LA CRISIS CON CHILE: ANATOMIA DE UNA DIPLOMACIA FALLIDA.
por Ascanio Cavallo.



La crisis del gas, acrecentada con el acuerdo entre Bolivia y Argentina, comprueba que la política exterior de Néstor Kirchner se ha convertido en un apéndice de su política interna. El Presidente transandino gobierna con un ojo puesto en la esquina de la Plaza de Mayo, para asegurarse de que no están llegando los piqueteros. La verdadera amenaza regional no es Mesa ni Chávez, sino él. ¿Será Kirchner capaz de cortar totalmente el suministro de gas a Chile? Por supuesto que sí: tal como ha sido capaz de firmar un contrato que se sale del orden jurídico y económico mundial. En la doctrina de las relaciones entre estados es un principio aceptado que la colusión de dos países para perjudicar a un tercero es un acto de hostilidad política; si ese perjuicio afecta aspectos esenciales de la seguridad y la integridad de los ciudadanos, se le considera un acto de agresión. Bolivia ha propuesto a Argentina un acuerdo para que esta última incumpla sus contratos de suministro de gas a Chile de un modo más prolongado de lo que ya pretendía hacerlo. Argentina lo ha aceptado, a cambio de un suplemento gasífero entregado por Bolivia que no atenuará más que en migajas la crisis energética que ya se está desencadenando sobre Buenos Aires, a pocas semanas de iniciarse un invierno incierto y con cortes de abastecimiento eléctrico ya programados. El gobierno chileno, sorprendido una vez más en las últimas semanas frente a la rapidísima evolución de sus vecinos, reaccionó con una nota de protesta ante Bolivia. Lo hizo con cierta energía: el cónsul boliviano fue impelido a retornar desde Valparaíso en 90 minutos, en la mañana del jueves 22, y el atribulado diplomático recibió en la Cancillería de Santiago la primera notificación oficial de molestia de Chile, después de meses de gestos de incitación u hostilidad por parte del gobierno de La Paz. Adicionalmente, Chile suspendió las negociaciones para un acuerdo económico con Bolivia. ¿Y Argentina? Después de todo, Bolivia hizo sólo la propuesta; Argentina la ha aceptado, pese a que tenía firmado un previo compromiso gasífero con Chile. En la metáfora del chancho y el afrecho, es claro quién ocupa cada posición. Y sin embargo, Argentina no ha recibido nota de protesta por parte de Chile. No sólo eso: el canciller Rafael Bielsa se ha permitido humillar a la Cancillería chilena postergando cuatro veces un viaje de dos horas a Santiago para exponer los puntos de vista de la Casa Rosada. Aunque cada vez ha presentado en público argumentos infumables, en privado ha dicho que no viaja porque no sabe qué podría explicar en Santiago. Pero un canciller no se manda solo, ni para viajar ni para quedarse; la segunda mentira de Bielsa, por tanto, es la que encubre el papel del Presidente Néstor Kirchner, que es, evidentemente, quien le ha impedido viajar. Mesa, Evo, Chávez Si alguna vez se escribiese la pequeña historia del deterioro de las relaciones de Chile con el entorno de América del Sur, uno de sus hitos tendría que ser su actuación ante la fallida revuelta civil de abril del 2002 contra el coronel Hugo Chávez en Venezuela. Entusiasmada con su propia estabilidad democrática, La Moneda se engolosinó con dar lecciones de gobernabilidad en la crisis venezolana, sin prever que la debilitada elite política de ese país no sería capaz de sacar al tosco militarote que es Chávez. La guinda la puso la presencia inexplicable de un embajador que ya había dado muestras de su nivel de compromiso cuando huyó de la legación en Israel antes de iniciarse la Guerra del Golfo de 1991, y que en este caso corrió a dar explicaciones al repuesto Chávez cuando éste logró regresar a la cabeza del gobierno de Caracas. Chávez halló la ocasión de la revancha el año pasado, cuando los bolivianos derribaron al Presidente Gonzalo Sánchez de Lozada sólo por negociar la salida de su gas a través de puertos chilenos, una perfecta exhibición de irracionalidad que les hizo perder jugosos contratos internacionales (los que, en cambio, obtuvo Perú) y que modificó el mapa interno de la política boliviana. Sánchez de Lozada fue desplazado por su propio socio político, Carlos Mesa, que halló en la reivindicación de la salida del mar la única fuente de unidad de su país. Por más de un siglo, la clase política boliviana ha conservado la mediterraneidad como la principal explicación de su subdesarrolloy al culpable de ella, Chile, como el objeto eminente de su rencor histórico. Mesa es un intelectual que no procede de los centros de cultivo del antichilenismo de Bolivia. Las mismas necesidades de supervivencia política que lo llevaron a abandonar a Sánchez de Lozada lo han convertido en el estandarte del irredentismo más arcaico, con una excitación oportunamente amplificada por Chávez. El coronel venezolano encontró la forma perfecta de hacerlo: apoyar en público a Mesa y financiar por debajo a su principal enemigo, el líder cocalero Evo Morales. El gobierno chileno cree tener evidencia de que el financiamiento de Morales sale de Caracas, pero ni lo ha denunciado ni ha puesto en línea a los ¿amigos útiles? que el cocalero encuentra en Chile. En este cóctel de sobrevivientes de revueltas internas -Chávez y Mesa- vino a instalarse Néstor Kirchner, elegido Presidente con un 22% de votos, después de sucesivas sublevaciones callejeras y en medio de una enemistad mortífera con Carlos Saúl Menem, que para colmo vive casado y refugiado en Chile. El ojo en los piquetes La diplomacia chilena ha adoptado una estrategia de apaciguamiento y paciencia respecto del gobierno argentino, con la reiterada esperanza de que lo peor no llegue a lo peor. Hasta aquí, la Casa Rosada ha derribado todas las expectativas optimistas, y no existe indicio alguno de que el futuro vaya a ser distinto. ¿Será Kirchner capaz de cortar totalmente el suministro de gas a Chile? Por supuesto que sí: tal como ha sido capaz de firmar un contrato que se sale del orden jurídico y económico mundial. Si la energía de Buenos Aires colapsa -y hay una probabilidad de que así ocurra-, Kirchner cortará la llave de paso aunque no pueda redireccionar ni un centímetro cúbico de lo que vende a Chile.

Y la razón es simple: la política exterior argentina se ha convertido en un apéndice de la política interna. Kirchner gobierna con un ojo puesto en la esquina de la Plaza de Mayo, para asegurarse de que no están llegando los piqueteros. La campaña publicitaria que lanzó en el verano para respaldar el no pago de la deuda externa -mostrando a niños sucios y hambrientos- es una síntesis de su visión de la política: populismo, sentimentalismo y esa vieja fantasía argentina de que podrían ser un país próspero, pero siempre les roban la plata. El caso del gas muestra bien cómo funciona la mitología del latrocinio: los bonaerenses pagan por su energía tres veces menos de lo que pagan los santiaguinos o los peruanos, lo que significa que la exacción se la infieren a sí mismos. Pero aunque esta realidad es como una catedral, Kirchner no está dispuesto a sincerar los precios ni a cambiar su política regulatoria. Prefiere incumplir contratos y culpar a los empresarios privados. Como un prócer del caudillismo provincial, Kirchner encarna esa visión ?también atávica- del Estado como un ente magnánimo, aunque sin responsabilidades; por eso considera natural no cumplir tratados internacionales, pagos de deudas o contratos comerciales. Y mejor aún si esos documentos fueron suscritos antes de él. No existe ninguna razón para confiar en Kirchner, ni interna ni externamente. Su política exterior tiene una viva semejanza (sin el componente militarista) con la del general Leopoldo Galtieri, que lanzó a Argentina a la tragedia de las Malvinas sólo para consolidarse en el poder. Pero, además, los especialistas coinciden en que su política económica conduce a Argentina a un nuevo desastre, con consecuencias sociales imprevisibles; el fuerte crecimiento de los últimos meses se ha realizado con dinero ajeno, pero es evidente que éste se terminará en algún momento. A menos que cambie el rumbo que lleva, el 2005 será peor, y no mejor que el 2004. Así, la verdadera amenaza regional no son Chávez ni Mesa, sino Kirchner, y no parece ni útil ni preventivo creer en que la buena voluntad cambiará los hechos de la causa. Pero hay algo más: el 2005 es año electoral en Chile. Nunca ha ocurrido que un factor de política exterior incida en las decisiones electorales chilenas, pero nunca se había presentado tampoco un cuadro de tanta irracionalidad en el vecindario. Si esa situación se sigue deteriorando, como ha ocurrido hasta aquí, ¿podrá mantenerse el cuadro actual de simpatías ciudadanas?

 

 

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