En medio del desinteres europeo y la inexistencia de Latinoamerica.

LA FINANZA EMPUJA A WASHINGTON A LA GUERRA PREVENTIVA CONTRA bagdhah

El significado de la crisis estadounidense no se detiene en las balances negativos de las empresas ni en las torpezas oratorias de O´Neill, un Mendigurem para uso americano. Las cosas van mas alla y el gobierno de Bush, el Jóven, necesita restablecer prestigio interior, por medio de un cuerpo expedicionario que aniquile de cuajo el regimen del partido Baath, en Bagdhah, potenciando sectores fabriles atrasados de la economía americana -su crecimiento pese a la crisis se centra en lo tecnológico- y le permita encarar con cierta razonabilidad las elecciones parciales que se presentan negras, en noviembre proximo, para los republicanos. Sería, paralelamente, una forma de reasegurar la posición de Israel, profundamente debilitada por la propia prensa americana e impulsar vias de negociación mas o mas o menos aterciopeladas, mediante el puño de hierro que obligue a las partes a establecer mínimos acuerdos de convivencia, deteniendo el goteo de las victimas producidas por el terrorismo autocelebratorio de la galaxia medioriental.

Ocurre que, en cierto momento, pudimos pensar que las deshonestidades cometidas en Enron y encubiertas por el gran gabinete Andersen pondrían de manifiesto el comportamiento ilícito de unas cuantas grandes empresas estadounidenses y probablemente nada mas. Pero los ejemplos de balances conscientemente falsos se han multiplicado como los virus en las computadoras modernas. Importantes sectores como el farmacéutico demuestran estar afectados, sobre todo a través de Merck, la tercera empresa mundial del ramo. La desconfianza se extiende al antiguo sector industrial y afecta incluso a Jack Welch, ex director de la General Electric, emblema del éxito estadounidense, dirigida por el vicepresidente Cheney antes de ser elegido y que está directamente implicado.
Por último, ya se sabe que algunas operaciones realizadas por Bush pueden ser de la misma naturaleza -aunque de una envergadura mucho menor- que aquellas de las que se acusa a WorldCom.

Estos accidentes de la finanza han provocado vacilaciones en las certidumbres rotundas del capitalismo estadounidense. Cuando Bush denunció con dureza las prácticas de Wall Street, apeló, a la gran tradición liberal que procede de Locke y según la cual la confianza es la base de la economía de mercado. Dejemos de lado la subida del euro y su paridad con el dólar, que puede perjudicar más a los europeos que a los estadounidenses, cuyo Banco Federal se preocupa de relanzar la economía. Dejemos también de lado el caso de Vivendi Universal, que revela más la fragilidad del imperio construido por Jean-Marie Messier, un brasseur de negocios algo inestables, que una crisis de orden sistémico.
La intención de Messier de crear convergencias industriales bien remuneradas se transformó rápidamente en una operación financiera que provocó un endeudamiento masivo y la pulverización brutal de sus acciones afectando de un lado y otro del Atlántico los fondos de pensión. Era, con estas reglas nuevas, algo previsible.

Lo que está peligrosamente envuelto en un mar de conjeturas es el propio funcionamiento de la economía estadounidense. En el pasado reciente, los empresarios producían, gracias a sus inversiones y, en parte, a su endeudamiento; luego vendían sus productos y su éxito o su fracaso se juzgaba en esa ruleta de certezas y, a veces, incertezas que es la Bolsa.
Desde que el auge tecnológico de los años ochenta y noventa inflamó el sector bursátil, cuya evolución traduce el Nasdaq, el sistema de gestión se transformo. En lugar de ser el objetivo final, la Bolsa se convirtió en el verdadero marketing estrategico de las empresas. Ello desencadenó el consumo por parte del tercio superior de la población estadounidense, enriquecido por la subida de la Bolsa, permitiendo aumentar la producción.

La economía de Estados Unidos, desde entonces, avanza cada vez más del lado inverso de lo intrinsecamente productivo. Desde ese momento, cualquier forma de sobrevaluar el valor bursátil de las empresas y hacer brillar sus previsiones se convierte en una tentación autogenerada y las cifras ofrecidas al público escamotean la volatilidad de la realidad. Y para peor, seducidos por el incremento de los resultados, los consejos de administración no dedican, la atención necesaria a las funciones reales de las empresas, a sus estrategias de producción.

La crisis estadounidense es diferente de la japonesa, pero en ambos casos, la economía está devorada por las finanzas. Los países europeos, entre tanto, se ven arrastrados por dicha crisis con fuerte caída de las bolsas, incluso en sectores poco afectados directamente por la pérdida de confianza.
Así, lo que está en tela de juicio va mucho más allá del futuro de algunas grandes empresas: es todo el sistema de financiación, causante de esta crisis de confianza lo que esta en discusión.Y paradojicamente, o no tanto si calculamos los costos de la victoria sin bajas humanasde la guerra fría, la deblacle del maquillaje financiero se produce cuando la economía de EE UU había alcanzado una hegemonía incontestada .

Todavía se escuchan los discursos de satisfacción pronunciados en Davos, cuyo Foro se desplazó el pasado año a Nueva York y que, en realidad, se reunió bajo la estrella resplandeciente del Foro de Porto Alegre.
Es que durante la reunión del Foro de Nueva York, Colin Powell, considerado un moderado, de netas simpatias tercermundistas y embozadamente enfrentado a Bush y a Condelezza Rice, una ex empleada de los petroleros, anuncio, que EE UU había decidido cambiar de prioridades. Tras el atentado del 11-S, había que definir un eje del mal y no limitarse a perseguir a los responsables de los atentados, sino atacar directamente a los Estados hostiles a los intereses estadounidenses - en primer lugar, a Irak- sin aguardar la catástrofe que supondría, un día cercano, el hundimiento de Arabia Saudíta. La lógica de las armas, entendieron todos, pasaba por delante de la lógica de los productos.
La adhesión nacional se volvia más importante que la confianza en las grandes firmas, en sus analistas financieros y en sus observadores de todo tipo. Es que tras el 11-S, esa cohesión nacional se manifestó de un modo rotundo. Y fue el Gobierno, más que la opinión pública, el que eligió dar prioridad a las armas sobre la técnica y la economía. Mientras tanto, en todo el mundo numerosos grupos atacaban a la globalización, a la que consideran un instrumento puro de la hegemonía estadounidense, sin que haya habido una seria contestación intelectual sobre el tema, salvo desde el lado de los británicos.
Los máximos dirigentes de EE UU, que sufrieron el ataque del 11-S y que no confían en la solidez de un país que ha perdido confianza en sus dirigentes económicos, han pasado a la ofensiva. Algunos verán en ello un simple gesto, pero no lo es. Los dirigentes iraníes no se sienten amenazados por los ataques emprendidos recientemente porque ayudaron a EE UU en Afganistán. Pero sí parece estar preparándose una operación contra Irak que podría determinar cierta reubicación antinorteamericana de Teheran, mientras, un poco más lejos, la situación en Pakistán se degrada lentamente.
Y, lo que es más importante, el barril de petróleo sobre el que se asienta Arabia Saudíta, otro aliado imprevisible y en el fondo poco confiable para Washington puede estallar de forma imprevista y generar nuevos Bin Ladem.
Lo cierto es que el mapa del mundo ha cambiado.
Europa, con armamento insuficiente, ha pasado a ser del tamaño de Suiza, Latinoamérica no cuenta, Africa es un remoto y algo exótico hospital. La polarización del mundo se ha acentuado y un conflicto cargado de violencia e intereses libera fuerzas más rotundas que los escamoteos de Wall Street.
Es cierto que tal vez Europa merecería un segundo análisis, pero éste no aportaría resultados demasiado opuestos al grisaceo pesimismo del primero. La mayoría de los países, como Gran Bretaña, Italia y España, son, ante todo, proatlantistas.
Francia sigue poco interesada en Europa como unidad política - diplomatica continental y la política alemana parece depender de la victoria de Schröder sobre Stoiber, aún por decidir. Europa debera optar, proximamente, si renuncia a ser una potencia mundial, si su objetivo más ambicioso es la paridad del euro con el dólar o si, por el contrario, desea situarse al nivel de EE UU en la producción del conocimiento y de la innovación y, sobre todo, si quiere disponer de las armas que le permitirán elaborar y realizar estrategias independientes, que no sean los gimoteos españoles ante la isla Perejil.
En este tablero de bolsas de valores, inevitable marcialidad y añoranzas por las confiables cadenas de montaje de los años 50, el Mercosur, carente de una burocracia supranacional es un espejismo en el desierto que no logra ocultar la debilidad de sus miembros, la inexistencia concreta -cercana o lejana- de sus oasis.
Entre tanto, los vientos de guerra se aproximan de forma sosegada, como los pasos cautos de un asesino en la noche.

Edgardo Arrivillaga.

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