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LA CRISIS ARGENTINA, CRISIS DE PODER
¿ANTE UNA EMPRESA PARA ESTADISTAS O PARA IDEÓLOGOS?
El hombre político se ha visto tensionado en los últimos tres siglos entre dos
tentaciones: asumirse como ideólogo –sujeto de pensamiento abstracto- o como estadista, protagonista de la dura tarea de descender
desde el ensueño a la realidad, establecer objetivos posibles y determinar etapas tácticas para avanzar de manera paulatina y
esforzada hacia la consecución de su meta.
La humanidad ha sido seducida en la era contemporánea por las voces de sirena de
aquellos pensadores que anunciaban auroras refulgentes de esperanzas y de certeza. Así los filósofos y los hombres de acción
surgidos de la Ilustración anunciaron la liberación definitiva del hombre, arrastraron a las juventudes a la destrucción del viejo
orden, por cierto decrépito en muchos aspectos, abominaron de los valores caducos y arremetieron contra los permanentes, sin
distinción.
Un hijo de la pequeña nobleza corsa, Napoleone Buonaparte, ambicioso, arrojado,
genial estratega y despiadado estadista, recogió la frustración que aquellos dejaron en su breve paso por la historia, asumió el
poder absoluto y enlutó a Europa.
El mismo siglo diecinueve vibró con las utopías del socialismo científico y el
anarquismo. Los ideólogos surgieron sobre la crueldad inhumana del capitalismo despiadado y movilizaron a multitudes ilusionadas con
sus promesas. La falta de adherencia de sus postulaciones con la realidad abrió paso a los regímenes totalitarios que culminaron en
la demencia pagana de Adolfo Hitler y la bestial satrapía de José Stalin.
La Argentina no fue ajena a ese proceso. Los jóvenes "ilustrados" de la
Generación del 37 debieron optar entre un líder de su tierra, Juan Manuel de Rosas, cuya casa solían frecuentar atraídos por su
carisma, y la Europa desde las que recibían promesas de una utópica inserción en las delicias de la "Civilización" de un
mundo que les era lejano y ajeno. Cuando la prepotencia imperial de "la" Francia y la Gran Bretaña los obligó a elegir, se
abrazaron a la imagen seductora pintada por los ideólogos foráneos, cruzaron el río y se szumaron en Montevideo a las fuerzas de
desembarco de la coalición y las falanges internacionales que comandaba Giuseppe Garibaldi.
El "condottiere" italiano, figura admirable en ciertos aspectos, resultó a
la postre un alfil manejado pérfidamente por las logias mazzinianas y por el Intelligence Service de su Graciosa Majestad. El imperio
de ayer y el de hoy, su sucesor en el trayecto histórico, son ambidiestros. Te agitan la espada con la mano derecha y terminan
pegándote una inesperada y artera puñalada con la izquierda.
Quien crea que laboristas y conservadores pueden resulta una opción para terceros, se
equivoca. Son dos brazos tácticos de una misma cabeza. Y quien piense que entre republicanos y demócratas pueda haber diferencias en
lo estratégico, divaga.
Para hacer referencia a la Argentina, podríamos deslizar una pregunta: ¿ a quiénes
sirvieron, de manera consciente o no, los generales del Proceso y los cabecillas de las organizaciones guerrilleras? ¿A qué
intereses benefició la guerra intestina del último tercio del siglo pasado? ¿A nuestra Patria o al imperio de la globalización?
La respuesta deben meditarla los argentinos que aún creen en la vigencia real de las
categorías "derecha" e "izquierda", cuando la única alternativa se plantea entre "nacionales" y
"cosmopolitas".
Es hora de que pensemos a la Argentina desde la realidad concreta y palpable, no desde
las disquisiciones ideológicas que el invasor cartaginés nos cuelga del cuello, como las cuentas de color de vidrio barato que los
mercaderes europeos cambiaban por los metales preciosos de loas ingenuos habitantes del mundo periférico.
La única manera de evitar que nuestro país sea una especie en extinción es a partir
de una estrategia de grandeza. Nada menos. N o crean a quienes nos digan que estamos condenados a la servidumbre. Sólo es siervo
quien se resigna a no ser hombre. La guerra psicológica busca triunfar por el sometimiento espiritual y la dependencia mental. Una de
sus armas es dividir a los pueblos, enfrentarlos entre sí, atizar el odio e introducir la anarquía.
La batalla por la resurrección nacional no puede darse desde las nubes de las
divagaciones ideológicas. Se librará desde la construcción de un polo de poder.
Sumergidos en el estado de anarquía al que nos llevaron los generales liberales,
Alfonsín, Menem y De la Rua en algo más de dos décadas, la viabilidad del país de los argentinos depende de esa masa crítica de
poder que se crea a partir de un vasto consenso social.
Esa masa crítica todavía puede ser rescatada de su abandono. En 1991, el politólogo
argentino Carlos Durban resumía de esta manera esa viabilidad potencial en su ensayo "La
crisis argentina, crisis de poder": "...su vasto territorio, el nivel
científico tecnológico alcanzado, sus innegables valores de alta cultura, su desarrollo industrial que debe reimpulsarse, una
alianza entre el Poder Político reconstituido, la burguesía agraria, extractiva e industrial acoplada al complejo
científico-tecnológico que asocie a la pequeña y mediana industria como motor de expansión del mercado interno, con más un
consenso centrado en una primera etapa en los sectores medios de la sociedad (científicos, técnicos, empresarios, artistas e
intelectuales y, en general, los grupos innovadores un dinamizadores de las comunidades contemporáneas) ,puede constituirse en la
plataforma de sustento del resurgimiento argentino"
Y afirmaba que el orden constitucional y el Estado de Derecho carecen de viabilidad en
el tiempo si no se sustentan en el Poder Real de la sociedad. Y sin ese orden ajustado a derecho no es posible la libertad y la
solidaridad.
El pensador santafesino sostiene que la juventud argentina debe aprender de la
frustración y errores de las que le han precedido, tomando debida nota de algunos de estos datos:
- El cuadro dirigencial argentino, en un arco que cubre desde la ultra izquierda a
la ultra derecha, es esencialmente de mentalidad transnacional y proclive a girar al compás de toda moda ideológica con
barniz "universal".
- La oligarquía argentina no es una entelequia; muy por el contrario es el Poder
real ejercido desde un mando sin obediencia social.
- La relativa abundancia argentina, producto de coyunturas particulares, produjo
hasta promediar los años 70 el ocio intelectual de "izquierda" y el enriquecimiento fácil de un burguesía
complementaria. Desde la utopía inconducente a la rapiña sin límites, la clase media argentina no supo generar Poder y ese
espacio vacante fue ocupado por la oligarquía.
- El totalitarismo ideológico de la "izquierda" y el autoritarismo
político-militar de la "derecha" ensangrentaron el país en un marco histórico de pueblo ausente.
- Los grandes emprendimientos patrios han sido en general obra de visionarios
solitarios huérfanos de un proyecto político integral
- Todo lo que no supimos hacer con todo lo que nos fue dado, obedece a que el
núcleo social dinámico destinado a generar dirigentes ha sido incapaz de pensar el mundo desde el concreto interés
nacional.
Tenemos ante nosotros una tarea histórica, rescatar la misión entrevista por
nuestros prohombres: convertir los países de la América Latina en una Nación que abra las puertas de una nueva civilización basado
en la dignidad humana, en la solidaridad, la justicia y la autodeterminación de los pueblos.
Esta empresa no es apta para ideólogos divagadores, desasidos de toda relación con
lo real, sino para estadistas capaces de imaginar un futuro que se construye con los ladrillos de los obras concretas y palpables,
conscientes de que la batalla es ardua y difícil y que nada es imposible cuando a la pasión y el entusiasmo, se unen la vocación,
el esfuerzo persistente y el sacrificio cotidiano.
Quien así lo entienda y sepa unir armoniosamente la poética locura de Quijote con la
terrenal sabiduría de su escudero Sancho, estará a la altura del desafío
Sergio Cerón – Agosto de 2003
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