QUE NO SE QUEJEN

 

El eje de la exitosa campaña política impulsada desde el Gobierno de la Ciudad con el apoyo del poder central (hoy, más central que nunca) fue descalificar a los adversarios echando un manto de duda sobre sus conductas, en el intento de atemorizar a una sociedad impúdicamente dócil al manoseo de sus gobernantes. Inventando fantasmas primero y asustando, luego, con su tenebrosa aparición en una realidad política creada a fuerza de voluntarismo puro, fue una campaña más pobre que sucia; una brillante campaña negativa. Ibarra ganó diciendo, entre líneas, "Vóteme a mí, mire que él es peor". Es justo reconocer que, en materia comunicacional, no había opciones; hubiese sido imposible hallar el publicista capaz de edificar una campaña sobre los logros de su gestión.

Y la gente, hizo caso. Por eso y, no nos engañemos, porque él y sus circunstanciales aliados representan el sistema. Cada sector votó por la continuidad de sus privilegios: hordas de ñoquis y empleados públicos aseguraron su puestito en la adiposa administración porteña por otros cuatro años; los piqueteros reafirmaron la impunidad para seguir sembrando desorden; los aparatos políticos revalidaron títulos y demostraron su eficiencia a la hora de dar vuelta resultados; los punteros barriales se aseguraron la subsistencia misma al demostrar que las viejas prácticas siguen teniendo una utilidad decisiva y que sin ellos, no se puede. Todos confluyeron en el apoyo a quien no hace tanto, hacía campaña con y por De la Rúa. Todos juntos, camino a repetir, en el mejor de los casos, otro período de mediocridad.

Ahora bien. ¿Ellos hacen el 53% de la capital? Probablemente, no. Sin embargo, si hay una característica común en el votante medio de la última década es el doble discurso (porque la moral de situación no es una inconducta exclusiva de la dirigencia); incorporó la frivolidad que tanto descalifica, pues al que lo estafa en dinero lo manda a la cárcel pero al que lo estafa ideológicamente, lo reelige. Se rasga las vestiduras por la indecencia de los políticos mientras permanece inmutable ante la condición constitucional de la idoneidad que casi ninguno alcanza porque para este espécimen postmenemista, frívolo, superficial, prepotente y poco calificado, la estafa es un delito exclusivamente económico. Pero la evaluación resulta lógica, pues no hace más que trasladar al ámbito público su propia escala de valores: importa el dinero, no la lealtad, no los principios, y mucho menos la lealtad a los principios. Por eso, en definitiva, no repudia a los Ibarra de la fauna política contemporánea. No sólo no los repudia, los respalda bajo el lema de "Ojo con robar dinero, el resto no importa".

Esa nueva estirpe de argentino medio, "snob" hasta lo más recóndito de su esencia, cierto es que comparte con quienes rechaza en voz alta, una profunda indiferencia por el país. Ausencia de patriotismo, el mal de los políticos.

Habiendo conseguido Carlos Menem un apoyo inédito, derrochó la oportunidad de cambiar estructuras perversas que impidieran esto que nos pasa ahora, es decir, la vuelta al pasado. Estafó a propios y defraudó a ajenos. Malversó la confianza que muchos depositaron en él y, en una muestra extrema de falta de patriotismo, privilegió sus intereses personales, ni siquiera los partidarios, a los del país; se enredó en una pelea cuerpo a cuerpo que terminó arrasando hasta con sus pretensiones. Dejó un tendal tras la contienda, sacudió sus manos y marchó sin mirar para atrás.

Tal vez sea injusta con Ricardo López Murphy. Puede que los gigantescos errores recientemente cometidos por el líder de Recrear tengan más de miopía política que de desamor a la patria. Pero se hace difícil explicar cómo una persona medianamente inteligente puede cometer semejante error dos veces seguidas en tan poco tiempo. Si no fuera por la lápida que él mismo acaba de poner sobre su corta carrera política, daría para pensar que fue agente de intereses "tercerizados", pues no hizo más que dividir y debilitar a la oposición, colaboración inestimable para una izquierda aglutinada que se valió, entre otras cosas, de las mezquindades tan propias de la derecha argentina.

Como aporte del cupo femenino, de los ejemplos de falta de patriotismo Patricia Bullrich se lleva las palmas. Es justo preguntarse qué aporte hizo a la comunidad que le ha pagado tantos sueldos como empleada del Estado argentino. Alejada de la militancia subversiva que eligió como forma de participación social durante los ´70, aggiornada, como sus camaradas de armas, paseó por cargos públicos y partidos políticos su inscrupulosa conducta ya no como un defecto de su gestión sino como principal condición.

En suma, los políticos no son sino una muestra de las sociedades de las que surgen y a las que representan.

Cuando la euforia proselitista haya pasado y las cuestiones importantes sigan sin solución, el índice de desempleo negándose a bajar; el Congreso, con su paquidérmico ritmo, autista frente a las necesidades concretas; las listas sábanas, intactas, envolviéndonos a todos elección tras elección; el reparto discrecional de programas de subvención política encubierta a hijos y entenados de los punteros de turno; el plan de reemplazos en el poder judicial por magistrados adictos al nuevo régimen; las instituciones, base ireemplazable de las sociedades serias, heridas de muerte por acción y omisión; agitadores a sueldo diseminados a destajo sembrando el caos tras la bandera del legítimo reclamo; la información colada por comisarios políticos de la talla de terroristas como Bonasso y Verbistky o sucedáneos; las fuerzas armadas denostadas y arrinconadas por la prédica disolvente de una dirigencia sin estatura moral para agitar el dedo frente a nadie; la policía maniatada por el miedo a la autoridad que, gracias a la política de seguridad implementada, le trasladó el sentimiento del que libera al delincuente. Creado, al fin, el clima propicio para la suma del poder, cuando no alcance con el asistencialismo oficial -el pan- ni con los conciertos populares al aire libre -el circo- quienes los votaron, digo, que no se quejen.

 

Lic. María Zaldívar

Bs. As, 21 de septiembre de 2003.-

 

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