El mundo y los criterios de política exterior

por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado


El manejo de la política exterior es siempre obra humana, de ahí que, pese a sus dimensiones, cabe detectar en ello ciertos vicios y caprichos que acompañan al individuo desde que la infinita e ingenua bondad de la Providencia lo colocó sobre la tierra. Acaso el modelo de "nuevo rico" sea uno que, como un sayo, viste a los gobernantes cuando disponen de ingentes recursos financieros y militares. El poder excesivo produce "empacho", una indigestión tozuda que, comenzando por un déficit en la aptitud estomacal para digerir más allá de la medida, culmina perturbando, a veces peligrosamente, el conjunto del sistema orgánico. El hígado se intoxica y, a veces, también, las neuronas.

Es el caso que el "nuevo rico" padece incapacidad de control sobre sus impulsos y, ya que le sobra el dinero, para superar las ansiedades y también las angustias de su apuros neuróticos o de su inmadurez, se lanza a invertir irresponsablemente, a derrochar potencias y, sobre todo, a no prever las consecuencias. Porque el dinero malgastado siempre es un costo para alguien paga aunque no sea el mismo que lo malversó. Con el poder de las naciones ocurre algo similar. Le pasó a Enrique de Navarra cuando su brillante ministro de economía, el duque de Sully, le advirtió respecto a que, aún habiendo mucho en caja, no era cuestión de hacer guerras más allá de lo indispensable. Y Luis XIV comenzó su declinación luego que despachó a J.B. Colbert, el economista que le había brindado grandes ingresos al Estado y que era el único que, en forma directa, notificó al soberano de que "la plata se puede acabar". ¿George W. Bush es un pródigo...? Hay que releer al historiador Paul Kennedy ; sin perjuicio de algunas de sus rectificaciones, lo dicho, dicho está.

A pesar de que, como se dijo en una nota anterior, el régimen de Washington cuenta con determinadas razones a su favor (seguridad, petróleo, etc.), todo indica que está haciendo las cosas bajo la presión de un "empacho". Un caso que, por su dimensión y efectos probables, no se soluciona con un te de "paico". Es que el exceso de medios produce otro fenómeno psicológico: se siente y se sufre la urgencia de las soluciones inmediatas o directas. Y eso lleva a no tener en cuenta que la política exterior de una superpotencia tiene derivaciones hacia el resto del mundo. Si no hay prudencia termina introduciendo el caos y la desorientación allí donde la humanidad tiene derecho a contar con un "orden internacional" que, si no le asegura la justicia al menos le garantice la paz. Algo que no se arregla con la filosofía de "porque puedo hago lo que quiero". Puesto que eso convierte a la conducción del imperio en un caso más de tilinguería, como algunos de los que da cuenta la historia contemporánea. Lo demostró Sadam Husseim cuando, por atropellado, invadió Kuwait y seguidamente se empachó de soberbia, un pecado al que San Agustín supo denominar "la vanidad de las bestias". Según dicen.

Los aciertos en la "gran estrategia" con que Estados Unidos resolvió cuestiones fundamentales de la última postguerra mundial, tanto en Asia como en Europa, contrastan con lo que viene ocurriendo a partir, por lo menos, desde que se comprometió directamente en la guerra de Vietnam. Fue en la "era de los Kennedy", que reemplazaron la "política" por la "teoría de juegos" bajo el imperio intelectual de la patota de Harvard que lideraba el hermano menor; así resolvieron el caso de los misiles rusos instalados en Cuba en 1962. Todavía siguen escribiendo libros y haciendo películas para probar que ellos ganaron donde perdieron; y más perdieron los latinoamericanos luego que Washington se juramentó a no molestar a los barbudos de Fidel y asociados y les dejó mano libre para hacer el barrido revolucionario en esta parte del mundo, y también en Africa. Para justificar lo cual sirvió la fabulación de la tercera guerra mundial, una hipótesis que contradice absolutamente lo que, de 1917 en adelante, siempre fue la acción exterior de Moscú. Si pelearon con Alemania en 1941 se debió a que fracasó el apaciguamiento practicado con Hitler; además lo de Cuba fue en plena "coexistencia pacífica" (la violencia por otros medios y a través de otros actores) Y esto vale, asimismo, para la crisis de Berlín. Pero todo lo cubrió el pánico que la propaganda sembró respecto a una catástrofe atómica y que ahora repite el sociólogo y ex presidente brasileño Fernando H. Cardoso.

Ahora bien, la "teoría de juegos" (actuar en función de lo que imagino que hará o hace el otro) reconvertida de técnica para la competencia comercial en recetario estratégico viene dando un fruto original que afea sus virtudes. Quinta esencia de la diplomacia en el manejo de crisis, se asoció con la transferencia al "uso civil" de los criterios y pautas de la estrategia militar en su dimensión táctica. Una costumbre esta última de que el general André Beaufré se ocupó en uno de sus libros. Cuando la estrategia sustituye a la política toman prioridad valores ejecutivos como la eficacia y estratagemas como ‘el enemigo de mi enemigo es mi amigo’. Los juegos son normalmente tácticos, golpe por golpe; o sea batalla por batalla; de ahí que en el deporte la lógica suele estar ausente en los resultados finales.

Si esto se traslada a la política internacional y frente a las crisis se dan soluciones de coyuntura sin preocuparse por lo que Edgar Morin llama la "contextualización" se incurre en un pensamiento coyuntural y se deja de lado la dimensión "compleja" que computa todos los elementos actuales y futuros previsibles, internos y externos. Tal lo que viene haciendo la superpotencia que parece haberse quedado sin gran estrategia y, en su reemplazo, actúa solamente con criterios tácticos. Combate por combate. De ahí que fabrica amigos y enemigos según la ocasión y, al día siguiente, de cada batalla al enemigo lo hace amigo y al amigo lo convierte en enemigo. Y que el mundo se haga cargo de los costos. Sobre esto basta pensar en Panamá, Afganistán, Iran, Irak y los que vendrán. Se explica de tal modo la impotencia de la superpotencia para construir un orden internacional que siempre será mejor que el desorden en que nos debatimos los humanoides (humanos sin humanismo). Acaso por eso hay tanta gente marchando por las calles de la civilización para clamar por la paz aunque eso le haga creer a Sadam de que Alá está de su parte.

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