volver a parte anterior PARTE III. IMPRIMIR

Antes aún de comenzar a tomar conciencia cabal acerca, de la negociación sin destino que intentaba con Perón, el entorno de Lanusse decidió preparar el terreno electoral para evitar riesgos que pudiesen frustrar su proyecto continuista. Y uno de los primeros pasos que dio en ese sentido fue vedar la posibilidad de que el propio Perón pudiese aspirar a ser candidato. Se decretó, entonces, el impeditnento para ser postulado cualquier ciudadano que no residiese en el país al 25 de agosto de 1972 lo cual, de hecho, proscribía al jefe, del justicialismo.

Los partidarios de Perón presionaron a su líder para que intentase otro operativo retorno como el que había protagonizado en 1964 -durante el gobierno del radical Arturo Illia- y que había concluido en el aeropuerto de Río de Janeiro, al interrumpir las autoridades brasileñas la reanudación del vuelo que lo traía a nuestro país. Astutamente, Perón descartó de plano el proyecto, seguro de que la historia se repetiría y se le daría, argumentos al gobierno de Lanusse para denunciar el hecho como una provocación. El advertía la debilidad de sus adversarios y, con perspectivas ciertas de ganar la partida, no se iba a prestar al juego que se le proponía.

Fue en aquellas circunstancias que el general Lanusse lanzó su famoso reto: A Perón no le da el cuero...

También la Ley Declarativa Fundamental se inscribió en esa estrategia electoral. En marzo de 1972, con la excusa de confirmar la fecha del comicio -11 de marzo '73- y del traspaso del poder -25 de mayo '73- se proclamó la necesidad de la reforma de la Constitución Nacional y se fijaron las pautas que regirían para las elecciones y al futuro gobierno. El mandato presidencial quedaba reducido en dos años, es decir, de seis se pasó a cuatro, mientras que el sistema de votación introducía la figura del ballotage o segunda vuelta para el caso de que ninguna fuerza política lograse superar el cincuenta por ciento de los sufragios. Obvio, se trataba de apelar al recurso de una polarización peronismo-antiperonismo y, sobre todo, a que este último fuese representado por la expresión oficialista. En la oportunidad de difundir esta ley fue que Mor Roig, anunció el traslado de la capital al interior en menos de diez años.

Otro episodio vinculado, aunque con la característica de un golpe de efecto destinado a conmover a la masa peronista, y quizás hasta al propio Perón, fue cuando se encomendó al embajador en España devolver el cadáver de Eva Perón a su viudo, tras 17 años de desaparición. El brigadier Jorge Rojas Silveyra, quien era uno de los negociadores electorales con Perón, hizo la entrega en Madrid durante una ceremonia a la que asistieron solamente ocho personas.

Y el broche de oro lo puso el propio Lanusse, aunque para esa época ya no estaba en condiciones de cambiar el rumbo de la historia. El 6 de febrero de 1973 sacó de la Junta Militar una disposición en virtud de la cual se prohibía el retorno de Perón a la Argentina, mientras no asumíese el gobierno constitucional que surgiría de las elecciones.

Inmediatamente, al día siguiente; Lanusse reunió a todos los generales en actividad para presentarles el Documento de los Cinco Puntos, una pieza de la literatura política que pasó a la historia de los absurdos. Se trataba de que los mandos superiores de las tres armas suscribieramos un acta por la que todos asumíamos el compromiso de asegurar que se preservarían rígidas pautas de orden político, desde la entrega del poder y hasta el 25 de mayo de 1977. Es decir, una vez que se instalara el nuevo gobierno debía respetar la continuidad de los comandantes, las leyes, los decretos, enfin, todo lo que se había hecho en el gobierno militar.

El lanussismo pretendía imponer al futuro gobierno normas tendientes a cubrir sus propias espaldas. Y si esas normas no se cumplian, automáticamente se abría la puerta para su derrocamiento. La propuesta no sólo resultaba descabellada, sino también utópica, como que en su punto cuarto decía textualmente: Descartar la aplicación de amnistías indiscriminadas para quienes se encuentren bajo proceso o condenados por la comisión de delitos vinculados con la subversión y el terrorismo.

Lo insólito es que ese documento, en el Ejército, fue firmado por todos los generales en actividad, con la única excepción de Ibérico Saint Jean, quien expresó su disidencia y pasó a retiro. En la Armada, donde yo era uno de los dos almirantes menos antiguos -detrás mío sólo estaba Franke- me correspondió defender la tesis de que no teníamos que firmarlo. Se me concedió la palabra en una reunión del almirantazgo y dije que carecía de sentido firmar ese documento, simplemente porque no se iba a cumplir. Y expliqué que debía tenerse presente que cualquiera fuera quien ganara las elecciones se iba a sentir naturalmente apoyado por el pueblo y que tomaría medidas que, en muchos casos, no serían del agrado las Fuerzas Armadas.

Creo, a propósito de esto, que la ilusión de entregar el poder con la presunción de que se respetaría el Documento de los Cinco Puntos fue un caso similar a lo que hizo el general Reynaldo Bignone cuando, en 1983, transfirió el gobierno sin acordar nada con quienes lo asumirían.

En esta oportunidad sí había de por medio una Ley de Amnistía, que abarcaba todo lo que había pasado en la guerra y que hubiera permitido superar muchas de las cosas que han pasado, pasan y pueden seguir pasando en el país. Por esa ingenuidad -prefiero no darle otro calificativo- hoy sigue vigente el enfrentamiento entre los que luchamos contra la subversión y los que lucharon a favor de la subversión, conflicto respecto del cual el grueso del pueblo argentino se siente independiente y se lava las manos.

Y afirmo que es doloroso esto último, porque nadie que haya estado en la Argentina durante los aiíos de la agresión subversiva puede decir que aquella no fue una aventura despiadada, totalmente anormal, en contra del interés del pueblo. Y no podrá negar que fue el pueblo entero el que pedía que se tomara cualquier medida para terminar con el terrorismo.

Además, respecto de la diferencia entre los Cinco Puntos y el traspaso de Bignone, pienso que en aquel momento no era razonable imponer condiciones que implicaran quitarle prerrogativas al Presidente de la Nación que tomara el poder, mientras que en '83 se trataba de hacer la entrega después de una década de guerra subversiva y la prioridad era la pacificación y el reencuentro entre argentinos.

Lo penoso es que en ambas circunstancias el desenlace resultó similar. El 26 de mayo de 1973, en la primera sesión que realizó el flamante Congreso Nacional, se sancionó una Ley de Amnistia y esa misma noche abrieron de par en par los portones de las cárceles. Quedaron en libertad centenares de terroristas y miles de delincuentes comunes. La subversión y la inseguridad pública se vieron potenciadas.

El 12 de octubre de 1983, se empezó a escribir la historia del revés. Los agentes del terror, los subversivos, los que atacaron al pueblo y perdieron la guerra, de buenas a primeras -mediante un decreto- fueron transformados de victimarios en víctimas.

La ofensiva desencadenada a partir de 1969 por la subversión continuó su curso irrefrenable a lo largo de todo el gobierno de la Revolución Argentina. Con Onganía, con Levingston, ni con Lanusse, el terrorismo no encontró barreras que le impidieran desenvolver su acción. Ignoro quienes fueron los encargados de analizar el tema en aquella época y, también, cuáles las conclusiones a las que puedan haber arribado. Es más, ni siquiera sé si fue elaborado un diagnóstico acerca de este fenómeno. Pero no dudo de que si se le hubiera puesto mayor atención en aquel momento, la totalidad de la historia podría haber sido distinta de lo que fue.

Porque aquí, en nuestro país, no existió la clásica guerrilla campesina que se levanta en armas para combatir la iniquidad a la que se ve sometida por acción de los terratenientes. Ni ocurrió tampoco una rebelión de la masa proletapia urbana.

Lo que había -y se prolongó hasta el inicio de la década del '80- fue, lisa y llanamente, la intención de provocar la anarquía y el caos institucional con el propósito de tomar el poder. Y esa acción sólo cabe calificarla como delincuencia subversiva. [1]

¿Cuántos peones rurales, braceros de los ingenios, cosechadores, se sumaron al ERP en los montes tucumanos? ¿Cuántos obreros de la industria, municipales, ferroviarios, petroleros, compusieron las células terroristas que se dedicaban a secuestros y asesinatos en las ciudades? Creo que alcanzan los dedos de las manos de Sábato, el rabino Marshall Meyer, monseñor Justo Laguna y Ruíz Guiñazú para sumarlos. El resto, y me refiero a millones de argentinos de igual condición social, no estuvieron en el ERP ni en Montoneros.

Pero en 1969 no se prestó atención a esta característica del fenómeno.

Voy a mencionar solamente los hechos más trascendentes registrados en ese período con la salvedad, por supuesto, de que puede quedarme alguno en el tintero.

La escalada subversiva se inició en abril de ese año, mediante la infiltración de elementos terroristas en los que constituían actos actos genuinos de protesta obrera y estudiante y esos infiltrados fueron ellos los que provocaron todos los disturbios y las muertes que se produjeron en Corrientes, Rosario y Mendoza.

Unos días antes o después, aunque casi para la misma fecha pero en Buenos Aires, con una precisión propia de expertos, esos mismos grupos hicieron estallar simultáneamente 15 bombas incendiarias en otros tantos locales de supermercados Minimax. No fue una protesta por los altos precios o la baja calidad de los productos, ni por alguna otra causa reivindicatoria de derechos que pudiera otorgarle un ápice de "razonabilidad" dentro del concepto de lucha popular. No, todo lo contrario: esas bombas constituyeron una clara provocación política, ya que el ataque coincidió con la iniciación de una gira por América Latina que realizó uno de los hermanos Rockefeller, accionistas de Minimax y paradigmas del imperialismo yanqui, según la terminología extremista.

De mayo es el cordobazo.. que mantuvo en vilo durante largas horas a todo el país. El episodio comenzó con una marcha de trabajadores de la UOM y de SMATA en reclamo por uma mejoría en los salarios y en las condiciones de trabajo, que pronto fue copada por activistas del movimiento obrero clasista inspirado por Agustín Tosco y por elementos del ERP, Montoneros, FAR, FAP y FAL. Para el mediodía ya se habían dispersado los verdaderos proletarios, advertidos de que se los pretendía utilizar para otros fines, pero la capital mediterránea era un hervidero sin control: las fuerzas policiales y de seguridad se vieron superadas por la acción de las organizaciones subversivas. Había focos de incendio por donde se mirase, pero nada se podía hacer para combatirlos ya que el cuartel de bomberos estaba bloqueado por francotiradores emboscados. A pesar de todo, inexplicablemente, sólo al caer la noche el general Lanusse -que por entonces comandaba el 3er. Cuerpo de Ejército, con jurisdicción en la región- dio orden al general Jorge Raúl Carcagno de reprimir y normalizar la ciudad. Salieron los tanques y todo terminó en un periquete. Pero la subversión había dado un golpe de formidable efecto.

El 30 de junio el grupo Montoneros asesinó a Augusto Timoteo Vandor, que era secretario general de la UOM, él fue uno de los sindicalistas más sagaces e inteligentes que tuve la fortuna de conocer y de considerar como amigo. La militancia peronista de El Lobo reconocía raíces en la época de la resistencia a la Revolución Libertadora, y desde siempre había demostrado ser capaz de mantener su liderazgo pese a asumir algunas actitudes de independencia con respecto a las bajadas de línea que Perón hacía desde Madrid.

Después vino el rosariazo, que también se inició con una marcha obrera y terminó con las calles copadas por terroristas armados. El saldo fue de más de 100 ómnibus destruidos, un tren y varias estaciones de ferrocaril incendiadas, saqueos a bancos, fábricas y comercios. La gente, el pueblo de Rosario, sufrió pérdidas multimillonarias en dólares.

En la publicación Centenario Diario Los Andes, 1882-1982, Cien años de vida mendocina, se incluye un resumen subtitulado Terrorismo y subversión (pág.172) acerca de algunos otros hechos registrados desde abril del '69. Lo voy a reproducir porque me parece revelador de que, efectivamente, al fenómeno de la subversión no se le dio la debida importancia en aquellos años de gobierno militar. Enumera el recuadro: El 1º', varios desconocidos se apoderan de armas y municiones en el Tiro Federal de Córdoba. Cuatro días después, diez sujetos con uniformes militares reducen a un suboficial y cuatro soldados en un puesto de guardia de Campo de Mayo, apoderándose de implementos de guerra. El 10, cuatro jóvenes copan la planta transmisora de radio El Mundo, con la intención de difundir un mensaje. El 15, desconocidos asaltan una armería en la locales bonaerense de San Justo y horas más tarde, es sustraída una rural de distribución, perteneciente a una fábrica de armas, en la Capital Federal, llevándose 50 revólveres y 10.000 proyectiles. El 18, fracasa un operativo comando para atacar el polígono de tiro de la Fábrica Militar de Villa María, en Córdoba, y ese mismo día se intenta asaltar el Tiro Federal de Neuquén, tras lo cual es atacada una de las guardias del Regimiento de Infantería Ruíz Conde, en La Plata. El 23, es atacada la guardia del Hospital Naval, en La Plata, y al día siguiente, el Servicio de Comando de la Guarnición Militar de Salta. Ese mismo día, el gobierno nacional inicia la lucha contra la subversión, allanando un departamento en la Capital Federal, donde encuentran gran cantidad de explosivos. En la acción muere un policía y otro es gravemente herido.

Al año siguiente, 1970, los Montoneros secuestraron y luego mataron al ex presidente Pedro Eugenio Aramburu. Después, Mario Firmenich y Norma Arrostito, jefes de la organización, se vanagloriaron públicamente de haberío juzgado y ejecutado.

El 5to. Congreso del PRT-ERP emitió su declaración de guerra en el mes de julio de ese año: (..) Las FFAA del Régimen sólo pueden ser derrotadas por un Ejércíto Revolucionario (...) Durante toda la una larga etapa, nuestra guerra revolucionaria, adquirirá formas guerrilleras urbanas y rurales..

El 7 de julio un grupo subversivo copó la localidad de La Calera, Córdoba, y el 10 otro grupo ocupó también por varias horas el pueblo de Garín, a escasos 35 kilómetros del centro de la Capital Federal. En ambos operativos fueron tomados y saqueados los locales de la comisaría, el banco, el correo, la central telefónica y la estación del Ferrocarril.

En,el mes de agosto, el 27 para ser más exacto, la subversión terrorista asesinó a balazos -tras una emboscada en la calle y a plena luz del día- a José Alonso, otro excelente dirigente gremial que me honraba con su amistad y que había sido Secretario General de la CGT.

De 1971memoraré sólo tres hechos de los centenares que hubo. En abril se produjo el secuestro del cónsul británico en Rosario, Stanley Sylvester, el que fue liberado tras una semana de cautiverio y contra el pago de un rescate. Del hecho se hizo cargo el ERP. En junio un grupo de 15 extremistas copó la ciudad de San Jerónimo Norte, Santa Fe, ocupó durante varias horas la cornisaría y asaltó el Banco de la Provincia. En septiembre dos docenas de subversivos atacaron el penal de Villa Urquiza, Tucumán, y lograron liberar a 19 presos, dejando un saldo de cinco policías muertos.

La guerrilla minoritaria no tomó vacaciones en 1972. Y el 29 de enero produjo un hecho realmente espectacular, como que lo concretó a escasos 200 metros de la Casa Rosada y a menos de 100 de las oficinas centrales de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), sobre la calle 25 de Mayo. Allí, un grupo integrado por no menos de 20 miembros del ERP (según la pericia de la Policía Federal), ocupó durante ocho horas la casa matriz del Banco Nacional de Desarrollo que, sin lugar a dudas, era una de las entidades financieras con mayor personal de custodia en el país. Abrieron el tesoro, robaron 500 millones de pesos de la época y abundante documentación, pintaron las paredes con leyendas alusivas y se retiraron sin que nadie les impidiera el paso.

El 19 de marzo fue asesinado a balazos el dirigente político liberal Francisco Uzal, del partido Nueva Fuerza que lideraba Alvaro Alsogaray. Se resistió a un intento de secuestro llevado a cabo por delincuentes subversivos.

El 10 de abril un grupo del ERP ametralló el automóvil en el cual se desplazaba el general Juan Carlos Sánchez, Comandante del 2º Cuerpo de Ejército. En el atentado, que se concretó poco después de las 11 de la mañana y tuvo como escenario una calle bastante transitada de la ciudad de Rosario, murieron el jefe militar y dos de sus acompañantes.

En octubre, 3 bombas de gran poder estallaron simultáneamente en el hotel Sheraton, del barrio Retiro en la Capital Federal, volando 6 habitaciones y provocando un incendio que destruyó cuatro pisos del edificio, La acción de terror se la autoadjudicó Montoneros y dejó un saldo de muchos muertos y heridos.

Aquel fue, también, el año en que la subversión promovió el mendozazo y el tucumanazo, con incendios, saqueos, muertos y heridos en las ciudades capitales -de las provincias de Mendoza y Tucumán. Y el del motín y fuga de la cárcel de Trelew, que dejó como saldo 14 extremistas muertos. Otros 10, los de mayor jerarquía militar de varias organizaciones extremistas, consiguieron huir a Chile. En ese país recibieron asilo por parte del gobierno del presidente Salvador Allende, pero prefirieron seguir viaje con rumbo a La Habana, Cuba.

Por cierto, el arnetrallamiento a mansalva del general Sánchez (10 de abril, Rosario), así como el motín, fuga y muerte de conspicuos terrorristas (22 de agosto, Trelew) fueron episodios, ambos, que tuvieron fuerte repercusión en la opinión pública en el año 1972. No alcanzaron, sin embargo, a adquirir la trascendencia que en aquella época se le otorgó al secuestr o, cautiverio y asesinato de Oberdan Sallustro, director general de la Fiat. Las fábricas locales de la empresa italiana -automóviles, camiones, tractores, grandes motores, etc.- eran fuente de trabajo directo e indirecto para decenas de miles de obreros y empleados. Y mientras muchas compañías de capital extranjero comenzaban a abandonar su actividad productiva en el país, ya que la subversión espantaba a sus ejecutivos mediante amenazas y secuestros extorsivos, la Fiat de Sallustro mantenía sus planes de producción y expansión.

Salvo un par de veces, o poco más, en que por circunstancias fortuitas coincidimos en reuniones sociales, no tuve trato con Sallustro. Sabía que era un hombre correcto -durísimo negociador, según me contaban mis amigos de la UOM y de SMATA- y que tenía un profundo aprecio por la Argentina porque decía, después de Italia, el nuestro era el mejor lugar donde vivir y trabajar. Hasta que el ERP le puso en su mira y lo secuestró; fue el 21 de marzo de ese año '72. El grupo terrorista se hizo cargo enseguida de su hazaña.

Obviamente, por tratarse de quien se trataba, los medios de prensa le dieron un despliegue impresionante al suceso, sobre todo si se tiene en cuenta la resonancia internacional que adquirió. De manera que durante los 19 días que siguieron el caso Sallustro fue noticia diaria de primera plana en los periódicos nacionales y extranjeros los cuales, junto a la televisión y las radios, intentaron seguir paso a paso las alternativas del secreto proceso de negociación para el rescate del ejecutivo del grupo industrial. Pero no descubrían nada.

Finalmente, mientras esas negociaciones se llevaban a cabo sin avanzar un ápice, fue la policía -por una delación, según me dijeron entonces- la que obtuvo una pista concreta para ubicar el lugar de cautiverio. Los agentes rodearon la casa y, cuando consiguieron entrar, hallaron el cadáver aún caliente de Sallustro. Sus captores lo acababan de asesinar. Algunos de los delincuentes no alcanzaron a huir, pero el ejecutor del disparo sí lo hizo.

Ocurrió el 10 de abril, el mismo día en que también los del ERP mataron al general Sánchez.

Yo no tuve información directa sobre los detalles de la investigación sobre el crimen del empresario italiano, ni se hubiera justificado que la tuviera por las funciones profesionales que en ese momento tenía asignadas. Pero con el tiempo supe que el terrorista fugitivo era un jóven abogado de apellido vazco.

Al parecer, el hombre huyó primero a Cuba y luego desembarcó en Nicaragua tras el triunfo del sandinismo, donde durante varios años ocupó un puesto de alto nivel en la administración pública de ese país hasta que retonó a la Argentina en 1983. Hoy por hoy ejerce entre nosotros su profesión de abogado.

Pero, igualmente, volviendo al caso Sallustro, después me enteré que en las negociaciones para el pago de su rescate y liberación, uno de los principales operadores que actuaron en representación del ERP fue el abogado Raúl Alfonsín, hoy expresidente de la Nación.

Recuerdo que cuando me lo contaron, y de esto hace ya bastante tiempo, realmente me sorprendí. Es que por muy despreciables que me pareciesen las actitudes de Alfonsín, jamás hubiera supuesto que fuese capaz de oficiar como amanuense de los grupos subversivos.

Sabía que había defendido a Olga Montanaro, una terrorista confesa de ser miembro del grupo del ERP que secuestró y asesinó a Sallustro, juicio en el cual Alfonsín, al alegar ante el Tribunal, sostuvo: los subversivos no son delincuentes sino combatientes. [2] Y también tenía noticias de que en aquellos años había mantenido un diálogo más o menos fluído con Roberto Santucho, el jefe de esa organización marxista-leninista.

Pero siempre preferí pensar que en el primero de esos casos se trataba de una misión asumida por cuestiones básicamente profesionales y, quizás producto de una concepción distorsionada del humanitarismo. Y en lo que se refiere al trato con Santucho, me incliné a suponer que -igualmente confundido- Alfonsín se habría sentido alentado a llevarlo a cabo por razones vinculadas a la pacificación nacional, para jugar como una suerte de intermediario entre la violencia y el orden social.

El confundido fui yo. Cualquiera se puede dar cuenta hoy que como operador de los erpianos para el rescate de Sallustro, como defensor en el juicio a Montanaro y como interlocutor de uno de los jefes del terrorismo más siniestro, Alfonsín actuaba por afinidad ideológica. La Conadep y La Tablada; la transgresión al derecho y a la Constitución para juzgar a las Fuerzas Armadas y a sus comandantes; la Coordinadora y el MTP; el alineamiento político internacional con el castrismo y el sandinismo ... son algunas manifestaciones palpables de esa relación contranatura.[3]

[1]Delincuente es, según el Diccionario de la Real Academia, el que quebranta la ley; subversivo es, ibidem, el que destruve

[2]Reproducido en un artículo publicado -y nunca desmentido- por el diario La Prensa el 4 de septiembre de 1985- que se refiere a la causa judicial contra Montanaro, Juzgado del doctor Jaime Smart, N2 305, caratulada como Privación ilegítima de la libertad y homicidio, cuya víctima fue Oberdan Sallustro. La nota periodística señala, además, que para la defensa, los subversivos no son delincuentes sino combatientes, integrantes de un Ejercito Revolucionario del Pueblo, alzado en armas en rebelión abierta, en operaciones; en síntesis, fue una guerra.

[3] El PRT tuvo algunas coincidencias con Conrado Storani y otros, porque juntos denunciamos la fascistización del gobierno. Mi hermano Roby tuvo una entrevista con Raúl Alfonsín y Oscar Alende para organizar un frente antigolpista durante la presidencia de María Estela Martínez, El PRT tenía un transfondo cultural liberal democrático, y por lo tanto, tenía mayor afinidad con el radicalismo.
Declaración de Julio Santucho a Clarín, 13/10/1996. En esa edición del diario, página 2, Segunda Sección, JS es presentado como un alto cuadro guerrillero y hermano de Mario Roberto Santucho, líder del guevarista Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo (EPP).
JS, en el reportaje, reconoce que actualmente trabaja en una Fundación vinculada al radicalismo.
Roby
era uno de los nombres de guerra de MRS.
Conrado Storani fue compañero de fórmula de Raúl Alfonsín en 1973 para las elecciones internas de la UCR; conspicuo miembro de la conducción del Movimiento de Renovación y Cambio; impulsor de la anulación de los contratos petroleros firmados por
Arturo Frondizi y decretada por el gobierno radical de Arturo Illia, acción de la cual hasta los radicales hoy están arrepentidos, a raíz del retroceso que significó en el desarrollo social y económico del país; es el padre de Federico Storani.



Hace algún tiempo, en un programa de televisión, escuché a un ex montonero afirmar que en mayo de 1973, con la llegada de Héctor J.Cámpora a la Casa Rosada, muchos creímos que la definitiva toma del poder por parte de los revolucionarios se produciría en un par de meses. Yo, personalmente, soñaba con ponerme el uniforme verde oliva y salir a la calle como comandante de la revolución triunfante. No retuve el nombre de pila de quien dio este testimonio, pero sí recuerdo que el apellido era Devoto y que se presentó como uno de los tantos dirigentes que habia huido hacia un exilio confortable en la década entre el "76 y el '83. Desde su regreso al país en los albores del alfonsínismo, contó, había prosperado al frente de una agencia de publicidad.

Por cierto, Devoto habló de un sueño revolucionario y juvenil, pero eludió sutilmente hacer referencia alguna a las circunstancias que evitaron que se plasmara en realidad. No mencionó tampoco la sangre derramada por el ataque artero de los grupos terroristas ni el espanto y el rechazo que esa estrategia delirante provocaba en la inmensa mayoría del pueblo. En otras palabras, usó la técnica de la media verdad para que su teleaudiencia no evocara el recuerdo de la patria montonera y de los cuarenta y nueve días que duró esa ilusión.


A pesar de la maniobra continuista del lanussismo, de los 18 años en los que se pretendió negar la existencia de Perón, del destierro, de la prohibición de su nombre y del pintoresquismo que significaba el haber armado una fórmula como la de Cámpora-Solano Lima, el Frejuli ganó las elecciones del 11 de marzo de 1973 con 5.687.272 votos contra 2.449.722 que obtuvo el binomio Balbín-Gamond, de la UCR- No obstante, al frente encabezado por el peronismo le faltaba 1,30 puntos para alcanzar directamente el gobierno y se abrió la posibilidad de ir al ballotage.

Entonces fue Balbín quien tomó la iniciativa. Utilizó esa exigua diferencia para entablar una negociación con el jefe justicialista, y a cambio de renunciar a la segunda vuelta electoral a nivel de presidente y vice, consiguió: a) el reemplazo de la plataforma del Frejuli por la de la Hora del Pueblo; b) garantías de convivencia democrática a partir del nuevo proceso institucional; c) la imposición de límites a lo que él entreveía como un inminente avance de la izquierda peronista sobre Cámpora.[1]

Así que sólo hubo ballotage para algunas gobernaciones y para casos muy puntuales como el del senador nacional por la Capital Federal. Acerca de este tema supe, también, que Perón y Baibín acordaron una trapisonda y, sin intención, le insufiaron vida política al Dr. Fernando de La Rua.

Ocurrió que enancado en la lista del Frejuli había obtenido el triunfo parcial para la senaduría un viejo dirigente del nacionalismo, Marcelo Sánchez Sorondo, con quien el lider exiliado en Madrid simpatizaba poco y nada. A regañadientes, y porque servía para la construcción del Frente, Perón dio su bendición al candidato pero no olvidaba ni perdonaba la activa participación de Sánchez Sorondo en el primer gobierno de la Revolución Libertadora, presidido por Eduardo Lonardi. Y eso lo sabía Balbín, de manera que negoció con el fin de sacarle ventajas al asunto. Entre ambos convinieron la segunda vuelta para el senador capitalino y el radical simplemente, se sentó a esperar que llegara la orden de Perón a sus partidarios: votar contra Sánchez Sorondo. No había demasiada opción ya que como en cualquier ballotage sólo había dos boletas, de modo tal que una avalancha de votos consagró a Fernando De la Rúa.

De la Rúa, por aquel entonces, no era más que un joven abogado cordobés desabrido, inclinado a la derecha y travestido de porteño, que intentaba hacer sus primeras armas en política. Balbín pensaba que le podía servir para sofrenar los avances del ala izquierdista de la UCR (Alfonsín, Storani, Bernardo Grinspun, Roque Carranza, Germán López, Raúl Borrás, entre otros), y por eso lo había amparado bajo su ala protectora e inventado como candidato a senador nacional. Antes del 11 de marzo del '73 la dirigencia radical estaba convencida de que no existía ninguna posibilidad de ganar el acceso a la banca del Senado para uno de sus hombres. Todos se hacían los distraídos a la hora de postularse, así que a Balbín le resultó sencillo poner a su pollo en carrera dándole esa chapa con la mirada puesta en la interna partidaria, que se prolongó hasta diciembre de 2001.

Pero, anécdotas al margen, lo cierto es que el interregno del 11 de marzo al 25 de mayo, fecha de la transmisión del mando presidencial resultó un preanuncio de lo que constituiría la aventura de lo que con el tiempo terminó llamándose camporismo. Ya durante los actos de la campaña proselitista se había advertido una diferencia de matices muy nítida dentro del peronismo. La masa justicialista genuina, el pueblo, respondía con cierta tibieza a las convocatorias y desplegaba las consignas y banderas tradicionales de su movimiento: los nombres de Perón y Evita, la marcha, la justicia social, etc. Las formaciones de izquierda, en cambio, enarbolaban otras banderas y cantaban otros slogans: Cámpora al gobierno, Perón al poder; revolución popular; patria sí, colonia no; etc. Y las organizaciones subversivas las extremaban: para ellos era el tío en el gobierno, Perón en el poder; si Evita viviera, sería mentonera; paredón, paredón, para todos los milicos que vendieron la Nación; la sangre derramada no será negociada; Rucci traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor, etc.

La noche anterior a la asunción del nuevo gobierno la Plaza de Mayo fue desbordada por activistas de esta últimas organizaciones. Montoneros, Far, Fap, ERP 22 de Agosto, coparon la explanada de la calle Balcarce y bajo sus banderas negras con la calavera y las tibias blancas, estandartes rojos con leyendas siniestras, pancartas en las que estaba estampado el rostro de su héroes caídos pululaban los militantes de la subversión con el rostro tapado y exhibición de armamento.[2] Toda esa noche se escuchó: se van, se van, y nunca volverán. La delincuencia estaba de jolgorio.


Yo no fui testigo presencial de aquel episodio camporista porque mis tareas profesionales me obligaron a permanecer en Puerto Belgrano. Pero eso no impidió que, como otros millones de compatriotas asistiese a esa fiesta del bochorno a través de la televisión, los diarios y las radios. Sin embargo, y para evitar suspicacias, lo voy a memorar acudiendo al resumen que hicieron Carranza-Rodríguez Varela-Ventura, en su Historia Política y Constitucional Argentina.

En las primeras horas del 25 de mayo de 1973 grupos subversivos asumieron el control de la Plaza de Mayo. (..) Mientras los amotinados quemaban automóviles e iniciaban los primeros enfrentamientos con la policía, Cámpora pronunció en el Congreso un discurso en el que anunció una política económica estatista y xenófoba, amenazó a los jueces, expresando que el Poder judicial no puede ser ajeno a la Liberación Nacional, prometió limitar la libertad de enseñanza y elogió a la maravillosa juventud, señalando que la historia de la resistencia peronista está hecha de huelgas y de paros, sabotajes y atentados, de coraqe y sacrificio ... La violencia -agregó- es el resultado de la sociedad injusta. Ante la imposibilidad de trasladarse a la Casa Rosada por la avenida de Mayo, Cámpora optó por hacerlo en helicóptero. Al llegar a su destino ya los extremistas habían conseguido controlar la situación, habiéndose apoderado incluso de los puestos de transmision de Radio Nacional.

Comenzaron a multiplicarse las ofensas.

Los regimientos, formados para rendir honores, fueron insultados, escupidos, apedreados y agredidos.

La plaza fue patrullada por jóvenes que ostentaban el brazalete de la Juventud Peronista. Para que no quedara ninguna duda de la orientación que imprimiria a su gobierno Campora hizo rubricar el acta de su asunción a los presidentes marxistas de Chile y Cuba, Salvador Allende y Osvaldo Dorticós.

Constituyó éste un testimonio de su dependencia ideológica que quedó así precisada en acta pública. En cambio, al presidente de Uruguay, Juan Maria Bordaberry, los Montoneros le negaron acceso a la Casa de Gobierno. También fue agredido el cardenal Antonio Caggiano, mientras eran volcados e incendiados cinco automóviles, una motocicleta policial y un carro de asalto. Al retirarse fueron atacados el bryigadier Rey y el almirante Coda. Como saldo de la jornada quedaron doce heridos de bala y dos muertos.

El saldo, en realidad, si se lo mide en términos políticos y desde otra perspectiva histórica, fue muchísimo más grave. Esa misma noche del 25 de mayo se produjo la mayor evasión de delincuentes que registraron las cárceles argentinas, la cual tuvo consecuencias nefastas con el devenir de los días. Pero eso sí, fue una fuga legal.

Uno de los primeros decretos que firmó el presidente Cámpora, en cuanto puso su trasero sobre el sillón de Rivadavia, dispuso el indulto indiscriminado de todos los terroristas que estaban presos, con o sin condena firme. No importaba si habían puesto una bomba que mató a tres chicos que pasaban por la calle o una granada que alcanzó a una anciana viuda que volvía a su casa tras cobrar la pensión jubilatoria. No importaba. Todos ellos, los asesinos de los chicos, los de la anciana viuda, los secuestradores extorsivos, así como los ejecutores de ex presidentes y ex ministros, de jueces, profesores, policías, comisarios, sindicalistas, capitanes, coroneles, generales, tenientes de corbeta o almirantes, todos fueron liberados por el plumazo camporista. Y también quedó libre el capo-mafia de la droga de esa época, Francois Chiappe, junto a una cantidad incierta de otros delincuentes comunes. El balance final de liberados: delincuentes subversivos, 371; de los otros, varios millares.

Si bien se abrieron los portones de la mayoría de los penales del país, fue en Villa Devoto donde la euforia subversivo-camporista simbolizó esa acción. A las 8 de la noche de ese día 25, una delegación de flamantes diputados -bien se podría decir una formación, una célula o un grupo de tareas- entró en la cárcel y dio la orden de liberar a los presos. Los lideraba Juan Manuel Abal Medina, Secretario General del Justicialismo y hermano de uno de los asesinos del ex presidente Aramburu, blandiendo en sus manos una copia del decreto firmado por Cámpora y por su ministro del Interior, Esteban Righi, que sirvió de llave maestra para liberar a sus camaradas. Pero, en la ciudad de La Plata, el gobernador Oscar Bidegain no le fue a la saga y recibió triunfalmente en la Casa de Gobierno a 19 terroristas que se encontraban alojados en la cárcel local y, en Mendoza, el gobernador Alberto Martínez Baca concurrió al aeropuerto para saludar a sus comprovincianos subversivos, a los que declaró héroes de la liberación nacional. Los de Villa Devoto, La Plata y Mendoza, así como los que salieron de las cárceles de todo el país, fueron coherentes y al día siguiente los diarios consignaron sus declaraciones: Volveremos a la lucha. No habrá tregua.

Claro que eso no fue todo. A la noche siguiente, en la sesión inaugural del nuevo Parlamento, las Cámaras de Diputados y de Senadores de la Nación sancionaron por unanimidad y aclamación la ley que convalidó el decreto libertador firmado por Cámpora, aprobando también otras dos leyes: una, que derogaba las normas penales aplicables a quienes fueron encontrados culpables de la comisión de hechos subversivos y, otra, que disolvía la Cámara Federal en lo Penal que era hasta ese momento la encargada de juzgar por ese tipo de acciones.

En el citado libro de Carranza-Rodríguez Varela-Ventura se hace una relación de estos y otros episodios registrados con la llegada de Cámpora al gobierno (Perón todavía no estaba en el poder). Dicen esos autores: Mientras el Congreso garantizaba con lbs leyes 20.508, 20.509 y 20.510 la impunidad del terrorismo, los hechos violentos proliferaron y aumentaron geométricamente en numero. Fabricas, talleres estatales oficinas publicas, hospitales, mataderos, radios, televisoras y cientos de instituciones fueron impunemente ocupadas (..) El 27 de mayo hasta los locos del Hospital Neuropsiquiatrico se apoderaron de sus instalaciones y tomaron como rehenes a médicos y enfermeras. El país se debatía en un caos gigantesco, mientras el ERP, que concurrió con su bandera a la Plaza de Mayo, expresaba (que) el camino de la lucha sigue abierto. Las organizaciones guerrileras aprovecharon las garantías recibía del gobierno de Cámpora y del Congreso funcionando como asociaciones legales. Publicaban avisos en los diarios, fijaban carteles y editaban revistas. El ERP, que presentaba signos de dívisíón en dos sectores, uno peronista y el otro dispuesto a enfrentarse con el gobierno, expidió un comunicado expresando (que) no atacaremos al gobierno a menos que éste ataque al pueblo y reprima a la guerrilla. Pero, nuestra organización proseguirá las hostilidades contra las empresas extranjeras y las Fuerzas Armadas contrarrevolucionarias. Cesar las hostilidades y respetar una tregua en la coyuntura actual, es dar al enemigo el tiempo necesario para preparar una contraofensiva.


Creo que vale detenerse un instante, aqui para acudir a un par, o quizás más, de otras interpretaciones que se hicieron sobre el acontecer de aquella época, en la cual los dirigentes de la Revolución Argentina se retiraban agotados y agobiados por el fracaso de su plan politico.

Cito a Rodolfo H.Terragno [3], en De Cámpora a Videla, Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1981, págs. 9/12, (reproducción de artículos publicados en la revista Cuestionario, en este caso de mayo de 1973, bajo el título El triunfo de la realidad). Dice, en resumen, esta visión de un protagonista:

El emperador Shi Huang-ti, a la vez que mandó a construir la célebre muralla china, ordenó la incineración de todos los libros hallables en el imperio. Quería borrar todo aquello que lo hubiese antecedido. Aspiraba a destruir la historia. La vana pretensión de negar la realidad -pretérita o presente- es un vicio que sienta, sobre todo a quienes, situados en el poder, se sienten inseguros.

La historia contemporánea del mundo exhibe otro caso notable de inseguridady negacion: los Estados Unidos, al ver comprometida su hegemonía universal, negaron a la China de Mao-tse-tung. Simularon que 700 millones de habitantes no existían. Eliminaron del mapa de las Naciones Unidas al país más poblado de la Tierra y fingieron que Chiang-kai-shek lo representaba. Es innecesario decir que, siempre, la realidad se impone a sus negadores. La historia lo sobrevivió a Shi Huang-ti y los norteamericanos tuvieron que admitir la existencia de China.

En la Argentina asistimos, desde hace unos meses, a otra victoria de la realidad. Hace 18 años, un hombre que representaba a la mayoría fue desalojado del poder. Y, desde entonces, se había procurado esfumarlo. El 5 de marzo de 1956 se dictó un decreto que, con mérito, debería ingresar no sólo a una antología del despotismo, sino a una historia de esos esfuerzos que, en todas épocas y lugares, han hecho, inútilmente, los gobernantes inseguros.

El decreto prohibía las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas, artículos y obras artisticas que fueran o pudieran ser tenidas por lo que el decreto llamaba afirmación ideológica peronista. A partir de allí, no se podía exhibir la imagen de Perón, ni escribir su nombre ni el de sus parientes. (..) La realidad fue sobreponiéndose de a poco. Todavía hoy, no falta quienes -impermeables a las lecciones de la experiencia- atribuyan la vigencia de Perón al incumplimiento de aquellas prohibiciones que -a la inversa- no pudieron cumplirse porque Peron subsiste.

Pero quienes insisten en la negación del peronismo ya forman parte de una minoría imperceptible. (..) Agotado el recetario de la alquimia política, las elecciones del 11 de marzo le extendieron al peronismo una indudable fe de vida.

(...) El buen sentido de un gobernante norteamericano (Richard Nixon) lo llevo a admitir la existencia de Mao-tse-tung. No hacerlo suponia permitir que China siguiera actuando fuera de toda regla convencional. (...).

En la Argentina, el buen seniddo de otro gobernante (Lanusse) hizo que -después de haberío negado obsesivamente durante años- terminara reconociendo a Perón. Lo hizo, por cierto, para salvar al régimen vigente, acosado por la violencia -tanto la masiva e inorgánica como la organizada- y por el sentimiento generalizado de frustración. Se vio en la necesidad de admitir la existencia de Perón y de buscar en él un reaseguro contra la radicalización de las masas, aunque eso significara reabrir la posibilidad de que formase un gobierno mayoritario que, en definitiva, iba a suponer la conclusión del régimen que se pretendía preservar. (..) Creer que la mera negociación con Perón podía resolver los problemas de los sectores dominantes equivalía a suponer que Perón podía hacer con sus partidarios lo que él quisiera. En verdad, un líder nunca hace sino lo que quieren sus partidarios: en eso reside el genio de todo conductor, que al fin de cuentas es un intérprete. (..)

Luego, sobrevino la candidatura de Cámpora. Se dijo, entonces, en diversas partes, que esa nominación -poco menos que comparada a la decisión del Quijote de hacer de Sancho Panza gobernador de la ínsula de Barataria- ahuyentaría al electorado independiente y provocaría la escisión del justicialismo. El comicio demostró que el juicio era falso; es que Perón proscripto por una ley del gobierno militar y, en verdad, también por su propia desición había hallado, en Cámpora, la forma de ser votado. El peronismo votó, en marzo, al delegado de Perón.

El anciano líder alcanzó de ese modo una reivindicación personal. Tuvo la suerte de vivir el tiempo necesario para permitir que la realidad -ayudada por su habilidad política- realizara su trabajo y reinstalara al justicialismo en el gobierno.

Ahora Perón deberá someterse, también él, a esa realidad. No podrá poner al pueblo en cualquier mesa de negociaciones. Pero no podrá tampoco ignorar que sus enemigos conservan una apreciable cuota de poder, militar y económico. (...)

Hasta aquí, la realidad jugó a favor de Perón. Ahora, él debe jugar a favor de la realidad a ayudarlo a Cámpora en la tarea de hacerle, al propio Perón, su monumento.

Cito, también, al ex presidente Alejandro Agustín Lanusse, quien en su libro Mi Testimonio, se refirió a la consagración del binomio Cámpora-Solano Lima. Y afirmó, muchos años después:

Con ellos, llegaba la posibilidad de un verdadero concurso de voluntades, de la estabilidad y de las perspectivas de un más completo ordenamiento dentro de la ley y en la paz. Simultánemente, esos nuevos gobernantes recibían el deber histórico de dar solución definitiva a los problemas fundamentales que vivía aún el país: la subversión extremista y la desunión nacional.

Cito a Torcuato S. Di Tella, quien en Sociología de los Procesos Políficos, Colección Manuales, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1988, apuntó desde la perspectiva de una ideología elitista teñida de socialdemócrata:

El gobierno de Onganía se iniezó como una versión moderada del salazarismo; represión bastante marcada pero baja violencia al comienzo debido a una buena dosis de consenso o por lo menos pasividad de los opositores. Con el progresivo deterioro de este frente de apoyo o tolerancia se incremento la violencia, tanto opositora como gubernamental, simbolizada por episodios como los varios cordobazos y otras rebeliones locales. Los sucesores de Onganía en el régimen de la denominada Revolución Argentina, Levingston y Lanusse, perdieron cada vez más el control del mando, a lo que tuvieron que hacer buena cara relajando notablemente la represion y al final convocando elecciones y entregando una gran cuota del poder, al menos en el área específicamente politica. La violencia siguió siendo alta, especialmente por parte de los numerosos grupos incorporados a la guerriíla. (pág.252)

En la gran coalición armada por el peronismo (..) en 1973 se incluían por lo menos cuatro grupos generadores de ideologías: una extrema derecha filofascista, una extrema izquierda insurreccional, una izquierda socialista nacional no insurgente y un centro clásico peronista, con matices socíaIcristianos. El sector nucleado en torno a Perón constituía otro actor, importante y de bastante peso propio, pero más bien pragmático. Lo que brillaba por su ausencia era un sector ideológico socialdemócrata, aunque ciertos lideres sindicales no estaban muy lejos de esa posición, que expresaban pragmáticamente, y mezclada con los postulados clasicos peronistas. (pág. 382).

Una de las trampas que intentó hacerle el camporismo a Perón fue con las designaciones en la Cancillería, un Ministerio estratégico para su necesidad de lograr apoyos políticos y económicos que respaldaran la agresión subversiva. Sabían que no podían aspirar a colocar una ficha propia en el sillón mayor del Palacio San Martin. De manera que apuntaron al conjunto de la segunda línea.

De una tema de candidatos a Canciller que le presentó Cámpora antes de asumir, Perón eligió a un embajador muy correcto aunque también muy gris: optó por Juan Carlos Puig y se aseguró una gestión prolija hasta que llegase el momento de tomar las astas del toro con sus propias manos. Y de allí para abajo decidió no intervenir.

Por eso el acto en que juró Jorge Vázquez como Subsecretario de Relaciones Exteriores (esto es, vicecanciller), constituyó una verdadera fiesta para las organizaciones especiales peronistas que habían conseguido ungirlo en ese lugar. Los salones del viejo Palacio de la calle Arenales resultaron chicos para contener tanta algarabía y desparpajo. Las paredes temblaron con el repicar de los bombos y los redoblantes de la JP, mientras los militantes y activistas (Felipe Solá, secretario privado del flamante vicecanciller [4], era uno de ellos) saltaban al compás del aquí están, estos son, los soldados de Perón; si Evita viviera ... ; y toda la parafernalia habitual en los actos de aquellos días. No faltaron, por supuesto, las pancartas de Montoneros, Far, Fap y ERP 22, como lo registraron las imágenes transmitidas luego por la televisión y las fotograflas reproducidas en los diarios del día siguiente.

Pero la sorpresa que provocó este desborde en un ámbito tradicionalmente recoleto, pasó a ser espanto cuando se advirtió la terminología que incorporaba el camporismo para expresar la nueva orientación impresa a la diplomacia argentina. Vázquez hizo un pronto debut en Lima, Perú, a propósito de la Tercera Asamblea General de la OEA, reunida para revisar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

Alli, entre otras cosas, expresó el vicecanciller: La presencia de este pacto militar con una superpotencia como los Estados Unidos constituye un factor de desequilibrio que origina situaciones de sojuzgamiento incompatibles con los principios enunciados en el instrumento constitucional de la OEA. Este vicio de origen que acabo de señalar, se ha visto favorecido por la ambigua terminologia del propio tratado, que ha facilitado tanto las interpretaciones tortuosas y abusivas de las factultades del órgano de consulta, cuanto las maquinaciones imperialistas para adaptar el sistema regional a sus objetivos paternalistas. El resultado ha sido una cadena de omisiones y abusos que no podemos callar: episodios como el desembarco en la Bahía de los Cochinos, intervención en Santo Domingo y Ia expulsión del gobierno cubano, integran una historia sombria ante la cual solo cabe avergonzarse.

Juan Archibaldo Lanús, consuetudinario embajador argentino en Francia, que es quien reproduce en un libro de su autoría estos párrafos del discurso de Vázquez, apunta sobre lo que siguió: El citado funcionario argentino también formuló criticas a la burocracia hemisférica, que produjo escalofríos entre los muchos que se sintieron aludidos.

Es que, según afirma Lanús, Vázquez dixit: Hoy ya no es posible ocultar nuestra propia realidad. El sistema Interamericano no ha funcionado en el sentido de la revolución latinoamencana. Por el contrario, la mayoría de las veces resultó un obstáculo en relación con los aislados esfuerzos de algunos gobiernos para superar la balcanización de América, producto decantado de la diplomacia imperialista y resultado último de la hegemonía extranjera en la América Latina.(...) Ya no es posible seguir rindiendo retóricos homenajes al sistema interamericano, mientras en lo profundo de nuestros pueblos late el ideal de la patria continente. [5]

No se si Vázquez, en el fondo, pensaba en lo que exponía en su discurso. Más bien me inclino a creer que, él también -como muchos otros intelectuales argentinos- estaba confundido por la tendencia entonces caracterizaba a la izquierda regional. Hay que recordar que en Chile aún estaban vigentes Salvador Allende y su pretendida vía pacífica hacia el socialismo.

De cualquier manera, la primera señal de la verdad camporista se había tenido en el acto de transferencia del mando de Presidente, cuando el chileno Allende y su colega cubano Osvaldo Dorticós -fuera de todo protocolo y sin que se supiese hasta entonces de algún precedente, desde el punto de vista formal- fueron invitados por Cámpora a suscribir el acta de su propia asunción.

Pero quizás eso no hubiera pasado de ser otro de los pintoresquismos camporistas de no ser que Dorticós, cuatro días después, el 29 de mayo, viajó a Córdoba con toda su comitiva respondiendo a una invitación para celebrar un nuevo aniversario del cordobazo. Del acto participaran el vicegobemador de la provincia mediterránea, Atilio López, un gremialista que había saltado del peronismo ortodoxo al movimiento clasista de Agustín Tosco; delegaciones Montoneros y ERP; y representantes de la Federación Universitaria Argentina.

En el acto hablaron todos ellos, pero voy a detenerme nada mas que en dos de las expresiones y en una afrenta hacía la Nación: el caluroso saludo del compañero Fidel Castro a la juventud revolucionaria argentina, del cual dijo ser portador el presidente Dorticós; la concepción de que el poder nace de la boca del fusil, según manifestó uno de los dirigentes de la FUA, y el izamiento de una bandera roja en el mismo másfil del cual los manifestantes arriaron la bandera argentina.

La política externa del camporismo, o mejor dicho, su alineamiento y sus propósitos ideológicos, no necesitó mas tiempo para quedar en evidencia.

[1] Rogelio Frigerio, uno de los principales impulsores del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), dice respecto del punto a), al hacer una analogía entre el programa económico aplicado a partir del '73 y el que se aplicó durante el Proceso, desde el '76: Es imprescindible, sin embargo, para efectuar ordenadamente la revisión crítica del pasado reciente repasar los tramos principales de la gestión populista (..) surgirán como evidencias los pasos que se dieron en la dirección equivocada y que alejaron al gobierno peronista del Frente Nacional haciéndole dar las espaldas al programa que entonces como ahora podía sacar al país a marchas forzadas de la crisis. Ese programa fue condensado primero en la propuesta frentista del general Perón, La única verdad es la realidad de febrero de 1972, y reseñada en el programa primigenio del Frejuli que Gelbard y su equipo ignoraron olímpicamente, aplicando en su lugar el de la Hora del Pueblo y Ias pautas que sirvieron de base al entendimiento entre las cúpulas de la CGE y la CGT que, por otra parte, guardaban mucha similitud con la propuesta acuerdista motorizada desde el gobierno del general Lanusse. (Diez años de la crisis argentina, pág.59, Sudamenricana-Planeta, Buenos Aires, 1983).

De lo referido en el punto b) da cuenta la armonía entre los bloques peronista y radical en ambas cámaras del Congreso Nacional, al menos hasta la muerte del general Perón. Y, en cuanto al cumplimiento del punto e) lo constituyeron, primero, el despido de Cámpora de la Casa Rosada y, segundo, la posterior expulsión de los grupos subversivos de la Plaza de Mayo.

[2] Junto a l aimagen del Che Guevara era posible distinguir las facciones de Agustín Fernández (ERP 22), uno de los asesinos del almirante Hermes Quijada que fue herido al huir en moto luego del atentado y, abandonado por sus cómplices, murió desangrado en un departamento del Barrio Norte de la Capital; también se reconocía a Fernando Abal Medina (Montoneros), secuestrador y participe del crimen del general Aramburu; etc.

[3] Ex presidente de la Juventud de la Unión Cívica Radical Intransigente, UCRI-,- idem del Movimiento de Integración y Desarrollo, MID; ex subsecretario de Relaciones Institucionales del Ministerio de Economía, 1973/74, durante la gestión de José Gelbard; ex exiliado en Venezuela y Gran Bretaña; ex ministro de Obras Pública del gobierno alfonsinista; presidente de la Unión Cívica Radical, jefe de Gabinete de De la Rua, artífice de la Alianza,etc...

[4] Horacio Verbistky, Robo para la Corona, Ed. Planeta, pag. 362.

[5] Juan Archibaido Lanús; De Chapultepec al Beagle, Politica Exterior Argentina 1945-1980 Ed. Emecé, págs.167 y 168.



Tengo la convicción de que el 1º de julio de 1974 con la muerte de Perón se extinguió, también, la esperanza de que el proceso político argentino pudiese avanzar por carriles racionales. Es cierto que el anuncio oficial de la desaparición fisica del caudillo sorprendió a pocos, pero no es menos cierto que confrontar con esa realidad derivó en un tremendo abatimiento de las expectativas que alentaba la mayoría de los sectores de la sociedad.

Recuerdo que aquella jornada fue la primera, después de varias semanas de temperaturas en que los ciudadanos de Buenos Aires pudieron despojarse de sus abrigos al amparo de un sol inicialmente pálido pero que se hizo vigoroso con el correr de las horas. Esa fue la sensación térmica y coincidió con la sensación política. Desde las primeras horas de la mañana habían ganado la calle versiones en tomo al agravamiento del estado de salud del Presidente, recluído en Olivos desde el 22 de junio "por estar aquejado de un estado gripal", según los escasos informes oficiales que se conocían hasta entonces.

Y por eso mismo dos partes médicos difundidos el día anterior alertaban acerca de la posibilidad de complicaciones. Estaban suscriptos por los doctores Pedro Cossio, Jorge Taiana y Salvador Liotta y, en cierto modo, resultaban contradictorios. El primero había sido emitido a las 8 de la mañana, indicando que Perón "no ha experimentado sensibles modificaciones en las últimas 24 horas" y que, por consiguiente, "el paciente prosigue en reposo absoluto y constante tratamiento médico". El segundo comunicado fue difundido a las 18,30 con un tono más optimista: "el Presidente experimentó una favorable evolución en su cuadro clínico ", aunque debía proseguir reposando bajo rigurosa vigilancia médica.

Después supe que el texto de esta última comunicación no era compartido por ninguno de los allegados al Presidente enfermo, con la sola excepción de López Rega quien había presionado a los médicos para que incluyeran lo de la mejoría con el argumento de que contribuiría a levantar el espíritu del pueblo en un momento tan grave para la Nación. Taiana y Liotta eran, por entonces, Ministro de Educación y Secretario de Salud Pública, respectivamente.

En las cercanías de Perón nadie ignoraba la fragilidad de su estado de salud, deteriorado progresivamente desde que por última vez atendiera su despacho en la Casa Rosada trece días antes, el 17 de junio. En esa postrer aparición pública había recibido a una delegación de la CGT, luego de la cual algunos dirigentes sindicales no disimularon su inquietud al advertir en su interlocutor un gran decaimiento fisico y anímico. Esta impresión, en off the record, fue recogida por el periodismo y algunos medios la deslizaron en sus crónicas.

Fue el propio Perón, en viaje de regreso a Olivos, quien dio la orden de que su automóvil se desviase para recoger al doctor Cossio, su cardiólogo personal, de manera que lo asistiese porque sentía fuertes dolores en el pecho. Ya en la Quinta Presidencial comenzó lo que sería su último reposo.

No se si el viejo líder de los justicialistas presentía el comienzo de su ocaso cuando había hablado en la Plaza de Mayo, cinco días antes. Pero a veces me inclino a creer que fue así al evocar sus palabras de despedida ante la multitud que lo vitoreaba: llevo en mis oídos la más maravillosa música, que para mí es la palabra del pueblo argentino.

La salud del Presidente era, obviamente, una cuestión, de Estado y los informes que recibíamos en el comando de la Armada, aunque imprecisos, nos preocupaban sobremanera. Si no descansaba, sostenía su médico Cossio, existía la probabilidad de un agravamiento de su estado y, de allí en más, el pronóstico resultaba incierto.

Pero la situación política de ese momento era sumamente lábil, de modo tal que difícilmente Peron pudiese abstenerse de seguir procurando encarrilarla. El frente socio-económico y el creciente ataque de la subversión no podían ser desatendidos.

En el primer caso, porque el Pacto Social suscripto por las cúpulas de la CGE y la CGT, sobre el cual se lograra echar las bases de un dique de contención a los reclamos sectoriales y alcanzar una moderada estabilidad de los indicadores, hacía agua y se estaba resquebrajando. El choque de intereses de los empresarios y los trabajadores se podía posponer por un tiempo, pero no indefinidamente. [1]

El indicador del costo de vida en mayo había aumentado 3,3% y los precios mayoristas en 4,2% a pesar de los controles, las campañas contra el agio y la especulación y todas las medidas que intentaba el ministro Gelbard. Y los productos de primera necesidad brillaban por su ausencia en los escaparates de los supermercados, los almacenes y las tiendas. El gremialismo, mientras tanto, no apretaba las clavijas porque desde Economía y la CGE se le había prometido el pago de un aguinaldo íntegro a fin de ese mes, para compensar el desbarajuste de los precios. Pero Perón no ignoraba que con el sobre en el bolsillo, la presión de los obreros no tardaría en hacerse sentir.

En cuanto al terrorismo, el país soportaba el inicio de otra escalada de violencia desatada a partir de la ruptura con los grupos subversivos y de la JP radicalizada, a los que él mismo estigmatizó y expulsó de la Plaza en su duro discurso del 1º de mayo de 1974. Perón sabía que era necesario salir al cruce cuanto antes y con todo el poder de represión del Estado porque, de lo contrario, la situación definitivamente se tomaría ingobernable como efectivamente sucedió tras su fallecimiento. [2]

Perón no se equivocaba al pensar así. Un excelente profesional del periodismo como fue Heriberto Kahn (Doy, Fe, Ed. Losada, Buenos Aires, 1979, pág.46), puntualizó acerca de esa etapa: Poco después de la muerte de Perón comenzó a desatarse en el país una ola de violencia que ya no cesaría. Dos organizaciones subversivas de extrema izquierda y multitud de bandas armadas que fueron conocidas por el nombre genérico de Triple A, pero que en realidad estaban vinculadas a distintos sectores del gobierno, asolaron al país con atentados, secuestros y crímenes.

Y ante una perspectiva tan sombría, desoyendo las recomendaciones de Cossio decidió seguir en la brecha, aun cuando ni siquiera pudiese salir de su habitación. El 18, al día siguiente de su descompensación cardíaca, convocó al ministro Gelbard y a Julio Bronner, su socio en la CGE, para reclamarles soluciones que garantizaran la continuidad del tambaleante Pacto Social. Yo jamás pude acceder a una confirmación directa sobre esto, pero tuve referencias concretas en el sentido de que el anciano Presidente les recriminó su incapacidad para darle respuestas conducentes, después de que él mismo se había ocupado de despejarles el camino desplazando a los principales objetores de su estrategia económica dentro del frente justicialista: los desarrollistas.

En su último discurso ante la Plaza colmada, el 12 de junio, Perón lanzó un dardo directo al corazón de los jefes del Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio -eternos aliados frentistas del PJ, aunque enconados enemigos del gelbardismo- endosándoles, cuando menos, la carátula de agoreros y agitadores. Frigerio, precisamente, en su libro Diez Años de la Crisis Argentina, Ed.Sudamericana-Planeta, Buenos Aires, 1983, pág. 54, dice al respecto: En 1973, y participando del frente electoral que produjo la más importante victoria de la historia política argentina, fuimos los primeros en hacer una crítica fundada del plan Gelbard desde sus comienzos, mientras la "inflación cero", aparecía definitiva, y peronistas y radicales votaban juntos en el Congreso, ratificando el "Pacto Social" como el instrumento político fundamental de la estrategia recesiva.

Con las palabras condenatorias, de Perón en sus alforjas, Gelbard y Bronner atacaron a los desarrollistas donde más podía dolerles en aquella época: declararon un boicot total contra su principal capital político, el diario Clarín, sobre cuya línea editorial e informativa ejercían una decisiva influencia. Pero antes de mover a su central empresaria, convencieron a la cúpula de la CGT de que la medida constituía una instrucción de Perón y, sin más, la central obrera eliminó al matutino frigerista de sus pautas publicitarias y recomendó a sus afiliados informarse en otros medios. El sosegate cegetista se produjo el mismo 12 de junio a la noche y tres días más tarde se le sumó el de la CGE. [3]

La reprimenda al duo empresarial ni la reunión de ministros a la que, con un hálito de vida, convocó el 24 de junio sirvieron para darle una últiína satisfacción al Presidente. Inexorable, la realidad continuó su curso: Perón murió unos pocos días después, el Pacto Social lo sobrevivió malamente durante escasos noventa días y la violencia se enseñoró en todo el territorio del país.

Pero creo oportuno detenerme en las vísperas del fallecimiento para evocar un relato que hizo Kahn en la obra citada, porque da una idea de los prolegómenos y del comportamiento que tuvieron algunos de los protagonistas de esos años, incluido el propio Perón. Cuenta el periodista:

Un sábado de enero de 1974, (el canciller) Alberto Vignes invitó a sus siete colegas del gabinete a almorzar en su casa. la reunión se prolongó por varias horas y, naturalmente, al salir del edificio de la avenida Santa Fe al 800, los ministros declararon a los periodistas que se había tratado de un encuentro social en el que se había hablado de las cosas del país.

En realidad, el almuerzo fue dramático. Su propósito había sido otorgar al doctor Jorge Taiana, que además de ministro de Educación era el médico personal del Presidente, una oportunidad para informar a sus pares respecto del estado de salud de Juan Perón.

Después de la crisis que había,sufrido a su regreso de un rápido viaje al Uruguay, realizado el lunes 19 de noviembre de 1973, se había constatado en Perón una grave dolencia cardíaca cuyo desarrollo no podría prolongarse más allá de un lapso que incluía los siguientes siete u ocho meses. La falta de datos precisos anteriores, explicó Taiana a los perplejos comensales, no permitía saber cuándo se había desencadenado el proceso y, por lo tanto, cuántos de esos meses ya se habían consumido. "Pero en el mejor de los casos -concluyo diciendo el médico-, el general

no pasará de mediados de año". Mientras los demás ministros se recuperaban del plato fuerte que Taiana les acababa de servir, López Rega tomó la palabra: "El general se encuentra perfectamente bien. Los informes médicos son exagerados. Yo puedo decirlo mejor que nadie, porque cuando el general está mal yo también me enfermo.

Y puedo asegurarles que me siento perfectamente bien

"Mire López -respondió con su sonrisa irónica Angel Robledo, entonces ministro de Defensa-, déjese de pavadas, porque cuando el general se muera, allí va a estar usted, totalmente sano, llevando el féretro ".

Menos de seis meses después de aquel día se realizaron los funerales de Perón, bajo la mirada vigilante de José López Rega.

Muchos de los hombres que estuvieron cerca del líder justicialista en aquellos meses sostienen que el Presidente conocía perfectamente no sólo la gravedad de su dolencia sino, además, que el tipo de vida que llevaba como Jefe de Estado aceleraría indefectiblemente el proceso patológico.

Aunque en forma fragmentada, yo había tenido noticias de esa reunión y del pronóstico formulado por Taiana pero, en un principio, no asocié el estado gripal con la posibilidad de un cuadro más. agudo. Y por eso recibí como una señal de alarma la información de que López Rega -que acompañaba a Isabel Perón en una gira por países europeos- había resuelto regresar sorpresiva y anticipadamente.

En Marina sabíamos que, en cuanto Perón cayó en cama, desde Olivos se había despachado un telex a Roma, donde estaban la Vicepresidente y su comitiva, advirtiendo sobre la posibilidad de que se tuviera que cancelar su participación en la reunión anual de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en Suiza. Y aclaro, para los suspicaces, que no necesitabamos espiar las comunicaciones que se pasaban desde la Quinta Presidencial: en la comitiva viajaban las esposas de los tres comandantes, una de ellas mi mujer.

Apenas desembarcó López Rega en el aeropuerto se empezó a desarrollar el cuarto y último capítulo de 'la dramática experiencia de gobierno peronista del '73 al '76. Era el 20 de junio de 1974, justo el día del aniversario de otra tragedia nacional que también tuvo como escenario a Ezeiza. Perón aún no había muerto, pero ya estaba escrito su epitafio.

[1] Entre mayo y junio los problemas de desabastecimiento de insumos industriales y de productos de primera necesidad se había acentuado. Un somero repaso de títulos tomados del Indice Clarín, mayo, año 1, edición No9, proporciona una idea de la dimensión del problema: Controlarán el abastecimiento de insumos industriales críticos; importación automática, día 10-página 11; Pronunciamiento en diversos sectores sobre desabastecimiento, 14-8; Preocupación obrero-empresaria por abastecimiento y precios, 22-12; Gelbard analizó con dirigentes empresarios y sindicalistas los problemas de abastecimiento, 23-11; El mercado paralelo, 23-10; El ministro de Economía informó sobre su gestión ante Diputados, 31-19; Reunión presidencial con dirigentes empresarios, 31-18; Almaceneros y supermercadistas contra la política de comercialización, 31-11. También faltaba crédito para el sector privado, Bancos 2-11. Y el índice, de precios renegaba de la inflación cero pregonada por Gelbard: El costo de vida en abril se incremento 2,8%, 5-12; El precio del pan fue aumentado ayer, 4-7; Para la producción y comercialización de diversos artículos se autorizaron nuevos aumentos, 8-14; Nuevos precios máximos, 9-12; Aumentos para empresas de rentabilidad negativa, como pinturas, fideos y alimentos balanceados: del 2 al 30%, 15-11; Nuevo precio para el filet de merluza, 25-9; Se fijaron nuevos precios para metales, maderas, ácido sulfúrico y té, 29-11; Precios mayoristas: aumentaron 2,5% en abril, 17-11. El registro del Indice Clarín, junio, año 1, 10 es aún más elocuente: Abastecimiento (página l), En una reunión organizada por la UOM se trató el tema, 2-11; Falta de productos de primera necesidad, 4-23; El equipo económico trató medidas para coordinar el abastecimiento, 5-11; Documento de la CGE sobre la represión del agio, 6-11; FEBA entregó a Diputados una lista con 100 productos que escasean, 6-11; Sobreprecios y mercado negro, 9-11; El desabastecimiento en la construcción, 10-10; La vicepresidente instó a luchar contra el agio, 11-18; Examinó el gabinete el tema, 11-18; Se recurrirá a la importación de productos que escaseen, 11-10; Enérgico comunicado de la CGE: Defendamos al país terminando con el desabastecimiento, 12-13; Los productos que escaseen no se podrán exportar, 13-5; Prohiben exportar leche en polvo y quesos, l"; Brigadas para el control de suministros, 16-7; El jefe de Estado y los ministros consideraron el tema, día 25-página 14 ... Se podría continuar in eternum, pero creo oportuno detener aquí el repaso para destacar que en esa fecha Perón ya estaba postrado en su lecho, a tan sólo seis días de la muerte.

[2] Recurro nuevamente al registro del índice Clarín Mayo/74, encolumnado bajo el título temático Terrorismo. Estas fueron algunas de las crónicas que publicó ese matutino porteño, a partir del día 2: Escalada extremista en Tucumán, varios atentados y copamiento de un puesto policial; Atentados, serie de bombas y una agresión; Extremista herido; Intentaron volar el chalet de un funcionario policial; la Juventud Peronista denunció un atentado contra uno de sus locales; Incidentes en la Facultad de Derecho; Nuevos atentados se registraron en esta capital y el interior del país; Asesinan al dirigente Manuel R. García; Tucumán, acción subversiva; Denuncian un atentado contra el local de La Matanza del FIP; Presenta doce impactos el cuerpo del gremialista asesionado en Monte Grande; Dos policías caen abatidos por la metralla de un comando extremista y otro resultó herido; En La Plata fue ultimado un agente de policía; Disparan contra el auto de un concejal de San Isidro; Fue baleada la casa de un militante peronista en Villa Adelina; Un dirigente de la JP fraguó un autoatentado; Atentados: una escuela marítima y dos unidades básicas fueron los objetivos. Esto hasta el día 9, y sigue la lista: Atentado contra otra unidad básica peronista, en Córdoba; Procedimientos antiextremistas, dos capturas en Flores, en City Bell localizan un centro de operaciones; Tiroteo en una unidad básica; Dieron muerte a balazos al padre Mugica; La muerte de Carlos Castellacci; Atentado incendiario; Destruyeron en Mataderos un local del peronismo; Dinamitaron el nuevo edificio de El Tribuno, en Salta; Batalla campal con un comando extremista en Ramos Mejía; Extraña afección: un hombre herido de 23 tiros de fusil; Bombas contra un banco y dos unidades básicas; Copan un tren para arengar al pasaje; Graves consecuencias tuvo el ataque contra automotores destinados a Chile. En la tercera semana los títulos más importantes resultaron: Antiguerrilla en Tucumán, espectacular cacería de extremistas; Avanzan fuerzas de seguridad hacia el campamento sitiado en las montañas de Tucumán; Rechazan el intento de ataque a una unidad militar en San Luis; Por el mal tiempo se demoró el asalto al departamento en Tucumán, los detienen; Atentados: la casa del gobernador en Córdoba, local comunista en Avellaneda; Enfrentamiento en Munro; Se registraron varios atentados: contra la delegación Córdoba de la Armada y contra dos locales de la CGT; Dentro de una auto, en el centro, estalló una bomba; Escalada de bombas en concesionarios de autos: sólo daños materiales; afectó a 17 concesionarios de autos la escalada terrorista en la capital; asesinaron a tres trabajadores en Pilar, miembros del PST; copamiento de comisarías en Tucumán, Campana, La Plata y Córdoba.

Este listado podría ser engrosado infinitamente con el recuento de títulos del item Secuestros y, por supuesto, con la revisión de los mismos capítulos en el tomo de la citada colección correspondiente al mes de junio.

[3] La coacción tuvo efecto casi de inmediato. En menos de dos semanas Clarin redujo a la mitad el número de páginas de sus ediciones, eliminó secciones, suspendió suplementos, los avisos clasificados pasaron de un promedio de 40 páginas diarias a sólo 4 y su circulación disminuyó vertiginosamente: de 550 mil ejemplares cayó a 360.000; era el segundo ataque contra ese diario: el 11 de septiembre, del año anterior la agresión había sido más contundente, aunque amparada en el anonimato (ver pág..... )


Continuará.....

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