HAITI: ENTRE EL ORDEN DE LOS MARINES Y EL DESINTERES DE LAS DEMOCRACIAS LATINOAMERICANAS.

María Cristina Montenegro(1)

 

En el año del bicentenario de su independencia Haití camina paradojalmente por la delgada línea que demarca el ser del no ser como estado.

El 1 de enero de 1804, el estado caribeño asomó - el primero en América Latina- a la independencia luego de haber enfrentado a Francia, su anterior metrópoli.

Pero, cuando el aniversario se cumplía nadie parecía recordarlo demasiado. En la portada de los diarios y noticiarios de radio y televisión el otro Haití: el de la violencia y pobreza estructural, ganaba espacios a fuerza de sangre, fuego y desestructuración: un Haití camino al colapso.

No hay lugar para conmemorar pero... me pregunto: habrá lugar para construir?

Cuando el último silbido de las balas desgarren el hermoso espacio caribeño, me pregunto: vendrá la paz, la concordia y el supremo esfuerzo para ser?. Sólo los haitianos tendrán las respuestas, el resto: América y el mundo, deberán apoyar el reencuentro de un pueblo desquiciado, sumido en la pobreza, la corrupción, y la ignorancia.

Haití debe conmover no sólo los sentimientos de solidaridad por sus víctimas sino la razón de los tomadores de decisión latinoamericanos en la inteligencia de lo que la prudencia política y el valor de las convicciones indican. Ya no es tiempo de retórica, es tiempo de acción. En los hombres como en las naciones, la madurez comienza cuando la complacencia autojustificadora, que permanentemente nos conduce a considerarnos víctimas de los otros, da paso a la responsabilidad de ser artífice de nuestro propio destino. En el mundo real uno de los síntomas de madurez es saber que si los gobernantes no construyen el futuro se sus pueblos, a no dudarlo, alguien lo hará por ellos, por supuesto, en función de sus intereses. No entender eso, en un escenario de rápidas mutaciones, es tan peligroso como navegar por aguas turbulentas sin capitán que empuñe el timón y fije el horizonte.

HAITI Y SUS LECCIONES

La post guerra fría, luego de un rápido sueño de paz onusiana, devolvió a la humanidad al realismo en materia de relaciones internacionales. Entonces, es posible pensar, todo volvió a ser lo mismo. Mucho parece haber cambiado en los elementos centrales que definen las relaciones entre los pueblos y los estados, las preocupaciones tradicionales sobre equilibrios de poder, alianzas, carrera armamentista y enfrentamiento entre potencias, que marcaron una etapa importante del Siglo XX, dejaron paso a otras preocupaciones: nacionalismo étnico, militancia religiosa, medio ambiente, pobreza extrema, escasez de recursos, terrorismo, narcotráfico y otros delitos internacionales.

El Instituto Aspen advierte que los tipos de conflictos más comunes serán los comunales, originados por el colapso de estados, sistema tribal, etnonacionalismo, fundamentalismo radical, escasez de recursos e injusticias reales o percibidas. La amenaza de conflictos está presente en todas partes del mundo, pero es más factible que surja en los estados de la ex URSS y de Africa."

Más adelante se señala que estos conflictos comunales pueden despertar una preocupación internacional mínima, pudiendo escalar si los intentos externos para manejarlos son inadecuados... " La naturaleza emocional y violenta de estos conflictos puede traer como resultado crisis humanitarias masivas, abusos de los derechos humanos y, aún, tendencia al genocidio..."

De América Latina poco se decía en esos estudios internacionales, pareciera no haberse percibido motivos para ser incorporada dentro de las posibilidades de escenarios de esas características. Salvo Colombia, los conflictos del Continente no aparecían en los estudios de los grandes Centros de Estudios Estratégicos.

El conflicto haitiano puso la mirada del mundo en nuestro mapa continental y, siendo el foco violento de los últimos días, no es el único conflicto que amenaza la paz en América. Las lecciones aún no aprendidas señalan que la amenaza requiere de una pronta visión de " alerta temprana" por parte de los decisores políticos de los países americanos, de la OEA y de otros organismos regionales.

Las debilidades del sistema democrático en muchos de nuestros países indican que el establecimiento de la democracia no es un hecho automático, que se alcanza con la voluntad de asegurar la elección de gobernantes a través de actos electorales cada cuatro, seis o los años que indique la Carta Constitucional. Las meras prácticas formales no aseguran un proceso democrático sin retrocesos una vez que se logró ponerlo en marcha.

Por el contrario, en los países de la región se advierte que, si la democracia no ha logrado arraigarse en la cultura política de los pueblos y como principio regente de la conducta de sus dirigentes, siempre estará latente la posibilidad de una amenaza a la vigencia del sistema. No será como en otros tiempos por golpes de estado con la intervención de las fuerzas militares pero, de hecho, los golpes provendrán de la rebelión ciudadana, por caso Argentina y Bolivia dieron muestras suficiente de que es posible que gobiernos legítimos de origen hayan sucumbido frente al descontento de la ciudadanía.

La democracia en esta parte del mundo, pareciera llevar implícita una paradoja: en su fortaleza para instaurar la convivencia y afianzar el pacto social, en los valores básicos como la libertad, los derechos civiles, la responsabilidad e igualdad ante la ley, radica, también, su mayor vulnerabilidad en aquellas sociedades donde la descomposición de las relaciones humanas, políticas y sociales irrumpen como consecuencia de la corrupción y la irracionalidad de esos mismos gobernantes surgidos en actos electorales masivos.

Resulta paradójico que quienes han sido elegidos por métodos democráticos sean los responsables de las espirales de violencia que azotan a algunos países. En el caso de Haití, Aristide, el restituido una década atrás, gobernante aclamado como promesa de progreso democrático, considerado por la comunidad internacional como el hombre que podría sacar a Haití del atraso, es la misma persona que esa misma comunidad internacional, hoy, debió presionar para que se alejase del cargo y del país, interviniendo en un nuevo esfuerzo por hacer que su salida permita dar un respiro a la situación del país que se desangra en una lucha civil.

AMERICA LATINA: AUSENTE

Los esfuerzos para poner fin al conflicto han encontrado a América Latina lejos de un rol activo en materia de prevención de conflictos en un país que por historia, cultura y geografía forma parte de ella. Esta parte de América que, en grandes discursos, reivindica un lugar bajo el sol a partir de su integración en un gran espacio, con autonomía y poder de decisión propia frente a Estados Unidos y el resto de los grandes centros de decisión mundial, estuvo ausente.

Estados Unidos, Francia y Canadá fueron quienes unieron sus esfuerzos para idear un plan de paz y gestionar una rápida salida al conflicto.

Es cierto que, como sucede en política internacional, cada uno tendrá motivos para estar y eso será materia de otro análisis. Pero, también es cierto, que la América Latina estuvo ausente para aportar lo suyo en un problema que le es propio y eso es toda una revelación: se ha perdido la oportunidad de demostrar, en los hechos, que no existe capiti diminutio de esta parte del mundo, que a la retórica de la voluntad le sigue, indisolublemente, la acción. Esto, en materia internacional, es un imperativo categórico. Si esto no lo entienden nuestros gobernantes qué diferencia tendremos con algunas regiones del Africa?, a quién buscaremos como responsable de nuestros males endémicos?.

La mancomunidad de esfuerzos de Argentina, Brasil y Chile podría constituirse en el embrión de un sistema de seguridad regional, que asegure la prevención de conflictos a partir de mecanismos de " alerta temprana" en momentos en que la inestabilidad de países como Venezuela, Perú, Bolivia y las crisis sociales en Brasil y Argentina son el potencial de conflictos violentos a no muy largo plazo.

La participación activa de las tres naciones en el marco de fuerzas de paz tendrá una influencia ineludible en el afianzamiento de la multilateralidad y la revitalización del rol de Naciones Unidas como única responsable del uso del instrumento militar, a nivel mundial, para mantener la paz y la seguridad internacionales. Después de Irak este no este un dato menor.

Brasil y Chile han decidido participar en una fuerza de paz, Argentina no debe estar ausente de la misma, no sólo porque su participación activa en otros puntos del globo ha ameritado menciones por parte de Naciones Unidas, sino porque su discurso a favor de la paz y la democracia, en el Continente, es una constante.

Acudir en apoyo de Haití para evitar que caiga a la condición de estado fallido, es un imperativo que nos impone la razón y los principios que decimos sustentar. Es el compromiso que asumimos al conformar la " hermandad americana". A no ser que las razones que invocamos para estar presentes en los Balcanes, en Chipre o en otros lugares del globo no sirvan para un pequeño y vecino país caribeño.

Aprendamos de las lecciones que escriben los países en serio, que sin complejos tienen un lugar expectante en el concierto de las naciones, muy cerca nuestro tenemos ejemplos. Que los otros hagan lo suyo es lo natural, que nosotros no hagamos lo nuestro es lo reprochable.

 

1-Magister en Relaciones Internacionales
2-Citado en material del Curso de Manejo y Negociación de Conflictos del Colegio Interamericano de Defensa. Washington 2003
3-op.cit
 

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