La política internacional rusa durante la administración Putin

A la actual Federación de Rusia le llevó casi diez años aceptar que, a pesar de su rango de segunda potencia nuclear mundial, ya no podía jugar el rol central en el tablero estratégico global que había jugado su predecesora, la URSS. Fueron diez años de frustraciones y creciente resentimiento para ciertos sectores, tanto del ámbito político como del militar. El debilitamiento político y económico originado por la implosión de la URSS y por las incertidumbres que generó la primera etapa de vida autónoma de la propia Rusia; la pérdida de influencia en las ex repúblicas; el fracaso de la Comunidad de Estados Independientes, concebida originalmente como un mecanismo para mantener la estructura de los intercambios del período soviético con la mayor parte de los estados desprendidos de la URSS; la imposibilidad de evitar la intervención de la NATO en los Balcanes y el fracaso al tratar de sostener al régimen de Milosevic; la imposibilidad de contener el avance de la NATO hacia el este e incluso la creciente penetración de los Estados Unidos en varias de las ex repúblicas integrantes de la URSS (Azerbaiján y Kazakstán, especialmente), fueron otras tantas etapas de un doloroso proceso de adaptación a una nueva posición internacional, muy distinta por cierto a la vivida durante el período soviético. Esta situación, habría de agravarse aún con la llegada de George W. Bush a la presidencia de los Estados Unidos y con el desarrollo de las doctrinas de auto-seguridad y derecho a la intervención preventiva que constituyen la base de la nueva política exterior norteamericana.

Para completar este cuadro, la crisis económica de agosto de 1998, el comienzo de la segunda guerra de Chechenia y la incapacidad de las fuerzas armadas y de seguridad rusas para poner término a dicho conflicto, más el desprestigio internacional que les originó la falta de respeto a los derechos más elementales de la población chechena durante el mismo, sumieron a la política exterior de este país en un verdadero callejón sin salida. Por eso, los pocos aliados de Rusia a fines de los noventa eran regímenes desprestigiados (la Cuba de Castro, la Libia de Kadafi, la Siria de Afez y el Irak de Hussein, la Yugoslavia de Milosevic o la Corea de Kim il Sung) y, en menor medida, unos pocos ex dirigentes soviéticos reconvertidos en dictadores de los nuevos países independientes (Alesander Lukashenko en Belarús, Islam Karinov en Uzbekistán, Emomali Ramonov en Tayikistán -luego de imponerse en una verdadera guerra civil gracias al sostén de la guarnición rusa allí estacionada). El único progreso que podía exhibir a esa altura la política exterior rusa era un mejoramiento considerable de las relaciones con China.

Además, cabe señalar que la implosión de la URSS había generado un elevado número de conflictos entre la Federación de Rusia y sus vecinos o con otros países ex miembros de la URSS. Algunos de esos conflictos pudieron ser solucionados en los primeros años de existencia de la Federación (regreso de las unidades militares asentadas en países miembros del desaparecido Pacto de Varsovia, devolución del armamento atómico ubicado en Kazakstán, distribución de la flota del Mar Negro con Ucrania), pero la mayor parte se extendieron a lo largo de los años sin encontrar adecuada solución. Entre los más importantes corresponde señalar los siguientes:

  • la existencia de enclaves rusos controlados por regímenes separatistas: Trandniestr, entre Moldavia y Rumania, y Abjasia, separando Rusia de Georgia;

  • la situación inversa planteada en Kaliningrado, la antigua Prusia Oriental, que ha quedado separado del resto del territorio ruso y rodeado de Polonia y Lituania, países ambos que, al ingresar a la Unión Europea, deberán aplicar los Acuerdos de Shengen sobre movimientos de personas y, por lo tanto, controlar el desplazamiento de ciudadanos rusos por su territorio;

  • la permanencia de importantes minorías rusas o ruso-parlantes en territorio de países desprendidos de la URSS (los bálticos) o que fueron parte de Rusia y alcanzaron su independencia con la implosión de la URSS (Kazakstán y Turkmenistán): poblaciones que reclaman la protección rusa y estatutos especiales relacionados con la doble nacionalidad o con el mantenimiento del ruso como idioma a ser usado en los documentos y actos oficiales;

  • los problemas de división de aguas y de explotación de recursos marinos y bajo el lecho del mar Caspio, con Azerbaiján, Kazakstán, Turkmenistán e Irán;

  • problemas de demarcación territorial a lo largo del río Amur, frontera de 4.500 km. de largo con China, que fueron resueltos a fines de los años noventa;

  • problema de soberanía sobre las Islas Kuriles, ocupadas por la URSS a Japón durante los últimos días de la II Guerra Mundial;

  • deudas originadas por la provisión de gas o de energía eléctrica y no reconocidas por los países receptores (Ucrania y Georgia);

  • disputas sobre el paso de ductos (Ucrania y Georgia) o por el control de terminales de carga de petróleo (Letonia);

  • disputa con Azerbaiján por el apoyo prestado a Armenia durante la guerra de Nagorno-Karabaj:

  • graves problemas ecológicos derivados de la existencia de un número elevado de submarinos nucleares con equipos obsoletos y presumiblemente fuente de radiaciones en el Mar Blanco (Noruega y Finlandia) o del abandono de la que fue la mayor área de explosiones atómicas subterráneas del mundo (oeste de Kazakstán), así como también de la sobre-explotación de las aguas de los afluentes del Mar de Aral (también Kazakstán).

Como puede verse, un catálogo importante de dificultades a remontar a partir de la aceptación de que Rusia ya no podría, como su antecesora, dictar a sus vecinos las condiciones de solución a los conflictos bilaterales que se plantearan. Esa pérdida de influencia se había hecho evidente incluso en el plano económico ante el ya comentado escaso alcance que tuvo en los hechos la creación de la Comunidad de Naciones Independientes (CIS), limitado remedo de lo que fue el CAME, con su distribución de responsabilidades productivas en el marco de la economía socialista y al interior del Pacto de Varsovia.

La contraparte a este cuadro conflictivo fue, por un lado, la decisión de la Administración Clinton de sostener a Rusia, a través del FMI, hasta el límite de lo posible en el camino hacia la crisis financiera que eclosionaría en agosto de 1998, y por otra, el interés europeo, principalmente alemán y francés, pero también inglés a partir de la llegada de Tony Blair, por mantener las mejores relaciones posibles con Rusia y evitar su aislamiento a pesar de las actitudes adoptadas frente a la NATO a raíz del conflicto en los Balcanes. En el caso europeo jugaron, por cierto, un rol primordial las consideraciones políticas y la voluntad de evitar una nueva confrontación con la sucesora de la URSS. Sin embargo, a medida que ambas partes pudieron contener el conflicto político dentro de límites razonables, también comenzó a jugar un papel destacado el interés económico. Y éste por dos razones. En primer lugar, por el interés por estar presente en el inmenso mercado potencial ruso, el segundo en el mundo emergente, después de China. En segundo lugar, por poder contar con los casi ilimitados recursos rusos en materia de gas y, aunque en menor medida, también de petróleo. Respecto del gas, cabe señalar que ya hoy Rusia abastece un treinta por ciento del gas que consume Europa Occidental y que el rápido agotamiento de los recursos gasíferos del Mar del Norte, deján a Rusia como el principal abastecedor futuro de esta región.

La situación arriba comentada habría de comenzar a cambiar con la llegada de Putin, primero al cargo de Primer Ministro y mucho más con su elección como Presidente. Posiblemente el punto de inflexión se encuentre con el fin de la guerra en los Balcanes y la primera participación de Putin (por imposibilidad física de Yeltsin) en una reunión del G.8, en Colonia en junio de 1999. Quizás sea una prueba de ello que, en la siguiente reunión del G.8 (de la que sí participó Yeltsin) que se llevó a cabo en Estambul en noviembre de ese mismo año, no se hizo referencia en el comunicado final a la situación en Chechenia, a pesar de que Rusia había recomenzado el 8 de septiembre, y con particular violencia luego de graves atentados terroristas lanzados por los chechenos, su segunda intervención militar en la república del Cáucaso.

Putin, al llegar al poder, se encontró con una agenda de modernización y de construcción de una sociedad capitalista diseñada a medias e implementada de tal modo que el país estaba dividido en dos grandes sectores. Por una parte, las grandes empresas petroleras y productoras de materias primas (oro, aluminio, níckel) controladas por los llamados "oligarcas" o miembros de la "familia" (por su adscripción o cercanía a Yeltsin y los suyos) que en pocos años se habían hecho con la mayor parte de los activos de las grandes empresas rusas y que, durante los primeros años de la turbulenta vida económica de Rusia habían enviado la mayor parte de sus utilidades al exterior y privado por esa vía a la economía rusa de la posibilidad de capitalizarse y diversificarse. Por otra, los restos de las grandes empresas del estado, carcomidas por la corrupción y la ineficiencia pero de gran valor estratégico, y entre las que sobresalían Gazprom (el mayor productor de gas del mundo) y la UES, (monopolio de la generación, transporte y distribución regional de energía eléctrica) y las empresas del sector defensa. En el medio, quedaban miles de empresas privatizadas pero de muy incierto futuro, un sector agrícola aún colectivizado y sin legislación que le permitiera incorporarse al juego de las leyes de mercado y un gran sector público, fuente principal de empleo, especialmente de carácter municipal y provincial. Completar la realización de la agenda de modernización y construcción del capitalismo enfrentando, por una parte, al entonces todavía poderoso Partido Comunista y a sus aliados (especialmente el Partido Agrario) y por otra, a aquellos sectores que se oponían a la continuación de la construcción del capitalismo sobre una base prebendaria, requería, como prioridad, terminar con los conflictos internos y asegurarle al gobierno la posibilidad de poder contar con el apoyo de los grandes países occidentales en la prosecución de dicho objetivo. De allí que la acción internacional del Gobierno Putin se orientó desde el comienzo hacia la terminación de la larga lista de conflictos antes mencionados y a establecer las mejores relaciones posibles con todos y cada uno de sus vecinos. En segundo lugar, a procurar reinsertar a Rusia en el G.8 mejorando sus relaciones con Estados Unidos y con la Unión Europea, tanto en el plano político como en el económico. La llegada de George W. Bush a la presidencia de los Estados Unidos no facilitó el alcance de este objetivo, por el contrario –y tal como veremos con detalle en otro informe- iba a poner a prueba en más de una ocasión la real voluntad del Presidente Putin de avanzar en su política de entendimiento con Washington. Distinto fue el camino seguido con Europa, donde predominó, aunque con diversos matices, la voluntad por atraer a Rusia a un diálogo que abriera las puertas a una política de cooperación que permitiera hacer frente a los mayores problemas que Europa le planteaba a Rusia desde mediados de la década del noventa: la ampliación de la NATO y la de la propia Unión Europea, desintegrando así definitivamente lo que en el pasado reciente fue la zona de expansión y dominio de la URSS (y en el pasado no tan reciente de la propia Rusia zarista).

La acción de Putin presidente se bifurcó en varias direcciones simultáneamente. En el frente interno trató de consolidar rápidamente su poder con la reestructuración de sistema federal (modificación de la composición y forma de elección del Consejo de Estado -Senado-, creación de siete regiones y designación de funcionarios con poder de supervisiones sobre distintos aspectos del funcionamiento de las provincias), armado de una estructura política propia con mayoría en la Duma, apartamiento progresivo de los miembros de la "familia" Yeltsin y reemplazo por hombres de su confianza o provenientes de las mismas estructuras de seguridad de las que surgió Putin. En el plano económico avanzó también en la instrumentación de un programa de apertura y modernización de la economía, que comenzó a dar rápidamente sus primeros frutos, entre otras cosas gracias a un aumento importante del precio del petróleo y a la confianza despertada por la seriedad con la que se aplicó el programa fiscal. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno avanzó en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas que le planteaba la política exterior, en general con un criterio muy pragmático.

Uno de los más importantes de ellos fue la ampliación de la Nato. La desintegración del Pacto de Varsovia dejó un gran vació que obviamente no iba a poder ser ocupado por un nuevo esquema defensivo patrocinado por Rusia. El avance de la NATO sobre los países que fueron miembros del acuerdo patrocinado por la URSS era inevitable. Rusia lo sabía y precisaba evitarlo o diluir sus efectos. Las fórmulas propuestas fueron varias y llegaron a incluir hasta la incorporación de Rusia a la Organización. Finalmente, varios años más tarde, diluidos los efectos de la confrontación Rusia-OTAN en los Balcanes, la solución pasó por un acuerdo de cooperación y la Constitución de un Consejo de los 19 más Rusia, que se reunió por primera vez en Moscú, en mayo de este año, y que adoptó un programa de trabajo centrado en dos temas de interés común: la lucha contra el terrorismo (especialmente los riesgos de acción terrorista contra fuerzas armadas y armamento nuclear) y la no proliferación.

El acuerdo con la OTAN fue acompañado de un mejor entendimiento con la Organización de Cooperación y Seguridad Europea (OCSE).Una de las primeras expresions de este acuerdo -y al mismo tiempo la solución a uno de los problemas que arrastra Rusia desde la implosión de la URSS- es el retiro de sus tropas y de los importantes pertrechos militares estacionados en Trandsnepr, bajo control de la (OCSE) para ser reemplazados por un contingente de soldados de la UE, que tendrán que actuar como garantes de los sectores pro-rusos en ese país.

El tema de la expansión de la Unión Europea, en cambio, planteó un solo punto conflictivo: el sistema de visas a aplicar, por Polonia y Lituania, a los ciudadanos rusos para llegar o salir de Kaliningrado atravesando dichos países a partir del momento en que, como producto de su accesión a la UE, deban aplicar los Acuerdos de Shengen. El tema alcanzó un cierto nivel de confrontación, dado lo difícil que resultaba para Rusia tener que aceptar que sus ciudadanos precisaran de una visa de un tercer país para trasladarse entre dos puntos de su territorio. El tema además se veía complicado por los fuertes resentimientos que han quedado en Lituania contra Rusia y el pasado de ocupación soviético y por el insistente argumento de parte de Polonia de que Kalinigrado, con su régimen aduanero especial, es un gran centro de contrabando hacia Rusia y un foco de corrupción regional que exige medidas de control muy severas. Ante la "impasse" que se generó en un determinado momento en la negociación, el Presidente Putin encargó la misma al Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Duma, Rogozin. La pragmática solución que se alcanzó fue un éxito político mayor para Rogozin y permitió destrabar la búsqueda de un acuerdo global entre Rusia y la UE que era del interés de ambas partes.

Este acuerdo entre la UE y Rusia se fue construyendo a lo largo de los años, en la medida en que Rusia consolidaba su imagen como un país confiable para la provisión de gas, principal fuente de energía futura en Europa Occidental, y aclaraba las reglas de juego para la inversión europea en su territorio. Vale la pena comentar ambos puntos, dado su trascendencia política futura.

Europa Occidental depende para la generación de energía y consumo domiciliario e industrial del gas proveniente de tres grandes fuentes: el Mar del Norte (recursos off-shore del Reino Unido y de Noruega), el Magreb (Libia y Argelia) y Rusia. A más largo plazo puede llegar a contar con los recursos de los países de Asia Central (Azerbaiján, Kazakstán y Turkmenistán) y eventualmente de Irán. Para ello serán necesarias, sin embargo, grandes inversiones y contar con la seguridad de que Rusia no se opondrá al pasaje por su territorio de dicho gas (de hecho ya ha firmado un acuerdo al respecto con Turkmenistán) o a la construcción de los gasoductos que puedan pasar por territorio georgiano y turco para llegar al Mediterráneo (por ahora se está construyendo un oleoducto para sacar petróleo de Azerbaiján y eventualmente de Kazakstán). Por ello la fuente más segura y menos costosa para asegurar el reemplazo de los declinantes yacimientos del Mar del Norte, es el gas ruso, controlado por la empresa monopólica estatal Gazprom, que ha sido escenario de fuertes luchas políticas por su control y, desde la llegada de Putin al poder, para poder imponer un programa de racionalización y modernización de la misma que le permita jugar el rol de gran abastecedor de Europa Occidental que puede jugar en los años venideros. Esto último a condición de que cuente con el financiamiento necesario para hacer frente a las grandes obras (estaciones de bombeo y ductos) que están previstas para atender la creciente demanda europea y cuyo valor se cifra en torno a los cincuenta/sesenta mil millones de dólares.

Rusia es el segundo mercado "emergente" del mundo, después de China, tanto en términos de producto como de posibilidades de crecimiento a corto plazo. La fenomenal expansión que está conociendo la economía rusa, en particular gracias al gas y el petróleo pero también a la creciente apertura de su economía, la convierten en un "partner" apetecible para los países europeos, interesados en expandir las inversiones y las exportaciones de sus empresas. Además, y este punto es central en la lógica europea, a mayor integración de Rusia a la economía europea mayores serán las seguridades de diluir los riesgos de futura confrontación con el que fuera el gran rival de la guerra fría. De allí las grandes inversiones a fondos perdidos hechas por Alemania desde la época de Gorbachov en Rusia, como los que han hecho países como Noruega o Suecia y, en menor medida, Francia. Al comienzo de la implosión de la URSS, Rusia fue vista esencialmente como un proveedor de materias primas (madera, carbón, oro, petróleo) al que había que ayudar a que no perdiera el rumbo y no volviese a ser la Rusia de incierta orientación política de inicios del siglo pasado o la incontralable URSS del pasado más reciente. Sus difíciles comienzos como una democracia, la violencia interna, la corrupción, el peso del Partido Comunista, sus conflictos con varios de sus vecinos o de los países otrora integrantes de la URSS, todos eran factores que incitaban a apaciguar y a tratar de contener a un gran vecino de alto riesgo.Sin embargo, a medida que el proceso de construcción del capitalismo y de consolidación de la democracia se fue afirmando, también se amplió la presencia de las empresas europeas. Al comienzo fueron las mismas empresas finesas o alemanas que habían comenzado a tener una tímida presencia desde la época soviética, después se sumaron las empresas italianas (que ya estaban presentes en la URSS desde la época de Stalin, con su famosa planta FIAT en Togliattigrad), las francesas (que han adquirido un rol relevante en el sector alimenticio y de distribución), las belgas y noruegas (que controlan la mayor parte de la red telefónica), las españolas (alimentación y pesca). A su vez, Rusia aceleró la explotación del gas y aumentó considerablemente su provisión a Europa Occidental y en particular a Alemania. De este modo, quedó integrado un "package deal"que condujo fácilmente hacia un acuerdo, concretado en 2002, cuyos elemtos principales fueron los siguientes:

ambas partes trabajarían para aumentar la provisión de gas a Europa Occidental;

la Unión Europea reconocería a Rusia la condición de "economía de mercado"y le daría el pleno trato nmf a sus productos;

los contensiosos comerciales que existían entre ambas partes, se reglarían enel marco del proceso de accesión de Rusia a la OMC, que la UE está dispuesta a apoyar firmemente con vistas a que se termine lo antes posible (a pesar de que los mayores problemas que presenta dicho proceso tienen que ver con divergencias entre Rusia y la UE, en materia de legislación bancaria, de apertura del sector seguros y de protección a la industria automotriz).

La etapa siguiente de este acercamiento con la UE será la discusión de la forma que podrá tomar la constitución de un nuevo "espacio económico común", semejante -pero no igual, dado la reticencia rusa a adoptar como suya legislación comunitaria- al que la UE ha establecido con Suiza, Noruega e Islandia. Este acuerdo podrá llegar en el futuro a la eliminación de barreras al comercio entre los 25 y Rusia, al menos en productos industriales, creando así una inmensa zona de libre comercio en esta región del mundo, con serias consecuencias para países como el nuestro.

La relación con los Estados Unidos, en cambio, siguió un proceso más complicado, del que damos cuenta por separado. Cabe señalar aquí, sin embargo, el fuerte apoyo que brindó dicho país a Rusia a mediados de los noventa e incluso hasta el momento de la crisis financiera de 1998, presionando sobre el FMI para que siguiera apoyando un proceso que conducía inevitablemente a la crisis. Esa política de apoyo casi incondicional cambió radicalmente con la llegada de la administración de George W. Bush. En el plano económico, sin embargo, Estados Unidos fue encontrando un creciente interés en Rusia como potencial destino de inversiones, aunque con mucho menor entusiasmo que Europa Occidental. En el sector petrolero, en cambio, el interés ha sido tan marcado de parte de las empresas norteamericanas como de las europeas. A pesar de ello, las inversiones norteamericanas en este sector están aún muy por debajo de las de las empresas europeas. Esto no ha sido óbice para que Estados Unidos haya declarado también a Rusia "economía de mercado" y para que haya expresado y demostrado su pleno apoyo a la pronta incorporación de Rusia a la OMC. Y ello a pesar de los contensiosos surgidos en torno al acero, por medidas restrictivas adoptadas por los Estados Unidos, o a los pollos y la carne porcina, por medidas sanitarias y de restricción al comercio adoptadas por Rusia.

Por otra parte los intereses petroleros han sido un nuevo factor de confrontación entre los Estados Unidos y Rusia en Asia Central. Rusia ha perdido paulatinamente el control de dichos recursos en países como Azerbaiján y Kazakstán a manos de las empresas europeas y norteamericanas, y otro tanto ha sucedido, aunque con tiempos distintos y en menor grado, en Turkmenistán. Esa confontación se ha extendido también a la construcción de ductos para dar salida al petroleo y al gas producido en esos países, con Rusia procurando tener el control del pasaje de dichos ductos y de los puertos de salida.

Al mismo tiempo, Rusia se ha convertido en un factor de moderación de los precios en el mercado internacional por dos vías. La primera, ha sido manteniendo un ritmo de producción y exportación próximo al máximo de su capacidad, con lo que ha agregado al mercado mundial una producción adicional que ha contribuído a morigerar los precios en momentos muy delicados (mínimo nivel de stocks en los Estados Unidos y crisis de Irak). La segunda ha sido su negativa a acompañar a algunos de los países de la OPEP en sus pedidos de limitación de la producción. En dos oportunidades el Presidente Chavez de Venezuela visitó Rusia con el mismo pedido, que Rusia se incorpore a la OPEP o que, al menos, redujese considerablemente su oferta de modo de contribuir a un aumento de precios. La mayor concesión que aceptó Moscú, fue una reducción de la producción de 150.000 barriles diarios por un breve período, que en los hechos no tuvo ningún impacto sobre los precios. Para continuar posteriormente con un ritmo de exportaciones sin precedentes y físicamente imposible de aumentar dadas las limitaciones de su capacidad de embarque o transporte.

Tanta ha sido la importancia que los Estados Unidos o Europa Occidental han otorgado a los acuerdos logrados o en gestación con Rusia, que últimamente se han acallado las críticas por la forma que a veces toma la intervención rusa en Chechenia. Es verdad, sin embargo, que en ello ha jugado un rol importante la evidencia de la acción terrorista chechena (ocupación del teatro Dubrovna, atentados terroristas en Grozni y en el festival de rock de Tushino) y, factor no menos importante por cierto, la puesta en evidencia de la presencia de Al Qaeda en Chechenia y en Georgia. Más difícil de explicar resulta en cambio, el silencio que guardan aquellas potencias, o a lo sumo las críticas moderadas que hacen, ante la creciente destrucción de toda forma de prensa libre que practica el Gobierno Putin.

Otro de los logros importantes de Putin en materia de política internacional ha sido el acuerdo de cooperación alcanzado con China, casi en paralelo con la llegada del nuevo equipo gobernante en Beijín. Este acuerdo lleva por ejemplo la cooperación en materia de defensa a niveles sin precedentes desde la época de la ruptura de la alianza China-URSS en los años sesenta, le permite jugar a Rusia nuevamente un rol como proveedor importante de armamento de China (que pasa a ser su segundo mercado después de la India) y le concede la oportunidad de reforzar el llamado "Grupo de Shangai", una estructura creada por Rusia para hacer frente a los problemas de seguridad en Asia Central, especialmente con vistas a combatir la penetración de los grupos islámicos radicalizados en dicha región y que corría el riesgo de no poder seguir controlando a partir de la mayor presencia norteamericana desde el comienzo de la guerra en Afghanistán. Por otra parte, esta alianza también le permite a Rusia tener un mayor peso en Corea del Norte, donde debe procurar evitar el surgimiento de un nuevo polo de tensión con Estados Unidos, Corea del Sur y Japón. Cabe señalar, además, que la contrapartida de este acuerdo ha sido la decisión de Rusia de asegurar que el principal destino de sus recursos petrolíferos en Siberia será China. A tal efecto, la empresa Lukoil fue autorizada a firmar un contrato para la provisión de petróleo a dicho país durante los en los próximos 25 años, para lo cual será necesario contruir un oleoducto de 2.400 km de largo, desde la ciudad de Angorsk, en el este de Siberia, al puerto de Dagping, en China, con una inversión estimada en el orden de 2.500 millones de dólares.

Otro logro ha sido el refuerzo de sus relaciones con la India, especialmente en el plano militar, a través de un importante acuerdo de provisión de material militar y asistencia técnica en el área de defensa, que incluye la venta de fragatas, aviones de combate, sistemas de defensa aérea, tanques (la mitad de los cuales serán construídos en plantas de la India) y la posible venta de un portaviones.

Por otra parte, cabe señalar el cuidado con que Rusia ha manejado sus relaciones con algunos de sus más conflictivos aliados, por ejemplo, Corea del Norte, Belarús y Turkmenistán, o vecinos, como la Ucrania de Kuchma. Sobre el primero ha tratado de ejercer una constante y amigable presión y, al mismo tiempo, recibiendo a sus líderes cuantas veces han querido visitar Rusia y en medio de promesas de amistad eterna. Con la Belarús del dictador Lukashenko la relación ha sido mucho más compleja, dado la existencia de un acuerdo de unión económica y política entre ambos países. Esta viene postergandose de año en año, dada la situación política en Belarús y a pesar de las protestas y presiones ejercidas por Lukashenko pero también gracias a los cambios de condiciones para llevarf adelante la unión que el propio Lukashenko ha planteado, preocupado ante la presión de Moscú, de tener que enfrentar un proceso de elección del futuro Presidente y del Parlamento de la unión bajo un sistema democrático y abierto. Esto está generando demoras e incertidumbres en dicho proceso y plantéa incluso serias dudas acerca de la posibilidad de que se pueda llevar adelante la propuesta unión monetaria en el año 2005. Finalmente, la relación con Turkmenistán ha evolucionado al ritmo cambiante de los humores del "Padre de los Turkmenos", Nishazov ,en torno a tres grandes contensiosos: el pasaje del petróleo y el gas turkmenos hacia Occidente, la situación de las poblaciones de origen ruso en territorio de Turkmenistán y la distribución de los recuros del Caspio. Los dos primeros temas fueron objeto de un acuerdo reciente entre Rusia y Turkmenistán, que algunos medios rusos han interpretado como un verdadero sacrifico de las poblaciones de origen ruso establecidas en aquel país a cambio del control del paso de sus recursos petrolíferos. El tema del Caspio, en cambio, están aún irresuelto, dado que Turkmenistán no se ha unido al acuerdo de distribución de tales recursos firmado en mayo de 2003 entre Rusia, Kazakstán y Azerbaiján, razón por la cual dicho acuerdo se limita a los recursos de la región norte del Caspio

En lo que se refiere a Ucrania, el contensioso inicial fue muy complejo pues se trataba prácticamente de una separación de dos Estados que habían formado parte de una misma nación durante varios siglos. Más aún, si analizamos históricamente, el origen de la Rusia moderna se encuentra en el Reino de Rus, cuya capital fue Kiev. Sin embargo, el peso de la dominación soviética y de la desvastación del país causada durante la colectivización forzosa de su agricultura en época de Stalin, promovieron la búsqueda de independencia de Ucrania respecto de Moscú. De este modo, al momento de la implosión de la URSS y la consecuente separación de Ucrania, fue necesario resolver un sin número de problemas entre los que se destacó el reparto de las armas convencionales y el control de las bases militares y navales establecidas en territorio ucraniano. Al mismo tiempo, la dependencia ucraniana del gas y el petróleo ruso y la necesidad de Rusia de utilizar los ductos que pasan por el territorio de Ucrania para sacar sus combustibles hacia Europa Occidental sirvieron para crear un grave contensioso, en medio de acusaciones rusas de desvío de cantidades muy importantes de fluído y de deudas por la provisión de energía. En el punto más álgido de la disputa, Moscú decidió enviar como Embajador a Kiev a quien fuera Primer Ministro en la época de Yeltsin, Tchermonidine, con el mandato de solucionar el conjunto de problemas que separaban a ambos países. Su gestión fue realmente exitosa dado que tanto el tema de la deuda como el de las condiciones de uso de los ductos fueron acordados y hoy la cooperación económica entre ambos países está en plena expansión.

Distinto ha sido el caso de la relación con Georgia, otro país que fue históricamente parte de Rusia y cuna de Stalin. En este caso los mayores problemas han sido los siguientes. El primero, la subsistencia de un énclave en territorio georgiano pero lindero con Rusia, Abjasia, con mayoría de población rusa sostenida y protegida por la presencia de tropas rusas. Si bien Rusia se ha comprometido a mantener la integridad territorial de Georgia, la existencia de una fuerte corriente separatista en Abjasia y la expulsión de población georgiana hacia el interior del territorio georgiano se han convertido en un motivo de fuerte confrontación entre ambos países. El segundo problema tiene que ver con la personalidad del Presidente de Georgia, Schevernadze. Cabe recordar que fue el Ministro de Relaciones Exteriores de Gorbachov y que en ciertos medios rusos se lo asocia con lo que éstos consideran una claudicación frente a Occidente y varios de los países vecinos, que dichos medios estiman que no era necesario dejar partir como parte de Rusia (Kazakstán y especialmente la propia Georgia a la que consideran que Schvernadze dió la independencia para poder convertirse posteriormente en su Presidente). Esto ha llevado a Schevernadze a acusar a los servicios de inteligencia rusos de los dos intentos de asesinato que sufrió en los años noventa aparentemente a manos de independentistas abjasios u opositories internos. El tercer problema ha sido la acusación rusa -finalmente aceptada por Tbilisi- de que Al Qaeda operaba desde territorio georgiano, en la garganta del Pankisi, para penetrar o incursionar en la vecina Inghusetia (república rusa) y desde allí en Chechenia. Esto originó bombardeos de aviones rusos sobre territorio georgiano y la amenaza de intervención de sus tropas. El conflicto finalmente se resolvió de un modo que no satisfizo plenamente a Moscú. Georgia solicitó asistencia técnica a los Estados Unidos para entrenar a su ejército y esto permitió finalmente la captura de un contingente de combatientes de Al Qaeda, parte de los cuales fueron entregados a Estados Unidos y unos pocos, de origen ruso, a Moscú. Pero esta solución marcó el punto máximo de tensión entre Moscú y Washington como producto de la penetración de los Estados Unidos en los países vecinos a Rusia. A su vez, esto llevó a Moscú a aumentar su presión a través de Abjasia y a mantener el aislamiento de Georgia por vía terrestre, problema que también repercute sobre la incomunicación de su aliada en la región, Armenia. Por último, la dependencia georgiana de la energía eléctrica y el gas ruso -el país carece de recursos energéticos propios- se ha convertido en otro elemento de presión utilizado regularmente por Moscú.

El otro país con el que Rusia mantiene más de un contensioso no resuelto es Azerbaiján. Por una parte, Rusia ha apoyado a Armenia frente a Bakú en el conflicto por Nagorno-Karabaj y sus tropas siguen garantizando la independencia de Armenia a lo largo de su frontera con Turquía, que ha sostenido a Azerbaiján y que constituye aún hoy, la frontera sur del esquema de defensa de la NATO. Por otra parte, Azerbaiján ,como ya se señaló antes, ha llegado a un acuerdo con Rusia respecto de la distribución de los recursos de la zona norte del Caspio. En cambio, no ha dejado de sufrir la presión rusa por haber aceptado la iniciativa norteamericana y europea de construir un oleoducto entre Bakú y pasando por territorio georgiano, lo que permitirá al petróleo de aquel país y, evntualmente al de Kazakstán de salir hacia Occidente sin tener que pasar por territorio ruso.

Finalmente cabe recordar que Rusia terminó con su vieja alianza con Cuba, en medio de las recriminaciones de Castro. La última etapa de esa relación fue la devolución de la base de Lourdes, otrora utilizada por la Unión Soviética, entre otras funciones, para controlar los movimientos aéreos sobre el territorio de los Estados Unidos. Algo semejante sucedió con Vietnam, al que devolvió la base de Kham Rham y cortó los subsidios asociados al uso de la misma.

En cambio, le quedán aún a Rusia algunos otros temas importantes por resolver, más allá de los antes señalados. Entre los más importantes cabe señalar el futuro de sus relaciones con Japón. Con este país queda pendiente el tema de las Islas Kuriles,sobre el que aparentemente hubo una base de acuerdo a mediados del 2001 que se frustró por haber trascendido a la prensa y en consecuencia originado reacciones negativas en ciertos medios de ambos países antes de haber podido completar las negociaciones. El otro gran capítulo de la relación con Japón es la provisión de petróleo. La primera decisión de Rusia, como ya vimos anteriormente, es otorgar la prioridad en la utilización de sus recursos en Siberia para atender las necesidad des de China. Sin embargo, Japón ha redoblado recientemente la oferta de provisión de capitales para la prospección y desarrrollo de nuevos recursos en Siberia, así como para la construcción de ductos.

Turquía es otro país con el que la relación con Rusia pareciera no terminar de clarificarse completamente. Turquía se ha convertido en un importante "partner" comercial de Rusia y las inversiones directas de sus empresas en este país son considerables. Por otra parte, Turquía compite con Rusia en extender su influencia en los países de Asia Central y en darles salida al gas y al petróleo que aquellos producen, al mismo tiempo que impone crecientes dificultades al paso de los buques petroleros por el Bósforo. Por otra parte, sigue siendo la "frontera sur" de la OTAN y su ejército aún juega el rol de contensión de cualquier eventual avance de Rusia en esa dirección, del mismo modo que mantiene su apoyo a Azerbaiján en su confrontación con Armenia por Nagorno-Karabaj, enfrentandose así con la posición rusa de apoyo a este último país. Al respecto, cabe mencionar que Rusia, más allá de su apoyo y protección a Armenia, continúa actuando en el llamada "Grupo de Minsk" encargado de encontrar una salida pacífica al mencionado conflicto.

Crecientemente conflictiva, en cambio, se va haciendo la relación de Rusia con Irán. El enfrentamiento entre ese país y Estados Unidos abrío diversos áreas a la cooperación con Rusia, entre ellas la nuclear. Rusia ha estado participando en la construcción de la central nuclear de Busher y acordó en 1992 llevar adelante la apertura de una mina de uranio y la construcción de una planta de gas centrifugado para la producción de uranio enriquecido. Todo ello en el marco del sistema de garantías de la OIEA. Sin embargo, el reciente descubrimiento de que Irán estaba llevando adelante dos proyectos, uno de construcción de una planta de agua pesada en la región de Arak y una planta de gas centrifugado en la región de Natanz, ambos fuera del control de la OIEA e incluso del conocimiento de Rusia, más la preocupación que ello ha generado en Estados Unidos, Israel y los países del Golfo, han abierto serios interrogantes acerca de la continuación de la participación rusa en el proyecto de Busher, especialmente ahora que ha llegado el momento de la provisión de material nuclear para el funcionamiento de la central. Salvo que Irán acepte un régimen más severo de inspecciones de parte de la OIEA y de garantías adecuadas sobre el conjunto. De su programa nuclear. Al mismo tiempo, el retiro de Japón del gran proyecto petrolífero de Agmadán y la inmediata expresión de interés por parte de Rusia en hacerse cargo del mismo agrega un nuevo elemento a una compleja relación bilateral, que tiene otro tema pendiente en la delimitación de las aguas y el uso de los recursos del Caspio. Hasta el presente, Rusia ha pretendido encarar el tema siguiendo un acuerdo de división de aguas firamdo en 1925 entre la ex URSS y el Irán de los Pahlevi, acuerdo hoy desconocido por Irán que pretende una mayor participación en los recursos petrolíferos del Caspio.

Queda por último hacer mención a la activa presencia de Rusia en los organismos multilaterales y especialmente en el marco de las Naciones Unidas. En ellos Rusia no ha sido menos activa de lo que era su antecesora, la Unión Soviética y se ha refugiado en un discurso a favor de un presunto multipolarismo al que no se presta la potencia dominante. Ha cambiado, en cambio, el énfasis puesto en algunas posiciones, especialmente en defensa de los intereses de países que fueron en el pasado grandes aliados de la URSS (Cuba, Corea del Norte, Libia, Palestina). Un mayor pragmatismo y un menor deseo de confrontación con Estados Unidos y con Europa Occidental han ido modelando posiciones más moderadas y transigentes, pero no por ello menos orientadas a proteger su interés nacional incluso en caso de encontrarse frente a un cierto aislamiento, como resulta en la actualidad su negativa a aceptar el Convenio de Kyoto. Otro tanto puede decirse de la posición adoptada en el proceso de su accesión a la OMC, donde vemos una Rusa poco dispuesta a hacer concesiones –al menos en este período pre-electoral- en sectores claves como los servicios financieros, bancarios y seguros o respcto del grado de protección a brindar a su agricultura o a su industria automotriz.

 

Estado Actual de las relaciones Rusia-Estados Unidos

En los últimos años las relaciones Estados Unidos-Rusia reconocen dos períodos claramente identificables, uno que transcurre desde la asunción del presidente Gerorge W. Bush hasta el 11 de septiembre del 2001 y un segundo período que parte de este último momento y llega hasta la actualidad. En este ultimo período podrían a su vez diferenciarse dos etapas diferentes, una que se inicia el 11 septiembre hasta fines del 2002 y una segunda que transcurre desde ese momento hasta hoy.

Como característica general de ambos períodos puede decirse que los temas de paz y seguridad internacionales ocuparon la mayor parte de la agenda bilateral, mientras que las cuestiones económico-comerciales tomaron una importancia creciente a partir de la consolidación de la economía rusa y de la aspiración de sus dirigentes a integrarla al sistema económico internacional. En ambos procesos Rusia se encuentra en una posición asimétrica frente a Estados Unidos, en virtud de la debilidad de sus fuerzas armadas convencionales (y en menor medida de sus Fuerzas Estratégica) frente al despliegue militar y capacidades del ejército estadounidense y debido al mucho menor peso relativo de su economía frente al despliegue militar y capacidades del ejército estadounidense y debido al mucho menor peso relativo de su economía frente a la de los Estados Unidos.

Las notas salientes del primer período están marcadas por la desconfianza y la confrontación entre ambos gobiernos. Ambos estaban alimentadas por posiciones que buscaban conjugar las amenazas internas y externas a partir de la puesta en práctica de políticas radicalmente diferentes a las desplegadas en ambos países en la década del noventa: democracia y libre mercado en Rusia, asistencia de EE.UU. a Moscú para alcanzar esos objetivos.

El presidente Putin intentaba dejar atrás el primer decenio de la era post-soviética y establecer un marco político y normativo que evitara una creciente descomposición del poder central ruso y asegurara los intereses geopolíticos de Moscú. No solo en las fronteras de la federación sino que también controlara las ansias independentistas de varias repúblicas rusas, (de las cuales Chechenia era la más notable y amenazante) sino también reconstruyendo la influencia perdida en muchos de los ex miembros de la URSS después de su implosión.

Los últimos años de la década del noventa fueron particularmente negativos y dramáticos para Rusia. La crisis económica, la descomposición de la estructura política, la debilidad de la figura presidencial, la expansión de la OTAN hacia el este y la campaña militar de esta organización de defensa en Yugoslavia, generaron en la sociedad rusa y su elite política una creciente preocupación sobre el futuro e integridad de la federación y llegaron a convencer a algunos sectores de la existencia de una nueva amenaza de "Occidente".

Algunas de las políticas seguidas por Rusia y los antecedentes de Putin como miembro de los servicios de inteligencia soviéticos, alimentaron en occidente y en Estados Unidos en particular: la idea de que se asistía a un resurgimiento o recomposición de las posiciones más refractarias hacia la incorporación de Rusia al sistema internacional moderno, en especial debido al discurso belicista y combativo de Putin sobre la guerra de Chechenia, conflicto que colaboró de manera decisiva para su ascenso al poder. En esos momentos cuando Putin es nombrado Primer Ministro por Yeltsin y estalla la segunda guerra de Chechenia el discurso de Putin estaba centrado en la construcción de la "vertical del poder" y en la imposición de la "dictadura de la Ley", conceptos que aparentaban el lenguaje de la era Andropov.

Un año después y en pleno proceso de reformas del presidente ruso; las cuales (incluyendo un proceso de centralización del poder en desmedro de los sujetos de la federación, repúblicas autónomas, provincias, etc) y de sus líderes locales y de la continuidad de las acciones militares en Chechenia, asume el gobierno del presidente George W. Bush impulsando la idea de establecer un nuevo sistema de seguridad internacional.

Los primeros mensajes de la nueva administración Bush hacia Rusia no presagiaban la apertura de un campo de cooperación y entendimiento mutuo. Por el contrario, los mismos insistían con diferente grado en dos cuestiones altamente irritanes para el Kremlin: 1) Washington ignoraría a Moscú para la toma de decisiones importantes y aconsejaba que las ambiciones políticas y estratégicas rusas debían relacionarse con sus recursos. 2) Rusia debía ceder varios de los esquemas de seguridad heredados de la guerra fría, los cuáles al mismo tiempo y desde el punto de vista de Moscú, daban contenido y sustentaban las relaciones bilaterales en un contexto de certidumbre estratégica, en antimisiles de 1972 (ABM). De esta forma, el Kremlin observa con preocupación un nuevo impulso de Washington para debilitar su posición internacional.

Bajo estas condiciones y a poco de iniciar su mandato, el gobierno del Presidente Bush anunció la expulsión de varias decenas de diplomáticos rusos, por considerarlos espías, evento que auspiciaba para muchos el inicio de una nueva guerra fría en el marco de enfoques radicalmente diferentes sobre el orden internacional.

Desde el punto de vista ruso, o al menos en su discurso, el orden internacional debe estar sustentado en el multipolarismo cuya piedra angular son las Naciones Unidas y en un orden jurídico internacional basado en la igualdad e independencia de todas las naciones. Este enfoque tiene un doble cometido, por una parte mostrar el deseo del Kremlin de construir un orden internacional estable y previsible basado en normas internacionales y, por otro lado, oponer una concepción de balance de fuerzas internacionales a lo que considera un excesivo unilateralismo de Washington.

Ninguna de estos requisitos sobre el orden político internacional son hoy compartidos por Washington, que considera que su seguridad esta garantizada por su poderío militar y no por arreglos internacionales. En este contexto, el despliegue de un sistema nacional contra misiles (NMD) se convirtió en la prioridad en materia estratégica que encontraba en la existencia del tratado ABM de 1972 limitaciones formales para su desarrollo (más allá de las debilidades técnicas del programa). En este primer período comienza una larga etapa de negociaciones a fin de alcanzar algún tipo de acuerdo que permita el desarrollo del NMD y, al mismo tiempo, contemple medidas de estabilidad estratégica ante las cuales Rusia perciba que una mejor defensa del territorio de Estados Unidos no menoscaba su capacidad de disuasión. La solución final fue vincular el desarrollo del NMD a una reducción sustancial de los arsenales estratégicos de ambos países, de unas 10.000 cabezas nucleares existentes en la actualidad a unas 3000 en el próximo lustro. Este acuerdo tuvo además para Rusia dos virtudes adicionales: Le permitió presentar ante la opinión pública interna e internacional, decisiones ya tomadas unilateralmente por Estados Unidos como el fruto de un acuerdo bilateral y abrió la puerta a una nueva reducción de armamentos nucleares detenido por el comportamiento de los restantes acuerdos bilaterales en la materia.

Durante este primer período, no obstante las diferencias de enfoque, hubo un tema que mantuvo su importancia y validez en la agenda de cuestiones bilaterales: la amenaza del terrorismo internacional.

Sin embargo, en este tema también subsistía hasta el 11 septiembre la perspectiva de Washington de considerar a Chechenia como un conflicto en el cual Rusia utilizaba la fuerza de manera desproporcionada y violaba los derechos humanos. Por el contrario, el Kremlin se esforzaba en demostrar que el conflicto del Cáucaso era una parte más de la lucha contra el terrorismo internacional, que brindaba a los rebeldes chechenos los medios para disputar la autoridad rusa en Checheina sino procuraban llegar también a la mayoría de las repúblicas con fuerte presencia musulmana (especialmente Dagestán e Ingushetia y en menor medida, Bashkiria y Tatarstán), como así también a áreas claves de las repúblicas vecinas (Pankisi en Georgia, el valle de Fergana y otras regiones de Tayikistán y Uzbekistán).

Este primer período culmina con los eventos del 11 septiembre, cuando el Presidente Putin toma la decisión de colaborar abiertamente con Estados Unidos para el derrocamiento del régimen Taliban permitiendor el despliegue de tropas en las repúblicas de Asia Central -Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán- y luego esta colaboración con resignada anuencia para la instalación de un destacamento de asesores militares norteamericanos en Georgia con el objetivo de adiestrar al ejército de este país en la lucha contra el terrorismo internacional.

La cumbre de Eslovenia, junio 2001, fue la primera muestra de un cambio sustancial en las relaciones bilaterales, donde ambos presidentes mostraron no sólo un acuerdo general sobre la necesidad de cooperar sino que también evidenciaron la existencia de un respeto mutuo que se reforzó con la continuación del diálogo entre ambos, en la invitación del Presidente Bush a su homólogo ruso a su rancho de Texas. Las buenas relaciones personales se extenderían hasta el presente y podrían explicar en parte la actitud más moderada de la administración Bush con relación a los disensos rusos.

La primera etapa del segundo período puede ser considerada como las mas pro-occidental y más cercana a Estados Unidos por parte de Rusia , impulsada por dos temas estratégicos, la debilidad de las fronteras de Asia Central y la necesidad de combatir el terrorismo internacional de forma mancomunada.

Durante los dos últimos años de la década del noventa y en particular durante los años 2000 y 2001, el debilitamiento de la Alianza Norte del Coronel Massoud opuesta al régimen Talibán y la creciente infiltracion de grupos terroristas en los territorios de Tayikistán y Uzbekistán -en especial en el Valle de Fergana- mostraban que las fronteras de Asia Central no podían controlarlas los despóticos regímenes de esos países, debido a un avance tanto militar como ideológico de grupos radicalizados islámicos, situación que reproducía, más allá de la frontera rusa, la situación existente en Chechenia. Rusia carecía de los recursos militares y políticos para enfrentar esta amenaza. Militarmente, la experiencia de la guerra de Afganistan impedía un mayor involucramiento en el conflicto afgano, y los países de Asia Central observaban con desconfianza las iniciativas rusas, por considerarlas un nuevo intento de influencia luego de la caída de la Unión Soviética.

Desde el momento mismo de su asunción, el presidente Putin alerto sobre los peligros del terrorismo internacional, cuya mayor amenaza era la voluntad de los grupos islámicos radicalizados de formar un gran califato de características teológicas que ocuparía un arco geográfico desde Indonesia, pasando por Asia Central hasta el Cáucaso. Para enfrentar esta amenaza Moscú observaba con preocupación la soledad de su lucha y la permeabilidad de sus fronteras.

Los eventos de septiembre del 2001 modificaron esta situación y a partir de la intervención de Estados Unidos en Afganistán y de su presencia en otros países de la región la seguridad de las fronteras rusas esta asegurada por la presencia de tropas norteamericanas, las cuales también con su asistencia a Georgia, le permitieron a este país terminar con los rebeldes chechenos que lanzaban constantes ataques sobre las regiones del Cáucaso ruso. Esta situación constituye una suerte de dependencia militar de Moscú respecto a Washington poniendo una vez más, las debilidades del ejército ruso (derrotado en Afganistán e incapaz determinar con el peligro chechenio) y los límites de la diplomacia rusa en una región donde el peso del pasado soviético está aún muy presente. Además, a través de la importancia de la decisión del Presidente Putin de permitir el despliegue de tropas de Estados Unidos, modificó sustancialmente no solo el mapa geopolítico de Asia Central sino que también puso de relieve el alcance de la voluntad de cooperación rusa, más allá de sus tradicionales preocupaciones de seguridad en el área. Cabe además agregar otra reflexión a este respecto. Posiblemente por las razones antes señaladas, Rusia no pudo en los noventa detener la creciente presencia norteamericana –y de Europa Occidental- en varios países de Asia Central. Los intereses estratégicos y las riquezas en gas y petróleo explican esa presencia y si la misma no fue mayor desde antes del once de septiembre, posiblemente se debían a la resistencia que genera la personalidad de los Jefes de Estado y los regímenes políticos de esos países.

Estas mismas consideraciones geopolíticas y de seguridad fueron las que probablemente llevaron a Rusia a tratar de involucrar a China en la región, como contrapeso a la presencia "occidental" y por la comunidad de intereses en hacer frente al "peligro islámico" en esa parte del mundo –con China también amenazada por la existencia de grupos islámicos independientes en su frontera con los países de Asia Central . De allí el surgimiento del grupo de Shangai y los recientes esfuerzos rusos para desarrollar la cooperación en la lucha contra el terrorismo y la coordinación en materia de defensa con los países de esa región.

La segunda parte del segundo período comienza con la profundización de la crisis de Irak, cuando las anteriores diferencias sobre el orden internacional parecen retornar en las relaciones Estados Unidos-Rusia, divergencia que en este caso también sumaban los intereses comerciales y económicos rusos adquiridos en Irak desde los tiempos de la Unión Soviética.

En este caso Moscú debió construir una política exterior de defensa de sus concepciones sobre el orden internacional y, al mismo tiempo, tratar de asegurar sus intereses en la región. La búsqueda de este equilibrio se reflejó en una posición de moderada oposición principista a la invasión de Irak y en tratar de explotar las divergencias surgidas entre los países europeos.

La crisis de Irak demostró también los límites de la cooperación bilateral, la debilidad rusa para asegurar sus intereses en Medio Oriente y la necesidad de ambas partes de encontrar acuerdos que mantengan canales de comunicación y entendimiento más allá de las diferencias sobre los principios que deben regular el orden internacional y los intereses regionales de ambas potencias. En este último sentido las buenas relaciones personales entre el Presidente Bush y el Presidente Putin jugaron un rol primordial que registró un momento de importancia durante la cubre de San Petersburgo en ocasión del 300 aniversario de esta ciudad, cumbre que contrastó con la del G-8 celebrada días más tarde en la ciudad francesa de Evian, donde el presidente norteamericano demostró la distancia que lo separa con su homologo francés Jaques Chirac.

El caso de Irak recordó por espacio de unas pocas semanas el ambiente de confrontación de la primera etapa descripta al principio, donde Washington ignoraba a Moscú en la toma de decisiones sobre las cuestiones de paz y seguridad internacionales. Sin embargo, y a diferencia de aquella primera etapa, la administración Bush se empeñó en buscar un acuerdo con el Kremlin y romper así la alianza formada en el Consejo de Seguridad de la ONU por Francia, Alemania y Rusia, donde esta última, más allá de algunos incidentes; como el tiroteo al cortejo del Embajador ruso en Bagdad, recibio un trato menos confrontacional que el brindado a sus ocasionales aliados.

En la actualidad las relaciones ruso-estadounidenses enfrentan un nuevo desafío: el caso de Irán. Este también ejemplifica la difícil tarea de Moscú de equilibrar su acercamiento a Washington y mantener sus intereses y áreas de influencia, los cuales en los últimos años debió resignar ante la falta de recursos políticos y militares para hacer los efectivos. Rusia posiblemente solo abandonará su amplio programa de cooperación con Teheran en el momento en que la presión de Washington y la posibilidad de una escalada de la crisis ponga en peligro el conjunto de sus relaciones e intereses con Estados Unidos. Pero en este caso también va a entrar en juego otras consideraciones, ya señaladas, como la presencia de Irán en el Caspio y los problemas aún no resueltos sobre su explotación, peligro que implica para la propia Rusia un Irán con poder atómico y los riesgos de volcar a los ayatolas shiitas del lado de los islámicos radicalizados que apoyan a los chechenos. Cabe recordar, al respecto la respuesta del ex Vice Ministro Mamedov a una pregunta sobre sus relaciones con los ayatolas: "nosotros también tenemos treinta millones de musulmanes".

 

La política exterior rusa hacia América Latina

Durante la presidencia de Yeltsin, la política exterior rusa hacia América Latina estuvo centrada en el apoyo al régimen castrista en Cuba y al movimiento sandinista en Nicaragua. Con el resto de América Latina se movió manteniendo los ejes de un discurso político que no terminaba de aceptar el hecho de la desaparición de la URSS y el cambio de situación que se estaba registrando en el mundo. Además, en el plano comercial también se manejó con un criterio heredado del período soviético: presencia de las grandes empresas públicas en obras públicas realizadas a bajo costo y financiadas en condiciones generosas. Esto se terminó con la crisis financiera de 1998. De allí en más se notó un sensible retraimiento de la presencia de dichas empresas en toda la región. Además, muchas de ellas fueron privatizadas y, como consecuencia de ello, reestructuradas y redimenzionadas. Por otra parte, la llegada de Putin al poder significó un cambio mayor de actitud hacia Cuba: Rusia ya no podía seguir financiando a un aliado que eran más los problemas que le generaba que las ventajas que le otorgaba.A pesar de ello, Cuba aún pesa en la definición de la política exterior rusa hacia América Latina, aunque más no sea como un lastre del pasado que no se termina de tirar por la borda, tal es el peso que ha tenido Cuba en muchos medios de la vida rusa. Lamentablemente, el vacio dejado por Cuba, en un cierto momento pareció que iba a ser ocupado por la Venezuela de Chávez. Hasta ese momento Rusia parecía tener interés en seguir jugando en América Latina el rol de país que se complace en complicar la relación de Estados Unidos con los otros países del continente. Si esto no siguió adelante es probable que se haya debido al intento del propio Chávez de embarcar a Rusia en una política de confrontación con Occidente en materia de petróleo. Dos veces lo intentó, con sendos viajes a Moscú, y dos veces no fueron aceptadas sus propuestas por el Kremlin. De allí en más Venezuela parece haber vuelto a bajar en el ranmking de la agenda rusa en América Latina.

Más recientemente, Rusia ha comenzado a mostrar un interés distinto por América Latina, más orientado hacia los temas políticos multilaterales. Producto de ello ha sido su reitarado interés por el diálogo con el Grupo de Río y por estar presente en la OEA. Lamentablemente, esta nueva concepción del diálogo político multilateral quiere también llevarla a sus relaciones con el Mercosur, sin comprender que la vocación del grupo es otra y que aún hay una importante agenda comercial a desarrollar entre ambas partes. Es evidente que América Latina no puede ocupar hoy un lugar muy elevado en la agenda de la política exterior rusa, pero esto no debería impedir que se tratase de avanzar en un diálogo que vaya más allá de los temas estrictamente políticos multilaterales. Algo de eso ha aceptado Rusia hacer con países individuales (Argentina, Brasil, México) pero los resultados han sido limitados. Más aún, el gran esfuerzo desarrollado por Brasil durante los últimos años para avanzar en la cooperación con Rusia, se vió frustrado con la llegada del nuevo gobierno y la cancelación de una licitación que le habría permitido a la empresa Sujoi vender un número importante de sus más sofisticados aviones de guerra a la Fuerza Aérea brasileña. La reacción rusa fue particularmente dura, pues castigó a Brasil más que a cualquier otro país con la introducción de cuotas a la importación de carnes porcinas y aviar. Y ello, a pesar de la actitud más bien condescendiente que Brasil ha adoptado frente a Rusia en el proceso de accesión a la OMC.

Este último punto plantéa otro de los aspectos que los países del Mercosur deberían procurar encarar con Rusia. Este país está desarrollando una política comercial de creciente protección a la agricultura y sus cada vez mayores relaciones con la UE no permiten presagiar nada positivo para América Latina y en especial para sus productores agrícolas eficientes. Por ello, sería muy importante poder abrir un diálogo con Rusia en la materia, primordialmente a través del Mercosur, poniendo en evidencia todas las posibilidades de cooperación que existen entre ambas partes

En lo que se refiere concretamente a nuestro país, la prioridad hoy está en continuar con la tarea de promoción comercial, procurando seguir aumentando nuestras exportaciones y la presencia de nuestras empresas en el mercado ruso, aunque sin desatender los esfuerzos por seguir protegiendo las condiciones de acceso de nuestros productos a este mercado. A este respecto, es fundamental la acción que se pueda desarrollar en el marco del proceso de accesión de Rusia a la OMC y no demorar más de lo necesario la concesión del trato de "economía de mercado", algo ya hecho por los Estados Unidos, la UE y por el propio Brasil, y que en nada va a impedir seguir aplicando el trato que corresponda a los productos rusos que se vean favorecidos por cualquier tipo de sobre protección o subsidio.

Esto no implica sugerir que se deban dejar de lado los otros aspectos del dialogo y la cooperación con Rusia. Nos referimos al diálogo político sobre temas multilaterales, como el desarme y la no-proliferación, los derechos humanos, el medio ambiente, y la desaparición de las situaciones coloniales -como el caso de Malvinas- o el rol de las Naciones Unidas. En todos estos temas, el margen de acuerdo con Rusia es muy importante y los apoyos mútuos han sido y siguen siendo frecuentes. También habría que poner más énfasis en la cooperación en temas específicos, como el antártico, donde ha quedado trunco desde hace varios años un programa que era de interés para ambas partes, como producto del redimensionamiento de los respectivos programas nacionales. Queda, por último, un gran terreno inexplorado, o solo parcialmente explorado, como es el de la cooperación técnica y científica. Algo se ha hecho en materia de investigación nuclear pero la debilidad de nuestras instituciones no ha permitido la necesaria continuidad. Mucho se podría hacer teniendo en cuenta el inmenso capital científico y tecnológico de este país, sus bajos costos y la necesidad de muchas de sus instituciones de investigación por salir al mundo en busca de oportunidades que les permitan al menos subsistir y no perder aquel capital.


Unas breves conclusiones

Como puede observarse, Rusia ha debido enfrentar en los últimos años numerosos y variados desafíos en su política internacional. Ha sabido resolver la mayoría de ellos sobre la base de la aceptación de hecho de su pérdida de gravitación, a pesar de seguir siendo la segunda potencia nuclear del mundo y, especialmente, de un realismo y pragmatismo basado en la convicción de su dirigencia de la necesidad de resolver los conflictos externos como condición indispensable para poder llevar adelante la gran tarea de apertura y modernización de su economía, de eliminación de las rémoras del pasado soviético y de desarrollo de sus ingentes recursos naturales y humanos. Por supuesto, no es una tarea terminada, pero la Rusia de hoy ha ganado en credibilidad internacional, ha limpiado la mayor parte de los conflictos que caracterizaban su relación con los países vecinos o ex integrantes de la URSS y de su zona de influencia y lo ha hecho defendiendo, hasta el límite de lo posible, sus intereses nacionales. Resumiendo este cuadro, podemos decir que la respuesta rusa a los desafíos planteados por la disolución de la Unión Soviética fue el diseño de una política exterior que hacía hincapié en la búsqueda de un orden internacional "multipolar" basado en un sistema jurídico internacional apoyado en la Carta de las Naciones Unidas. Política exterior que evidenciaba y ponía de manifiesto su debilidad y la búsqueda de una identidad que encontraría en el Presidente Putin una nueva manifestación marcada por el pragmatismo y una asociación más cercana a los Estados Unidos, particularmente en el período abierto por los ataques del 11 de septiembre y el reconocimiento mútuo de los riesgos del terrorismo internacional.

 

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