EL OBJETIVO ESTRATEGICO DE LA GUERRA DE BUSH CONTRA SADAM HUSSEIN

escriben
Luis Fernando Calviño y Víctor Eduardo Lapegna

Buenos Aires, marzo 2003

La guerra que Estados Unidos y una alianza en la que destacan Gran Bretaña, España y Portugal se apresta a lanzar contra el régimen de Saddam Hussein, busca los objetivos tácticos de terminar con la dictadura de Irak por sus vínculos con el terrorismo y para evitar que llegue a usar por sí o transfiera a grupos terroristas las armas de destrucción masiva que viene ocultando a los inspectores de las Naciones Unidas.

El objetivo estratégico de esa guerra preventiva contra el régimen de Bagdad, el mismo que antes inspiró el derrocamiento del régimen de los talibanes en Afganistán, es crear un nuevo sistema internacional que tiene entre sus notas principales extender a todo el mundo el sistema de democracia política y economía libre, incluyendo a los países de mayoría islámica.

Esa intención, expuesta en diversos documentos y declaraciones del gobierno de George Walker Bush, también fue mencionada en el discurso de declaración de guerra al terrorismo en respuesta a los atentados del 11 de setiembre, que el presidente de Estados Unidos pronunció ante el Congreso y en el que dijo que existen "demandas no negociables de la dignidad humana: el imperio de la ley; los límites del poder del estado; el respeto a las mujeres; la propiedad privada; la libertad de expresión; la justicia equitativa y la tolerancia religiosa" y que "ninguna nación es dueña de estas aspiraciones ni ninguna nación está exenta de ellas".

La búsqueda de ese objetivo estratégico expresa el nuevo paradigma que signa la política internacional de Estados Unidos a partir que los republicanos de Bush reemplazaron a los demócratas de Bill Clinton en la Casa Blanca y se lo puede entender mejor trazando una somera descripción de las estrategias con las que Washington afrontó la Guerra Fría.

Las estrategias de Washington en la Guerra Fría

En la inmediata posguerra, sobre todo durante la administración republicana que Dwight Eisenhower presidió entre 1952 y 1960, Estados Unidos combatió la Guerra Fría contra la Unión Soviética a través del despliegue de una estrategia de ofensiva, signada por acciones e iniciativas con las que buscaba alcanzar la victoria. La guerra de Corea, la intervención en el derrocamiento de los gobiernos prosoviéticos de Jacobo Arbenz en Guatemala y de Mossadegh en Irán fueron algunas de esas iniciativas que se complementaban con posiciones diferenciadas de las ambiciones coloniales de las potencias europeas, como las que adoptó Washington en la crisis del Canal de Suez. Esa política internacional era aplicada por el secretario de Estado, John Foster Dulles y encontraba apoyo en la conducción de la CIA que ejercía su hermano, Allen Dulles. En el ámbito interno, esa firme ofensiva contra la URSS se expresaba en una política anticomunista, cuyas posturas más extremas se expresaron en la campaña llevada a cabo por el comité senatorial que presidía Joseph Mac Carthy.

El triunfo de los demócratas en las elecciones de 1960, que llevó a Washington a la fórmula que integraban John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, produjo un cambio de paradigma en la estrategia de Estados Unidos en la Guerra Fría, que iba a extenderse los siguientes 20 años. El nuevo paradigma se propuso buscar el equilibrio y la estabilidad en las relaciones internacionales en general y en la confrontación con la URSS en particular y esa orientación establecida en Washington fue funcional a la "coexistencia pacífica", que fue la denominación adoptada por la estrategia soviética post - stalinista en la Guerra Fría, fijada a partir del XXII Congreso del PCUS que se realizara en 1960. La política internacional de todos los gobiernos que se sucedieron en Washington entre 1960 y 1980 mantuvo inalterado ese paradigma estratégico que, antes que alcanzar la victoria, buscaba evitar la derrota de Occidente en la Guerra Fría. Esa tendencia incluyó a las administraciones republicanas de Richard Nixon y Gerald Ford, cuyos principios de la estrategia internacional fueron definidos en gran medida por Henry Kissinger, declarado admirador de la estrategia de equilibrios que impuso en Europa el príncipe Metternich, a partir del Congreso de Viena de 1815. En los veinte años de aplicación de ese paradigma estratégico se produjo un constante avance de la Unión Soviética en el escenario internacional y el debilitamiento de Estados Unidos, que incluyó la crisis social, política y cultural que se extendió en la realidad interna de ese país entre la segunda mitad de la década de 1960 y la primera mitad de la de 1970, con expresiones que incluyeron la resistencia y oposición a la guerra de Vietnam, la expansión del consumo de drogas que pasó a ser un hecho cultural masivo y el surgimiento del movimiento "hippie" y de organizaciones extremistas como los Panteras Negras, los Minute Man o el Ejercito Simbionés de Liberación, que combatían con mayor o menor violencia a las raíces mismas del american way of life.

A partir de 1980, la victoria de la fórmula del partido Republicano que componían Ronald Reagan y George Bush (padre) modificó el paradigma que tuvo la estrategia de Estados Unidos entre 1960 y 1980 y retomó la línea de ofensiva y búsqueda de la victoria que había sido la característica de la política internacional en los dos períodos de Einsehower, bien que adaptado a las nuevas condiciones que existían en la década del ´80. Ese cambio se expresó en la decisión de la nueva administración republicana de aprovechar en plenitud las claras ventajas que tenía Estados Unidos respecto de la URSS en la innovación que los descubrimientos logrados por la revolución científica y tecnológica aportaban a todos los planos de la vida cotidiana. Esa decisión se plasmó en la estrategia de la Guerra Fría en el lanzamiento de la Iniciativa de Defensa Estratégica, denominada "Guerra de las Galaxias", que le permitió al gobierno de Reagan poner en evidencia la correlación de fuerzas por completo desfavorable a Moscú que existía en la confrontación y que condujo a terminar con el llamado "equilibrio del terror", que fue la base de la llamada "coexistencia pacífica", mantenido entre 1960 y 1980 en base a la certeza de la mutua destrucción que hubiera implicado el uso de los arsenales nucleares acumulados por las dos superpotencias. El cambio de paradigma también se reflejó en una política internacional de intervención activa de la Casa Blanca en diversos frentes con el objetivo de alcanzar la victoria en la Guerra Fría y también en la "revolución conservadora" de la administración Reagan, que en el frente interno tendió a restaurar los valores tradicionales de la cultura estadounidense.

Esos avatares en la política internacional de Washington tuvieron cierta correspondencia en el decurso político que se produjo en ese lapso en Gran Bretaña, el principal socio de Estados Unidos. Un ejemplo de ese proceso lo proporciona el periplo de Winston Churchill, quien había sido el más firme partidario de combatir a Adolfo Hitler y al régimen nazi con las armas desde 1033, antes que fortaleciera su poder, propuestas que fueron minoritarias hasta 1939, frente a la postura conciliadora con Berlín que tenía como su principal sostenedor a Neville Chamberlain. Con la anexión de Austria y la invasión a Polonia, Hitler mostró su escaso respeto por el Pacto de Munich que fue la obra de la conciliación de Chamberlain y provocó el estallido de la II Guerra Mundial. Sólo entonces Churchill fue elegido Primer Ministro y su voluntad y lucidez en la conducción política y militar de Gran Bretaña durante la contienda bélica tuvo una influencia de no menor importancia en la victoria de los Aliados. Pero en la inmediata posguerra Churchill volvió a ser minoría al proponer enfrentar con firmeza a la Unión Soviética, acompañando la estrategia de ofensiva del gobierno de Eisenhower en la Guerra Fría. Churchill fue reemplazado por el laborista Clement Attlee y desde entonces se sucedieron gobiernos conservadores (como el de Mac Millan) o laboristas (como el de Harold Wilson) que, por encima de sus diferencias circunstanciales, compartieron el paradigma de conciliación y debilidad frente a la Unión Soviética en la Guerra Fría presentado como la búsqueda de equilibrios y estabilidad en las relaciones internacionales. Esa orientación tuvo por resultado una creciente decadencia británica, que llegó a extremos tales como que el jefe de la contrainteligencia británica, que tenía por misión proteger al gobierno de Londres de la acción de Moscú, haya estado a cargo de un agente encubierto de la KGB soviética. Esa tendencia varió partir de la década de 1980, cuando Margaret Tatcher accedió a la casa del número 10 de la calle Downing – que es la sede en Londres del Primer Ministro – lo que implicó un viraje completo en la política interna e internacional de Gran Bretaña, a partir de aplicar los principios de la "revolución conservadora" que del otro lado del Atlántico llevaba adelante la administración Reagan.

Los resultados de la nueva política internacional adoptada por Occidente a partir de 1980, fueron la caída del muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991, expresiones de la victoria total y definitiva de los Estados Unidos y sus aliados en la Guerra Fría, logro debido a la aplicación del paradigma que asumieron entre 1980 y 1992 los gobiernos de Reagan y Bush (padre), con lo que quedó configurada una nueva realidad que aceleró la globalización financiera, productiva, comercial y monetaria, que es una de las características estructurales de esta nueva etapa de la evolución.

Los paradigmas estratégicos de Bill Clinton y George W. Bush en la post–Guerra Fría

En 1992, los demócratas volvieron a la Casa Blanca a través de la fórmula compuesta por Bill Clinton y Al Gore, quienes lograron una victoria electoral cuya explicación suele resumirse en la expresión "es la economía, estúpido", atribuida a Clinton.

Precisamente, en el plano económico, la nueva administración demócrata adoptó como propias y aplicó la mayor parte de las propuestas que habían presentado en el Capitolio las bancadas legislativas de los republicanos, muchas de las cuales estaban contenidas en el llamado "Contrato con América", que Newt Gringrich, mentor de la "revolución conservadora", había presentado como base programática del Partido Republicano para el siglo XXI.

Las condiciones estructurales de la sociedad estadounidense, la victoria en la Guerra Fría que llevó a la disolución de la URSS y la solidez alcanzada por la economía norteamericana mediante la aplicación de aquellas políticas, condujeron a que en los últimos ocho años del siglo XX -que fueron los de los dos mandatos presidenciales de Clinton- Estados Unidos se consolidara como la única potencia militar de dimensión mundial y la principal potencia económica del orbe.

En los hechos quedó así establecido un sistema de poder internacional al que algunos denominan "unilateralismo global", que no tuvo ni tiene una correspondencia formal en organismos e instituciones que puedan ejercer una gobernabilidad capaz de establecer un nuevo orden internacional, acorde con la realidad del sistema de poder y el proceso de la evolución, que como quedó dicho, tiene como componentes estructurales básicos a la revolución científico – tecnológica y la globalización.

El mérito indiscutible del gobierno de Clinton fue conducir a que Estados Unidos aprovechara en plenitud las oportunidades que se le presentaban para consolidar sus preeminencia económica, pero en contraste con ese logro, durante su mandato se tendió a reinstalar en la política internacional de Washington el paradigma conformista, defensivo y de búsqueda del equilibrio que caracterizó al período 1960/80.

De hecho, en los ocho años del último mandato de los demócratas, Estados Unidos no llegó a asumir en plenitud las responsabilidades emergentes de su posición de liderazgo internacional dada por la realidad de su poder militar y económico.

Entre los resultados de esa posición cabe mencionar que no se produjeron avances significativos hacia la efectiva instalación en todos los países del mundo del sistema de democracia política y economía libre, que es una de las condiciones necesarias esenciales para que la capacidad de conocimiento - que pasó a ser el factor productivo decisivo en esta fase de la evolución – pueda desplegarse en todas sus potencialidades.

Es cierto que, dada su aventajada situación respecto del resto del mundo en el aprovechamiento de la capacidad de conocimiento como factor productivo decisivo de esta era, Estados Unidos va a poder obtener grandes ventajas de esa universalización del sistema de democracia política y economía libre.

Pero no es menos cierto que también se verían ampliamente favorecidos por ese proceso todos los pueblos en los que se instale ese sistema, que así podrían integrarse al mundo globalizado y salir de la situación de marginalidad y exclusión, que en este tiempo son las principales causas estructurales de la pobreza.

Con el retorno en el año 2000 del Partido Republicano al gobierno de Estados Unidos mediante la discutida victoria electoral alcanzada por la fórmula que integraron George Walker Bush y Richard "Dick" Cheyney, se reinstaló el paradigma de ofensiva que tuvo la política internacional estadounidense durante las presidencias de Reagan y Bush (padre).

Ese nuevo paradigma de la política internacional adoptado por la administración republicana marca una línea de ofensiva e iniciativa, que lleva a que Estados Unidos asuma en plenitud el liderazgo que dimana de su situación de poder y le lleva a buscar concretar uno de sus principales objetivos estratégicos que es instalar en todo el mundo del sistema de democracia política y economía libre.

Con sólidas razones, la Casa Blanca considera que la vigencia de ese sistema es la mejor garantía para que todas las personas puedan ejercer en plenitud los derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad, que son propios de toda creatura humana y deben tener plena vigencia para todos, aunque los modos de ejercerlos se adapten a las culturas específicas de cada pueblo.

El logro de ese objetivo estratégico de universalizar el sistema de democracia política y economía libre choca con los regímenes dictatoriales de Irak, Corea del Norte, Irán, Sudán y los sistemas de poder que rigen en buena parte de los países islámicos y la administración Bush parece decidida a remover esos obstáculos.

Esa decisión fue fortalecida por los atentados del 11 de setiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono, que condujeron a la declaración de guerra contra el terrorismo y mostraron la grave amenaza a la seguridad del mundo en general y de los Estados Unidos en particular que representan esos regímenes, en tanto pueden utilizar por sí o facilitar a los grupos terroristas el uso de armas nucleares, químicas y bacteriológicas de destrucción masiva.

Es cierto que el castigo a quienes hirieron gravemente el orgullo nacional y la búsqueda de la seguridad para el pueblo de Estados Unidos influyeron para que el gobierno de Bush haya declarado la guerra al terrorismo, se lanzara a perseguir a Osama bin Laden y su banda de Al–Qaeda, llevara a cabo la guerra fulminante que en Afganistán echó por tierra y puso en fuga a los talibanes que ocupaban el gobierno y ahora se apreste a concretar la acción bélica contra el régimen de Bagdad.

Pero, en contraste, es tan falsa como insostenible la teoría conspirativa que enarbolan las diversas viudas que dejó la derrota del comunismo en la Guerra Fría y que entre nosotros incluye, entre otros, a escribas como José Pablo Feinman y Miguel Bonasso, que pretenden caricaturizar a Bush al presentarlo como un cowboy primitivo y necio, animado por la obsesiva ambición de poseer el petróleo de Irak y en la que llegan a la desmesura de considerar al presidente de Estados Unidos como la reencarnación de Hitler.

En una reciente nota anterior[1] ya hicimos referencia a la tendencia de la evolución que permite anticipar que el petróleo, en no muchos años más, dejará de ser el factor predominante de la vida económica mundial, como sucedió con el carbón a inicios del siglo XX, lo que desnuda la falacia de la hipótesis según la cual Estados Unidos se lanza a la guerra contra Irak – con todas las consecuencias que esa acción implica - con el objetivo esencial de ejercer el control sobre el petróleo iraquí.

En la dura posición del gobierno de Estados Unidos respecto del régimen de Irak son factores reales pero secundarios hechos como la decisión adoptada por Bagdad en noviembre de 2000, que reemplazó al dólar por el euro en sus transacciones petroleras internacionales o la voluntad de que los países de Asia Central y sus grandes recursos energéticos dejen de ser una barrera de aislamiento, que traba un vínculo fluido entre Occidente y la revolución capitalista que está viviendo la República Popular China.

Pero importa reiterar que, a nuestro juicio, el objetivo estratégico esencial que persigue la política internacional adoptada por el gobierno de Estados Unidos tiende a conciliar la fe musulmana (que en el mundo de hoy profesan unos 1.200 millones de personas) con el establecimiento global del sistema de democracia política y economía libre que, como se dijera antes, es una condición necesaria para la plena expansión de la capacidad de conocimiento, que es el factor productivo esencial de este tiempo.

Vista desde esta perspectiva, la acción que Washington ya concretó en Afganistán y la que se apresta a realizar en Irak debería inquietar a regímenes de un despotismo similar al de Bagdad, como la teocracia wahabita de Arabia Saudita y sus aliados de la región (Qatar, Emiratos del Golfo Pérsico, Bahrein, etc.), Sudán o Libia, al menos por aquello de que "cuando las barbas de tu vecino veas rasurar, pon las tuyas a remojar".

La politica de Chirak y otras posturas farisaicas

Una de las críticas más repetidas al ejercicio del "unilateralismo global" por parte de la administración Bush y a su decisión de intervenir militarmente en Irak con prescindencia de lo que decida el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se basan en el argumento según el cual de ese modo la Casa Blanca vulnera el principio de la soberanía nacional y la legalidad internacional.

Sin embargo, ese argumento presentado por Alemania, Rusia, Bélgica y sobre todo por Francia, no se compadece con los datos de la realidad que dan cuenta que en la mayor parte de las acciones militares que se produjeron desde 1945 al 2000 no tuvieron arte ni parte el Consejo de Seguridad ni ningún otro organismo de las Naciones Unidas.

Podemos mencionar la ocupación anglo-francesa del Canal de Suez, la intervención primero de Francia y después de Estados Unidos en Vietnam, la invasión soviética a Afganistán y las de Estados Unidos a Santo Domingo, Grenada y Panamá, los bombardeos a Libia, la acción de Occidente en los Balcanes o las operaciones militares abiertas y encubiertas de Francia en diversos países africanos son algunos de las acciones de guerra que se concretaron en ese lapso sin ninguna autorización de las Naciones Unidas, lo que viene a demostrar que el paraguas de supuesta legalidad del Consejo de Seguridad no pasa de ser un anacronismo inoperante.

Sucede que las Naciones Unidas nacieron al calor de las ilusiones que se forjaron en los años inmediatos a la II Guerra Mundial y durante la mayor parte de los más de 40 años de la Guerra Fría su función institucional en materia de gobernabilidad internacional fue la expresión de la política soviética de "coexistencia pacífica" y la correspondiente estrategia defensiva de detente que adoptó Occidente entre 1960 y 1980.

De ahí que la ONU no se tornó en una institución obsoleta desde que Estados Unidos, Gran Bretaña, España y Portugal decidieron no se sujetarse a la decisión de su Consejo de Seguridad para derrocar por medios militares a la dictadura de Saddam Hussein.

El formalismo vacuo de la ONU como expresión de la gobernabilidad internacional es un hecho desde que la URSS perdió la Guerra que fue "Fría" sólo porque tuvo como uno de sus signos el llamado "equilibrio del terror" que llevó a que en ella nunca combatieron entre sí en forma directa efectivos estadounidenses y soviéticos, pero que resultó tan "Caliente" como la Primera y la Segunda Guerras Mundiales en todas las acciones militares que se concretaron en esos años.

En cuanto a los motivos de la postura adoptada por el gobierno francés, convendría desechar toda intención "humanista" o auténtica voluntad pacifista de parte de Jacques Chirac y prestar atención al monto de las exportaciones anuales de Francia a Irak.

Vale también recordar que Chirac fue quien cerró el acuerdo con Saddam Hussein para construir el reactor nuclear iraquí de Osirak cuando era primer ministro de Valéry Giscard d´Estaing (1974-76) y que en 1981 la aviación de Israel destruyó ese reactor en una operación militarmente impecable, en la que tuvo una participación decisiva el coronel israelí que murió hace poco en el accidente que sufrió el transbordador espacial Columbia.

Por entonces, la prensa israelí rebautizó la planta como «O-Chirak» y la posición adoptada por el actual presidente francés en esta crisis le hace acreedor de ser llamado, Chirak, como lo mencionó días atrás una nota del diario español ABC.

Sin detenerse en el falaz principismo de la posición francesa, alemana o rusa, vale en cambio hacerse una pregunta que resulta del todo pertinente: ¿Es en verdad factible que la guerra que ya ganó en Afganistán y la que va a ganar en Irak sean una vía apropiada para que Estados Unidos alcance el objetivo estratégico de instalar el sistema de democracia política y economía libre en el mundo islámico?.

No es este el momento ni el lugar para tratar de elucidar si un pueblo que se rige por los Cinco Pilares del Corán puede vivir en un sistema de democracia política y economía libre o, más ampliamente aún, si las flagrantes violaciones al derecho a la vida, la libertad y la propiedad, que son normas aceptadas y prácticas cotidianas en tantos países musulmanes, son una desviación de la verdadera religión islámica o resultan consustanciales con sus principios.

Para demostrar que es posible consolidar la experiencia que se vive ahora en Afganistán y que se busca concretar en Irak, suele apelarse a los ejemplos de la República Federal de Alemania y de Japón después de la II Guerra Mundial, donde la asistencia y el protectorado de Washington – que había sido el actor principal en la derrota de alemanes y japoneses en la guerra – fue un factor decisivo del éxito de la democratización de ambos países.

Sin remontarnos tan atrás en la historia, vale tener en cuenta lo sucedido en América Central y el Caribe en la década de 1980, que es un antecedente que justifica la posibilidad de éxito a la que apuesta la estrategia internacional actual de la Casa Blanca.

La experiencia de América Central

Los países de América Central y el Caribe, durante casi todo el siglo XX, padecieron una sucesión casi ininterrumpida de dictaduras más o menos crueles y más o menos corruptas que, en todos los casos, eran aliadas incondicionales de Estados Unidos, al punto que Franklin Delano Roosevelt llegó a decir del dictador nicaragüense Anastasio Somoza que "es un hijo de puta...pero es nuestro hijo de puta".

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Costa Rica fue la única excepción en ese cuadro desalentador, en buena medida merced al apoyo que supo obtener del pueblo costarricense José "Pepe" Figueres, un lúcido dirigente socialdemócrata que guió a su país hacia la consolidación del sistema de democracia política y economía libre.

Como si el patético cuadro de corruptas dictaduras y "dictablandas" pronorteamericanas que presentaban los países de la región no fuera suficientemente malo, desde mediados de la década de 1960 la situación se agravó por la presencia de grupos armados procubanos que, aunque estaban al servicio de los intereses del brutal imperialismo soviético, encontraban justificativo y cierto respaldo popular para su acción criminal en la impresentable e inaceptable acción de los gobiernos a los que combatían, una experiencia traumática que, con todas las diferencias entre ambos casos, se asemeja a la que vivimos los argentinos entre 1955 y 1973 y también entre 1974 y 1983.

A partir de 1980, cuando Ronald Reagan asumió su primer mandato presidencial, el gobierno de Estados Unidos adoptó una política hacia la región muy diferente de la que se había seguido – con contadas excepciones – entre 1960 y 1980 y pasó a considerar al área como un escenario importante de la Guerra Fría.

La invasión de Grenada, su intervención en el combate contra los sandinistas nicaragüenses, los salvadoreños del Frente Farabundo Martí o la guerrilla guatemalteca y el proceso que condujo a la invasión de Panamá y la captura de Manuel Noriega fueron algunas de las principales acciones tomadas por Estados Unidos en esta región durante los gobiernos de Reagan y de George Bush (padre), que formaron parte de su estrategia de ofensiva en la Guerra Frìa.

Debe admitirse que esas operaciones no pueden ser exhibidas como un modelo de prolijidad en el cumplimiento estricto de las normas del derecho internacional público o de respeto escrupuloso a los derechos humanos que también tienen criminales y delincuentes.

Pero tampoco puede negarse que, en estos primeros años del siglo XXI, en todos los países de América Central y el Caribe – con las únicas excepciones de Cuba y Haití – se establecieron sistemas de democracia política y economía abierta que les permitió iniciar un alentador camino hacia una mejora sustentable de la hasta ahora deteriorada calidad de vida de sus pueblos.

A la luz de esa experiencia de Centroamérica y el Caribe, si es cierto que "la realidad es la única verdad", habrá que aceptar que "Dios escribe derecho sobre renglones torcidos" y que las acciones bélicas también pueden ser un medio para que los países que las sufren como víctimas se encaminen en el sentido de adoptar un sistema de libertad política y económica.

 

"Imperios" e "imperialismos"

Desde distintos vertientes, el nuevo paradigma de la estrategia internacional de la administración republicana que preside Bush es denunciado como una posición "imperialista", que remite a la política del "gran garrote" del presidente Teddy Roosevelt.

Sin pretender agotar el debate acerca de esa hipótesis, vale hacer algunas acotaciones respecto de los "imperios" y los "imperialismos" en la historia de Occidente.

Los autores de esta nota sostenemos hace años que Roma y la España de los Austria fueron los únicos "imperios" que conoció Occidente que tuvieron una voluntad, un alcance y un carácter verdaderamente universalistas y que su naturaleza era por completo diferente de "imperialismos" como el británico y el soviético, que marcaron la realidad internacional en los siglos XIX y XX.

Si Roma pudo modelar el mundo occidental al grado que aún hoy la "romanidad" es un componente esencial de la cultura y está presente en los idiomas principales, en la religión, la familia, el derecho, el sistema institucional y las principales formas de organización de la vida en comunidad, fue por su formidable capacidad sincrética que le permitió adaptar y adoptar para sí los valores universales que descubría en todas y cada una de las comunidades con las que se vinculaba, aún cuando ese vínculo se estableciera a través de la guerra y la conquista.

La cultura helénica y el cristianismo fueron los principales pero no los únicos aportes que el Imperio Romano, tomó para sí como un medio para ser universal. Con Julio César, Augusto y Constantino, Roma también digirió e hizo suyos valores, normas, costumbres y principios de los pueblos de Oriente, de los galos, los celtas, los íberos, los britanos, los germanos, lo visigodos y otros pueblos llamados "bárbaros" de Europa, a todos los cuales incorporó a sí como parte constitutiva del Imperio. De ahí que pueda decirse que esa condición sincrética y aluvional hizo de la "romanidad" una cosmovisión de singular aptitud pare establecer la armonía de la diversidad y que eso, mucho más que su poderío militar o económico, fue lo que le permitió alcanzar la dimensión y la influencia universal que tuvo y aún tiene.

Lo propio puede decirse del Imperio Hispano – Católico de Carlos I y Felipe II, que en el siglo XV tuvo el mérito trascendente de integrar al mundo la América que creó, con lo que hizo que la historia pasara a ser verdaderamente universal. Ese Imperio Hispano – Católico recibió e hizo suyo el legado de armonía de la diversidad ínsito en el catolicismo que le transmitió la España de la guerra de Reconquista que completaron Fernando e Isabel con la conquista de Granada en 1492, descripta en las obras magistrales de Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. De ahí que si Hernán Cortés y Francisco Pizarro pudieron conquistar a los aztecas y a los incas – por mencionar a los dos principales culturas aborígenes que habitaban estas tierras en el siglo XV, antes que fueran América – no fue tanto por que dispusieran del cañón, el arcabuz, el caballo, el yelmo o la armadura, sino porque eran portadores de la voluntad, la vocación y la capacidad universalista y universalizadora de la reforma católica que tuvo su centro en España, de la que forman parte los aportes al pensamiento y la acción política de Suárez y Vitoria.

En contraste con esa vocación y voluntad explícita de buscar la armonía de la diversidad de los "imperios" de Roma y la España Católica, los "imperialismos" de Gran Bretaña y de la Unión Soviética tenían como único objetivo obtener ventajas de poder material en términos económicos y políticos y establecer una homogeneidad que veía a la diversidad desde una dialéctica de opuestos inconciliables, que debían eliminarse y no armonizarse.

Aún así, los "imperialismos" británico y soviético difundieron una ideología de sostén para justificar sus ambiciones de dominio material, siendo ese el papel del liberalismo manchesteriano en el siglo XIX y del marxismo – leninismo en el siglo XX, que buscaron y hasta cierto punto consiguieron ganar el imaginario de los pueblos con los que Londres y Moscú se vinculaban y sobre los que ejercían su poder hegemónico y homogeinizador.

En esta perspectiva, hay un fenómeno que nos resulta llamativo. Los movimientos de liberación nacional que entre 1950 y 1970 se produjeron en los países musulmanes estuvieron animados por una ideología laica, que combinaba en modos diversos el nacionalismo y el marxismo. Fueron esos los casos de Sukarno en Indonesia, Nasser en Egipto, Ben Bella en Argelia, el partido "Baath" de Siria e Irak, Mossadegh en Irán o Khadafy en Libia. Hoy, en cambio, en todos esos países las tendencias más radicalizadas adoptan lineamientos religiosos, verdaderos o impostados, inspirados en el fundamentalismo islámico.

Ese proceso es notable, incluso en el caso de los palestinos, donde hasta hace 15 o 20 años la principal tendencia radicalizada dentro de la Organización de Liberación Palestina (OLP) era el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), formado y conducido por el médico Georges Habasch, de clara ideología marxista. Ahora, en cambio, los núcleos más duros del terrorismo palestino son fundamentalistas islámicos.

Ese es uno de los efectos producidos por la derrota de la URSS en la Guerra Fría y también por la invasión soviética a Afganistán, que llevó a que la ideología de sostén del régimen de Moscú perdiera todo el encanto que pudo haber tenido para los pueblos musulmanes.

En cierto sentido, a partir de la década de 1970 el islamismo ocupó el espacio que durante décadas tuvo el marxismo – leninismo como ideología "redentora" de los anhelos de una mayor justicia que vive en el espíritu de los pueblos de todo el mundo.

Un proceso que se compadece con la anticipación de Arnold Toynbee, quien auguró la vuelta de las religiones al cabo de la era ideológica; la de Octavio Paz, quien anunció el advenimiento de una nueva hora de las Iglesias y la de André Malraux, en cuanto afirmó que el siglo XXI será religioso o no será.

Entre nosotros esa perspectiva a la que hoy estamos asistiendo fue anticipada por Juan Domingo Perón hace ya medio siglo, en su discurso al Congreso de Filosofía de Mendoza, publicado como "esbozo filosófico" con el título "La Comunidad Organizada", donde advertía que "la marcha fatigosa y rápida de la evolución social, como de la económica, han trastornado los habituales paisajes de la conciencia".

Añadía ahí Perón que "del desastre brota el heroísmo, pero brota también la desesperación, cuando se han perdido dos cosas: la finalidad y la norma. Lo que produce la náusea es el desencanto, y lo que puede devolver al hombre la actitud combativa es la fe en su misión, en lo individual, en lo familiar y en lo colectivo" y abría camino a la esperanza al afirmar que "es presumible que dependa de nosotros un Renacimiento más luminoso todavía que el anterior, porque el nuestro, contando con la misma fe en los destinos, cuenta con un hombre más libre y, por tanto, con una conciencia más capaz".

Es para nosotros evidente que la alianza encabezada por Estados Unidos va a derrocar al régimen de Sadam Husein, va a ocupar Irak y establecerá allí un protectorado transitorio que allegará una sensible mejora en la calidad de vida material del pueblo iraquí y que además, en razón de la fuerza, podrá imponer que sean respetados los derechos a la vida, la libertad y la propiedad de todas las personas.

Sin embargo, queda por ver si eso es suficiente para que el pueblo de Irak y de otros países musulmanes quieran tomar como propios los valores y principios del sistema de democracia política y economía libre, enunciados por el presidente Bush cuando mencionaba como "demandas no negociables de la dignidad humana: el imperio de la ley; los límites del poder del estado; el respeto a las mujeres; la propiedad privada; la libertad de expresión; la justicia equitativa y la tolerancia religiosa".

¿Será esa una cosmovisión capaz de ganar el corazón y la cabeza de la mayoría de los 1.200 millones de musulmanes que, hoy por hoy, no parecen considerar a los principios arriba enunciados como "demandas no negociables de la dignidad humana"?.

¿Será capaz Estados Unidos de obrar a la manera de los "imperios" inclusivos y universalistas que fueron Roma y España o va a reproducir la experiencia de los "imperialismos" excluyentes y autocentrados que fueron Gran Bretaña y la Unión Soviética?.

No tenemos hoy certezas suficientes para intentar una respuesta taxativa a esa pregunta, pero sí estamos convencidos que, en términos estratégicos, el primero es un camino que puede llevar a la victoria y el segundo conduce a la derrota.

Por eso, antes que la posición circunstancial adoptada en esta emergencia por los gobiernos de Francia, Alemania y Bélgica y otros alineamientos coyunturales, nos parece importante prestar atención a hechos que permanecen casi ocultos, como el diálogo ecuménico que vienen manteniendo cristianos y musulmanes, del que hubo una reciente experiencia en el Vaticano, en un encuentro entre representantes de la Universidad Islámica de El Cairo y obispos católicos.

En síntesis, se trata de discernir si marchamos hacia un choque de civilizaciones – parafraseando el título del conocido libro de Samuel Huntington – o hacia un encuentro de civilizaciones diversas que pueden descubrir un espacio y un tiempo de armonía y convivencia mutuamente enriquecedores, que es lo que viene tratando de construir con su prédica y con su acción Juan Pablo II.

El precio de la "neutralidad" argentina

Las personas tenemos principios, intereses y sentimientos que guían nuestro obrar y es por eso que el relativismo moral es, en las personas, un comportamiento indebido y canallesco.

Las naciones, en tanto, al fijar su política exterior sólo deben atender, según sus principios, a la defensa de sus intereses y es por eso que el relativismo político, derivado del realismo, no sólo es una posición legítima, sino a menudo la única válida para que un gobierno responsable pueda asumir, sin renunciar a los principios, la opción más conveniente desde la perspectiva del interés nacional.

En ciertas ocasiones, sostener la opción más favorable al interés nacional lleva a marchar a contramano de lo que parece considerar adecuado la opinión pública mayoritaria, lo que supone un costo a veces excesivo para dirigentes políticos y gobiernos democráticos, cuyo poder y legitimidad se apoya en la dimensión cuantitativa de su representatividad.

Por los motivos expuestos aquí y en publicaciones anteriores, los autores de esta nota tenemos la convicción de que la mejor forma de defender los intereses nacionales es hacer de la Argentina el más firme aliado de Estados Unidos en América del Sur, lo que en la actual situación implica asumir una clara alineación a favor de los objetivos estratégicos y de las operaciones tácticas del nuevo paradigma de la política internacional de la administración Bush.

Esto no quiere decir, como quiere el discurso "antiimperialista" simplificador y bobalicón que exponen buena parte de los dirigentes políticos, que se proponga enviar militares argentinos a combatir contra el régimen de Bagdad bajo el mando de Estados Unidos lo cual, como es obvio, es por completo innecesario.

De lo que se trata es de adoptar una firme posición diplomática y política en los asuntos de política exterior e interior que muestre con claridad que el gobierno argentino comparte la condena y la lucha sin cuartel contra el terrorismo a la que está lanzado Washington.

Es posible que asumir esa postura imponga costos inevitables, pero ese es el precio ineludible de defender los intereses nacionales y hacer que la Argentina llegue a tener alguna participación en la configuración del nuevo orden internacional, en los acuerdos, los enfrentamientos y las instituciones que van a configurar el sistema de poder en el mundo del siglo XXI.

A nuestro juicio, que Estados Unidos va a atacar a Irak con el apoyo de Gran Bretaña, España y Portugal, que esa coalición va a ganar la guerra y va a establecer en ese país una suerte de protectorado es un hecho que se va a producir en pocos días más y una consecuencia inmediata de esa operación va a ser el establecimiento de un nuevo equilibrio estratégico en Medio Oriente y el avance hacia un nuevo orden en las relaciones y las alianzas internacionales.

No es un dato a desechar que los partícipes en la guerra van a ser los protagonistas principales en la construcción de la paz en Irak, que involucra unos 20.000 millones de dólares para proporcionar alimentos, medicinas y bienes de primera necesidad a 10 millones de personas y de unos 200.000 millones de dólares para reconstruir hospitales, escuelas, infraestructuras de todo tipo y participar en el desarrollo de las reservas petroleras iraquíes, cuya producción se estima que en cinco años va a pasar de 2 millones a 6 millones de barriles diarios.

Es evidente que la posición asumida en este asunto por el lamentable gobierno provisional que los argentinos estamos soportando y el patético aislamiento del mundo en el que caímos en los últimos tres años, nos va a colocar por completo al margen de ese proceso, al menos hasta que Carlos Menem vuelva a presidir la Argentina.

Por lo demás, si es cierto que alguna encuesta indica que el nuestro es el país del mundo en el que se registra el mayor porcentaje de opiniones contrarias a Estados Unidos, es obvio que las ideas que venimos exponiendo los autores de esta nota en relación al conflicto con Irak, hoy han de ser compartida por pocos compatriotas.

Dado que esa posición se basa en nuestra sincera adhesión a los principios del sistema de democracia política, vamos a respetar lo que en este tema decida la libre voluntad de la mayoría de los argentinos, a la que no representan ni expresan los actuales gobernantes .

No obstante, hace a nuestra responsabilidad advertir que lo que los argentinos hagamos en esta crucial circunstancia no va a dejar de tener consecuencias, aún cuando en los últimos tres años nuestras presencia en el sistema internacional haya pasado a ser insignificante.

Puede ser que quien adopte una postura de neutralidad en la lucha entre Washington y Bagdad e incluso asuma cierto tono admonitorio contra las "ambiciones imperialistas" y/o "belicistas" de Bush, gane la simpatía de una porción mayoritaria de los argentinos.

Nadie va a impedir a las autoridades argentinas jugar ese juego, como nadie nos impidió oscilar entre la neutralidad y la simpatía hacia el Eje durante la Segunda Guerra Mundial o coquetear entre la neutralidad y las posturas prosoviéticas en la Guerra Fría. Pero no debería alentarse ninguna ilusión en que ese comportamiento no tenga costos que habremos de pagar.

Por caso, es probable que Francia, Alemania, Rusia y China, pese a su renuencia en acompañar a Washington en su actual postura, no dejen de participar en el diseño del nuevo sistema mundial que va a liderar Estados Unidos después de derrocar al régimen de Saddam Hussein.

No va a ser ese el caso de Argentina, que quedaría del todo fuera de esa mesa en la que se va a diseñar el nuevo orden internacional, con todas las consecuencias que eso supone.


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[1] Ver Calviño/Lapegna El petróleo, la libertad y la guerra de Bush contra Saddam Hussein, distribuido en febrero de 2003.-