LA MORAL NAFTALINA DE MR O'NEILL.

escribe R.Iribarne.

Enfoque ingenuo

Con la falta de respeto por las normas diplomáticas que es su marca de fábrica, el secretario del Tesoro norteamericano, Paul O"Neill, acaba de descartar la idea de enviarnos un paquete de ayuda afirmando que "deben poner en marcha políticas económicas que aseguren que cuando llegue la asistencia, produzca algo bueno y no simplemente se marche hacia cuentas de bancos suizos". Dicho punto de vista está compartido por la mayoría de los argentinos que también cree que la causa principal del colapso de nuestra economía consiste en la rapacidad de funcionarios y de sus cómplices del sector privado. Pero si bien la corrupción es un problema mayúsculo que, a su vez, es síntoma del desprecio sin límites que sienten muchos personajes por el resto de la comunidad, esto no quiere decir que si los dirigentes argentinos fueran tan honestos como sus homólogos de Finlandia o Nueva Zelanda el país prosperaría.

Para que ello ocurriera, también serían necesarios muchos otros cambios que tienen poco que ver con "la ética" de los políticos y mucho con la cultura económica.
Es más: al concentrarse en "la ética", tratándola como la clave de la catástrofe nacional, dirigentes políticos, eclesiásticos y otros se las arreglan para pasar por alto factores más concretos como los supuestos por la politización del sector público, la miopía sistemática de los encargados de administrar las finanzas, el populismo enfermizo de los resueltos a repartir sin preocuparse en absoluto por la productividad y así, largamente, por el estilo.

Por desgracia, la rectitud absoluta no es incompatible con la ineficacia extrema y un dirigente que nunca soñaría con robar un centavo podría ser más que capaz de depauperar a millones de compatriotas por motivos a su entender morales. En efecto, muchos políticos venerados por su propia austeridad puritana han contribuido enormemente a la decadencia argentina en buena medida porque sus grandes méritos personales han servido para prestigiar esquemas antieconómicos, mientras que la conducta vergonzosa de otros ha incidido de manera contraria al desacreditar planteos que de aplicarse con seriedad nos permitirían disfrutar de un nivel de bienestar aceptable. Sin exagerar demasiado, podría decir que en la raíz de la debacle está el hecho de que muchos dirigentes presuntamente buenos han sido partidarios de recetas desastrosas, mientras que otros han llegado a corporizar la corrupción más impúdica o, peor, han reivindicado conceptos muy positivos.

O"Neill se equivoca por completo si cree que la Argentina, el Brasil y otros países latinoamericanos están en gravísimos problemas económicos sólo porque sus respectivas clases dirigentes están conformadas por ladrones con cuentas bancarias en Suiza. Lacras típicas de la región como el atraso, la desigualdad exagerada, la mediocridad educativa, la pasmosa ineficiencia administrativa y la incapacidad patente para crear grandes empresas no petroleras que sean comparables con las norteamericanas, europeas y japonesas se deben a mucho más que la voluntad de los políticos de privilegiar sus propios intereses materiales. Todas son fruto de una cultura determinada que se distingue de las primermundistas no por ser inherentemente más corrupta sino por despreciar la creación de la riqueza. En el contexto así supuesto, muchas personas pueden ser dechados de respeto por los valores éticos más exigentes sin por eso dejar de ser enemigos peligrosísimos del progreso económico y por lo tanto de la justicia social.
Por supuesto, sería bueno que hubiera un vínculo directo y evidente entre la honestidad de los políticos de un país y su capacidad económica -en tal caso, impulsar el desarrollo no sería el problema sumamente difícil que sin duda alguna es-, pero desafortunadamente no se dan motivos para creer que el asunto sea tan sencillo. Si lo fuera, Estados Unidos, donde la corrupción política es frecuente y los empresarios podrían dar lecciones de avaricia e irresponsabilidad a cualquier cacique latinoamericano, sería decididamente más pobre que aquellas naciones del norte de Europa que siempre encabezan las listas de las más limpias, pero la verdad es que en la actualidad las aventaja por un margen significante y, a pesar de los escándalos de las semanas últimas, parece destinado a continuar siendo el país más rico del planeta.

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