Oriana Fallaci, una pluma fuerte de la literatura y el periodismo italiano, en particular toscano, uno la asocia inevitablemente con Indro Montanelli y Curzio Malaparte es autora de uno de los más polémicos artículos publicados tras el 11-S, "La rabia y el orgullo", en el cual reflexiona sobre el enfrentamiento que protagonizan las principales potencias de Occidente en la escena internacional y toma partido en relación con la crisis actual y la amenaza de guerra inminente en Irak.

La posición de la Fallaci, no sospechada de tendencias extremistas y autora de libros como Hombre, sobre el gobierno de los coroneles en Grecia e Inshallah, sobre las peripecias vividas por la diáspora persa durante la llegada de Khomeiny al poder -a quién entrevistó para Corriere della Sera- se explaya abundantemente sobre los valores de la mujer occidental en esta contienda que las roza y sobre el progresivo degrado, degradación en verdad, de su Florencia natal, transformada en una cashba de proporciones inimaginables.

Esta es la primera parte del artículo llamado "La guerra, el orgullo y la duda", que en verdad es un breve palimpsesto de su ensayo "LA RABIA Y EL ORGULLO" publicado después de los atentados en suelo americano.

Conviene destacar para el récord que Oriana Fallaci tiene la piel dura, sobreviviente y vencedora de un cáncer y de tres balazos recibidos durante la represión organizada por el ejercito mexicano contra los estudiantes sigue imperturbable su trabajo de novelista-cronista y de testigo de los teatros de batalla contemporáneos.

Solitaria, se enfrenta intelectualmente al pacifismo acritico, es decir al pacifismo en un solo sentido y resulta refrescante en estos tiempos de intelectuales narcoleptizados con el opio que denunciaba proféticamente Raymon Aron.

Pero escuchemos su voz.

EL ORGULLO DE LA RABIA.

Por: Oriana Fallaci

Para evitarme el dilema y ahorrarme la dolorosa pregunta de si «debe o no debe hacerse esta guerra», para superar las reservas, las repugnancias y las dudas que todavía me torturan, a menudo me digo a mí misma: «¡Ojalá los iraquíes se liberasen por sí solos de Saddam Hussein! ¡Ojalá que cualquier Ahmed o cualquier Abdul lo liquidase y lo colgase por los pies en cualquier

plaza como en 1945 hicieron los italianos con Mussolini!». Pero eso no sirve. O sólo sirve en un sentido. De hecho, en 1945, los italianos se liberaron de Mussolini, porque los aliados habían ocupado las tres cuartas partes de Italia y, por lo tanto, habían hecho posible la insurrección del Norte.

En otras palabras, porque habían hecho la guerra. Una guerra sin la cual habríamos tenido que aguantar a Mussolini mientras viviese (y lo mismo a Hitler). Una guerra durante la cual los aliados nos habían bombardeado sin piedad y en la que habíamos muerto como moscas. Ellos, también. En Salerno, en Anzio, en Cassino. En el avance hacia Florencia, en la Línea de Gotica.

En la tremenda Línea de Gotica que los alemanes habían trazado desde el Tirreno hasta el Adriático. En menos de dos años, 45.806 muertos norteamericanos y 17.500 entre ingleses, canadienses, australianos, neozelandeses, sudafricanos, hindúes, brasileños y polacos.

También los franceses que habían optado por De Gaulle y los italianos del Quinto o del Octavo Ejército. (¿Saben cuántos cementerios militares aliados hay en Italia? Más de 130. Y los más grandes y los más llenos son precisamente los de los norteamericanos. Sólo en Nettuno, 10.950 tumbas.

Sólo en Falciani, cerca de Florencia, 5.811... Cada vez que paso por delante y veo ese lago de cruces, me estremezco de dolor y de gratitud.) Porque en Italia también había un Frente de Liberación Nacional. Una Resistencia a la que los aliados suministraban armas y municiones.

Porque, a pesar de mi tierna edad, yo también colaboraba. Recuerdo perfectamente el Dakota que, desafiando a los antiaéreos, lanzaba a los paracaidistas en la Toscana.

Exactamente en el Monte Giovi, donde, para hacernos localizar, encendíamos fuegos y donde una noche lanzaron en paracaídas incluso un comando cuya misión era instalar una radio clandestina, llamada Radio Cora. Diez simpatiquísimos norteamericanos que hablaban un perfecto italiano. Y que, tres meses después, fueron capturados por las SS, torturados de una forma salvaje y fusilados junto a la partisana Anna Maria Enriquez-Agnoletti. Por eso el dilema persiste. Atormentador y agobiante.

Persiste por los motivos que me dispongo a exponer. El primer motivo es que, contrariamente a los pacifistas que nunca berrean contra Saddam Hussein o Bin Laden y se meten sólo con Bush o con Blair (en la manifestación de Roma gritaban incluso contra mí, al parecer deseando que saltase en mil pedazos con el próximo transbordador), yo conozco la guerra.

Sé muy bien qué significa vivir en el terror, correr bajo el fuego de los cañones o las bombas de mil kilos, ver morir a la gente y explotar las casas, reventar de hambre y no tener ni siquiera agua para beber. Y lo que es peor, sentirse responsable por la muerte de otro ser humano (aunque ese ser humano sea un enemigo, por ejemplo, un fascista o un soldado alemán). Lo sé porque pertenezco, precisamente, a la generación de la Segunda Guerra Mundial. Y porque gran parte de mi vida he sido corresponsal de guerra. No uno de esos corresponsales que ven la guerra desde los hoteles, sino de los que realmente se patean el frente.
Por tanto, desde Vietnam hasta ahora, he visto horrores que el que sólo conoce la guerra a través de la televisión o de las películas, donde la sangre es salsa de tomate, ni siquiera puede imaginar. Odio la guerra de una forma que nunca podrán odiar los pacifistas de buena o mala fe. La odio tanto que cada uno de mis libros rezuma ese odio. La odio tanto que incluso las escopetas de caza me molestan y los disparos de los cazadores hacen que me suba la sangre a la cabeza. Pero no acepto el farisaico principio o el eslogan de los que dicen: «Todas las guerras son injustas, todas las guerras son ilegítimas». La guerra contra Hitler y Mussolini era una guerra justa, por todos los santos. Una guerra legítima. Incluso, obligatoria. Las guerras del resurgimiento italiano que mis abuelos hicieron en el siglo XIX para expulsar al extranjero invasor eran guerras justas, por todos los santos. Guerras legítimas. Obligatorias.
Y lo mismo se puede decir de la Guerra de la Independencia que los colonos americanos hicieron contra Inglaterra. Y lo mismo las guerras (o las revoluciones) que tienen lugar para reencontrar la dignidad y la libertad.

Yo no creo en las rápidas absoluciones, en las cómodas pacificaciones, en el perdón fácil. Y todavía creo menos en la explotación de la palabra paz, en el chantaje de la palabra paz. Cuando en nombre de la paz se cede a la prepotencia, a la violencia y a la tiranía. Cuando en nombre de la paz un pueblo se resigna al miedo y renuncia a la dignidad y a la libertad, la paz ya no es paz. Es un suicidio.

El segundo motivo es que, a pesar de ser justa como espero y legítima como deseo, esta guerra no debería tener lugar ahora. Habría tenido que desarrollarse hace un año. Es decir, cuando las ruinas de las dos torres estaban todavía humeantes, y todo el mundo civilizado se sentía norteamericano. Y si se hubiese hecho entonces, hoy los simpatizantes de Bin Laden y de Saddam Hussein no llenarían las plazas con su pacifismo de sentido único. Las estrellas de Hollywood no se habrían exhibido en el papel (en el fondo grotesco) de jefes de Estado. Y la ambigua Turquía que está volviendo a poner el velo a las mujeres no negaría el paso a los marines que se dirigen al frente Norte.

A pesar de las chicharras europeas que, junto a los palestinos, gritaban «les ha estado bien empleado a los norteamericanos», hace un año nadie negaba que los Estados Unidos habían sufrido un segundo Pearl Harbor y que, por tanto, tenían derecho a reaccionar. Más aún, a pesar de ser justa como espero y legítima como deseo, ésta es una guerra que habría tenido que desarrollarse incluso antes. Es decir, cuando Clinton era presidente y las pequeñas Pearl Harbor surgían en todo el mundo. En Somalia, por ejemplo, donde los marines en misión de paz eran asesinados y mutilados y, después, entregados a las muchedumbres enloquecidas. En Yemen, en Kenia y en otros muchos sitios. El 11-S no fue más que la brutal confirmación de una realidad ya fosilizada. La indiscutible diagnosis del médico que te pone ante la cara la radiografía y sin miramientos te dice: «Señor, señora, tiene usted un cáncer». Si Clinton hubiese pasado menos tiempo con mozas lozanas, si hubiese utilizado de una forma más responsable el Despacho Oval, quizá no hubiese tenido lugar el 11-S. Y es inútil añadir que, menos aún, el 11-S tampoco habría tenido lugar si George Bush Senior hubiese eliminado a Saddam Hussein en la Guerra del Golfo. ¿Recuerdan?
En 1991, el ejército iraquí se desinfló como un balón pinchado. Se desintegró tan rápidamente que hasta yo capturé a cuatro soldados suyos. Estaba detrás de una duna del desierto saudí, sola e indefensa, cuando cuatro esqueletos indefensos y harapientos vinieron hacia mí con las manos en alto. «¡Bush!», susurraron en tono suplicante. «¡Bush!», palabra que, para ellos significaba «Tengo hambre y sed. Hágannos prisioneros, por caridad». Los cogí, los entregué al teniente y, éste, en vez de alegrarse, comenzó a gruñir: «¡Uf! Ya tenemos 50.000. ¿Le va a dar usted de comer y de beber?». Y sin embargo, los norteamericanos no llegaron a Bagdad. George Bush Senior no derrocó a Saddam. («El mandato de Naciones Unidas era liberar Kuwait y nada más.»). Y para darle las gracias, Saddam intentó hacerlo asesinar. A veces, me pregunto si esta guerra tardía no es una represalia pacientemente esperada. Una promesa filial, una venganza de tragedia shakesperiana o griega.

El tercer motivo es la forma equivocada en la que se realizó la hipotética promesa al padre. ¿Quién se atrevería a refutarlo? Desde el 11-S hasta los comienzos del pasado otoño, todo el énfasis se concentró en Bin Laden, en Al-Qaeda y en Afganistán. Saddam Hussein e Irak fueron prácticamente ignorados. Y sólo cuando quedó claro que Bin Laden gozaba de una excelente salud, porque el intento de cogerlo vivo o muerto había fallado, Bush y Powell se acordaron de su rival. Nos dijeron que Saddam Hussein era malo, que cortaba la lengua y las orejas a los enemigos, que mataba a los niños delante de sus propios padres (cierto). Que decapitaba a las prostitutas y, después, exhibía sus cabezas en las plazas (cierto). Que sus prisiones estaban repletas de presos políticos encerrados en celdas tan pequeñas como grandes, que los experimentos químicos y biológicos los realizaba sobre tales víctimas con especial predilección (cierto). Que mantenía relaciones con Al-Qaeda y que financiaba el terrorismo, premiaba a las familias de los kamikazes palestinos con 25.000 dólares a cada familia (cierto). Y por último, que jamás había renunciado a su arsenal de armas letales y que, por lo tanto, Naciones Unidas tenía que volver a enviar a los inspectores a Irak.


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