PALESTINA

ISRAEL

GRACIAS POR EL FUEGO

Por Marcos Aguinis


Con nostalgia recuerdo los días -no lejanos- en que decíamos que el proceso de paz en el Medio Oriente era irreversible. En efecto, en 1993 se habían dado la mano Itzhak Rabín y Shimón Peres con Yasser Arafat en presencia del Bill Clinton. Arafat pudo regresar a su patria y los militares israelíes entrenaron a los amistosos miembros de la flamante policía palestina. Era increíble, pero nacía por fin la ansiada fraternidad entre dos pueblos condenados a vivir juntos. Las negociaciones resultaban difíciles (¿qué ingenuo podía pensar lo contrario?); no obstante, avanzaban viento en popa. Israel fue entregando las ciudades palestinas a la nueva Autoridad y ésta fue construyendo sus infraestructuras. Por supuesto que había una arraigada desconfianza de ambas partes y algunas pretensiones tropezaban con obstáculos de consideración.

Los dos pueblos construyeron mitos de intensa carnadura. Por ejemplo, para Israel nunca Jerusalén podía volver a ser dividida y para los palestinos era imprescindible el regreso al territorio de Israel de unos 4 millones de árabes. Estos mitos se fueron empujando hacia el final de las negociaciones, con la esperanza de que los pasos previos generarían el clima que haría madurar la solución. Ambas partes perderían algo, ambas partes ganarían mucho.

La bisagra de oro

El momento decisivo llegó en el año 2000 con la conferencia de Camp David auspiciada por el presidente Clinton, quien se jugó el todo por el todo para conseguir la paz. Veinte años antes, también en una maratónica conferencia en ese mismo lugar, el presidente Jim Carter logró la paz de Israel y Egipto. Ahora quedaban pocos y arduos puntos a dirimir. El premier israelí era Ehud Barak, el general más condecorado de Israel, un hombre de pocas palabras y gran sensibilidad, digno heredero del asesinado Itzhak Rabín, en quien su pueblo había puesto la confianza de lograr la anhelada paz. Poco antes había ordenado la retirada unilateral del Líbano sin recibir nada a cambio (ni del Líbano, ni de Siria, ni de la sanguinaria Hezbollah). Ese hombre estaba inclusive decidido a enfrentar el enojo de su propio gabinete y del mismo parlamento, con tal de firmar la paz.

En las agitadas conversaciones el jefe de Israel fue cediendo a todas las exigencias de Yasser Arafat. Le ofreció el 93% de Gaza y Cisjordania; el 3% restante sería compensado con territorio propiamente israelí; en otras palabras, cambiaba tierras –el 100% de las tierras- por paz. Ofreció desmantelar casi todos los asentamientos judíos, aunque le iba a significar un enfrentamiento brutal con los 200.000 colonos allí radicados. Respecto a Jerusalén, tras angustiosas dudas, resolvió hacer el avance increíble de profanar el tabú israelí de conceder a los palestinos gran parte de la zona Este. También ofreció satisfacciones respecto a los refugiados árabes: 200.000 ingresarían a Israel y el resto debía ser integrado en el flamante Estado palestino u otros países. Pero Israel aceptaba pagar generosas compensaciones, a cambio. Hasta ahí llegaba. Otro milímetro, y daba un golpe de muerte a su propio país. Daba mucho más de lo que hubiera cedido el propio Rabin. En efecto, su viuda Lea dijo que Itzhak Rabin se revolcaba en la tumba al enterarse de las concesiones enormes, sin paralelo, que había hecho Barak.

El presidente Bill Clinton, por su parte, dibujó propuestas para los demás temas pendientes, inclusive el relativo a la Explanada del Templo, a fin de conseguir el acuerdo palestino. Esas propuestas, aunque dolorosas, fueron aceptadas a regañadientes por la delegación israelí. Parecía que las concesiones llevaban al amanecer de una relación ejemplar, en la que dos sufridos pueblos gozarían por fin de seguridad y buen futuro. Pero Arafat dijo "no".

El comienzo del desastre

Yasser Arafat dijo "no" a cada propuesta y a cada corrección y perfeccionamiento de las propuestas. Llegó un momento en que Clinton alzó la voz para reprocharle su falta de iniciativas. Sólo decía "no", atrincherado en sus demandas de máxima, inflexibles, inalcanzables. Pese a que la conferencia se prolongó más de lo esperado, fue imposible llevarlo a la firma de la paz y sancionar el nacimiento de un Estado palestino pacífico y viable.

Ocurría que la Autoridad Nacional Palestina no esperaba semejante catarata de concesiones israelíes. Advirtió que con sólo decir "no" pudo arrancarle más de lo imaginable. En consecuencia, convenía mantener esa postura para que Israel aflojase más aún. Volvió a latir el sicótico anhelo de que Israel, concesión tras concesión, finalmente fuese borrado del mapa.

El asombroso fracaso de las negociaciones, sin embargo, no significaba la muerte del proceso de paz. Debían continuar las tratativas, las presiones, los escarceos hábiles que llevasen a puerto. Ambas partes se conocían mejor y ya estaban cerca de lograr sus ambiciones: Israel la paz y los palestinos su Estado independiente.

Pero si recordamos las imágenes que trasmitieron los noticiosos de entonces, impresionaban los contrastes: Barak volvió con el rostro deprimido y triste; Arafat, en cambio, feliz y blandiendo la V de la victoria. Muchos nos preguntamos: ¿Qué victoria celebraba? No trajo la independencia de Palestina y el inmediato cese de la ocupación israelí, que estuvieron al alcance de su mano. No trajo los millones de dólares que le ofrecía la administración americana para acelerar la construcción de su país. Venía con las manos vacías y una sonrisa de oreja a oreja. La pregunta obtuvo respuesta pocos días después, cuando estalló la segunda, innecesaria y criminal Intifada.

¿Error o estrategia?

Se comienza a reconocer que Arafat cometió un grosero error al no aceptar los ofrecimientos de Camp David. Aún tenía posibilidades de conseguir otros beneficios mediante la diplomacia y el acercamiento. Pero su error fue patear el tablero y, en lugar de seguir negociando, decidió programar, admitir o estimular la Intifada: retornar a la violencia. Había llegado muy lejos y estaba en condiciones de lograr que la sociedad israelí se desprendiese de anteriores y casi sagradas posiciones a cambio de la paz. Pero descartó esa tediosa ruta y prefirió el camino de los héroes armados. Estaba en su naturaleza. No fue un error. De ninguna manera. ¡Fue una decisión consciente, meditada, discutida!

Me duele que una prueba tras otra demuestren que fui un ingenuo al creer que Yasser Arafat quería una genuina paz con Israel. Nunca la quiso. Nos engañó con la picardía de un truhán. Engañó a los pacifistas de Israel y del mundo. Su objetivo sigue siendo el mismo que lo erigió en líder de la OLP: destruir a Israel. No sueña con un Estado palestino junto a Israel, sino en el lugar de Israel, tal como lo establecía la Carta original de su Organización. Reconozco que su estrategia fue admirable, porque le dio un colosal resultado. Admiro su astucia. Pero ¡qué frustración! ¡pobre pueblo palestino! ¡pobre pueblo israelí! Sembró vientos... Y, ya sabemos qué pasó.

No olvidarse

Los Acuerdos de Oslo fueron la llave que a Arafat le cayó del cielo para salir de su desprestigio y ostracismo. Todos empezaban a olvidarlo. Hasta había cometido la torpeza de apoyar a Saddam Hussein cuando la mayoría de los países árabes, incluidos Arabia Saudita y Siria decidieron combatirlo. Los Acuerdos de Oslo lo blanquearon y catapultaron a la gloria. Le dieron el Premio Nobel de la Paz. De terrorista despreciado pasaba a ser un mimado estadista. Itzhak Rabín, no obstante, desconfiaba de su franqueza, al extremo que se resistió a darle la mano cuando los reunió Bill Clinton.

Los temores de Rabin tuvieron pronta confirmación. Después de Oslo, durante años se negó, mediante variadas excusas, a eliminar de la Carta palestina el manifiesto objetivo de exterminar a Israel. En los libros de texto de las escuelas palestinas no se presentaron los Acuerdos como el inicio de un proceso de paz con Israel, sino otra etapa en la lucha por recuperar Palestina (se entiende que "toda" Palestina, incluido Israel). Vale este botón de muestra: en la página 64 del libro oficial de quinto grado, editado por la ANP, dice: "No existe Israel". El 11 de noviembre de 1995, estando aún vivo Rabin, Arafat proclamó en árabe por la Radio Voz de Palestina que "Nuestra lucha continuará hasta que toda Palestina sea liberada".

Es claro que en inglés decía otra cosa a los medios internacionales. Sus discursos en árabe y en inglés tenían una enloquecedora contradicción para quienes suponían que aspiraba a la paz. En inglés condenaba los atentados, el terrorismo y el fundamentalismo. En árabe incitaba al odio y la lucha armada. Es público y notorio que ni siquiera en tiempos de Rabin hizo esfuerzos serios por diferenciar a la Autoridad Nacional Palestina de organizaciones sanguinarias como Hamás y la Jihad Islámica. Inclusive visitó y besó delante de las cámaras al líder del Hamás, cuando se instaló en Gaza.

Yasser Arafat nunca renunció a la guerra. ¿No llama la atención que jamás, ni siquiera en reuniones de trabajo, tareas administrativas, negociaciones, encuentros con gobernantes de otros países, y ni siquiera para recibir el Premio Nobel de la Paz, se quita el uniforme militar? Hasta Fidel Castro aprendió a mostrarse con ropa civil. Pero Arafat nunca. No lo hace, obviamente, porque es un hombre que se siente más cómodo empuñando las armas. Está en su salsa preferida.

Imperdonable

Tuvo la habilidad de atribuir la Intifada a la visita que Ariel Sharon hizo a la Explanada del Templo. Y que esa versión fuese tragada sin análisis. Por ese entonces Sharon era un general desdeñado por la mayoría israelí; ni siquiera tenía el cargo de ministro. Visitó la Explanada después que Ehud Barak había ofrecido en Camp David retirar la soberanía israelí. Era la protesta de alguien que no estaba de acuerdo en un país donde están permitidas las protestas de cualquier signo. Representaba a la minoría del país, no a su gobierno, ni a millones de israelíes pacifistas. Esa visita, además, fue acordada con el jefe de Seguridad de la ANP, con quien inclusive se fijó el estricto itinerario que recorrería. Era comprensible que se irritasen los árabes, pero de ninguna forma era aceptable que se pusiese en marcha una violencia programada y brutal, cuyo objetivo era dañar al más concesivo de los gobiernos israelíes. Se arrojaba por la borda siete años de arduo acercamiento. Fue un crimen de penosas consecuencias (la violencia, no la visita, que pudo ser cuestionada de otras formas).

Digámoslo claro: la primera Intifada fue heroica y fructífera, porque consolidó la identidad palestina y condujo al proceso de paz. Fue una página brillante. La segunda, por el contrario, es inútil, sanguinaria e imperdonable, porque envenenó el proceso de paz. Porque volvió a enemistar a dos pueblos que deben aprender a respetarse y hasta quererse.

Suponiendo que Arafat haya sido sorprendido por esa violencia antiisraelí que se expandió siguiendo un plan (a esta altura sería otra ingenuidad de nuestra parte creer en su inocencia), ¿por qué ordenó cerrar las escuelas y lanzó a millares de niños contra los israelíes, mientras detrás de ellos aparecieron los hombres armados que disparaban a matar? ¿Por qué se negó a firmar una sola orden que detuviese la violencia? ¿Por qué la radio y televisión palestinas empezaron a propalar marchas patrióticas y mostrar excitantes escenas de la primera Intifada? ¿Por qué se redoblaron los mensajes de odio hacia Israel? Estaba en el gobierno Ehud Barak, el pacifista con quien había compartido semanas de conversaciones, y que demostró su buena voluntad para zanjar las diferencias. No estaba Sharon, no estaba un duro.

Arafat tuvo la extraordinaria habilidad de hacer caer en dos trampas sucesivas a los medios de comunicación. La primera, que la Intifada fue espontánea y estalló por culpa de la visita hizo Sharon a la Explanada. La segunda, que los niños de su pueblo eran víctimas de la sanguinaria agresividad israelí: nada podía ser más repugnante que el enfrentamiento de soldados con criaturas. Había que seguir, pues, mandando centenares de criaturas al frente (como escudos, porque detrás de ellos estaban los francotiradores, por supuesto).

Barak, desesperado y perplejo, le rogó sensatez. Luego lo conminó a ordenar el cese de la violencia, a usar sus propios medios para frenar a los exaltados, a impedir que los niños se arriesgasen en las zonas críticas. Después, colérico, le mandó un primer ultimátum; un segundo ultimátum; un tercer ultimatum. Repasemos los diarios de entonces. Fue inútil. Arafat soplaba sobre el fuego, ponía en libertad a los pocos extremistas que había detenido, alentaba la expansión y profundización del odio. Se lo veía enérgico y seguro. Pero en inglés seguía hablando de paz... y echaba la culpa a los israelíes.

Aumento de la tragedia

Su conducta hipócrita erosionó al poderoso movimiento pacifista israelí, que había sido su aliado, inclusive antes de Oslo. Millones de israelíes estaban dispuestos a realizar los más grandes sacrificios con tal de conseguir la paz. Habían votado por Barak y apoyarían sus audaces concesiones. Pero, después de haber cedido todo, les mandaba esta violencia imparable. ¿Qué quería Arafat? Estaban abrumados y confundidos. Quedaron mudos, hasta avergonzados de su ingenuidad.

Se convocó a una Conferencia internacional en Taba, Egipto. Barak se sentía traicionado por quien había considerado un socio para la paz. Las negociaciones, por cierto, no llevaron a nada. El callejón no tenía salida, porque los palestinos la bloqueaban con sus provocaciones diarias. Los israelíes se limitaban a responder a los ataques y los soldados tenían órdenes de evitar muertes. Pero no había caso. Los medios de comunicación acudían a filmar los combates cuando los israelíes empezaban sus respuestas. Impresionó al mundo que soldados armados replicasen a grupos de niños y jóvenes con sólo piedras (apenas se veían los francotiradores que disparaban tras estos escudos). Arafat comenzaba a ganar la guerra mediática: él era la víctima, no el victimario que eligió este camino. Pero si pasaba un día libre de ataques palestinos, no había violencia. Si pasaban tres días sin ataques palestinos, no había violencia. Pero no se pudo lograr ni una semana sin violencia: era la estrategia de Arafat y sus colaboradores. La violencia le estaba dando un éxito fenomenal. No quiso siquiera frenarla. Cuanto más sangrienta, mejor.

Arafat fue también hábil en convencer al mundo de que Israel no se refrenaba en sus respuestas. Entonces Barak aceptó en varias ocasiones no responder a los ataques, para darle tiempo a ordenar el cese del fuego. Pero los ataques siguieron como si nada, cada vez más osados. Arafat conseguía lo que buscaba. Su estrategia era impresionante. En pocos meses desprestigió al amistoso Barak, puso en agonía el movimiento pacifista israelí, agotó la paciencia que hasta ese momento tenía el pueblo de Israel y provocó el repentino ascenso de Ariel Sharon, un hombre con mala imagen nacional e internacional. La consigna del líder palestino era vieja y eficaz: "Cuanto peor, mejor". Ahora tenía frente suyo a Sharon, que sería acusado de todos los males.

El cacareo de la ocupación israelí seguía siendo el argumento en que caen los desinformados: esa ocupación hacía rato que hubiese desaparecido si Arafat no la habría rechazado en Camp David. ¿Cómo es posible que los comentaristas no adviertan que la ocupación sigue por culpa de Arafat? Para Arafat era imprescindible que continuase la ocupación israelí y, además, asumiera como premier una personalidad dura. De esa forma incrementaba su imagen de pobre víctima, conseguía la adhesión mundial, se tornaba mítica su resistencia y descalificaba profundamente a Israel. El cese del fuego y un arreglo pacífico no enardece a las masas.

El monstruo llamado Sharon

Un reduccionismo infantil atribuye a Sharon la causa de la horrible situación que enluta a palestinos e israelíes. Es el monstruo que impide un arreglo. Opinan que, sin él, las cosas serían distintas. Es asombrosa la falta de memoria que padecen tantos comentaristas, incluso para episodios recientes.

Recordemos, por favor, que Ariel Sharon se convirtió en primer ministro cinco meses después de que los palestinos hubieron comenzado su innecesaria violencia, y la mantuvieron al rojo vivo pese a las concesiones y ruegos de Ehud Barak. Recordemos que la intransigencia palestina –estimulada por la distorsionada información de los medios- fue la que desesperó al pueblo israelí forzándolo a buscar la seguridad que Sharón prometía. Últimamente intelectuales de nota llegaron a decir que Sharon es el peor enemigo de la misma Israel, porque sin sus criminales métodos las cosas volverían a la normalidad. Otros, que tratan de ser imparciales, lo comparan con Arafat. Dicen que Sharon y Arafat serían las dos cabezas de un mismo ogro. Si Arafat es culpable de sembrar los vientos que ahora arrasan, Sharon sería el culpable de que no cesen y se vuelvan más terroríficos.

Confieso que nunca simpaticé con Sharon; ya lo critiqué acerbamente cuando la guerra del Líbano. Pero no es un equivalente de Arafat, lo siento. Arafat es un autócrata y un corrupto, que no admite oposición ni prensa libre, y que no responde a una justicia independiente. Sharon es el premier de un país democrático, con un Parlamento que lo puede poner de patitas en la calle y una justicia que ya lo condenó por sus actitudes en el Líbano y podría hundirlo en la cárcel si lo mereciera; está sometido a la constante crítica de sus opositores y de la prensa; no hace lo que se le antoja.

Sharon es un duro, por cierto. Pero debemos tener en cuenta que, como otros duros de Israel, está dispuesto a realizar sacrificios a cambio de la paz. Quienes conocen la historia de Israel saben cuánto anhelan la paz los israelíes. Cuando Menajem Beguin y Anwuar el Sadat firmaron su histórico acuerdo, Egipto exigió el desmantelamiento de la ciudad de Yamit, construida por Israel entre la Franja de Gaza y el Sinaí. Israel cedió a todo lo que pedía Sadat, incluso a algo tan resistido como evacuar la populosa Yamit. ¿Saben, mis apreciados lectores, quién se ocupó de sacar a los empecinados colonos judíos de Yamit? Fue el duro Ariel Sharon. Porque a cambio de esa evacuación lograba la paz.

El aliento del odio

Desde 1993 en adelante la Autoridad Nacional Palestina puso en marcha un doble discurso. La parte encubierta era su prédica de un odio sistemático a Israel y los judíos. No se diferenciaba de otros países árabes, donde circulan libelos antisemitas que provocarían el orgasmo de Hitler y Goebbels. Con la excepción de Marruecos, las comunidades judías fueron expulsadas, expropiadas y asesinadas en el resto de los países árabes tras la independencia de Israel. Su prensa repite mediante artículos y caricaturas las peores calumnias antisemitas de Occidente: los judíos usan sangre de niños para amasar el pan ázimo de Pascua, quieren dominar el mundo, son ladrones, tramposos y asesinos, etc. Esto es constante.

Yasser Arafat viajó en el año 2001 a la Conferencia Antirracista de Durban como líder de una campaña antijudía sin precedentes por su virulencia e irracionalidad. Su propósito era conseguir que Israel fuese deslegitimado. Las delegaciones de países musulmanes hicieron causa común en la distribución de panfletos y en la ferocidad de los discursos. Actuaban como los nazis, proyectando sus peores defectos: acusaban de nazis a los judíos. ¡El colmo de la desvergüenza! Volvieron a querer identificar el sionismo –legítimo movimiento de liberación nacional y social judío- con el racismo que ellos mismos eran los primeros en practicar. Por supuesto que no se acordaban de las discriminaciones que durante siglos aplicaron a los judíos, ni de la segregación y el boicot que aplicaban al Estado de Israel desde antes de su nacimiento.

Peor que la bomba nuclear

A partir del año 1993, el mismo en que se firmaron los Acuerdos de Oslo, comenzaron las bombas suicidas en contra de civiles israelíes. Era algo tan incomprensible que hasta la prensa israelí las calificaba de accidentes. Esta práctica fue restringida al comienzo, pero dada su contundencia para generar terror, se convirtió en la favorita de los extremistas palestinos.

Considero un grosero error llamar kamikases a estos suicidas. Los kamikases japoneses sólo se inmolaban para atacar objetivos militares. Su dignidad les vedaba provocar la muerte de civiles. En cambio los suicidas entrenados y pagados por Hezbollah en el Líbano y por Hamás y la Jihad Islámica en los territorios palestinos, lo hacen en forma electiva contra civiles: pizzerías, locales bailables, restaurantes, ómnibus, mercados, ceremonias religiosas. Mientras más bebés, niños, mujeres y gente de paso muera, mejor. Así procedieron en Buenos Aires, cuando volaron la embajada de Israel y la AMIA, sin importarles siquiera que las víctimas fuesen sólo judías. Les importa la parálisis. Les importa la desesperada impotencia que genera. Es "terror" en su expresión más depurada.

Los criminales suicidas ahora son llamados mártires por la Autoridad Palestina, que bautiza con sus nombres a plazas y calles. Los elogia y celebra en los medios de comunicación. Nada concreto hace para disuadir semejante locura, sino que mucho hace -en forma directa o indirecta-, para estimular los homicidios.

El mundo aún no ha tomado conciencia del riesgo que significa esta arma nueva, de gran perversidad, para la civilización. En efecto, ¿quién nos asegura que en el futuro Estado palestino o en cualquier otro estado musulmán no empiecen a dirimirse las disputas internas mediante el despacho de suicidas? Ya no se trata del bonzo que muere solo, ni del terrorista clásico que se arriesga pero aprecia su propia vida: se trata de criminales alienados que al desprecio de la vida ajena agregan el desprecio por la propia. Contra semejante arma no hay defensa.

Yasser Arafat, ante las presiones internacionales e israelíes, accedió a condenar –en inglés- semejantes atentados. Lo hizo en un artículo publicado el 3 de febrero pasado en el New York Times. Pero tres días antes dijo en árabe. "El movimiento Fatah glorifica con orgullo a su heroína mártir del campo de Alamari, la mártir Wafa Idris". Por la Voz de Palestina aseguró: "Estoy dispuesto a sacrificar 70 mártires para matar un solo israelí". A quienes sostienen que estos suicidas asesinos actúan por desesperación, y que es el único recurso que les queda, pido que reflexionen, porque es una redonda mentira. Esta desesperación pudo haberse borrado con otro liderazgo palestino hace por lo menos un año y medio, con la firma de la paz en Camp David. Por otra parte, el Mahatma Gandhi demostró que la no-violencia puede sacudir al más poderoso de los imperios. Sin violencia cayó el Muro de Berlín. Sin violencia Martin Luther King logró quebrar la discriminación que se aplicaba a la comunidad negra.

Todo líder árabe que quiere la paz con Israel, encuentra buena disposición para lograrla. ¿No se piensa en eso? Sucedió con Anwuar el Sadat de Egipto. Sucedió con el rey Hussein de Jordania. Estaba a punto de suceder con Yasser Arafat. No hay país árabe donde surgiera un movimiento pacifista más poderoso que el de Israel, con cientos de miles de militantes. ¿Tampoco merece ser tenido en cuenta? ¿Qué les pasa a los comentaristas que se esmeran por ser justos y trabajar por la sensatez?

Pero este hombre y su círculo de colaboradores prefirió sembrar el odio, la muerte y el resentimiento. Es nuestra responsabilidad ver claro y salir de su trampa sanguinaria y cínica. Que es, sin duda, una fenomenal trampa para el sufrido y confundido pueblo de Palestina. Y para millones que se duelen por las injusticias que están al alcance de una solución.


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