Estuve contra la guerra de Irak, me alegro de la caída del PP y Bush no es mi político preferido. Hechas las oportunas
presentaciones, que bien conocen mis lectores asiduos, el resto del análisis que planteo no se acerca para nada al pensamiento
políticamente correcto que reina casi de forma única. Especialmente si se plantea desde las voces más comprometidas de la
izquierda. Hablo de Madrid, ciertamente. Hablo después de haber hecho mía la canción de Sabina –"Yo me bajo en Atocha…"-
i respirar el dolor profundo con que la muerte araña las paredes del alma. Pero no hablo desde el dolor, porque son tiempos para
tener el corazón caliente pero el cerebro frío, y lo que digamos sobre lo que nos está ocurriendo, no puede ser poesía del duelo
(por mucho que amemos a la poesía y estemos de duelo), ni pancarta de la indignación. Tenemos que reflexionar desde la prosa de los
datos y desde la más absoluta madurez democrática. Con esta voluntad, pues, expreso mi desmentido a algunos de los lugares comunes
que estos días intentan explicar el atentado de Al-Qaeda.
Primero, se está instalando la idea de que el terrorismo islámico es la rebelión de los pobres contra el abuso del mundo rico.
De alguna forma, pues, se trataría de una especie de consecuencia de nuestras muchas culpas. Muchos se han expresado así estos
días. Y, sin embargo, la realidad es bien distinta. El reto contra la democracia y contra la modernidad que ha iniciado desde hace
años el integrismo islámico –estos días se cumple el 12 aniversario del atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires,
que destruyó el edificio, el geriátrico, el convento y la iglesia, y que mató a 29 personas-, no tiene nada que ver con la pobreza.
¿Les parece que se están rebelando los pueblos del África destruida? ¿Conocen terrorismo islámico en Burkina Fasso? Estamos ante
un fenómeno ideológico totalitario alimentado económicamente por elites inmensamente ricas, profusamente fanáticas y ferozmente
antioccidentales. Ni Bin Laden es una hermanita de los pobres, ni los países cómplices con el terrorismo islámico se cuentan entre
los más marginales, ni nada de lo que está ocurriendo tiene que ver con el deseo de un mundo mejor. Pongamos, pues, las cosas en su
sitio: las bombas integristas están pensadas para destruir la libertad, no para repartirla. Para conducir el mundo hacia la
antimodernidad, no para hacerlo más democrático. Para mantener la gente en el odio y el fanatismo, y no para emanciparla. No es una
rebelión, es una cruzada ideológica totalitaria, como lo fueron en su momento el nazismo y el estalinismo, de base nihilista (como
todos los totalitarismos), y amparada en la enorme riqueza de las elites y los Estados que las financian.
Segundo. Existe la culpa árabe. Lo digo porqué en el necesario ejercicio de autocrítica que nos hacemos, y en la práctica de
nuestro deporte nacional, el antiamericanismo, nunca tenemos tiempo de hablar de esta notable culpa. Uno de los hechos más
insultantes que he oído ha sido, por ejemplo, el apoyo explícito del rey de Marruecos contra el terrorismo. No dudo de sus buenas
intenciones. Pero, cuando un dirigente árabe es uno de los hombres más ricos del mundo, mantiene a su población en una pobreza
infame, permite las mafias asesinas de la inmigración ilegal, sustenta parte de su economía social en esta miseria y no hace nada
para construir un sistema democrático, habrá que responderle con el título del libro de Raymond Carver: ¿de qué habla cuando dice
que habla de luchar contra el terrorismo? Y, si vamos más allá, ¿de qué ha servido, durante 50 años, el petróleo? ¿Ha servido
para crear sociedades cultas, libres y democráticas? ¿Ha servido para modernizar y reequilibrar socialmente la zona? En manos de
dictadores fanáticos y monarquías fascistas, solo ha servido para consolidar los planteamientos más retrógrados, privar a los
ciudadanos de estructures sociales justas, esclavizar hasta el delirio a sus mujeres y practicar una política medieval con
tecnología de última generación. La antimodernidad con móvil vía satélite. ¿Y las madrazas coránicas, donde durante años se
educan a los niños en contra de los valores de la libertad? ¿Cuántos militantes radicales saldrán de las más de 5.000 madrazas
coránicas que existen, por ejemplo, en el Pakistán? ¿Qué sociedad de futuro se está construyendo en la educación integrista
fanática de las escuelas del Sudán? ¿Qué paga el petrodólar? ¿Paga a favor de la ilustración, a favor de la democracia, a favor
de una cultura de la paz? ¿Utiliza el Islam para crear ciudadanos libres? O lo usa perversamente para destruirlos? Y aún más,
¿qué decimos de la implicación de algunos países de la zona en la financiación del terrorismo? Probados los cheques de Saddam a
favor de los suicidas palestinos. Probada la implicación de la embajada de Irán en el atentado de Amia, en Buenos Aires, donde
murieron 85 personas, y probado su apoyo logístico y financiero al grupo terrorista Hamás. Probadas las implicaciones de Siria en el
terrorismo de Hezbol.lah en Tierra Santa. Y, ¿de dónde eran los organizadores del 11-S, sino fundamentalmente de Arabia Saudita?
¿No tiene el wahabismo reinante nada que ver con la financiación del terrorismo? ¿Hablamos de los miles de muertos en la cruzada
islámica del Sudán? ¿Qué quiero decir, con todo ello? Que estamos ante una globalización del terrorismo islámico, porqué
estomas ante decenas de países del mundo islámico que, lejos de crear sociedades de la libertad, mantienen y esclavizan a sus
ciudadanos en el más puro de los fanatismos, sobretodo porqué la mejor garantía para continuar tiranizándoles, es creando odios,
intolerancias y profundas ignorancias.
La primera arma de destrucción masiva del Islam tiene que ver con la falta de libertad, con la cultura fascista de sus dirigentes,
con el uso perverso de Dios y con la negación de crear una sociedad de la tolerancia. Y repito lo que he escrito a menudo: las
primera víctimas del integrismo islámico son los ciudadanos de religión musulmana. Como el primer enemigo de la causa palestina es
la ideología nihilista que enseña a los niños a amar la muerte. Esta semana consiguieron detener a un niño de diez años con una
bomba: esto no sale en los telediarios… El integrismo es el enemigo del Islam. Pero, por el camino de la autodestrucción, mata y
nos mata.
Tercero, el chantaje terrorista. Creo que la guerra fue un disparate, porqué es evidente que no se combate así al terrorismo. Y
ello añadiendo, sin dudarlo, que el mundo está mejor sin el régimen de Saddam. Pero también es cierto que este reto totalitario
viene de lejos. La fatua de Bin Laden es del 96. El atentado del 11-S se empezó a preparar en el 92, en plenos acuerdos de
Oslo. ¿De cuando fue la condena a muerte a Salman Rushdie?
¿Y si hablamos del gran libertador de Persia, el ayatollah Khomeini, que por cierto visitaban en su exilio de París muchos
ilustres de la izquierda europea? Los señales hace muchos años que nos llegan. Pero nosotros hemos estado haciendo la siesta, hemos
reducido todos los problemas del mundo al odio antiamericano, hemos perdonado la vida a todos los dictadores árabes, hemos minimizado
al terrorismo palestino (alimentándolo con nuestro paternalismo), y hemos llegado a creer que, si nos portábamos bien, no nos
llegaría. Como si nuestra vida dependiera de lo contentito que dejáramos a Bin Laden. No hemos entendido nada. Y no estoy seguro
que, después de Madrid, finalmente lo entendamos. Decía en Miami, cuatro horas antes del atentado, en una conferencia sobre el tema:
"¿Qué nos hace falta en Europa para entender lo que ocurre? ¿Un atentado en París, en Londres, en Madrid?" Haber sido
profética me causa profundo dolor y profunda ira.
Finalmente, la vergüenza de la solidaridad selectiva. No todos los muertos nos duelen, ni todos los asesinos nos lo parecen. La
misma ideología nihilista que mata en Moscú, en el centro de Buenos Aires, en el tren de Madrid y en la discoteca de Bali, mata en
un autobús de Jerusalén. También forma parte de nuestra culpa no llorar a esos muertos y minimizar a sus asesinos. El terrorismo
integrista no es amigo de ninguna causa, sino el vampiro de todas ellas. Se alimenta de ellas, las seca y las destruye. Porqué es una
ideología de muerte. Madrid nos dice todo esto. ¿Sabremos escucharle?
PILAR RAHOLA