INTERROGANTES: LA ONU Y EL CRUCIAL FUTURO DE LA OPEP.

por Jean-François Giannesini

 

Desde el comienzo de la crisis iraquí, la cuestión de saber si el petróleo es la principal apuesta de la guerra va y viene como un leitmotiv. Los expertos, en su mayoría, han quedado dubitativos. No porque estimen que el petróleo no tiene importancia en el conflicto, sino porque les parece que si el objetivo el controlar el petróleo iraquí, hay otros medios, menos costosos que la aventura militar para alcanzar semejante objetivo.
Un cálculo bastante simple es suficiente, en efecto, para mostrar que ni siquiera es seguro que la explotación de los recursos petroleros de Irak alcance a pagar los gastos de las operaciones militares.

La administración americana acaba de pedir al senado una dotación de 75 mil millones de dólares para pagar un mes de operaciones militares y cinco meses de ocupación de Irak. Teniendo en cuenta que estos costos son siempre subestimaciones, redondeemos en 100 mil millones de dólares. La deuda externa de Irak antes de la guerra estaba estimada en 60 mil millones de dólares por el Banco Mundial. Otras estimaciones, como las del Center for Strategic an International Studies (CSIS), la sitúan cerca de 360 mil millones de dólares. Quedémonos, sin embargo, con la menor de estas cifras.

Cuando la guerra haya terminado, el nuevo Irak deberá pagar la guerra y sus deudas, 160 mil millones de dólares, con una capacidad de producción petrolera de 2,5 millones de barriles por día, admitiendo que la capacidad de antes de la guerra fuera restaurada en los meses siguientes al final de las operaciones militares. Seamos negligentes con los 2 o 3 mil millones de dólares de inversión que serán necesarios a este efecto.

La producción petrolera de Irak es una de las más baratas del mundo, del orden de los 4 dólares por barril. Con un precio medio del barril de 22 dólares (precio de equilibrio fuera de factores geopolíticos), Irak deberá producir cerca de 9 mil millones de barriles para pagar esta deuda sin tener en cuenta intereses, en la hipótesis donde la totalidad de los ingresos del petróleo fuera destinado a su reembolso. Semejante volumen corresponde a una producción media sobre diez años de 2,5 millones de barriles por día, igual a la capacidad de antes de la guerra.

Consagrar la totalidad de los ingresos petroleros al reembolso de la deuda no es realista. Significa privar al pueblo iraquí no solamente de toda esperanza de progreso, sino igualmente volver a llevarlos a las condiciones económicas que prevalecían durante el embargo. ¿Es ese el objetivo? ¿Para qué serviría una democratización del régimen que se acompañara con una continuación de la miseria económica y no desembocaría en ninguna esperanza tangible de mejoramiento en el corto plazo? ¿Y, sobre todo, cómo se podría poner a Irak como ejemplo a los pueblos de Medioriente?

Formulemos otra hipótesis, en oposición a la precedente: admitamos que la producción petrolera sea llevada a su nivel anterior y que la totalidad de los ingresos del petróleo sea consagrado al mejoramiento de las condiciones económicas. Una producción de 2,5 millones de barriles por día produce un ingreso anual de 630 dólares por habitante por año, o menos de 2 dólares por

habitante por día. No es la panacea, pero permitiría sin ninguna duda mejorar las condiciones de vida de la población y haría de Irak una vitrina un poco más presentable. ¿Pero, qué hay de la deuda y el costo de la guerra?

Una solución sería doblar la producción iraquí para alcanzar los 5 millones de barriles por día. Para ello no hay obstáculos técnicos. Ciertamente, el costo sería del orden de los 30 mil millones de dólares, lo que aumentaría la deuda. Pero el problema es que semejante solución desestabilizaría el mercado petrolero, acarreando si no un hundimiento de los precios, por lo menos una seria baja. Una caída de los precios por debajo de 15 dólares el barril anularía el total del beneficio coseguido con el aumento de la capacidad de producción y nos retraería al punto de partida. Para contener semejante caída de la cotización, sería necesario reservar a Irak la mitad del aumento anual de la demanda prevista por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), lo que no es realista.

Los modelos más sofisticados dan siempre la misma respuesta: no se puede hacer todo al mismo tiempo, pagar la deuda, pagar el costo de la guerra, pagar la reconstrucción, pagar el progreso económico, lograr la democratización. Es necesario elegir, y la elección es, evidentemente, política.

Los que tengan que gobernar Irak harán los arbitrajes en función de sus intereses. Un gobierno americano elegirá, muy probablemente, privilegiar el pago de la guerra en detrimento del la reconstrucción, del mejoramiento de las condiciones de vida en Irak y... del reembolso de la deuda. Mientras que ciertos países acreedores, Francia y Rusia en particular, han sido feroces opositores a las operaciones militares. Por otro lado, los americanos favorecerán el desarrollo petrolero en favor esencialmente de sus compañías.

A riesgo de hacer implotar la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), exonerando a Irak por un medio u otro de las obligaciones de la organización de Viena. La baja brutal del petróleo resultante, con precios por debajo de 15 dólares el barril, no sería para disgustar a los dirigentes de país más energívoro del planeta. Si la administración de Irak se confía a las Naciones Unidas, no se ve cómo esta organización aceptaría honrar la deuda resultante de una guerra que no ha autorizado. La ONU favorizará la reconstrucción y el desarrollo económico. Es probable que solicite igualmente a los acreedores de Irak aceptar una reprogramación de la deuda externa.

Un Irak administrado por la ONU permanecerá probablemente dentro de la OPEP y verá luego su producción petrolera progresar al mismo ritmo que su desarrollo económico general. La presión americana sobre la ONU será entonces muy fuerte a fin de obtener un reembolso parcial de los gastos de la guerra. Si la ONU cede, irá contra si misma. Si resiste, se arriesga a ver nuevamente a los EEUU rechazar el pago de su cuota a la organización mundial y ponerla política y financieramente en peligro. Las apuestas en juego en este posguerra son enormes, tanto para los americanos como para los partisanos de la paz.

Sin embargo, hay que temer que, como en las crisis precedentes, sea una vez más el pueblo iraquí el que pague los gastos de la operación. Si la reconstrucción y el desarrollo económico deben ser sacrificados en provecho de los intereses a corto plazo de las grandes potencias, es de temer que el "modelo iraquí" de democratización no sea para nada atractivo para los otros países de Medioriente. Sería, entonces, un enorme fracaso para los que han tomado el riesgo de una operación militar de la que uno de sus objetivos es sin duda la democratización política y económica de esta región estratégica.

Jean-françois Giannesini es ingeniero en jefe del Instituto Francés del Petróleo.

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