BLUMBERG Y MAX WEBER
El experimento Blumberg constituye la primera embestida contra la partidocracia surgida después del proceso militar derrotado
políticamente en 1983.
La precedió la andanada de masas que despedazaron al gobierno delarruista y que fue definida por
Elisa Carrio como el primer huracán.
EL diagnostico era correcto pero el huracán fue rápidamente recuperado por el poder parlamentario,
la cúpula de los partidos -a las cuales los electores se subordinan mansamente - y el poderoso poder de los gobernadores, de los
cuales no ha surgido todavía ningún Cromwell, menos aun un Rosas o un Urquiza, pero si una constelación de intereses que dieron
lugar a un trio antimenemista invencible: Duhalde, Kirchner y el siempre crucialmente inadecuado y un poco a contra mano de la
historia, Dr Alfonsin.
Esas fintas del trio lograron dividir al peronismo, reinstalar a los montoneros en el poder -el
razonamiento de Menem, improbable espíritu sarmientino allende los Andes, es básicamente correcto- el estado mayor gubernamental fue
y es montonero, con una salvedad historica, cuando enfrentaban a Peron lo hacían desde la perspectiva del leninismo vanguardista,
ahora son gramscianos reconvertidos a los Derechos Humanos, en una ligeramente patética mueca de que los Montoneros pueden ser
esencialmente humanos. Al menos los de este siglo.
La idea de Kirchner -un montonero ligth, una clara expresión algo torpe de lo que los franceses
definen como la izquierda caviar, consistía en convertir a los Derechos Humanos en el cimiento de un vasto movimiento antifascista
que exhumara el espíritu partidocratico del 83 y englobara al menemismo en una misma línea de pensamiento histórica y cultural que
constituyera objetivamente la cría del Proceso y en esa barroca dialéctica proyectar la manoseada transversalidad-superadora del
peronismo- lanzándose hacia las dos próximas presidencias argentinas.
Y ya se hablaba en las alfombras rojas y siempre elocuentes del poder de un K1 y un K2.
El asesinato del joven Blumberg -que hubiera sido blanco de esos mismos montoneros en los 70,
terminando en una presumible cárcel del pueblo con pedido de rescate,-sepulto esa caprichosa toma de la Bastilla que fue el traspaso
de la Esma a una comisión indefinida de ONG deliberativas, descoloco abruptamente a las cúpulas militares que habían elegido el
camino de la expiación personal para salvar sus fuerzas a futuro y convirtió la bandera de los derechos humanos en lo que realmente
son: las bases de un nuevo derecho internacional que nació en Nuremberg y que claramente hubiera colgado a los montoneros y -al mismo
tiempo- un claro subproducto del Comité Helsinky -habil ganzúa que hizo saltar el cofre del Pacto de Varsovia entre 1975 y 1989. En
el medio quedaba sepultado tambien el sueño protagonico del presidente popular que ya se advertía simplemente se sustentaba en ideas
que eran ucronicamente ajenas al país real, al país profundo, al país blancamente enceguecido por la inseguridad,la desocupación y
el horizonte infinitamente vacío y yermo para las futuras generaciones destrozadas en esa alegre cadena de montaje del pasado
revisitado por el pensamiento montoneril y la devaluación interna.
Pero atrás de este crimen hay más. Hay mucho mas y ahora veremos porque.
Desde el 83 en adelante el país se gestiono con una oligarquía integrada por dos grandes partidos,
algunos partidos menores-ora de izquierda, ora de derecha-y una constelación de periodismo progresista, abogados denuncialistas y una
justicia que ya anticipaba desde la corrupción al mortalmente dulce perfume algo hermafroditico de los Zaffaroni.
Esta indomable jauría se basaba en dos hechos esenciales. Blandía el tiempo politico abierto por el
Dr. Alfonsin-ese verdadero señor Valdemar de la política argentina y el éxito de la convertibilidad impuesta a tambor batiente por
Menem y Cavallo.
Destruida la segunda, el país rápidamente volvió a la primera -resucito el tiempo politico, se
comenzó a hablar de pensar la politica, coartada inevitablemente tercermundista de las sociedades fracasadas y se encontró con que
la primera ley de convertibilidad del Dr. Alfonsin-la política pasa por los partidos, los partidos somos nosotros y los votos no solo
se cuentan, se pesan basicamente- tambien eran insuficientes y en ese sentido las asambleas legislativas que ungieron sucesivamente a
Puerta, Rodriguez Saa y Eduardo Duhalde estaban expresando y produciendo un hecho irresistible: la devaluación de la clase política
argentina que habia dejado de ser convertible en los terminos partidocraticos internacionalmente aceptados.
Fuera del congreso, sectores mayoritarios no estaban contenidos dentro del radicalismo, triunfante en
el muy reciente 1999 y ahora simple artefacto de museo y solo lo hacia en el peronismo, mediante un mecanismo de prestidigitación y
multiplicación a la vez. Una rara clonación asexuada y fatalmente desvirilizada como esos espejos que gradualmente van perdiendo la
enfocada precisión que les brinda su esmeril. Si todos los que gobiernan y todos los que se oponen -como se
vio dramáticamente en el Congreso Juticialista del 27 de marzo se autoreferencian como
inevitablemente peronistas, es porque todos, algo inadvertidamente, han dejado de serlo.
Y en este tiempo de convertibilidades económicas y politicas irremediablemente rotas-y para peor de
forma consecutivamente simultanea en una situación de improvisación y gran pecado colectivo, lo que asoma es el rostro -no siempre
inadecuado- de la revolucion.
Todo el problema consiste en determinar que clase de revolucion, cuales son sus objetivos y hacia
adonde apunta. La noche mágica en que Blumberg jaqueo al Congreso y a la Casa de Gobierno con un cinturón de velas encendidas como
inatendidas plegarias elevadas al poder sordo, las masas estaban lejos, muy lejos, de los barbudos que bajaban de la Sierra Maestra,
ese mito
romántico montoneril y cerca, muy cerca de las manifestaciones pacificas, ordenadas pero de
implacable densidad que disolvieron casi por simple exorcismo las divisiones del poder soviético en el corazón histórico de Europa
Central.
Blumberg estaba mas cerca de Vlad Havel que de Castro, Hitler o el mismo Pinochet.
Probablemente, los testimonios posteriores así lo confirman, un escalofrío recorrió el poder
vicario de los Bonasso, los Vervistky y la raviolera Bonafini. Repentinamente, estaban avalando las certeras líneas de James Joyce,
tan aplicables a la política y sobre todo a los políticos profesionales argentinos: "un fantasma es alguien que cambia de
habitos, de costumbres, de esencia y luego...se desvanece ".
La metodologia, la táctica y la estrategia de Blumberg es esencialmente democratica,
republicana-inicialmente de clase media- pero se avizoran acentos de reclamo moral que recuerdan a Cronwell, a Lutero y al
protestantismo reformista, en síntesis, a todos los elementos que no han acompañado culturalmente a las sucesivas y contradictorias
experiencias económicas argentinas- Peron, Frondizi, Menem, simplemente porque el empresariado se reconocía en una matriz cultural
esencialmente hibrida, antirreligiosa, desconectada profundamente de la comunidad y eternamente
seducida por el alternativismo mas o menos filisteo del cortoplacismo.
La cruzada de Blumberg no es la revancha griega de un padre por su hijo muerto, aunque es admirable la
fuerza disociatoria y la prolija implacabilidad de un hombre golpeado, trágicamente tenaz. La cruzada de Blumberg, un protestante
rodeado de protestantes, se parece al inicio de la Liga Lombarda, tambien protestante, tambien culturalmente suiza, tambien
básicamente calvinista que ayudo a sacudir a las mafias peninsulares preparando la inevitable inserción italiana en la Europa Unida.
El soplo luterano, calvinista, valdostano que trae Blumberg es la respuesta tardía a la pregunta
inevitable: porque no hubo padres de Plaza de Mayo en esa gesta aparentemente tan popular? Y todos sabemos la desagradable humedad
llena de recovecos de tierna cobardía que encierra la respuesta.
Lo cierto es que Blumberg ha protagonizado un solo acto parapolitico que fue en verdad religioso. El
primer domingo, sucesivo a la noche de las tenues luces renacentistas, asistió a un encuentro por la libertad religiosa en el país y
allí se encontraban evangelistas, luteranos, judios y católicos unidos por algo mucho mas serio que el reparto aritmético del poder
político.
Blumberg y sus amigos estan abriendo las puertas de la revolución de la ética de la nueva clase
media argentina, devaluada y anticorrupta. No es casual que proponga la limpieza final y los juicios por jurado y claramente sus
objetivos, intuitivamente weberianos, lo impulsarán a ir por mas.
Lo de este hombre es claramente una revolucion pero no es exactamente la revolucion que los
profesionales de la revolucion esperaban.-
Edgardo Arrivillaga.
abril 2004.
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