Ahora que el coltan, imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles como para los misiles balísticos, escasea en Australia, Brasil y Tailandia, empresas multinacionales han establecido una política de rapiña para obtenerlo en la convulsionada República Democrática del Congo. En esos intereses y no en las diversidades étnicas se centran los conflictos que desangran la región.

Por Ana Delicado

LA VERDADERA IMPORTANCIA DE LA GUERRA EN EL CONGO.

Trabajadores del coltan.

No es muy conocido, pero es ya imprescindible. Con él las baterías de los teléfonos móviles mantienen más tiempo su carga. Es necesario para el mejor funcionamiento de aparatos electrónicos, misiles balísticos o videojuegos.

Por él, Sony no tuvo más remedio que atrasar el lanzamiento de la Play-Station 2. El coltan, también conocido como colombio-tántalo, facilita nuestra vida. No tanto la de los congoleños.

Desde hace años el coltan empezó a escasear en Australia, Brasil y Tailandia. El gran aumento de la demanda, debido en gran parte al auge de los teléfonos móviles, estimuló el comercio ilegal de este mineral en África central.

Para muchos países de esta zona, la devaluación de los productos mineros tradicionales y la desertización de los campos de cultivo provocaron una revalorización de este sector alternativo. En la República Democrática del Congo (RDC) se encuentra el 80% de este preciado mineral. En los 10 últimos años, grandes multinacionales, como Nokia, Ericsonn, Siemens, Sony, Bayer, Intel, Hitachi o IBM, se disputan ‘el tesoro’ a través de aliados autóctonos.

En 1997, fue derrocado el presidente congoleño Mobutu Sese Seko, de estrecha relación con los capitales imperialistas de origen francés. Kagame, presidente de Ruanda, y Museveni, de Uganda, lideraron la conquista de la capital Kinshasa y colocaron al mando a Laurent Kabila. Hoy Ruanda, Angola y Burundi, apoyados por los Estados Unidos y solventados por créditos del FMI y el Banco Mundial, se enfrentan a la RDC en una devastadora guerra: cuatro millones de víctimas civiles, más de dos millones de desplazados y medio millón de refugiados.

Mientras los gobiernos de estos países se disputan el territorio y empobrecen aún más si cabe a sus pueblos, las empresas mixtas se reparten el control económico de la región. Controlan incluso el transporte. Las zonas militares de los aeropuertos internacionales de Kigali y Entebe son un claro ejemplo: ni impuestos ni aranceles. Los vuelos de ida al Congo viajan cargados de armas y los de vuelta, de minerales.

Las grandes empresas financian a las fuerzas militares de los dos frentes, que bajo la excusa de conflictos interétnicos, mantienen una guerra real por el control de las ricas minas del Congo. En ellas trabajan cada día más de 20.000 personas. Los obreros más codiciados, por ser la mano de obra más barata y fácil de silenciar, son los miles de niños que abandonan la escuela para adentrarse con facilidad en las minas a ras de tierra.

También acuden a las minas presos a los que se les reduce la condena, refugiados, campesinos o ganaderos, que ya no pueden alimentar a sus familias. Se alejan de sus comunidades por mucho tiempo, deslumbrados por los 10 dólares que pagan por kilo de mineral extraído, luego cotizable a 300. El problema es que no todos vuelven. En cuatro años han muerto 3 millones de personas en las minas de coltan.

El sistema de control económico de las empresas extranjeras ahoga cualquier posibilidad de creación de un mercado interno o una industria local. Ruanda lo sabe, en tan sólo 18 meses ha ingresado en sus arcas 250 millones de dólares. También Burundi y Uganda, considerado por los Estados Unidos como ejemplo para las naciones africanas, exportan oro, diamantes y coltan sin tener producción propia.

El coltan puede ser una fuente de riqueza para el Congo y no un lazo más que oprima a su pueblo. Algunas ONG denuncian esta escandalosa situación y pretenden que las agencias internacionales sancionen a las empresas que participan en el saqueo del país. El pasado mes de enero, catorce ONG europeas pidieron en Bruselas que las exportaciones de coltan fuesen embargadas de manera temporal para evitar que se siga alimentando la guerra en este país. Un informe del International Peace Information Service revelaba que varias empresas del Norte estarían implicadas en ese comercio.

El coltan proveniente de zonas en conflicto debería ser eliminado de la cadena de producción para intentar acabar con el caos que reina en el país.

Los señores de la guerra dejarían de obtener financiación para comprar armamento y se abriría una puerta de esperanza para el Congo.

La fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias

 

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