneda provincial.

Cuando, aproximadamente la mitad del circulante, poco más del 45 por ciento, es "cuasi dinero" emitido por los Estados provinciales, es claro el indicio de que fracturas regionales están desarticulando el espacio nacional de uno de los más importantes contratos: el señoreaje. La capacidad del Estado nacional de emitir la moneda circulante se ve erosionada.

Solamente resta dar el paso de que algunos Estado provinciales cedan territorio o rentas originadas en la explotación de sus recursos, que son patrimonio colectivo de sus habitantes, como garantía del "cuasi-dinero" que están emitiendo. El establecimiento de condominios con titulares del exterior no es para nada una imagen irreal.

Violación del derecho de propiedad

En la medida que la transferencia de ingresos, la devaluación de los patrimonios y el deterioro del capital acumulado, se consideran como la consecuencia de decisiones políticas, se produce un doble movimiento. En primer lugar, una demanda de intervención judicial. El problema es que muchas personas no creen que haya un interés común que tutelar a costa de los intereses individuales. La capacidad política reside en poder anticiparse a los comportamientos personales de los ciudadanos. Estamos atravesando un segundo movimiento: es el que conduce a una desafección de la ciudadanía respecto del Estado. No debe sorprender que haya proliferado la violencia no legítima, aquella que no ejerce el propio Estado.

Baja contribución al sistema internacional

En este punto, se nos permitirá incursionar brevemente en la visión de las relaciones internacionales. Hacerlo importa a nuestro método de exposición. En principio, diremos que en la visión realista o neorrealista, la función del Estado nacional es relevante y verdaderamente central para explicar las relaciones internacionales. Los Estados ya no ejercitan una voluntad absoluta para realizar sus intereses en término de ganancias absolutas (realismo puro) Ellos tienen que considerar las ganancias y pérdidas relativas que nacen de un hecho por demás simple: verse compelidos a coexistir con otros Estados (neorrealismo) Empero, no se limitan a responder a incitaciones que le vienen desde el exterior como si fuera un organismo adaptativo.

El Estado nacional forma parte de un sistema internacional o interestatal. Decimos internacional porque asumimos que todas las naciones se expresan a través de un Estado (desde fines del siglo XX sabemos cuan dudosa resulta ésta suposición) Sería más concreto referirnos a un sistema interestatal. Las unidades de este sistema aportan lo suyo para que el sistema funcione. Este aporte se traduce en convenios, pactos, tratados o compromisos que prescriben determinadas conductas y sancionan otras tantas, consideradas antisistémica.

Las conductas no predecibles y la modificación unilateral de los acuerdos, son esa clase conducta. Pero también se materializa a través de recursos financieros, conocimientos científicos y fuerza militar. El Estado argentino se ha precipitado en un sendero fallido desde que incurrió en una conducta antisistémica: descontrol del narcotráfico, inseguridad del sistema aeroportuario, default de la deuda, irrelevancia diplomática en los foros que importan, fracaso en la administración de la justicia, efecto desestabilizador en la región, proliferación de la violencia no legítima y deslegitimación social de sus autoridades. La reciente designación de una Comisión de Notables es un primer indicio de que actores externos están tomando una ingerencia reguladora en los asuntos más sensibles que acusan al Estado "fallido".

Proceso generalizado de desintermediación política

Una de los indicadores de la crisis del sistema político reside en éste no "canaliza" las demandas de la sociedad y por lo tanto dudosamente la representa por haber alterado sustancialmente su mandato electoral de origen. En cuanto a la función de intermediación, esta también declina porque todos los partidos políticos han visto reducirse a su mínima expresión dos motores de su vitalidad: el reclutamiento de cuadros y activistas y la capacidad de movilización.

Desincorporación política (abstención y voto en blanco)

La incorporación política es un proceso mediante el cual la persona deviene "ciudadano". En tal condición, asume compromisos en el funcionamiento de las instituciones, en su observancia y preservación. Cuando sostenemos que la Argentina vive un proceso inverso, entonces hablamos de "desincorporación" política. Con ello designamos el desafecto y descompromiso. Pero, algo más importante todavía: el retiro de la lealtad hacia todo lo que es de orden público.

Deberíamos ser incautos para ignorar los que esto significa, o por lo menos, para no tomar en cuenta los indicadores que lo expresan. Lo cierto es que demasiadas personas descreen de una "representación" política forzada a sesionar en un escenario patético protegido por la fuerza policial. Definitivamente, el sistema político ha perdido sus canales de comunicación con la sociedad. Solamente se comunica con los "medios de comunicación", porque ha contratado con ellos, a un costo cada vez más alto, la devolución de una imagen autogratificante de sí mismo.

Los partidos ya no canalizan demandas. No orientan la movilización de la sociedad, pero tampoco le dan certidumbre a los sectores pasivos de la misma. Uno puede descansar en la legalidad cuando espera despertarse cada día bajo las mismas reglas. El "legalismo" es una fuerza poderosa de la sociedad civil y llega a producir cambios notables en el juego social, como fue el caso de la "tangentópolis" en Italia. Pero lamentablemente no cuenta con una ponderación elevada entre nosotros. Claro que existen quienes están prontos en decir que la legitimidad del poder es una cualidad fundada en el derecho, aserto que ninguna evidencia histórica ha permitido hasta ahora poner a prueba. Pero es una definición formal, sin duda, porque queda por determinar el contenido de las normas por cuya virtud el derecho es legítimo, en nuestro caso y en distintos aspectos de nuestra vida social.

La política es una actividad, decía Bernard Crick, antes que una visión. Pero no es la actividad de alguien que estando ciego se desplaza de acuerdo a su intuición o a la vaga memoria de senderos y obstáculos. Es la actividad o de quien ve con cierto grado de anticipación. La conducción política no existe en ausencia de liderazgo y sin aquella empatía que actualmente falta debido al silencio carismático. Un sistema político vale mucho más por las conducciones que nacen al calor de propio desarrollo que en virtud de las leyes que termina votando. Una ciudadanía angustiada no pide, en el fondo, descripciones del presente. Eso sí, reclama dirección al curso de las cosas. No pregunta cómo llegaremos a un lugar terminado, sino hacia dónde nos dirigimos. Le importa menos el mapa de las ideas que esclarece aquel curso de las cosas, que la visibilidad de quien ha de conducir el ritmo de marcha.

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