ACERCA DE LA NOCION DE CIELO

JUAN PABLO II DIJO QUE EL PARAISO NO ESTA EN LAS NUBES, PERO NO ES ABSTRACTO

La física cuántica y la relatividad han obligado a la ciencia del siglo XIX a resignar su omnipotencia explicativa. La metafísica ya no es objeto de sarcasmo por parte del pensamiento positivista. El mundo que se extiende en el espacio y el tiempo no es sino la representación de nuestros sentidos. El hombre ha sido “programado” para captar tres dimensiones de la materia.

El estupor primero, y el sarcasmo, después, hubiera sido la reacción del mundo científico de fines del siglo diecinueve si el jefe de la Iglesia Católica dijera, antes 10.000 fieles, que “el Paraíso existe, pero no es un lugar físico ni una abstracción”…sino que ”es un estado de glorificación”.

Sin embargo, cuando al culminar el siglo XX el actual Pontífice hizo esas manifestaciones, no se levantó la tormenta escandalosa que era dable esperar un siglo atrás, en pleno dominio de las leyes de Newton y de las teoría de la evolución darwiniana, que ofrecían un universo explicable y, al parecer, carente de misterio.

Y sin embargo, con los albores del siglo XX la física moderna comienza a introducir a la humanidad en otro mundo, extraño y fascinante, en el cual la mayoría de nuestras certidumbres acerca del tiempo, el espacio y la materia no eran más que ilusiones perfectas, sin dudas más fáciles de captar que la realidad misma.

Mientras en el macromundo las teorías de Newton parecían reinar todavía, la física cuántica, al adentrarse en el micromundo, llega a proclamar que el mundo “objetivo” - captado por nuestros sentidos - no parece existir fuera de la conciencia que determina sus propiedades. El universo se torna cada vez menos material. “Ya no resulta comparable a una inmensa máquina, sino más bien a un pensamiento amplio”, dice el filósofo Jean Guitton, en su libro “Dios y la Ciencia”, fruto de su diálogo con dos astrofísicos, los hermanos Boris y Grickha Bogdanov.

Abraham Joshua Heschel, teólogo hebreo, dejó escrito: “Ciudadanos de dos reinos, todos debemos mantener una doble lealtad: en un reino percibimos lo inefable, en el otro nombramos y explotamos la realidad. Entre ambos erigimos un sistema de referencias, pero nunca logramos llenar la brecha. Ambos reinos están tan lejanos y tan próximos como el tiempo y el calendario, el violín y la melodía; como la vida y lo que hay más allá del último aliento”.

Heschel, que influyó con su pensamiento en la formación de Juan Pablo II - según éste le expresó durante una audiencia - afirma que “Lo que nos golpea con un asombro sin límites no es aquello que entendemos y somos capaces de comunicar, sino aquello que, estando a nuestro alcance, escapa a nuestra comprensión; no el aspecto cuantitativo de la naturaleza, sino un elemento

cualitativo; no lo que nos desborda en el tiempo y en el espacio, sino el verdadero significado, las verdaderas fuentes y fines del ser; en otras palabras, lo inefable.”

Paul Feyerabend definía al mundo como “paradójico y contradictorio”. Y afirmaba que “existen hechos cuya única descripción adecuada es incoherente y que las teorías incoherentes pueden ser fecundas y fácilmente manejables, en tanto que el intento de someterlas al requisito de la coherencia crea monstruos inútiles y engorrosos”.

Al mencionarlo en su ensayo “Acerca de la Noción del Cielo - Una búsqueda de lo metafísico real”, Eduardo Azcuy, un profundo pensador argentino que jamás recibió el reconocimiento de la cultura oficial - como Scalabrni Ortiz, Manuel Ugarte, Carlos Astrada o Leopoldo Marechal, en diversos órdenes del intelecto - sostiene que la pretendida homologación de la realidad y la razón “ha sido superada en el seno de la tradición occidental por el avance de la razón intuitiva que es patrimonio de la mente poética

Azcuy opina que el método fenomenológico adoptado por pensadores y antropólogos se revela apto para ir más allá de las limitaciones subjetivas y los condicionamientos teóricos y acceder, a través del encuentro directo con lo vivido, a una comprensión de las esencias.

El subjetivismo predominante en la filosofía de comienzos de este siglo, según el cual la realidad perdía su carácter objetivo y no podía ser considerada con independencia del sujeto, es sacudido por la aparición de Edmund Husserl con su lema “Volver a las cosas”.

Para este profesor alemán de filosofía, era imperioso rechazar todos los presupuestos filosóficos y científicos para que la filosofía se dirigiera directamente a la realidad, tal como ella es y como se nos muestra: como fenómeno. De ahí el término fenomenología dado a su escuela de pensamiento.

Esa visión de los fenómenos implica un reconocimiento de la independencia que la realidad exterior tiene respecto de la conciencia. Con ello Husserl replanteaba no sólo temas concernientes a la filosofía, sino también numerosos cuestiones de carácter teológico. De esta manera, Dios dejaba de ser un mero postulado para convertirse en la posibilidad objetiva de la trascendencia. Se abría la posibilidad de la aceptación de la fe como fenómeno extra-subjetivo que no puede ser conceptualizado categorialmente por la conciencia.

Esa apertura era una de las características de la fenomenología. Husserl bromeaba diciendo que debería ser canonizado por la Iglesia Católica, en razón de que tantos de sus discípulos habían encontrado el camino de la fe por medio del método fenomenológico..

Una de las más importantes discípulas de filósofo se llamó Edith Stein, una brillante pensadora judía, muerta en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial, como monja carmelita y recientemente canonizada por Juan Pablo II: Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Edith Stein en “El ser finito y eterno”, intentó demostrar que el fundamento de la filosofía, la cuestión del ser, no puede ser agotada en su sentido último sólo por la filosofía. La pregunta por el ser se desarrolla en la tensión existente entre la ciencia y la fe.

Jean Guitton y los hermanos Bogdanov, en sus reflexiones profundizan esa tensión y basándose en las teorías de Max Planck intentan auscultar el enigma del “big-bang” inicial, en el que comenzó a gestarse el universo. El ya anciano filósofo, que casi alcanzó los 100 años de existencia, dice a sus interlocutores: “Creo que antes de la Creación reina una duración infinita. Un Tiempo Total, inagotable, que no ha sido abierto aún, dividido en pasado, presente y futuro. A ese tiempo, a ese tiempo que no ha sido aún separado en un orden simétrico, cuyo presente sólo sería el doble espejo, a ese tiempo absoluto que no pasa le corresponde la misma energía, total e inagotable. El océano de energia ilimitada, es el Creador. Si no podemos comprender lo que se encuentra detrás del Muro de Planck (el instante en que la gravedad levanta una barrera infranqueable para cualquier investigación)es porque todas las leyes de la física pierden pie ante el misterio absoluto de Dios y de la Creación”.

Otros físicos vienen en apoyo de Guitton ( un creyente confeso ). David Bohm piensa que “la materia y la conciencia, el tiempo, el espacio y el universo no representan más que un “chapoteo” ínfimo con respecto a la inmensa actividad del plano subyacente, el cual proviene de una fuente eternamente creadora situada más allá del tiempo y del espacio”.

John Wheeler, a su vez, agrega: “Todo lo que conocemos encuentra su origen en un océano infinito de energía que tiene la apariencia de la nada”

Volvemos a Azcuy: “La física cuántica y la relatividad han obligado al cientificismo causalista a resignar su omnipotencia explicativa. El universo aparece como un todo integrado, armónico e indivisible; una trama de relaciones dinámicas que incluye al observador humano. La realidad esencial no puede ser descripta; sólo puede ser enfocada desde perspectivas parciales. La imagen del mundo cotidiano es un acuerdo, una descripción con consenso que nos llega determinada por la cultura. Todas las aproximaciones racionales son limitadas y todas las teorías son simples aproximaciones”.

Ocurre que el mundo que se extiende en el espacio y en el tiempo, que percibimos desde que nos formamos dentro de nuestra cultura, no es otra cosa que nuestra representación ordinaria. Y para Azcuy lo que puede alterarse no es la realidad, sino nuestra percepción de esa realidad. En el nivel subatómico las partículas se disuelven en pautas de probabilidades; la física cuántica nos propone un nuevo mapa de lo real. La realidad esencial se despliega en múltiples dimensiones y la mente del hombre se revela como el factor participante y activo en esa trama cósmica de relaciones y niveles.

“De ahí - dice - que el hombre pueda intuir o imaginar tiempos y espacios paralelos, ámbitos sutiles generadores de vida, energías intencionales capaces de plasmar figuras sensibles e “irrumpir” dentro del campo de percepción que elabora nuestro aparato sensorial”.

En su ensayo, publicado en 1984, Azcuy se internó intelectualmente en el enigmático terreno que Juan Pablo II acaba de hollar con su anuncio. Ya entonces, decía que “lo que se ha dado en llamar, provisoriamente, lo “real desconocido”, el “campo metafísico, o en el código religioso cristiano, el “reino de los cielos”, puede llegar a concebirse como un “nivel paralelo”, un “lugar” fugazmente accesible al vidente o al místico, aunque directamente inferible por nuestra conciencia habitual o cotidiana cuando algo se manifiesta desde él; es decir, cuando por una “abertura” en el “cielo”, se hace presente en el mundo espacio-temporal la imagen heteróclita, lo absolutamente distinto”. En ese caso, el hombre se enfrenta a la revelación. La luz arquetípica o preternatural se manifiesta en figura sensible, vaga, transparente o radiante, hasta mostrarse en ciertas epifanías, en forma análoga a una plena encarnación humana”.

Romano Guardini nos recuerda que epifanía significa la aparición de la luz divina, que en sí es inaccesible, en la realidad terrena, de tal manera que nuestro ojo humano pueda contemplarla, y significa igualmente el resonar de la voz divina, en sí inaudible para el hombre, de tal manera que su oído pueda escucharla.

Desde siempre nos hemos preguntado, ¿si el cielo existe, dónde está el cielo?. Y Azcuy, basado en la más ortodoxa interpretación de la ciencia que tiene por patronos a Albert Einstein y Max Planck, aventura respuestas posibles.

“El mundo real abre perspectivas impensables, de modo tal que no es aventurado imaginar la realidad de un universo invisible en medio de nosotros. Nuestra mente, biológica y culturalmente condicionada, sigue el desarrollo de ciertas posibilidades siempre en una misma dirección. Pero de hecho existen en todo momento infinitas posibilidades y todas ellas son potencialmente susceptibles de actualizarse. Si tratamos de imaginar muchas de esas actualizaciones, si miramos las cosas desde ángulos diferentes, si experimentamos la totalidad que fluye del mundo, nuestro pensamiento se abre a una posibilidad de mayor comprensión que permite vislumbrar la realidad de dimensiones desconocidas, punto de partida de toda concepción religiosa”.

La fe religiosa es una suerte de estado de tensión hacia lo absoluto. Pero para que lo religioso adquiera su total dimensión es necesario que se concrete la “respuesta” desde el ámbito metafísico; desde más allá del dominio de la física convencional. Para el autor se trata de dos movimientos necesarios e inversos:

º El hombre en busca de la totalidad, trata de vivenciar o “conocer” otro nivel de lo real.

º Desde otra esfera de la realidad se “proyecta” un fenómeno absolutamente heterogéneo para nosotros (epifanía, teofanía) que al irrumpir en el mundo y plasmarse en nuestro marco de coordenadas espacio-temporales, produce un hecho “suprahistórico” que dará nacimiento al embrión del relato mítico y, posteriormente, en sucesivas elaboraciones, generará el corpus de las tradiciones sagradas.

En el bautismo de Jesús se relata una manifestación desde esos planos invisibles: se “abren los cielos”, se corre una “puerta” que comunica distintos universos. Cuando Esteban va a ser lapidado, se “limpia” su percepción, contempla la “Gloria de Dios” y exclama: “He aquí, veo los cielos abiertos”.

Nuestra percepción sensorial está ordenada a captar un determinado campo energético en términos físicos. Estamos rodeados de energías físicas y no-fisicas que no generan respuestas perceptivas. Que no podemos percibir normalmente. Es posible que algunas de esas energías formen seres, objetos y hasta mundos invisibles a nuestros ojos. Pero, al parecer, ningún sistema de realidad es cerrado, todos están interconectados; entre ellos existe un constante flujo de energía, información e intencionalidad.

Frente a fenómenos como las manifestaciones marianas - revelaciones de María - muchos hombres de ciencia se refugian en el silencio o apelan a argumentos tales como “percepciones alucinatorias psico-sensoriales”, o “regresiones al servicio del ego”, antes que admitir los aspectos ignorados de la psique y del ámbito circundante.

Eduardo Azcuy culmina su trabajo con estas reflexiones: “Sabemos muy poco de lo que podría llamarse la geografía del mundo invisible. Sólo la suficiencia y la soberbia de los que rinden culto a la “realidad objetiva”, parecería ignorar que la verdadera realidad no sólo es más fantástica de lo que pensamos, sino también mucho más fantástica de lo que podamos imaginar. No puede sorprendernos entonces que Carl G. Jung, uno de los hombres más sabios de este siglo, haya afirmado que todas sus obras fueron, en el fondo, sólo renovados esfuerzos para dar alguna respuesta a la interdependencia entre “este mundo” y el “otro mundo”.

 

EL ESCRITORIO DE EDDINGTON

 

Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física (1933) apeló a una argucia científica para mostrar la diferencia entre el mundo que percibimos por nuestros sentidos y el que deberíamos “ver” si estuviéramos “programados” para percibir la realidad tal como nos la muestra la investigación del micromundo. Nos habla del escritorio de Eddington, otro Premio Nobel de ciencia, que se convierte en dos muebles distintos, de acuerdo a la percepción que tengamos de él.

“Uno es el viejo mueble familiar, al que Eddington se halla sentado, con los brazos apoyados en él: el otro es el cuerpo físico objeto de la ciencia objetiva, no subjetiva, que no sólo carece de todas y cada una de las cualidades sensoriales, sino que, además, se halla cribado de agujeros. En su mayor parte es un espacio vacío, simple nada, en la que se hallan diseminados pequeños puntitos de algo, los núcleos y los electrones girando alrededor, pero siempre separados por distancias al menos 100.000 veces mayores que su propio tamaño”

Sergio Cerón

Octubre de 2003

 

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