UN PROYECTO DE NACION
PARA LA GENERACION DEL 2000.

Escribe Sergio Cerón, noviembre 2002


La generación del 80 se propuso, y lo logró, cambiar el país en corto tiempo. Lo hizo en no más de 20 años, a partir de una realidad precaria y con objetivos simples. ¿Cuáles fueron sus principales instrumentos?. Vocación patriótica y un gran esfuerzo, aplicado con coherencia y continuidad.

En apenas una generación, la Argentina pasó de la "civilización del cuero" a la civilización que se jactaba de ingresar a la era industrial y a contar, en 1913, con la primera línea de tren subterráneo de América Latina.

En 1984, uno de los talentos más lúcidos de la Argentina, Nicanor Saleño, sostenía que una sociedad como la nuestra, " que por diferentes motivos ha quedado rezagada en el ritmo del crecimiento, aun cuando se propusiera igualar el ritmo de las más avanzadas, no podría alcanzarlas a menos de lograr un ritmo de crecimiento superior al de aquéllas.

¿Y cómo conseguirlo? Mediante un proyecto claro, preciso y posible de país, en el que la palanca substancial es lograr un salto tecnológico, solamente alcanzable mediante una firme determinación compartida por los principales grupos y sectores de la comunidad nacional. Y cuando se preguntaba - como lo hacemos todos nosotros -de qué manera hacer posible lo necesario, moderna definición del arte de la política, recordó a esa generación de fines del siglo XIX, cuyo proyecto puede ser cuestionado en muchos aspectos, pero que nos dejó la enseñanza de que las grandes empresas históricas son posibles si media la determinación y el espíritu de lucha de un puñado de hombres que aspiran a dejar una huella de su paso por la historia.

¿Cuáles fueron los pasos que dio para convertir a la Argentina desarticulada, deprimida y desesperanzada de la crisis del 90, tan parecida a la actual, en el país floreciente y colmado de briosas esperanzas del Primer Centenario, en 1910?. Apenas 20 años. Lo que va desde la Guerra de Malvinas a la Argentina del "corralito y el "cacerolazo"...

Fueron estos:

1.- Clara conciencia política de la situación interna y de las limitadas perspectivas que ofrecía continuar las tendencias históricas que habían llevado al país a un callejón sin salida.

2.- Cabal conocimiento de la escasa relación con el resto del mundo, que transitaba el segundo ciclo de la Revolución Industrial, con la consecuencia de un completo aislamiento económico y cultural de la Argentina. Esos hombres comprendieron la realidad económica y la distribución del poder político mundial de la época y buscaron el ángulo de inserción de la Argentina en el mundo de comienzos del siglo XX. Donde, a nuestro juicio, se equivocaron es en aceptar un proyecto de absoluta dependencia de los intereses imperiales británicos, sin advertir que entraba en un cono de sombras y que los intereses nacionales apuntaban a un modelo de substitución de importaciones para crear una vía de acceso a la instalación de la Argentina entre los países en trance de desarrollar una sana estructura industrial.

La famosa polémica de 1876 de Carlos Pellegrini y Vicente Fidel López contra los grupos que auspiciaban un modelo agroganadero exportador de materias primas, había concluido con el triunfo de los intereses vinculados a la City londinense.

Una polémica similar se entabló al término de la Primera Guerra Mundial entre industrialistas y agroganaderos, con los mismos resultados: la destrucción de las plantas industriales levantadas a partir de la imposibilidad de importar artículos manufacturados desde los países centrales.

3.- De todas maneras, mientras Inglaterra seguía dominando los mercados internacionales, la Argentina dio un enorme salto cualitativo en cuanto a desarrollo económico, basado en tres líneas estratégicas primordiales: la promoción del "progreso", la ocupación de las tierras del interior desierto y la educación popular.

Un país que pretenda emerger debe tener un proyecto nacional y saber concretarlo. El paso elemental para alcanzar un objetivo debe comenzar por definirlo con claridad y perfilar sus metas intermedias. Es preciso conocer la realidad en que se vive, para saber de qué se parte y con qué se cuenta; analizar el proceso histórico, porque de él surgirá la tendencia del momento real y los valores antropológicos, étnicos y culturales, y las costumbres y tradiciones, valores que gravitan esencialmente, porque en función de ellos se estructurarán todos los demás. Hay que injertar la acción dentro del contexto concreto en que se tiene que actuar. Y, además, conocer con exactitud el ángulo de inserción que nos ofrece el mundo, para aprovecharlo al máximo, sin arriesgarse a sobrepasarlo. Los objetivos estratégicos son permanentes, las circunstancias tácticas obligan a encarar los cursos de acción con sabiduría y prudencia.

En los proyectos nacionales, lo que sobresale es la calidad del grupo humano conductor. Lamentablemente la historia humana y nuestra propia y desgraciada experiencia nos indican que la mayoría de los políticos que llegan al poder no tienen ningún objetivo, ni metas diseñadas con anterioridad en base a estudios serios, carecen de las bases de los conocimientos sistemáticos y ordenados sobre las esencialidades políticas, económicas y sociales, actúan con posturas que buscan el rédito personal y generalmente venden en envase de lujo una interioridad paupérrima.

La Argentina está pagando caro el pecado de haber permitido que los estratos inferiores de la clase política hayan llegados a dominar las estructuras de poder en los últimos veinte años. Lapso en el que se produjo un creciente deterioro de la dirigencia nacional que abarca no solo a la política, sino al empresariado, al gremialismo y a las elites culturales. Todo se ha degradado sin solución de continuidad hasta tocar el fondo de la anarquía y acercarnos al borde del abismo del caos.

Hombres sin conocimientos, sin vocación de grandeza, carentes de espíritu nacional y de solidaridad social, víctimas y a la vez victimarios de un sistema de abyecta sumisión a voluntades e intereses extranacionales, pretenden aferrarse a la ilusión de un poder que se ha diluido hasta convertirse en una proyección virtual. Ajenos a la realidad de un país con más del 40% de población sumida bajo la línea de la pobreza, rodeados de potencialidad que desconocen y que no saben como movilizar, caminan torpemente el ring como un boxeador magullado y sin reflejos que no acepta la necesidad de abandonar el cuadrilátero. Son "zombis", muertos en vida, a los que sólo resta extenderles el certificado de defunción.

No es necesario entrar en sesudos análisis ni hondas consideraciones para juzgarlos. Basta con la eterna sabiduría del Evangelio: "Por los frutos los conocereis". Los frutos están a la vista: miseria, desesperanza, violencia social, marginación de los pobres, pauperización de una clase media que todavía a fines de los sesenta alcanzaba a ser más del 40% de la población nacional, destrucción de la estructura industrial, desguace de los centros e institutos científicos y tecnológicos, diáspora de profesionales, investigadores y jóvenes con espíritu de iniciativa. ¿Hace falta agregar algo más?

¿Cuál es nuestra posición actual? Al igual que la generación del 80 vista por Saleño, tenemos tal vez la más clara y extendida percepción de la imposibilidad de continuar las tendencias históricas que nos han traído a un nuevo callejón sin salida. Sabemos que cambiar esas tendencias es absolutamente imposible si una nueva clase dirigente no surge de las entrañas de nuestra población. La anterior está definitivamente superada y desprestigiada; no es una clase dirigente, apenas una asociación ilícita.

También tenemos la cabal comprensión de que el desconocimiento del mundo exterior en su compleja trama de intereses geopolíticos, económicos y culturales, nos impide desplegar una estrategia de inserción global que sirva a nuestros propios intereses nacionales. La consecuencia de esa ignorancia ha sido hasta ahora buscar la sumisión incondicional a los grupos financieros internacionales, como un proyecto que sólo sirvió para enriquecer a un sector minoritario del país a costa de la degradación espiritual, moral, cultural y física de la enorme mayoría de los argentinos. Por último, existe la percepción de que en el mundo de la globalización hay un espacio para insertarse sin renunciar a la dignidad y a la patriótica ambición de convertir a este territorio poblado que es la Argentina en una Nación que ofrezca a todos sus hijos la posibilidad de adherir a un destino compartido en el ámbito de lo universal. La Argentina tiene una misión providencial que cumplir. Muchos sentimos en lo más hondo del corazón que es así y la historia está ahí, a nuestro alcance, para corroborarlo. La gesta libertadora de San Martín nos lo recuerda. La lucha por Malvinas, prescindiendo de la polémica sobre la intencionalidad de la decisión del gobierno militar, es un episodio de gallardía y de coraje que fue asfixiado por la conspiración del Imperio exterior y de los colaboracionistas de adentro.

Existe una impactante analogía entre este episodio y la gloriosa derrota de la Vuelta de Obligado en 1845, cuando los cañoncitos de bronce de Juan Manuel de Rosas, enfrentaron a la tecnología bélica de avanzada de la época, esgrimida por las escuadras de Inglaterra y Francia, las dos mayores potencias mundiales. Durante más de un siglo se tendió un velo de silencio sobre el heroico combate en defensa de la soberanía y la honra de los argentinos. Los mismos políticos y los mismos periodistas al servicio del Imperio denostaron el empeño de defender nuestros ríos interiores, clamando contra los "locos" que se atrevieron a enfrentar a los países que representaban el "progreso" y la "civilización". Sin reparar que Gran Bretaña había declarado cinco años antes la guerra al emperador de la China, por el delito de prohibir el uso del opio que diezmaba a sus compatriotas. Opio que los mercaderes ingleses hacían cultivar en la India y vendían con enormes provechos a los chinos.

La globalización no es intrínsecamente buena ni mala. Es un instrumentos; depende de con qué fin se la utilice. No debemos enfrentarla; debemos aprovecharla en la medida del ángulo real de inserción que ofrece a nuestro país. Para lo cual es necesario armar equipos de trabajo en cada área, al servicio de los objetivos de la Estrategia Nacional.  En una sociedad de organizaciones, de instituciones sociales, el poder y las decisiones están descentralizados y los individuos se sienten protegidos por esta diversidad de finalidades que, supone, actúan para el bien común.

El gobierno funciona como institución central en la sociedad de organizaciones. Es el órgano que expresa la voluntad y la visión común; el que permite que cada organización haga su propio y mejor aporte a la sociedad y al ciudadano, pero expresando creencias y valores compartidos.

En una sociedad pluralista la respuesta a la diversidad no es la uniformidad, es la unidad.

Uno de los grandes pecados de la globalización salvaje es la destrucción paulatina de las instituciones sociales, desde la familia hasta las religiones, los gremios y las organizaciones de la producción. Con el pretexto de que esas instituciones actuarían como corporaciones restrictivas del derecho individual, en realidad se ha convertido al ciudadano en un átomo disperso, aislado de todo sistema, indefenso y marginado. Los sabios autores de fábulas, que se expresaban a través de las parábolas, nos advertían hace siglos contra ese tipo de libertad que proclama la igualdad del zorro y de las gallinas y elimina el vallado que separa a las víctimas de su victimario. Resultado: cada vez hay más zorros bien alimentados y cada vez hay menos gallinas con vida.

A este aspecto debemos añadir que en nuestro país el sistema de conducción de la política de Estado muestra desde hace demasiado tiempo poca nitidez en los fines y roles difusos y no delimitados; es frecuente que se haga de los fines, medios, y de los supuestos medios, verdaderos fines. A menudo por ineptitud; a veces por efectos de una corrupción que se ha generalizado.

Hoy, para desplegar los lineamientos esenciales de un proyecto de país hemos de tener en cuenta que la economía internacional del siglo pasado se ha transformado en las recientes décadas en economía mundial. Una economía moderna es por tanto aquella que puede producir con tecnología moderna productos que puedan competir en los mercados, tanto internos como externos.

El desarrollo de una economía, para ser dinámica y poder adecuarse a un ritmo de crecimientos sostenido, debe apoyarse en la utilización de las tecnologías más eficientes disponibles en el mercado mundial. La Argentina debe orientarse a acortar distancias, a cerrar la brecha con los competidores relativamente más avanzados. Pero es de esencial importancia que una clara estrategia de inserción económica nos lleve a determinar cuáles son los "nichos" industriales en lo que podemos encontrar adecuada respuesta. Como lo han hecho Suecia en lo referente a aceros especiales y a transmisión de electricidad a grandes distancias, Finlandia en la tecnología de las comunicaciones telefónicas celulares o la India en la creación de varias generaciones de ingenieros en informática que producen y exportan software a países centrales.

¿Cuáles son los sectores de nuestra economía que nos ofrecen las posibilidades de competir a nivel mundial? Seguramente muchos argentinos no encontrarían una respuesta inmediata.

Podemos señalar tres que están en condiciones de movilizarse en relativamente corto plazo en la medida que resolvamos el problema de una conducción política eficiente, transparente y confiable. Lo que implica un cambio raigal de la clase dirigente en todas sus expresiones; la actual está irreversiblemente agotada y perimida.

º ALIMENTACION:
Peter Drücker, hace varias décadas anticipó que "la agricultura se ha convertido en la actividad más productiva, la que requiere inversiones intensivas de capital, la más altamente mecanizada y, en conjunto, la más "industrial de todas las industrias modernas", con un elevado insumo de conocimientos científicos por unidad de producción. La experiencia argentina de la última década del siglo XX corroboró esa aseveración al producir cosechas históricas récord y al introducir, en el caso de la soja, un creciente valor agregado y convertir al país en el principal exportador mundial de aceite. Algo que la historia nos ha enseñado es que nunca dejamos de vender nuestra producción agraria, sean cuales fueren los volúmenes exportables y a pesar de la deslealtad de las naciones centrales que violan constantemente, en detrimento de la periferia económica, su lema de libertad de comercio al imponer subsidios y aranceles en defensa de su producción rural. Además de nuestras ventajas comparativas iniciales, convertidas en ventajas competitivas por la incorporación de tecnología moderna en el agro, contamos con recursos ictícolas – en trance de depredación por las flotas internacionales - , la posibilidad de desarrollar intensivamente la acuicultura (Chile ofrece un ejemplo con la cría del salmón) y de generar espacios para la exportación mediante la producción de especies frutihortícolas de demanda internacional, aprovechando las favorables condiciones para los cultivos ecológicos, que demanda en especial el hemisferio norte .

El sector agroindustrial debe ser utilizado como un propulsor del desarrollo de las distintas regiones del país. No puede limitarse a la obtención de más carne, cereales u oleaginosas, sino asignar roles productivos específicos y complementarios a las diversas regiones, para crear una fuerte industria exportadora de bienes terminados, localizada en distintos puntos del territorio, de manera tal que se conforme una verdadera trama integrada por el desarrollo sectorial y territorial.

Un proyecto de esta índole exigirá incorporar a la producción intensiva tierras disponibles en las áreas semiáridas y áridas. Mediante el riego procedentes del Proyecto de Canalización del Bermejo y los estudios para llevar agua del Paraná, mediante una red de retrocanales, alimentados por bombas movidas por la energía hidroeléctrica de Yacyretá en las horas de descenso de la demanda, se movilizará la riqueza dormida del Chaco Gualamba, alrededor de 11 millones de hectáreas de tierras prácticamente vírgenes de Salta, Formosa, Chaco, Santiago del Estero y Santa Fe. La obras de infraestructura, la creación de modernas explotaciones agrarias y la radicación estratégica de agroindustrias exportadoras generarán una explosiva demanda de mano de obra en una de las regiones más deprimidas de la Argentina..

Este solo objetivo constituye un apasionante desafío para convocar a una gran empresa de proyección nacional, que estimule la imaginación y la fe de los argentinos en su capacidad de labrar su propio destino.

A la vez hemos de depositar nuestras expectativas en la Patagonia, a la que no acabamos de incorporar de manera definitiva al espacio nacional. Urge la construcción de una red ferroviaria que una la costa atlántica argentina con los puertos de aguas profundas de Chile y enlace transversalmente los valles de la subcordillera andina que, en conjunto, tienen la misma superficie y similar potencialidad productiva que Suiza, además de facilitar la promoción de la gran minería, mantenida hasta hora como una de las zonas de reservas más prometedoras del planeta.

Otra posibilidad es la producción intensiva de variedades de peces y algas en ríos, lagunas y lagos, como también incentivar la siembra y cultivo de especies valiosas, sobre todo moluscos y crustáceos, en nuestro mar. Existen una fuerte y creciente demanda y los precios compensatorios a tales esfuerzos.

El reto de crear una moderna industria de avanzada con capacidad de comercialización agresiva, nos lleva a adaptar tecnología en un primer escalón y, luego, apelar a la de los institutos de investigación en ciencia y tecnología, donde el país cuenta con un importante capital humano.

º ENERGIA:
Una de las tareas prioritarias para desplegar los objetivos de un proyecto nacional es la localización y cuantificación de las fuentes de energía, aún desconocidas en su variedad y virtual importancia por la mayoría de la población.

  • Hidrocarburos: el Estado debe encarar la celosa administración de los yacimientos de petróleo y gas dados en cesión temporaria a empresas extranacionales y encarar una pujante exploración del territorio nacional para localizar nuevos mantos. Será preciso reafirmar la propiedad inalienable de los bienes del subsuelo por parte de la Nación. Debido al carácter de bienes no renovables, la Argentina deberá desplegar una política de atesoramiento de las reservas de hidrocarburos, con el propósito de disuadir su uso como combustibles y, en cambio, privilegiar su calidad de insumos industriales aptos para generar alto valor agregado por medio de la petroquímica y sus industrias derivadas (plásticos, abonos, pesticidas, fibras textiles y otras). Habrá de prestarse especial atención a las posibilidades que ofrece la plataforma continental submarina en materia de petróleo, gas y nódulos minerales. Añejos estudios realizados en Estados Unidos y Gran Bretaña, cuya actualización es imperiosa, hablan de la potencial existencia de hasta 200 mil millones de barriles de petróleo y gas equivalente en la cuenca austral marítima.

Como consecuencia de la política de promoción del uso del gas, ha surgido una industria nacional para la fabricación de equipos vinculados con su uso como combustible – compresores, motores para automóviles - que deberá ser apoyada para convertirse en una fuente interesante de exportaciones.

  • Hidroelectricidad: Existen numerosos proyectos para la producción de hidroelectricidad en las cuencas fluviales del país, en especial en el sistema Paraná-Río de la Plata. Deberán ser actualizados en función de las consecuencias que eventualmente puedan tener sobre la ecología del territorio nacional. La Cuenca del Río Santa Cruz, con un potencial estimado en 3 millones de kilovatios de capacidad instalada será tenida en cuenta en el contexto de una dinámica política de incorporación de esa región al espacio nacional. En acuerdo con las provincias, el Estado nacional promoverá la instalación de mini y microturbinas hidroeléctricas en las zonas montañosas del país, a las que no lleguen las redes eléctricas interconectadas para promover el desarrollo local y el asentamiento poblacional.
  • Nucleoelectricidad: es un despropósito económico la paralización de las obras de Atucha II, cuyo mantenimiento resulta varias veces más costoso que poner en marcha la central. La experiencia de nuestros científicos y técnicos y la tecnología utilizada en las centrales a uranio natural, hacen abrigar la certeza de la conveniencia de culminar esas obras y sumar una usina de base al sistema interconectado. Esa capacidad energética es un seguro ante la demanda del futuro desarrollo industrial del país y, mientras, permitiría el ingreso de divisas por la venta a los países vecinos del equivalente de energía generada. En el marco de una política de desarrollo regional, en zonas alejadas de los grandes centros industriales, deberá actualizarse el proyecto CAREM de la firma INVAP (mini-reactor modular de 50 MW, autorregulable, capacitado para generar energía, desalinizar agua y calefaccionar pequeñas ciudades). Sus características lo hacen apropiado para ser un nodo de desarrollo en zonas carentes de vías de comunicación adecuadas y con escasa densidad demográfica, pero dotadas de potencialidad económica, como en el caso de grandes yacimientos mineros.
  • Energía eólica: la Argentina es una, sino la mayor, fuente de energía eólica del mundo. en función sobre todo del régimen de vientos de su región patagónica. Expertos europeos, en especial españoles y alemanes, la consideran la más rica zona de reserva de energía eólica con capacidad para generarla y transportarla a larga distancia. Posee la inigualable ventaja de ser inagotable y de bajo costo de producción, con un alto porcentaje de amortización de la inversión en equipos. Un nuevo equipo diseñado y producido en el país, a nivel de experiencia piloto por INVAP, en Bariloche, duplica actualmente la eficiencia de los conocidos hasta ahora, con la posibilidad de llegar a quintuplicarla. El sistema ha sido patentado y permitiría exportar energía y equipos industrializados en el país. Expertos internacionales aseguran que la Argentina cuenta, en este campo, con una capacidad energética que la convertiría en un Kuwuait del siglo XXI. El diseño argentino, bautizado "cosechadora de vientos", utilizado a nivel industrial permitiría alcanzar múltiples propósitos: 1) producir energía eléctrica. 2) desalinizar agua para utilizar las napas salobres de la Patagonia para la producción agropecuaria y 3) producir hidrógeno por electrólisis a costos competitivos; importantísimo logro, en vista de que es considerado el combustible del futuro inmediato.

El régimen de vientos de la Patagonia, extrapolando estudios realizados en el Medio Oeste norteamericano, permitiría asegurar una capacidad de generación eléctrica del orden de 200 mil megavatios de potencia instalada, equivalente, grosso modo, a 600 usinas nucleoléctricas como Atucha. Una reserva de enorme perspectiva de energía renovable y no contaminante.

  • Bioenergía: la utilización de la biomasa, de origen vegetal y animal, para la producción de biodiesel y de gas metano, es otro de los recursos de que dispone el país en cantidades considerables. Es una energía renovable, poco contaminante y competitiva.

º CONOCIMIENTO:
En 1956,cuando la India era una de las naciones más atrasadas de la Tierra, Jawaharlal Nehru, su líder político, dijo..."es tan sólo mediante el avance tecnológico que habremos de crecer y convertirnos en una nación próspera y rica, no hay otro camino..." Hoy centenares de miles de científicos y técnicos indios trabajan en sus laboratorios e industrias y ocupan lugares de relevancias en los países más avanzados. No obstante su desarrollo en ciencia básica y la calificación de sus trabajadores, la Argentina nunca se empeñó en un esfuerzo científico y de investigaciones similar al de la India. Carece de capacidad para desarrollar tecnología de forma global y para formar cuerpos de científicos numerosos; sin embargo, goza de la posibilidad de convertirse en uno de los polos de investigación científica. Para lo cual se requiere de una estrategia basada en tres ejes: 1) consolidación de los institutos científicos agrupados en las universidades, el CONICET, la Comisión Científica y Técnica de las Fuerzas Armadas, el INTI, el INTA, la Comisión Nacional de Energía Atómica, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales y el polo tecnológico de Bariloche, agrupado en torno de la empresa INVAP y el Instituto Balseiro; 2) fortalecimiento de las instituciones de enseñanza superior, 3) impulsar la aplicación tecnológica en la industria y la agricultura.

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