VALORIZAR LOS GENES DE LA PATRIA O PROFUNDIZAR LA DECADENCIA

Escribe Sergio Ceron


La Argentina, proclamada a principios del siglo XX como una evidente potencia emergente, hoy es vista por la mayoría de los observadores como una nación destinada, casi irreversiblemente, al ocaso.

¿Qué nos pasó? ¿Por qué somos tal vez el único caso de un pueblo que llegó a tocar la cúspide y hoy cae barranca abajo hasta el borde del abismo?

Quien busque una respuesta simple no la encontrará. El hombre y las naciones, constituyen organismos de una complejidad que supera a la del resto de la creación que logra abismarnos en su insondable misterio. Pero ni el Universo, ni el individuo, ni la sociedad, son inmunes a la indagación serena y paradójicamente apasionada, de quien se acerca a ellos en respetuosa búsqueda.

Tenemos a nuestro alcance un propicio pretexto. O, si se quiere, un irrenunciable mandato. La Patria nació, tal vez de manera prematura, el 25 de Mayo de 1810. El 25 de Mayo de 2003 está ante la encrucijada de hacer un viaje retrospectivo, autoanalizarse, y decidir qué quiere ser. Y ante opción imposible de eludir, podemos definirla en términos necesariamente simples: una Nación con destino o un destino sin Nación.

¿Y qué es ser Nación?. No es un territorio definido por fronteras, no es un conglomerado humano asentado en un lugar geográfico, no es una utopía imaginada en la mente febril de los ideólogos desasidos de la realidad. Es una sociedad humana consciente de que todos y caso uno de quienes la integran tienen un destino común en lo universal. Es decir, pareciera que un sino misterioso, procedente de Dios o el Destino, de acuerdo a nuestra cosmovisión, acuerda a cada hombre y también a cada Nación, una misión que cumplir. El hombre y los pueblos no están fatalmente determinados por una voluntad superior. Pueden elegir. Esto es lo que los creyentes llamamos Libre Albedrío. Y los agnósticos, derecho de decisión.

Así que hombres y pueblos podemos aceptar o rechazar la misión propuesta. Pero de lo que decidamos depende la grandeza o la miseria que le señalarán su conciencia. Porque existe, sin duda, una conciencia colectiva.

Esta fecha augural encuentra sumergidos a los argentinos en una crisis fenomenal. Tal vez la más profunda de su vida como país. Pero a la vez, y pido perdón por reiterar una frase muy sobada en los últimos tiempos, crisis es sinónimo de oportunidad. Más aún, para los pesimistas que se declaran vencidos antes de combatir, la escalofriante palabra "agonía", con la cual alguno puede sentirse tentado a definir el estado de la Argentina, significa en el fondo el combate por la vida. No es una sentencia definitiva de muerte; tal vez, preanuncia la resurrección.

Y esto es lo que debemos proponernos. Hay signos más que alentadores para esperar, aun "contra toda Esperanza". Que cuando hay agallas todo es posible.

Parece que acabamos de enterrar en estos últimos tiempos la Argentina del "no te metás". También la de los odios y las explosiones fratricidas. Parece que estamos encaminados hacia la exploración de este destino común que nos permitiría retomar el camino abandonado hace un siglo.

Los individuos y los pueblos se miden en la desgracia. El dolor tiene un sentido, un porqué que se nos escapa en tiempos de serena meditación. En la bonanza, en la holgura, nadie tiene demasiado tiempo para examinarse y pensar en la razón de su vida. Esa preocupación nos asalta cuando el sufrimiento exprime hasta la última gota de nuestra capacidad de examinar nuestros actos. El país de los argentinos ha pisado el borde de la desesperación. Su gente se dio de boca contra la traición, la mezquindad y hasta la actitud delictuosa de gran parte de su clase dirigente. Los disvalores emanados de quienes debieron ser ejemplo, se extendieron hacia abajo. La marginalidad y la desesperanza llevó a una sociedad que alguna vez exaltó la virtud del trabajo, a prostituirse sl servicio del caudillismo comiteril, a embriagarse en la sinfonía del consumismo desenfrenado o, directamente a ingresar en la delincuencia, generalizada en toda la escala social, desde los megaempresarios hasta los marginales

de la periferia, desde los políticos de nota hasta el hambriento que vendió su voto para comer.

Y de ese cuadro desesperante surgió la luz. Debajo de la agobiante lápida de la corrupción esperaba su momento la Argentina de la solidaridad y el patriotismo. Aún espera, a pesar de que ha dado claras señales de existencia. Porque sólo hemos dado los primeros pasos en el camino de la redención.

La primera vuelta electoral ha demostrado que ninguna fuerza política logró suscitar suficiente confianza como para conquistar el apoyo de la mayoríay el país exige un modelo que recree la visión del destino argentino que tuvieron los padres fundadores. Cuando San Martín, G¨uemes, Artigas, Paso o Belgrano, se referían a los habitantes de la América Española como "nuestros paisanos". Y Simón Bolívar se atrevía a hablar de la "Patria Grande" desde los llanos venezolanos. Ese país que intentaron plasmar, a veces enfrentados en cruenta guerra civil, quienes soñaban con transladar las recetas de la civilización europea y quienes combatieron sin tregua para mantener la identidad genética original.

Esa lucha no se ha cerrado todavía. La Argentina raigal y a veces montaraz y desconfiada, es el rostro esquizofrénico que complementa la Argentina de las utopías intelectuales sin asidero en el suelo del país histórico y concreto.

Esta es la disyuntiva que enfrentamos en esta época de definición nacional. ¿Podremos comprender que no es posible abominar de los genes heredados sin desaparecer en un recodo de la historia? ¿Seremos capaces de aceptar que Rosas y Sarmiento, enemigos irreconciliables, tal vez sin darse cuenta colocaron juntos los ladrillos del país. Que Roca y Carlos Pellegrini, trabajaron con el mismo propósito y que Yrigoyen y Perón, pretendían una misma Patria independiente y soberana?

Hay mucha riqueza humana que brota de las entrañas de la comunidad. Ante la defección de la clase dirigente, todos los días surgen líderes sociales: en los comedores de la villas miseria, en la movilización de la clase media, en las universidad y los institutos de investigación, en las grandes y pequeñas empresas que vuelven a brotar como los hongos revividos por el agua de la esperanza, en los hombres y mujeres con vocación política que jamás han tenido puestos de conducción, en los intelectuales que tienen el coraje de rever sus prejuicios y se animan a abrir un debate alentador.

La Argentina espera el liderazgo de sus hijos mejores. De aquellos que como los discípulos dilectos del Evangelio vienen dispuestos a servir y no a servirse.

Es tiempo de convocatoria. La bandera de enganche está alzada. Son tiempos hermosos donde todo es posible. Julio Argentino Roca, a quien puede reprochársele muchas cosas menos no conocer a su país, nos legó una frase: "Todo está bien, porque todo está mal"!

Esta aparente paradoja nos dice que en los momentos cruciales, como éstos que vivimos, cuando estamos tocando fondo, es cuando tenemos la necesidad y la posibilidad de ascender a la superficie.

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