Hace unos días, sectores pentagonianos hicieron una evaluación retrospectiva de la guerra del Golfo y de los avatares de la guerra
en el desierto, en previsión de una próxima campaña o ataque limitado -preferentemente aeronaval y anfibio- contra el régimen de
Sadam Hussein.
Para el secretario Rumsfield, el hombre duro de la administración, hubo un momento, un solo y decisivo momento en el que Sadam
demostró salir absolutamente de la estereotipada imagen que tienen los americanos, de los líderes disturbadores del Tercer Mundo o
esa zona del mundo que languidece en el subdesarrollo.
Fue cuando los Scud móviles eligieron como blanco a Israel, para forzar la dura respuesta militar de Jerusalén y despedazar la
coalición árabe-occidental, trabajosamente cincelada durante meses por Bush, el Viejo.
Fue el momento estratégico en que los Estados Unidos corrieron el riesgo de perder los límites, los frenos, los alcances
deliberadamente autolimitados en lo geopolítico, que habían impuesto a su propio despliegue y a su propia guerra.
Ahora las cosas son peores y a la vez más comprensibles.
En principio se sabe que una operación misilística puede tardar solo 40 segundos en llegar al objetivo y si las baterías son lo
suficientemente móviles esta cifra puede acortarse significativamente.
"Necesitamos una cifra de un dígito", "un solo dígito " señaló el secretario para interceptar una ofensiva
que irrumpa desde el cielo. Que dígito?, preguntó un observador.
"Nueve segundos", es lo mas que podemos aceptar aclaró el funcionario.
Y luego recalcó, "nueve segundos para que el tirador destruya la amenaza".
Ocurre que los planes de contingencia se basan también en la revisión de lo que no funcionó bien en la guerra y lo que no
funcionó en la guerra del Golfo fue esa exacta ecuación entre las contramedidas electrónicas y la amenaza que caía,
inesperadamente, de los cielos.
Esto explica visto del lado occidental y de sus propias contramedidas electrónicas la sustancial cantidad de bajas iraquíes, la
relativa cantidad de bajas de la coalición -algo tan elemental como comparar la cantidad de bajas que tuvo la caballería polaca al
cargar a sablazos contra los tanques alemanes- y la escasa necesidad de ocupar colinas y lugares altos como se estudiaba
tradicionalmente en las academias militares.
Hoy no hay lugar suficientemente alto para el ojo de los satélites y de los aviones espías y quien posea la capacidad
tecnológica tiene capacidad como para neutralizar la contraofensiva misilística, aunque no se dejo de observar que terminada la
guerra los observadores de Naciones Unidas encontraron una razonable cantidad de Scud móviles y peligrosamente activos aun sin
utilizar.
Si se produce la miniguerra contra Irak, un anticipo celebratorio de las legislativas de noviembre, la ecuación inteligencia
electrónica, contra-medidas electrónicas y contra-contra-medidas electrónicas serán la piedra angular de la batalla.
Estas reflexiones del alto mando americano hacen pensar en las ambiciones perturbadoras del escudo defensivo en el espacio que ama
desarrollar Rumsfield, pero también en los acordes de un rock extrañamente marcial que se llama -justamente- "Eyes in the
Sky"(1)
.