SEBRELI:UNA AUTOPSIA FRESCA,BIEN FRESCA.

CRÍTICA DE LA CRÍTICA DE LAS IDEAS POLÍTICAS ARGENTINAS

Juan Fernando Segovia
Para Héctor, pues se lo debía.
Para Josefo, que tal vez comience entendernos.


Presentar a Juan José Sebreli al público argentino carece de sentido, pues todos saben que es uno de los intelectuales más mimado por los medios; hacerlo para el ocasional extranjero que pudiere detenerse en la lectura de esta nota, desborda los límites que ella debe tener. Valga este primer párrafo como excusa por no hacer biografia, y también como seña del espíritu con el que abordo la crítica, pues no hay en ésta ningún argumento personal, ad hominem, ni ánimo singular contra el escritor.

Tela y género, tijera y engrudo

El último escrito de Sebreli, Crítica de las ideas políticas argentinas, ha sido un éxito editorial(1) y también objeto de comentarios –generalmente elogiosos- en ámbitos académicos o intelectuales, con lo cual puede decirse que el ciclo del libro se ha cumplido: objeto de consumo masivo, el texto garantizará a quien le escribió dinero y fama; atractivo objeto de interés para eruditos, su autor gozará de respeto en los círculos áulicos en los que se desenvuelve la inteligencia argentina. Lejos estoy de batir las palmas por ambos éxitos. En el caso del primero, porque el libro se volverá un vehículo más de la falta de educación cívica argentina; en el segundo, porque el suceso revela el grado de hundimiento de nuestros intelectuales, incapaces de juicio crítico para con los miembros de su corporación conformista.

Convengamos, por lo pronto, en que Sebreli pasa por un ensayista de primera línea, que desde hace décadas viene labrando su prestigio mediático allende sus escritos. Pero no por eso debemos permitirle refugiarse en un género literario para ganar la licencia de cometer errores e incluso para liberar la imaginación sin motivo, atreviéndose a cualquier interpretación. Un ensayista no endilga epítetos ideológicos a diestra y siniestra, como un puntero de comité podría hacerlo. Aprovecharse del género del ensayo para camuflar las burradas no es excusable. Además, con sólo mirar el tomo nos damos cuenta de que no encaramos la lectura de un ensayo. El título del libro demuestra que Sebreli mismo es más ambicioso. La extensión del texto lo avala. Y lo acaba de ratificar la intención erudita que navega sus párrafos: las notas al final de cada capítulo superan las veinte páginas y la bibliografía agrega otras veinte.

Compuesto con cierta libertad que remeda el pretendido género ensayístico, lo cierto es que el aire culto del libro y la inocultable tendencia de Sebreli a mostrarse (¿percibirse?) como un intelectual cuasi-académico, exceden la parca ambición originaria. Pero aún en ello ha fracasado el autor, porque el modo de acceder al estudio del tema y de trasmitir su investigación deja mucho que desear tanto sobre la fidelidad de lo trasmitido como sobre la veracidad de la consulta de las fuentes o la bibliografía indicadas. Además de no indicarse jamás la página de los textos, las citas suelen ser de otras citas, esto es, casi nunca hay referencia a la obra original de la que se hace la trascripción.

Esta manera de componer un texto recuerda los métodos del costurero remendón. Y Sebreli hace bien este oficio: cualquiera puede ver que la obra está armada con parches multicolores y desiguales, con pegotes de origen plural y discontinuo, ajenos –unos y otros- a la tela en la que se injertan, y que casi nada dicen de la fuente de la que provienen. Y aunque se pretenda alegar que se trata de un ensayo, yo diría entonces que se abusa de él y que no es la manera apropiada para tratar asuntos complejos de sociología, historia, teoría política y filosofía, como admite su autor (p. 11), porque engañan al común de la gente, haciéndole creer que aquél sabe lo que, en realidad, por lo general, desconoce.

Hombre, nombres, años

Unos pocos ejemplos de ese singular modo de articular un texto propio con textos ajenos, que no está libre de errores, traigo ahora a colación. Porque estos errores muestran la ligereza del autor, la dudosa consulta de los libros que aparenta haber hecho, la rápida escritura del borrador y su escasa limpieza de falencias y … hasta el desconocimiento de los nombres correctos de los autores que cita o menciona.

En las notas 40 y 97 del capítulo 4, sobre nacionalismos (pp. 451 y 453), remite a un libro de Ramón Doll, en apariencia ya citado, pero que nunca citó. Y no es que sea difícil encontrar obras de Doll, cuya producción fundamental es hoy asequible; es que jamás le leyó ni le citó. Lo mismo pasa en la nota 32 del capítulo 5, sobre peronismo (p. 455): ahora nos reenvía a una obra de Jeffrey Herf que en ningún momento citó. Y no se preocupé, no es mera distracción de Sebreli, porque los libros de éstos no se encuentran siquiera en la bibliografía.

Una perla exótica es la nota 35 del capítulo 1 que dice textualmente: "Cita de Guizot" (p. 442). En realidad, debió transcribir un texto del escritor francés, pero nunca lo hizo. Esto sugiere que Sebreli editó un libro que, en buena parte, tenía aún el carácter de borrador y que, una vez en prensa, ni siquiera le revisó para corregir erratas gruesas como ésta. Y Guizot tampoco está en la bibliografía.

Otros casos no menos grotescos: el Syllabus de Pío IX fue una encíclica (p. 33), según Sebreli, cuando en realidad es un documento pontificio que acompañó a una encíclica, la Quanta Cura. Siguiendo con los Papas, la encíclica Quadragesimo Anno, de Pío XI, justifica y admite el fascismo (p. 193), lo que prueba que el autor no la ha leído, lo que no se justifica ni admite, pues no se habla de lo desconocido sino se es un bocón (un guitarrero) que alardea de un saber que no se tiene.

En ciertos momentos el desconocimiento se vuelve aliado de la falsa erudición y Sebreli mete la pata. En página 110 dice que el roquista mendocino Civit se pasó al radicalismo, cuando la historia enseña que no fue así, que fue gobernador por los liberales, enfrentado a los radicales. En p. 165 asegura que Edmund Burke era católico, cuando es sabido que el famoso autor de las Reflexiones fue bautizado como protestante irlandés y educado en el Colegio Trinidad de Dublín, a la sazón un núcleo fuertemente protestante(2). Concepción católica de la política es un libro que el padre Meinvielle escribió en 1974, según Sebreli (p. 170), aunque se sabe que lo editaron por vez primera los Cursos de Cultura Católica en 1932 y, lo que no es menor, el cura falleció en 1973.

La lista Sigue con apreciables errores que disgustan. En p. 198 atribuye a Tomás D. Casares una frase sobre el fascismo que, en realidad pertenece a César Pico; contribuye al craso error el hecho de que la cita carezca de nota bibliográfica y que ni Pico ni Casares figuren en la bibliografía. Entre los juristas católicos del peronismo que actuaron en la Convención Nacional Constituyente de 1949 se olvida de Pablo Ramella (p. 223), lo que viene a tono con similar ignorancia de muchos historiadores. De Carlos Ibarguren dice que abandonó el gobierno revolucionario del 43 cuando éste se volvió peronismo (p. 224), lo que es completamente falso como lo probaría una lectura de la introducción a su libro La reforma constitucional, de 1948, que elogia a Perón. Fecha en 1947 una carta de Perón al cura Benítez (p. 258), que en realidad fue escrita una década más tarde. La expulsión de los gramscianos del PCRA se produjo luego de la polémica de 1962 y los expulsos fueron denostados en una publicación de 1946 (p. 368 y nota 48 de p. 460), según la rara cronología de Sebreli. Los Montoneros se nutrieron de jóvenes provenientes de familias patricias, pero no hay mención alguna a Patricia Bullrich (p. 391), omisión que parece deberse a cierta militancia progresista democrática de ésta que coincide con los ideales –ya los veremos- de nuestro autor. Menem reformó la constitución en 1993 y no en 1994, dice un Sebreli falto de memoria (p. 413), lo que se entiende a esta altura del libro.

Desconocer los hombres y desconocer los nombres es una y la misma cosa para Sebreli. Un detalle incompleto de esa ignorancia va a continuación: dice Carturelli por Caturelli (el filósofo católico cordobés), Falcinelli por Falcionelli (el historiador sardo, que viviera en Argentina), Dott por Dotti (el historiador del Carl Schmitt en Argentina), Sabato por Sábato, Mienvielle por Meinvielle, Nolde por Nolte (el reconocido historiador alemán), Lisandro Zía por Lisardo Zía, Röhem por Röhm (el nazi). Invito a los lectores a descubrir nuevos personajes de esta novela sebreliana.

¿Qué se puede esperar de una obra plagada de errores, erratas, falsedades e ignorancias? ¿Qué clase de interpretaciones, comprensiones y explicaciones puede avanzar un autor que demuestra impericia en este tema, descuido y falta de pulcritud, escasa seriedad y ánimo repelente a normas elementales de la lectura y la escritura? Veamos.

Dónde comenzar la crítica, dónde terminarla

Una primera pregunta que cae como piano desde un quinto piso al suelo: ¿cuándo comienzan las ideas argentinas? ¿Cuándo se inicia el desarrollo de las ideas argentinas? ¿En qué momento hay un despertar de las ideas vernáculas? Sería de desear que el autor dijera algo al respecto, como para que el lector tuviera un asidero. Pero nada explica Sebreli, lo deja librado a la imaginación de cada cual, porque él propone otra cosa: arrancar desde Sarmiento y de ahí hasta Menem.

Ese es el derrotero propuesto por el escritor, que tiene omisiones sensibles. Por lo pronto, ¿existen motivos –ignorancia aparte- para olvidarse de todas las ideas suscitadas por el movimiento revolucionario de 1810 y sus raíces hispano-coloniales? Me parece que no, y que cualquier aventura crítica debería haber iniciado en ese momento. No hay tampoco razones atendibles que expliquen por qué no hay ningún estudio (sintético, escueto) sobre Rivadavia, los unitarios y los federales, Rosas y los intentos de organización constitucional.

Sobre Rosas, apenas un párrafo infausto en el capítulo dedicado al peronismo: el rosismo es un totalitarismo, como lo fueran Esparta, el imperio incaico o los despotismos orientales (p. 247). Anacronismo inaceptable que nos pone de lleno en el estilo de Sebreli: motejar más allá de los límites temporales, insultando ideológicamente, apelando a remoquetes y etiquetas que dicen más por lo sensacional y emocional que por su contenido presuntamente científico o académico. Pero claro, en un ensayo todo es posible, incluso violar las coordenadas temporales, la honestidad del escritor y la inocencia del lector. Ya volveré sobre el particular.

Dejo, simplemente, algunas omisiones que me parecen –por su importancia y trascendencia- errores graves: a Frondizi se le dedican solamente 2 páginas (pp. 316 a 318) insulsas y poco felices, sin advertir el peso de sus ideas en su época y la gravitación de su figura en el espectro político-ideológico de ese entonces. Cuando trata del radicalismo (capítulo 3), omite toda referencia a la doctrina original para reconcentrarse en Yrigoyen. Así, cualquiera que quisiese saber sobre los orígenes del centenario partido no sabrá que existió un Alem, un Del Valle, que hubo una revolución histórica en 1890 y que, antes del encumbramiento del peludo a la presidencia, existen documentos partidarios de valor ideológico.

Del mismo modo, me pregunto: ¿por qué concluir el libro con Menem y Alfonsín? Ambos, de pensadores, tuvieron poco y nada, fueron vulgares divulgadores de ideas que flotaban en el ambiente; pudo haberse estudiado el contexto ideológico en el que actuaron y se formaron figuras representativas de esos gobiernos. Sin embargo, que el libro culmine con esas presidencias tiene una justificación: ambas son representativas de los valores a los que adhiere el autor, por lo que nada mejor que concluir la obra –crítica a palos a todos, sin perdón- con elogios a esos dos presidentes que nos pusieron en el camino abandonado un siglo antes. Para respetar el orden que me he impuesto, volveré sobre este asunto más adelante.

Provocar, enardecer, disgustar

Algo debe decirse sobre cómo escribe Sebreli y qué busca incitar en sus lectores. Y me inclino a estudiar este aspecto de su obra, antes que las interpretaciones concretas, porque éstas son polémicas y siempre es posible controvertirlas. Polemizar y controvertir sus tesis me llevaría un espacio similar a la cantidad de páginas que ocupa su libro; en cambio, mostrar el proceso de su escritura es más edificante, porque develará de qué manera se escribe un libro erróneo que se pinta de cierto, desopilante que se quiere hacer pasar por serio, falso que se traduce por verdadero.

Sebreli escribe en estilo chocante, provocador. Busca, antes que nada, enardecer al lector que conoce de lo que escribe él, sorprender al ignorante y disgustar a unos y a otros. Los recursos que emplea son simples: los anacronismos (se vio en el caso de Rosas), las comparaciones paradójicas, el pegoteo de etiquetas a personas y partidos o grupos como un remarcador de supermercado, el insulto político velado en las caracterizaciones aparentemente científicas, las reconstrucciones genéricas que olvidan los contextos concretos, las afirmaciones altisonantes que hieren los oídos y lastiman la vista, etcétera.

Tengo la sensación de que Sebreli busca, casi siempre, controvertir lo establecido con el sólo ánimo de negar lo que se dice(3). Sebreli persigue, por lo general, dar otra vuelta de tuerca a lo que se ha dicho, retorcer los argumentos hasta encontrar uno artificialmente distinto y personal, que tenga una marca original, aunque ya no responda a ninguna verdad elemental ni considere el punto del cual partió. En este darle vueltas a la tuerca, se pasó de vueltas y se le robó la rosca. ¡Sebreli perdió la chaveta! No se puede ser siempre original y diferente a los demás, no siempre hay interpretaciones radicalmente opuestas a las ya expresadas por otros historiadores. Y la crítica no consiste en eso.

Seguidamente, tomo algunos casos que ejemplifican los procedimientos seguidos por Sebreli para reconstruir y criticar las ideas argentinas.

Sarmiento

Sarmiento es un romántico que en el Facundo explicó la historia como lucha de clases, tal como la había aprendido en su viaje a Francia. Sin duda que estas afirmaciones tienen bastante de caricaturesco, pero ¿qué decir de la afirmación según la cual "Sarmiento fue un marxista de derecha" (pp. 23-24)? Supongo que, con el afán de provocar, Sebreli consiguió escandalizar, lo que no es fin de la historia ni de los géneros desde los cuales puede escribírsela.

Me pregunto: si Sarmiento es la derecha de Marx, ¿será el centro de Hegel y la ultraderecha de Kant? Y Marx, ¿sería un sarmientista de izquierda? Como se ve, la categoría no resiste el menor análisis. Comparar por comparar no es buen método. Calificar a gusto no es sensato. Como no lo es tampoco sugerir que Sarmiento hacía marxismo (o antimarxismo) sin saberlo. Como tampoco lo es juzgar que Sarmiento anticipó en el régimen de Rosas una forma temprana del fascismo. La retórica de Sebreli no es hilarante. Es irritante, falsa, humillante, por insensata y absurda.

El liberalismo

Según Sebreli, el liberalismo argentino hizo del catolicismo la religión de Estado y le dio a la Iglesia el gobierno del Ejército y de la escuela para nacionalizar y cohesionar una población heterogénea (p. 34). Argumento especioso, si los hay, porque desconoce que la constitución liberal de 1853 no hace del catolicismo la religión de Estado sino un culto especial (privilegiado, si se quiere) sometido al Patronato de los poderes estatales. Además, se tragó de un mordiscón las leyes laicas del ochenta, que le quitaron a la Iglesia, entre otras cosas, el manejo de la educación, que desde entonces pasó a ser pública, gratuita y laica.

Todo el capítulo 2 en el que se intenta descubrir las raíces liberales del nacionalismo no es un mal intento, salvo por las anteojeras ideológicas del autor, que califica de protofascistas (así, el pobre Joaquín V. González, p. 72) a esos liberales conscientes del problema nacional generado por la inmigración. Quiero decir que descubrir elementos nacionalistas en el liberalismo no es lo mismo que inventar el agujero del mate y que, engañarse con esto, puede llevar a leer mal los textos, como el de Carlos O. Bunge que trascribe en p. 73. No debe olvidarse que los liberales no vivían en el mundo o el universo, que sus hermanos no eran la humanidad, que su identidad no era cosmopolita. Moraban en la Argentina; sus prójimos eran los argentinos –incluso los extranjeros que aquí se establecieron-; y creían vital ratificar o edificar, como se quiera, una identidad vernácula. ¿Qué otra cosa hacían por entonces los ingleses, los franceses y los americanos, paladines del liberalismo y de la democracia universales?

Nada más lejos de los liberales inventar un monstruo como Frankestein –según sugiere Sebreli (p. 99)-; ni el nacionalismo fue ese monstruo, ni los liberales se hicieron nacionalistas. Basta con analizar la revolución de 1930 para darse cuenta.

El radicalismo

Dice Sebreli que "el radicalismo era más conservador que la elite del ochenta" (p. 47). Una mentira: es cierto que socialmente no había grandes diferencias entre éstos y aquéllos, al menos en los años finales del siglo XIX, porque ya en el XX la composición social del radicalismo es muy diferente. En el plano de las ideas, comulgaban en principios liberales comunes, pero los radicales le agregaban una afán democrático revolucionario que los volvía opositores de los liberales conservadores. Ni los radicales se entendían como conservadores ni los conservadores los veían así; pues, de ser cierto lo que afirma Sebreli, ¿por qué no se apoyaron mutuamente? ¿por qué los radicales golpearon con violencia a los gobiernos liberales y éstos no se unieron a aquéllos una vez que se observó el ascenso de las masas en el nuevo siglo?

De vez en cuando conviene escribir con letra fina, pues para reflexionar, hay que abandonar el lápiz de carpintero. Por eso, decir que el radicalismo era un semibonapartismo (pp. 109 y 138) es insistir en argumentos anacrónicos para homogeneizar las corrientes políticas e ideológicas del país, del mismo modo que el carpintero corta iguales las cuatro patas de la cama. La diferencia está en que la historia no es técnica de multiplicar productos similares sino una comprensión de lo común y lo singular. A Sebreli no le interesa. Él es un carpintero que escribe libros de historia y por eso quiere presentar a los radicales como padres extramatrimoniales del nacionalismo y del peronismo (p. 120), porque eran unos conservadores hipócritas (p. 134)(4) . ¡Qué bárbaro! ¡Cómo simplifica!

El nacionalismo

Para Sebreli el nacionalismo argentino queda circunscrito a lo que dijera un militante hace pocos años. Valiéndose del testimonio de un músico de un grupo de rock nazi, los nacionalistas viene a ser discípulos de Hitler, Nietzsche, Ramiro Ledesma Ramos y Wagner, entre otros (p. 186). Ensalada brutal que el autor digiere de un bocado, creyéndola sabrosa. En realidad, cuesta creer que haya mordido el anzuelo ante tanta insensatez, pero puede ser que lo que en realidad quiera Sebreli es trasmitir al lector un miedo mitológico al nacionalismo. De hecho, en más de treinta páginas va revelando los orígenes de los nacionalistas: reaccionarios, anglófilos y conservadores, amantes del mesianismo ruso, derechistas a la francesa, hispanófilos, católicos, filosóficamente vitalistas, culturalmente pesimistas, los nacionalistas, como no podía ser de otra forma, acaban siendo fascistas o pretendiendo serlo. ¡Y todo esto sin que tengan nada de original o particular! Puro remedo de tendencias extranjeras, ¿por qué seguir llamándoles nacionalistas?

Ni aún la más apasionadas de las versiones antinacionalistas del nacionalismo argentino, salvo la de Rock, había llegado a contar una historia tan tormentosa y escalofriante. Pero como Sebreli compra todo el pescado podrido –para podrir la cabeza del lector-, termina su relato desapasionado y científico escrutando las actuales raíces árabe islámicas de los nacionalistas de los últimos años, siguiendo las indicaciones del preclaro Alejandro Biondini (pp. 208-210), de modo que no quede duda que hoy los terroristas son los nacionalistas.

Peronismo

Impenitente, Sebreli reitera –aunque cada vez más confusamente- su teoría del peronismo como versión peculiar del bonapartismo, un populismo, un fascismo, en fin (p. 232). La noción de comunidad organizada de Perón, antes que reconocer antecedentes cristianos, está inspirada en Hitler (p. 230), aunque el peronismo no sea más que la extensión de las políticas asistencialistas conservadoras, mezcladas con doctrina social de la Iglesia y dosis de autoritarismo a lo Mussolini (p. 224). Que los intérpretes no se equivoquen: el peronismo no es más que la socialdemocracia de nuestros cretinos conservadores (p. 233). De ahí que sea un inacabado fascismo, una versión débil, blanda, suave, por imperio del populismo (p. 237).

Pero, ¿cómo puede ser así si, como dice el autor en frase poco feliz, "el fascismo fue un descubrimiento tardío de Perón antes de su viaje a Italia" (p. 272)? Es difícil que Sebreli sea coherente con el peronismo cuando no lo ha sido con sus predecesores. Porque el peronismo es una expresión tan particular de fenómenos argentinos, latinoamericanos y europeos, que si sólo se le aplican categorías foráneas –más aún cuando la aplicación no es dosis homeopáticas sino con la brutalidad de un carnicero-, no se le acaba de entender como lo que fue: peronismo, sencillamente peronismo(5) .

Lo que queda claro en tanta confusión es que el peronismo era antidemocrático y que por esos sus opositores y rivales se vieron "obligados" a usar medios igualmente antidemocráticos, según la lógica fatal del sistema (p. 283). ¡Qué tal! Menudo argumento para justificar las revoluciones, en particular la del 55.

Militarismo

Para Sebreli, todas las revoluciones militares, desde la del 30 hasta la del 76, son lo mismo y sólo se diferencian en menudencias, pequeñeces debidas a flaquezas de los actores o a novedades de su tiempo. Hubo, entre aquéllos, quienes confesaron la debilidad y se convirtieron a la democracia: Sebreli exculpa por eso a Mariano Grondona (p. 299), caso particular cuya mención no se entiende si no fuera por la amistad mediática entrambos. Pero, más allá de esta nota sensiblera, Sebreli anuncia que a los militares no los quiso nadie, pero sus gobiernos fueron apoyados masivamente: sindicalistas, políticos, la Iglesia y el cuerpo castrense se sumaron siempre a generar el consenso militarista. Además, todos los golpes fueron cortados con la misma tijera y reprodujeron, más o menos, la misma receta: ideólogos nacionalistas, proyectos corporativos, inflamado catolicismo, anticomunismo, seudo liberalismo económico, etc. En todo caso, la historia siempre se repitió, como en el corsi e ricorsi de los modernos, nada nuevo hubo de mano del militarismo, que se remedó a sí mismo hasta su agotamiento.

Malvinas

Un párrafo aparte ameritan los dichos de Sebreli sobre Malvinas. No puedo dejar de transcribir el párrafo que sigue: "El Mundial de Fútbol 1978 fue un ensayo general para la guerra, el partido de fútbol era vivido con la misma dramaticidad que una batalla y después la guerra sería trasmitida y recibida por una sociedad, criminalmente frívola, como si fuera un partido de fútbol." (p. 334) La lectura del texto me sugiere varias ideas, pero hay dos que me parecen inaceptables: la comparación entre guerra y fútbol sólo es posible en una mente atormentada que no comprende a una y a otro, salvo que se trate de otra de sus habituales comparaciones exageradas y falsas. Además, acusa a los argentinos de formar una sociedad criminal y frívola, lo que cuando menos es una imputación injusta y cuando más radicalmente falsa. Tan falsa como otras afirmaciones que le siguen: que Malvinas fue siempre un problema menor (para Sebreli, se entiende), que los extremistas de izquierda en el extranjero apoyaron la reivindicación militar por sus genes antidemocráticos y nacionalistas (es decir: nada más que un prurito ideológico unía a víctimas y victimarios), y que los países latinoamericanos dieron sólo apoyo moral (olvidando la efectiva y concreta ayuda material del Perú). Pocas cretinadas y mentiras se pueden encontrar tan condensadas como en las dos páginas y media que el autor dedica esta cuestión.

Las izquierdas

Si hay un capítulo aceptable es éste, que el autor relata bastante bien en razón al conocimiento que del asunto tiene por su vieja militancia. A pesar de ello, algunos lugares sugieren nuevos focos de ignorancia (como cuando dice, en p. 347, que la única declaración internacionalista, antifascista y democrática, o sea: de izquierdas, de la CGT fue la de 1945 contra Bramen(6) ) o interpretaciones sesgadas (como cuando mutila un texto de Jorge Abelardo Ramos, en p. 351, para hacerle decir lo que él quiere que diga). Algunas reconstrucciones demuestran sus fobias: los representantes de la izquierda nacional no son sino nacionalistas disfrazados, como ese personaje al que denosta, Hernández Arregui. Aquí la objetividad, guiada por una reconstrucción antojadiza, no supera la prueba de los viejos rencores y los nuevos amores.

Y como para que no queden dudas que la bête noir del autor es el fascismo, los Montoneros fueron fascistas de izquierda, tesis que avanzó Giussani, y que Sebreli ni siquiera menciona, para quedarse con los honores de tan equívoca tesis.

Guevara y Cristo

Pero el punto más elevado de las descabelladas teorías de Sebreli está en su reconstrucción del Che. Las páginas que le dedica (de la 377 a la 388) comienzan jugando con la figura del aventurero –el Che es un trasgresor idealista que vive la revolución apasionadamente y sin reflexionar- y culmina en su transfiguración en héroe y santo. Así, por mor de la vida aventurera, vienen a encontrarse el Che con Cristo. Convengamos en algo: es más fácil apuntar el Che a los extremos; o asesino y criminal, adorador de la violencia, o revolucionario internacional e idealista, amante de la sufrida humanidad. Las versiones vulgares no son del gusto de Sebreli, por eso, en recurso dialéctico, niega los extremos al tiempo que los sintetiza en un tercer momento nuevo e increíble: el Che hizo de su vida un culto de la muerte, llenó aquélla de un sentido heroico similar a Cristo, la primera "vedette de la muerte" (p. 387). El Che mártir no es más que uno de los tantos héroes y santos que, como Cristo despreciaron la vida y ensalzaron la muerte. Guevara, como aquéllos, rechazó el materialismo y proclamó la supremacía de los valores morales: servicio, sacrificio, disciplina, corazón, heroísmo, santidad (p. 388).

Si lo que dice del Che mueve a la risa, por su carácter ramplón adornado de elevada teoría, lo que afirma de Cristo lleva a las lágrimas, por su nula comprensión de la religión católica y de las religiones fundadas en su doctrina. Que aquélla y éstas sean el culto de la muerte es tan antipático como falso: nada de amor, de caridad, de resurrección a la vida plena y verdadera; en fin, nada de trascendencia. Las religiones caen bajo la fenomenología de la muerte. Así se simplifica y se hace crítica científica.

La democracia

Alfonsín y Menem son la democracia, cada uno con sus notas propias, pero democracia al fin. Y es bueno que así sea, según Sebreli. Porque con su llegada los militares abandonaron la política (p. 409), omitiendo a Balsa, a Rico y otros muchos que se bañaron en las aguas democráticas e hicieron política de modo distinto, pero política democrática al fin. Porque se ha retomado el ciclo de la secularización, expulsando a la Iglesia de sus dominios (pp. 412-414), aunque ello signifique hacer caso omiso de algunas irrupciones de religiosidad de la sociedad, como en el Congreso Pedagógico. Porque ello significó la introducción de la libertad económica, pues no hay democracia sin mercado (pp. 416-417), de modo que la creciente pobreza no puede atribuirse a la crueldad de los técnicos (p. 421) (7). Así se justifica que todo el poder haya ido a parar a las manos del Cavallo, el tecnócrata salvador (p. 433).

Porque la democracia es más importante que nada, hay que tener cuidado con quienes la asocian a la corrupción. Es este, dice Sebreli, un asunto sobrevalorado (p. 427), aunque no recuerde que desde comienzos de la década de 1990 estaba entre los primeros problemas que la sociedad percibía. La corrupción no ha sido colateral de la crisis: ha sido causa estructural de ella(8). Pero Sebreli prefiere la democracia a la vida sana. Y su ensayo crítico deviene en crónica benévola de la democracia argentina, tolerante con la corrupción .

Un liberal entre falsos liberales

Será de utilidad revelar desde dónde escribe Sebreli la historia y su crítica. Así sabremos a qué adhiere y qué prisma deforma su vista. La defensa del europeísmo de la cultura argentina no debe llamarnos a engaño: reclamar, como Borges lo hiciera antes, nuestro derecho a la cultura Europea es volvernos hijos de Occidente y abandonar toda pretendida maternidad hispana. Así se entiende que defienda en esos propósitos a los liberales del siglo XIX (p. 31) (9) . Hay aquí una de las piezas claves de su ideario.

Porque a no dudar que Sebreli es un liberal sin empacho, progresista sin pruritos y democrático sin penitencia. Y lo de impenitente no es una crítica sino una afirmación de él mismo: la década infame fue brillante, dice, aunque la oscureciera el fraude electoral (p. 53). Reveladora confesión, amigos lectores: para un demócrata liberal, el libre voto no merece parangonarse con la floreciente economía y la –supuesta- libertad de la cultura. Escala de valores, que le dicen.

El proyecto de nación moderna fue cortado abruptamente en Argentina cuando, retirado por la violencia el presidente Juárez Celman, se interrumpe el proceso laicista, secularizador, progresista y democrático que él y las generaciones anteriores –salvo Roca, por cierto- encarnaban. El curso de la historia frustrada recién se retomará en 1983. En ese largo intervalo de casi un siglo no hubo nada valioso que destacar, porque no fue más que el embarazo y la lenta parición de todas esas formas deformes de la política moderna que se resumen en el peronismo. Por eso, ahora, en estos tiempos de democracia renovada, hay que democratizar las conciencias, lo que significa, por lo pronto, desmilitarizarlas (p. 338).

Se trata de recuperar aquella idea de "la formación de una sociedad civil y laica" (p. 407) que los militares, la Iglesia, el peronismo, los nacionalistas e incluso algunos comunistas, perturbaron y quisieron abortar. Lo que nos espera es "el goce de una plena libertad individual" (p. 413), que no excluye nada: los goces espirituales y los sensuales, las libertades culturales y las sexuales. Porque sin democracia –entiéndase, libertad- no hay ningún proyecto de realización humana –léase individual- que pueda efectuarse. Ella es lo único firme y definido, lo único definitivamente necesario para que el hombre pueda hacerse hombre (p. 440).

Protocategorías para una protocrítica de la protohistoria de la protoArgentina

Si la lectura de esta crítica de la crítica que este libro instrumenta, no le ha cansado, déjeme añadir unos pocos párrafos más.

Todo lo que se pensó y dijo en la Argentina aparece, según Sebrelli, bajo el rótulo de ideologías incompletas, falsas, mal adaptadas. Todo lo que se pensó y dijo en la Argentina es el preanuncio de ideologías extremas que estuvieron por venir. Lo nuestro nunca dejó de ser incipiente e imputro: protofascista, protonazi, protopopulista, protototalitario, protomilitarista, protobonapartista(10). Así nos ve Sebreli, para quien, si hubo consumación de esas tendencias, habrá que hallarlas en el peronismo, que es cumplimiento parcial de muchas cosas, pero nunca sólo peronismo.

La interpretación crítica de las ideas políticas demuestra la falta de consumación de las grandes ideologías, porque las realizaciones vernáculas son falsos émulos de aquéllas. La versión de Sebreli está llena de proyectos anticipatorios, que como prominentes protuberancias en el decurso histórico-ideológico, hablan de protagonistas parcelados, cercenados, que nunca acaban las promesas –buenas o malas- que se incuba en su seno.

Y este itinerario argentino ha sido también el del propio Sebreli. Abandonó la revolución, la de las balas o la de las letras –poco importa ya si difieren o difirieron-, y se hizo mendigo de la democracia burguesa, por creerla más radical que aquélla. Volvió a comprar espejitos, otros espejitos, creyéndolos rubíes, otros rubíes.

Drummond, Luján de Cuyo, 18 de abril de 2003

 

1Juan José Sebreli, Crítica de las ideas políticas argentinas, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2002, 507 pp. La que aquí reseño y critico es la 2ª ed., de diciembre del pasado año; la primera se había hecho un mes antes, y tengo entendido que, a marzo de 2003, había salido cuando menos otra nueva edición.

2Hubiera sido distinto si Sebreli dijese que Burke tenía simpatías católicas. Simpatizar no es lo mismo que profesar, empero.

3Así lo anticipó mi amigo Carlos Egües, al comentarme la lectura de este libro. Cuando hice la mía, me di cuenta que esa guía para el lector era cierta, tan cierta como dañina.

4Lo dice por la defensa de la familia que hiciera Yrigoyen. Escribe Sebreli: "Típica hipocresía de la doble moral victoriana del solterón con numerosas amantes e hijos naturales." ¡Así se escribe la historia y se devela la verdad! ¡Califique, Sebreli, califique, que en esto es Usted perito! Pero no se olvide que antes había dicho que los radicales –que ahora son farsantes- eran más conservadores que los propios conservadores. ¿En qué quedamos?.

5Sin embargo, Sebreli no escatima eufemismos. A pesar de pegar etiquetas variopintas al peronismo intentando precisar su naturaleza, no duda en decir de los países comunistas bajo el ala soviética, que eran "los regímenes burocráticos del Este" (p. 281)

6Olvidando, cuando menos, el programa de Huerta Grande de las 62 Organizaciones de 1962 o el de la CGT de los Argentinos de 1968.

7Aclaro que creo que es cierto que en la pobreza actual operan factores estructurales que vienen desde lejos, como afirma Sebreli; pero también, que una economía puramente técnica es inhumana y responsable de la exclusión y pobreza de numerosos argentinos

8Otro ejemplo del estilo de Sebreli: "No debe olvidarse, además, que las campañas moralizadoras contra la corrupción administrativa han sido uno de los recursos preferidos de todos los golpistas por la fácil repercusión en la sensibilidad de la opinión pública." (p. 428) ¡Aguantarse, pues, no hagamos olas con la moral, no sea cosa que un milico nos la imponga! Vil asociación de razonamientos, que privatiza la ética al mismo tiempo que la militariza.

9Hasta se podría decir que este remate borgiano está a tono con la propia estirpe del autor: un extraño entre los suyos. Pero no es así: Borges ha sido argentinizado y Sebreli es más popular de lo que uno imagina.

10Proto, semi, cuasi, son usados como prefijos por Sebreli que denuncian lo mismo: falta de plenitud y/o temprana anticipación de ideologías acabadas.

 

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