En la fecha de los atentados en Manhattan, un ensayo contrafáctico planteado por Gore Vidal esboza un efecto análogico incómodo al establecer tácitas comparaciones con la perdida de la flota del Pacífico en Pearl Harbour a manos de un sopresivo ataque de kamikazes japoneses.
La tesis, sugestiva y ya conocida presenta un hueco insoslayable que el periodista deja pasar.
Se puede comparar al villorrio de Kabul con la potencia industrial alemana en los años 40? Y sobre las torres habrá que esperar el nuevo ensayo de revisionismo historico de Vidal, para enfocar el magnicidio desde un ángulo estrictamente conspirativo.

Pearl Harbor, el juego de Roosevelt
Antonio MONDA


Para acceder a la "Rondinaia" hay que cruzar el predio de un hotel exclusivo, atravesar dos portones rigurosamente cerrados con llave, ingresar en un espléndido jardín que avanza sobre el mar y dar un rodeo a una piscina con un fondo azul oscuro que, bajo los rayos del sol, adquiere reflejos de zafiro. Vidal me espera en el interior de su maravillosa mansión incrustada en la roca e invisible desde la calle, y se siente feliz mostrando esa vista que quita el aliento y la extraordinaria colección de arte.

Su último libro L''età dell''oro que en Italia publica Fazi Editori (534 páginas, 35.000 liras) fue recibido en Estados Unidos con un resultado crítico y comercial excelente (Harold Bloom lo definió "el maestro de la novela histórica americana"), pero también con una infinidad de polémicas, que se prolongaron hasta hace pocos días y alcanzaron el punto culminante en un violento intercambio epistolar con Ian Buruma que apareció en el New York Review of Books.

En el séptimo volumen de su apasionada Contra-historia de Estados Unidos, Vidal mezcla personalidades que conoció de cerca (el matrimonio Roosevelt, Orson Welles, Harry Truman, John Kennedy y toda una galería de políticos de la época) con personajes totalmente inventados, para construir un fresco vibrante de un momento histórico, acerca del cual sostiene una tesis que pocos en Estados Unidos tienen el coraje de enfrentar: el ataque contra Pearl Harbor fue provocado por el presidente Roosevelt, quien ignoró las propuestas de conciliación ofrecidas por el primer ministro nipón Konoye y encontró en el general Hideki Tojo un respaldo perfecto para sus planes de guerra.

Según Vidal, Roosevelt estaba perfectamente al tanto del lugar y la hora del ataque, pero actuó de manera que la transmisión de alertas llegara tarde, sacrificando así a tres mil hombres para poder desatar una guerra no querida por su pueblo. La tesis del escritor no es del todo nueva (también habla de ella R.B. Stinnett en "Day for Deceit"), pero adquiere una fuerza polémica devastadora en razón del prestigio del autor y de la coincidencia con el estreno de Pearl Harbor", el film más caro de todos los tiempos, que destila retórica de la primera a la última escena y basa su fuerza en el célebre discurso con el que Roosevelt estigmatizó aquel día como "día de la infamia".

"Los productores del film no tienen la más mínima idea de lo que trataron de contar", comenta fastidiado Vidal, "y no tienen ningún interés en contar la verdad histórica ni mucho menos descubrir sus muchos aspectos incómodos. Además, en la época del ataque el director ni siquiera había nacido. Es un film dictado solamente por motivaciones comerciales, que trata de aumentar el público recuperando el cine bélico del Soldado Ryan."

Pero cuáles eran las motivaciones de Roosevelt?

El Presidente se había dado cuenta de que los americanos hacía tiempo que se oponían a la intervención armada. La preocupación por Hitler y sus aliados era generalizada, pero faltaba casi totalmente la voluntad de pasar a la acción. Los americanos identificaban el conflicto anterior con la depresión y el prohibicionismo y Roosevelt había prometido durante su tercera campaña electoral que Estados Unidos no entraría en guerra salvo en caso de ataque enemigo. Era un hombre de una gran inteligencia que hizo mucho por nuestro país, pero también una persona de una ambición desmedida y de una profunda inmoralidad, consciente de que la guerra lo mantendría en el mando. En ese caso, las ambiciones personales se identificaron con intereses más altos. Sin esa masacre, que definió como infame, pero que él mismo provocó, no se habría producido la intervención al lado de Inglaterra.

Si tomamos el título de su libro "L''età dell''oro" (La Edad del Oro) lo que se anuncia es desmentido por el relato.

Es verdad, pero en muchos aspectos, los años 1945-1950 representaron realmente una edad de oro. Recuerdo la emoción al final de la guerra, y la sensación de vivir un gran momento de civilización que Estados Unidos no había conocido nunca. De golpe, nuestra vida cultural demostraba que estaba a la vanguardia: el teatro de Tennessee Williams, la música de Aaron Copland y Leonard Bernstein, la "action painting", el ballet. Se trata, además, de los últimos años en que Estados Unidos no estuvo en guerra: para usar la expresión de Charles Beard, desde entonces hemos tenido una guerra perpetua por una paz perpetua. Enseguida llegaron la guerra de Corea, totalmente anti-constitucional, el mccarthismo y sobre todo la militarización, llevada a cabo por Truman. Son los años en que Estados Unidos pasa a ser el amo del mundo.

En "L''eta dell'' oro" que describe la corrupción reina por doquier.

Esa es una característica típica de las edades de oro. Salvo raras excepciones, no hay moral entre los políticos y no se observa una diferencia sustancial entre los demócratas y los republicanos.

Por que considera que no la hay? También la prensa parece tener una posición totalmente afirmativa: en un momento del libro, Roosevelt le sugiere a una periodista cómo quiere ser insultado para desencadenar una reacción fuerte.

En ese caso específico, podría decirle que en el fondo esa periodista lo hace con un buen fin, pero en general se trata de otra verdad que nadie quiere admitir. Lo desafío a darme el nombre de un corresponsal en Washington del The New York Times que no se declare en línea con el gobierno. Le garantizo que perdería el puesto, y se vería obligado a escribir otros titulares, animados por motivaciones opuestas pero no necesariamente más nobles. Y lo bueno es que no se trata ni siquiera de corrupción, sino de algo aceptado comúnmente. Sin embargo, en ese momento específico la relación con la prensa alcanzó puntos extremos. Roosevelt y el general Marshall, que sabían el momento del ataque con dos semanas de anticipación, convocaron a los principales directores de los diarios, pidiéndoles que mantuvieran silencio en caso de que se filtrara la noticia. Los periodistas respetaron el pedido y se sintieron desconcertados cuando se enteraron de que Marshall no había puesto en alerta previa a las sedes del Sudeste asiático. Hubo quien en ese momento perdió el puesto por incompetencia, pero sé que algunos descendientes de las víctimas de esa tragedia están tratando de reabrir el caso e intentar una rehabilitación póstuma. En nuestro país la historia se repite: Kennedy hizo lo mismo en la época de la Bahía de Cochinos. Quiero terminar haciendo notar que Roosevelt no hizo nunca nada ilegal. El problema de sus acciones es, en todo caso, de tipo moral.

En su "L''eta dell'' oro" el poder político y el económico derriban cualquier posible obstáculo.

La tragedia sobreviene cuando las motivaciones por las cuales se cumplen algunas acciones están equivocadas. Nunca hay que esconderse frente a las verdades incómodas, y no hay que subestimar nunca las posibles consecuencias. Nosotros seguimos sufriendo los efectos de viejas decisiones, que garantizaron un imperio concentrando el poder en manos de potentados e intocables: piense en la sentencia de la Corte Suprema dictada en noviembre pasado, que ignoró el veredicto popular adjudicando la presidencia al derrotado. Una decisión puramente imperial.

La decisión que usted atribuye a Roosevelt es trágica, pero, siguiendo siempre su lógica, se trataba de la única forma de desencadenar una guerra que de hecho salvó al mundo del nazismo.

Yo considero que el nazismo habría sido vencido de todos modos sin una intervención activa y el fracaso de la guerra en Rusia fue la primera señal. En esa época la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) había estudiado un plan para asesinar a Hitler, pero se decidió no intervenir: se consideró menos útil la paz con una Alemania sin Hitler que el dominio de una Alemania destruida por Hitler. Los estadounidenses debemos a la guerra el hecho de haber pasado a ser la primera potencia del mundo, pero desde entonces nunca dejamos de combatir, y nuestro dinero sigue financiando los armamentos. Para el "enemigo del mes": Corea, Vietnam, Saddam Hussein...

En su libro Eleanor Roosevelt también aparece retratada como un personaje ambiguo.

Conocí muy bien a Eleanor y al presidente. Era la compañera perfecta del marido, un político de un talento para nada inferior. Hablo de compañerismo porque en la pareja más allá del mito había de todo excepto afecto.

Usted define también el New Deal como un semi-fracaso.

En 1939, Estados Unidos cayó de golpe en un nuevo estado de depresión. El país se encontró frente al drama de 9 millones de desocupados. Es el mismo año en que Roosevelt invirtió ocho mil millones de dólares en el rearme. En pocos meses, los americanos se dividieron entre los que tenían sueldos magníficos y los que se hallaban frente a una guerra que había que librar. La prosperidad nació en ese momento. Después, será Truman quien decidirá transformar a Estados Unidos en un país militarizado que vive en un estado de guerra eterna.

Usted lo acusa de haber lanzado la bomba atómica inútilmente.

Japón quería rendirse en mayo, pero en Postdam, Truman se dio cuenta de la terrible potencia de José Stalin y decidió llevar a cabo una acción demostrativa que causó 120.000 muertos en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, pese a la oposición de los generales Eisenhower y Nimitz. Fue Truman en primera persona, y no Stalin, quien quiso a toda costa que se produjera la división de Alemania. En Estados Unidos, el poder político impone constantemente informaciones que son lo opuesto de la verdad.

Por que subraya: "en Estados Unidos"?

Porque los americanos tienen la eterna exigencia de la tranquilidad interna y del enemigo externo. Aman las mentiras consoladoras. Pero sé perfectamente que se trata de algo que puede referirse a todo el mundo.

Usted sostiene que también la campaña del senador Joseph McCarthy fue utilizada para incentivar la militarización americana.

McCarthy actuó siguiendo un proyecto propio, pero lo dejaron actuar cuando resultó práctico. Como sucede a menudo con los que proclaman campañas moralizadoras, el blanco era un pretexto: sabía muy poco sobre el comunismo y le importaba aún menos.

En su libro, usted reserva a su abuelo, el senador Gore, un retrato muy positivo.

Fue una de las mejores personas que he conocido, y no veo por qué debería ocultar una evidencia de esa índole. De todos modos, no creo haber presentado un retrato negativo de Roosevelt o Truman. Sólo señalé algunos aspectos desconocidos de su personalidad, y expliqué algunos gestos en mi opinión deplorables. Sé bien qué tipo de negocios hizo el padre de Kennedy, sé que iba a cenar todas las semanas con el "capo" mafioso Sam Giancana, y no olvido la forma en que hizo ganar las elecciones a John, pero eso no me impidió ser amigo del Presidente.

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