EN LA MOCHILA

POR IGAL SERENA

YEDIOT AHARONOT – 16.3.2004

 

Los soldados sentaron al niño en la parte trasera del Jeep militar. "Un señor me pidió pasar la cartera al otro lado. La cartera no es mía", nos dijo el niño y luego calló.

Tenía unos 10 años, 5° grado, la edad de mi hija menor. Un niño delgado con un sombrero de lana americano, de los niños del cercano Campo de Refugiados Balata, de los que trabajan en el puesto de control, que por un shekel o dos pasan carteras y paquetes de un lado a otro para gente o choferes que tienen prohibido pasar. Un niño del puesto de control. Una de esas ocupaciones que surgen en esos lugares. Como los que venden café a los que hacen cola para pasar.

En este caso, ayer, un hombre que vino de Shjem (Nablus), al Paso Jaguara, le pidió al chico pasar una valija o dos al otro lado, hacia la parada Tapuah, en Israel. Cuando estábamos parados junto a él llegó un soldado israelí para llevar al niño e interrogarlo. Lo llevó como se cruza a un niño en la calle. "El nene es inocente", dijo el oficial "no sabe lo que le dieron". El fotógrafo Shaul Golan y yo llegamos a la carrera al lugar de una aldea cercana donde estuvimos dando vueltas todo el día para preparar una nota sobre los jóvenes suicidas. El niño con la valija explosiva apareció como de la nada.

Un rato antes había llegado con una mochila al puesto de muchachas policía que revisan a los palestinos que pasan de Shjem a Tapuah. A la policía Moran, de Bersheva, la mochila le pareció demasiado pesada. La abrió y vio cosas. Dijo que le pareció ver "como hilos blancos bajo los juguetes y las ropas". De pronto comenzó la acción en el puesto de control: para eso está el puesto, esa es la razón para su existencia. La mochila quedó al lado del puesto de la Policía, junto con el detector de metales. Todo se vació: autos, soldados, los centenares que esperaban. Como viendo una película muda se quedaron todos de ambos lados del puesto. Centenares de palestinos miraban el robot amarillo que se arrastraba para revisar la mochila. Detrás de ellos los soldados cerraron ambos lados del camino. Dos artificieros de la Policía revisaron la cartera con ayuda del robot. El niño seguía sentado en la trasera del Jeep y miraba con ojos vacíos. Resultaba raro en el caos adulto, como si no tuviera que ver con él. Como si hace un momento hubiese sido sacado de su aula.

"Que dos soldados lo lleven, a ver si identifica quién le dio la mochila", dijo el Comandante Guy. Los artificieros conectaron cables y explosionaron la mochila desde lejos. Estábamos en un campo lleno de flores amarillas, Shjem nos observaba desde arriba y también Elon More y Tamar. Son las aldeas de esa zona que no sabe de un día tranquilo. Puestos de control, penuria, guerra.

"Agáchense" gritó el artificiero. Todos, el comandante de los paracaidistas, los oficiales, las policías, se agacharon en el terreno florido. Por un segundo el mundo tembló. Una enorme llama subió desde la mochila, una nube de humo, y luego todo descendió. Al unísono comenzaron todos a moverse. Los que esperaban en cola avanzaron hacia el puesto de control y los soldados comenzaron a gritar en árabe "¡atrás, atrás!". En el lugar de la explosión vimos un cráter de como 20 cm, lleno de tornillos y tuercas, y encima de ellos desparramados lápices de colores y trozos de ropa. Lo que en un autobús finaliza en masacre, terminó al aire libre como un cráter en el asfalto que rápidamente se cubrió de polvo y ceniza que arrastraban los que pasaban de un lado a otro del puesto de control.

Cuando nos fuimos de allí el niño seguía sentado en el Jeep, como si estuviese a punto de salir a un paseo escolar.

 

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