En el claroscuro de las encuestas.
Realidad clara, analistas confundidos .

La realidad nunca es confusa. Los que sí pueden ser confusos son los análisis de la realidad. Pero no hay que echarle la culpa a la realidad: la confusión no está en ella, sino en la mente de los analistas.

A sólo seis semanas del 27 de abril, existe un lugar común bastante generalizado dentro del gobierno y entre los analistas políticos argentinos que consigna que el panorama electoral es altamente confuso. Hay aquí un grave error de concepto. La realidad nunca puede ser confusa. Siempre está a la vista. La confusión no reside en la realidad, sino en la mente de los analistas. Los jeroglíficos egipcios estuvieron esperando durante siglos que alguien, que en definitiva fue Champollion, diera con la clave para develar su significado.

Una primera pista sobre el estado de la situación reside en la percepción de los principales protagonistas. Carlos Menem es el único candidato presidencial que asegura que habrá de ganar en la primera vuelta. En cambio, tanto Elisa Carrió, como Adolfo Rodríguez Sáa y Néstor Kirchner, en este último caso secundado por Eduardo Duhalde, coinciden en sostener que disputarán con Menem la segunda vuelta. Una primera conclusión es que, equivocados o no, los distintos rivales de Menem parecen verse compitiendo entre sí por alcanzar el segundo puesto en el primer turno electoral, con la expectativa de dar vuelta ese resultado tres semanas después.

El segundo elemento de análisis surge de la percepción de la propia opinión pública. Porque las mismas encuestas de opinión reproducidas por los medios periodísticos, que arrojan resultados extraordinariamente disímiles entre sí en materia de intención de voto para los distintos candidatos presidenciales, hasta el punto de despertar múltiples suspicacias de todo tipo, coinciden en señalar que una notoria y creciente mayoría de los entrevistados visualizan como ganador a Menem.

El tercer elemento de juicio puede extraerse de la experiencia histórica reciente. En la Argentina nunca hubo necesidad de una segunda vuelta. El sistema de "ballotage" se estrenó hace exactamente treinta años, cuando el gobierno de Alejandro Agustín Lanusse, empeñado en impedir a toda costa el retorno de Perón y el regreso del peronismo al poder, imaginó que ese mecanismo, impuesto en aquella oportunidad a través de una enmienda constitucional, posibilitaría que en la segunda vuelta confluyeran los votantes de las fórmulas no peronistas alrededor del candidato radical. Sin embargo, el 11 de marzo de 1973 Héctor Cámpora obtuvo el 49% de los votos y Ricardo Balbín, que había llegado al 21%, optó por abandonar antes de la segunda vuelta.

Lo mismo ocurrió en las otras dos elecciones presidenciales en que se implementó este sistema, introducido definitivamente con la reforma constitucional de 1994 en virtud de la reconocida tenacidad política de Raúl Alfonsín. En las elecciones del 14 de mayo de 1995, toda la estrategia del FREPASO consistía en especular con que Menem no triunfaría en la primera vuelta y que José Octavio Bordón podría imponerse en el segundo turno con el respaldo del electorado radical. En los comicios del 30 de octubre de 1999, cuando todas las encuestas otorgaban una nítida ventaja a Fernando De la Rúa, el comando de campaña de Eduardo Duhalde también imaginaba la posibilidad de forzar una segunda vuelta en la que, con el apoyo de Domingo Cavallo, el gobernador bonaerense podría superar a la fórmula de la Alianza.

El cuarto parámetro significativo puede extraerse de la experiencia electoral latinoamericana. Un estudio realizado por Rosendo Fraga sobre las elecciones realizadas con el sistema del "ballotage" en América Latina desde 1979 indica que la diferencia de votos existente entre el primero y el segundo de los candidatos en la primera vuelta es decisiva en el resultado del segundo turno. Nunca ganó en el segundo turno un candidato que hubiera perdido por más de siete puntos porcentuales en la primera vuelta.

Explica Fraga que, durante los últimos veinticuatro años, hubo en América Latina 42 elecciones presidenciales con el sistema de doble vuelta. En 19 de esas oportunidades, el ganador se impuso en el primer turno. De los 23 casos en que hubo necesidad de una segunda vuelta, en 16 ocasiones ganó el candidato que había cosechado mayor cantidad de sufragios en el primer turno. En las siete veces en que ganó el postulante que había alcanzando el segundo puesto en la primera vuelta, la diferencia de votos revertida fue siempre inferior a la de tres puntos porcentuales.

La única excepción a esta regla fue el triunfo de Jorge Battle en las elecciones uruguayas de 1999, cuando revirtió una desventaja de siete puntos, aunque en este caso existía un compromiso político previo entre el Partido Colorado y el Partido Blanco de respaldar en la segunda vuelta al candidato que en definitiva dirimiría el poder con el Frente Amplio.

Como sucedía antes de Champollion con los jeroglíficos egipcios, los datos están todos a la vista. Hace falta atreverse a mirarlos de frente para poder entenderlos y armar el rompecabezas. Menem es el único candidato que se ve a sí mismo como ganador en la primera vuelta. La mayoría de la opinión pública lo visualiza como el futuro presidente. Carrió, Rodríguez Sáa y Kirchner pelean entre sí para salir segundos y competir con Menem en la segunda vuelta. En la Argentina nunca fue necesaria una segunda vuelta. Y en América Latina, cuando la hubo, jamás triunfó un candidato presidencial que en el primer turno hubiera perdido por más de siete puntos. Si a esto se le llama confusión, habría que preguntarse qué se entiende por claridad, al menos antes del escrutinio.

Jorge Castro , 16/03/03

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