LOS BALCANES EN LOS ANDES.



La política exterior argentina ha dejado de moverse bajo el paraguas de los intereses nacionales para inscribirse -como hace años los Estados Unidos de Jimmy Carter y probablemente con el mismo vacío elemental y marcada ineficiencia política, en lo que podríamos definir como una estrategia diplomática basada en principios que tienen como eje conductor a la Doctrina de los Derechos humanos esencialmente antisoviética de los años 70, tenazmente transplantada al residual político de retaguardia, pero duramente conservador a secas de los regímenes militares y de las fuerzas políticas transicionales que jalonaron, con mayor o menor fortuna, la salida de los años duros en América Latina.

Esta vuelta de los seudo pastores anabaptistas locales a la conducción de los asuntos del estado en la Argentina, en verdad ex montoneros que no eran precisamente antisovieticos porque creían en la teoría de la división de la dependencia, pero que han remozado su discurso ideológico en Europa, particularmente en la década de los 80, galvaniza un mecanismo mental deletéreo, peligroso y a la vez cautivador para la gente joven que no vivió aquellos años. Es justamente la nueva generación que será sacrificada en las trincheras de las guerras por las buenas y en -el fondo algo fétidas causas de retaguardia- desarrolladas burocráticamente por gente que finge creer en valores universalistas, simplemente porque han perdido el manejo de las metralletas clasistas y ahora optan por sumergirse en esas extrañas y algo retorcidas fantasías wilsonianas, que apuntan a un mundo quiméricamente mas justo, menos insuficiente y algo menos oscuramente hobbesiano, que la realidad de la postguerra fría que se instaló con la certidumbre de la masacre después del 11 de septiembre, fecha en que -como un aldabonazo- se estrenaron los objetivos de las nuevas guerras. Agrava la cosa que la lectura de los derechos humanos realizada por los desechos humanos, olvida significativamente el caso cubano, cosa bastante lógica porque la mayor parte de nuestra política exterior está manejada por gente que veía el lado razonable, feliz y cinematográfico del stalinismo bueno.

Hoy el reino unipersonal de Cuba tiene menos derechos humanos que el discreto gobierno del señor Batlle pero parece que eso es algo que no se puede decir.

Esta falta de percepción de los verdaderos intereses nacionales blande una actitud peligrosa que coloca al país en una irrealidad estratégica y de crispación en su hinterland natural -el territorio sudamericano- colocándolo en una creciente situación de debilidad diplomática como no se había visto en los últimos veinte años aproximadamente.

El tema de fondo es la gobernabilidad interna de las jóvenes democracias latinoamericanas, la sustentación de artificiales políticas cuáqueras y onusianas hacia los terceros -la crisis con el Uruguay es un ejemplo concreto de estas tendencias baptistas resurrectas de la nueva política exterior argentina y el inevitable problema geopolítico que se reabrirá con Chile, por defender los discutibles derechos históricos de la mediterraneidad boliviana, en verdad un problema intrínsecamente peruano, no argentino, pero que deja al país sin cartas reales de negociación concreta frente a los problemas que realmente nos interesan: Malvinas, la reserva acuífera de la Antártida y el fortalecimiento extrabloques de la diplomacia del Mercosur.
Es que en verdad el Mercosur tiene un interés relativo en el marco sudamericano porque le faltan las herramientas constitutivas de la Unión pero es una formidable carta de presentación para negociar acuerdos económicos, científico -tecnológicos y promover una marca mayor en sociedades donde la Coca -Cola o IBM tiene mas expresión política que la mayor parte de las desconocidas y definitivamente estériles banderas africanas.

Lentamente, de una forma inadvertida y casi un poco perversa el conflicto boliviano se convierte en un problema mayor de la política exterior regional argentina y esto es bastante curioso porque no hay ningún imperio argentino en expansión y tampoco por el lado chileno, otro país con paulatino crecimiento sostenido, se advierten ni grandes esperanzas ni grandes ilusiones en recrear una hipótesis de conflicto que ha estallado, casi de repente, en el albor del verano.
En la actualidad, epicentro de esta situación es Bolivia, y como suele suceder, la crisis de gobernabilidad del país del Altiplano propaga sus consecuencias hacia sus vecinos.
Por encima de cualquier apreciación acerca de la justicia histórica del reclamo, el reflotamiento de la reivindicación boliviana de una salida al mar ha abierto una verdadera caja de nacionalismos de características cuasi balcánicas, cuyas primeras manifestaciones recién se están comenzando a visualizar.

Pero, lo primero que debemos advertir es que el renovado énfasis boliviano en su histórico reclamo encuentra sustento en la debilidad política del gobierno provisorio de Carlos Mesa. Es cierto que, constitucionalmente, el mandatario boliviano tiene mandato hasta el 2007. Sin embargo, carente de respaldo partidario, resulta extremadamente vulnerable a las presiones de la izquierda insurreccional que ya derribó a su antecesor Gonzalo Sánchez de Losada con fuertes golpes de pueblada hispánica, y a cuya caída contribuyó decididamente la oleada de nacionalismo antichileno surgido del contrato de venta de gas a Estados Unidos a través de puertos transandinos, sumada a la desagradable insensibilidad de la administración americana para renegociar una suma cercana a los 100 millones de dólares. Una cifra en esencia ínfima para todo lo que estaba en juego. También, hay que advertir que la nueva ofensiva de movilización lanzada por varias de esas organizaciones de izquierda pone en desdeñosa tela de juicio la estabilidad de Mesa y lo obligan, exactamente como al general Galtieri en 1982, o al gobierno italiano en el periodo de la conquista de la llamada Tripolitania a fortalecer su intrínseca debilidad en política interna con la búsqueda de un mare nostrum que desvíe hacia afuera la orfandad de sus propuestas internas. Esta profundización del conflicto incide fuertemente en el escenario nacional, desestabiliza objetivamente el arco andino, enfrenta a Bolivia con Chile, a Perú con el largo país cuchillo del extremo sur -las similitudes que cierta izquierda desarrolla entre Chile e Israel no son para nada casuales, diluye las certidumbres de Ecuador, aliado historico de Chile y tensa la relación entre la Colombia de Uribe y el gobierno de Hugo Chavez que cultiva un pathos vagamente atilesco con sus vecinos a condición de que estos se encuentren a razonable, muy razonable distancia en verdad, de una bala de fusil.
Conviene subrayar la importancia que adquiere en todo esto el rol continentalmente protagónico voluntariamente asumido por Hugo Chaves. El deseo públicamente manifestado por el presidente venezolano de "bañarse en una playa boliviana"-una metafora casi calcada de la de otro general sin demasiadas luces politicas hace una treintena de años - introdujo una dimensión adicional al conflicto. Más aún cuando son harto conocidas las estrechas relaciones que unen a Chaves y Morales, considerado en Estados Unidos como el representante político del eslabon primario de la cocaína".
o por lo menos de ese sector de la sociedad boliviana que rechaza virtuosamente que los beneficios del producido de la venta de la droga queden depositados en bancos americanos y reclama que si lo sean en la estructura financiera, primitiva y por ahora muy poco confiable, de Bolivia.

Es que en alguna medida, la Venezuela de Chaves cumple ahora en relación a los Estados Unidos un rol disturbador semejante al que desempeñara la Cuba de Fidel Castro en las décadas del 60 y 70 o tal vez un simil operisticamente verdiano de las declaraciones del coronel Kadaffy en el conflicto medioriental en los años 70, expresando a una Libia significativamente ausente de los verdaderos campos de batalla. En ese sentido, los recursos de la jugosa renta petrolera venezolana sustituyen la apoyatura económica brindada en aquellos tiempos por la Unión Soviética tanto a los cubanos como a los libios. El primero en comprenderlo así es el propio Castro, interesado en el fortalecimiento crepuscular de su sistema de gobierno ya desfalleciente y en la consolidación de un eje político Caracas-La Habana en el cual participa activamente el mismo Chavez quien acaba de nombrar embajador a su propio hermano en la Habana. Esto no impide que Petroleos de Venezuela siga teniendo sus oficinas en Londres y Estados Unidos, que casi toda la producción del país sea importada de Estados Unidos y que la revolución bolivariana tenga un pathos de algo ya visto, conocido y con un desenlace concisamente previsible.
De todas formas la intervención venezolana no podía menos que incrementar la susceptibilidad chilena en torno a la internacionalización de un diferendo que Chile insiste en plantear como exclusivamente bilateral, con la misma lógica con que la Argentina enmarca el contencioso con Gran Bretaña como un problema que incluye basicamente a dos actores, Inglaterra y la Argentina, quedando los intereses de los kelpers en una zona de sensibilidad humana mas adecuada para una ONG que para las galvánicas relaciones que subsisten entre dos estados nación que libraron una guerra de verdad y con un resultado militár bastante aceptable para la Argentina, pese a la propaganda de las sensibilidades hibridas, pacifistas y en general un poco decadentes.
La Argentina no puede reconocer la autodeterminación de los pueblos, elemento axiomático de nuestra política exterior, porque su reconocimiento esterilizaría de un solo golpe cualquier futura posibilidad argentina sobre la soberanía en Malvinas.

Esto ha provocado que, para evitar que se agravaran las cosas, la Argentina y Brasil se vieran obligados a hacer a un lado la alternativa de una propuesta de solución que contemplaba una administración conjunta chileno-boliviano-peruana sobre una franja costera sobre el Océano Pacífico.

Para entonces, el grado de susceptibilidad trasandina había alcanzado ya al extremo de que el diputado oficialista Leopoldo Sánchez, del Partido de la Democracia, integrante de la coalición gobernante, llegase a a la disfuncionalidad ucronica de instalar públicamente una tacticamente disuasiva discusión acerca de los derechos de soberanía sobre la Patagonia de este lado de los Andes. mientras algunos diputados de la Union europea manejaban homeopaticamente la hipótesis de la negociación internacional.
Estas fantasias antirracionalistas olvidan la incapacidad de Europa frente a la guerra entre argentinos y británicos, la escasa aplicabilidad del TIAR para resolver los conflictos intrazona y en general el rol fuertemente competitivo que mantienen Europa y Estados Unidos en sus respectivas zonas de influencia.
Es más que evidente que la Argentina está fuertemente comprometida con la evolución de este escenario regional y que la prioridad política es el fortalecimiento de la gobernabilidad democrática en Bolivia -los riesgos de secesión no pasan solamente por la izquierda sino también por el rico polo gasífero-, así como el mantenimiento de la colaboración con el país que posee la tercera frontera mas extensa y estrategica del mundo, ya que cualquier situación de ingobernabilidad en Bolivia -y los sintomas de degradación ya se perciben- agravará a toda la región que dista de ser el lugar mas transparente. Y, en ese sentido, Morales y los suyos no son una garantia. Son mas bien dinamita esparcida sobre la razonable construcción de la realidad política sudamericana de los noventa.

Tampoco ayuda a una solución satisfactoria el apoyo de Chaves a Morales o la confluencia con un sector de los piketeros argentinos ni mucho menos la abierta intervención de Venezuela en el conflicto boliviano-chileno. Frente a este problema la política argentina no puede sino focalizarse en algunos ejes fundamentales para no perder definitivamente el rumbo.
El primero de ellos es una acción conjunta de los países del MERCOSUR en Bolivia, en particular la Argentina y Brasil, aunque también Uruguay y Paraguay,-el país proximamente mas comprometido de todos los del area, en la guerra en Iraq - que se encuentran ante la impostergable necesidad de avanzar desde los acuerdos económicos hacia una alianza política que tiene que expresarse en una estrategia común que apunte a la seguridad regional.
Ello implica poner fin a la guerra baptista lanzada contra el Uruguay actual y dejar que el poeta Juan Gelman se limite a las guerras académicas por el premio Nobel y logre su embajada en Beijing por otras vías.

El segundo de esos dos ejes estratégicos, es el reforzamiento de la cooperación con el Pentagono -se puede descartar a los Estados Unidos, actor extremadamente bifronte en un año electoral en el esfuerzo común hemisferico, tanto en lo militar como en lo policial, para afirmar un cierto marco de seguridad en una zona que se ha vuelto imprevistamente sensible y tragicamente hegeliana frente a las amenazas promovidas por los actores transnacionales que ahora actuan en redes, y que son -basicamente- el terrorismo y el narcotrafico.
El tercer eje de acción es operacionalmente geopolítico y poco tiene que ver con las disquisiciones de ese puñado de gente que, desde la Cancillería, retruca de forma algo perversa y como en una sesión secreta de espiritismo las certeras consignas de Benjamín Disraeli. "los países no solo no tienen intereses permanentes sino que tienen amigos permanentes" susurran tercamente y borrachos en su propia irrealidad.
Pues las cosas no son así, será necesario volver a Disraeli y comprender finalmente que los objetivos estratégicos argentinos pasan por nuestra salida a los puertos del Pacífico -el problema boliviano tiene menos entidad que la obsolescencia del Canal de Panamá y los intentos de Nicaragua de construir una via de agua alternativa- y que compartimos con el país trasandino la busqueda de los ricos y potencialmente crecientes mercados asiáticos. China, en principio y todo su hinterland de infinita, silenciosa pero potente y cada vez menos secreta capacidad de compra, de trafico y de crecimiento.
El resto sería repetir una frase que en los Balcanes se endosa entusiastamente a los sudamericanos quienes a su vez hace años la han hecho propia: "no queremos la sudamericanización de los Balcanes" ... susurran. La metáfora inversa debe ser el objetivo mayor de las cancillerías argentina y chilena.


Edgardo Arrivillaga.
Enero, 2004.

 

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