Cumplido un año de gobierno, el mayor problema argentino no es la asfixia económica ni
la pulverización de lo poco que quedaba en pie de las instituciones que hacen un estado con la suma de un grupo de gente y un territorio.
Es el estilo incendiario y disociador del presidente Kirchner para ¿resolver? las cuestiones. Porque un hecho aislado se interpreta como
un episodio singular, pero cuando los mecanismos se repiten, el hecho abandona el carácter de único para transformarse en conducta.
Cuando Néstor Kirchner impulsó personalmente la destitución de algunos miembros de la
Corte Suprema de Justicia argentina recién aterrizado en el sillón de Rivadavia y -muy probablemente- algo incrédulo de lo que le
estaba pasando políticamente, los espíritus sobrios se alteraron: un despropósito, así fuese en aras de un objetivo noble, sigue
siendo un despropósito, ecuación inválida en las repúblicas porque se considera que el fin no justifica los medios. La euforia
revanchista de esa mayoría pasajera que siempre apuesta al que gana, no reparó en el fondo ni en las formas y hubiera debido, ya fuere
por respeto al deber ser de los procesos o por un elemental chispazo de instinto de supervivencia ante la posibilidad de que, un día
cualquiera, pudiese padecer en carne propia los efectos de idénticos mecanismos arbitrarios.
Nazareno y luego Moliné O´Connor, en ese caso con la complicidad vergonzosa del
Honorable Senado, fueron despojados de sus cargos por la acción de una minúscula banda y la inacción del resto de los resortes
sociales, pues no funcionó ninguno.
Simultáneamente, Kirchner barría con más de 60 oficiales superiores de las fuerzas
armadas hasta dar con un amigo suyo en el ejército y un amigo del amigo en la armada, sin reparar un segundo en el gasto que le
significó al país mandar a su casa a decenas de hombres entrenados durante décadas para cumplir las funciones de conducción de sus
respectivas fuerzas. De la mano de los flamantes socios uniformados, se aprovechó de los escrúpulos de los hombres de armas para
debilitarlos todo lo posible, mientras homenajeaba a los grupos guerrilleros más violentos y sanguinarios que registra la historia
argentina.
"Circo por acá" pareció ser la consigna mientras el pan se repartía al mejor
estilo peronista: encadenando voluntades a planes de subvención política y subsistencia alimentaria, y viceversa. Tampoco entonces
reaccionó la sociedad en su conjunto, tal vez acostumbrada a la extorsión del poder aunque no sea una excusa válida ni suficiente para
quienes condenan con tanta vehemencia la corrupción ajena.
Ni hubo grandes protestas cuando el presidente eligió el estilo del "guapo
malo" como mecanismo de comunicación y lo aplicó con el empresariado europeo primero, con el vicepresidente Scioli después. Al son
de lo que las encuestas sugerían, lo adoptó definitivamente y la ráfaga de ira le tocó a la policía, a las empresas locales, a los
países vecinos, al mismísimo George Bush (cuando amenazó con knockearlo), a las autoridades eclesiásticas y hasta a Eduardo Duhalde en
las últimas semanas.
Tampoco hubo institución alguna que se inmutara cuando culpó a las empresas del
desabastecimiento energético que su equipo de campaña había predicho un año atrás, atado al congelamiento de las tarifas que implicó
la subvención indecente de los precios post devaluación que Julio De Vido, su ministro predilecto, compensaría -hecho consumado- con
una abultada compra directa a los amigos de Bolivia y Venezuela.
Le agarró el gustito a la política del fórceps y el cachetazo y así se cubrió la 1ra.
vacante en la Corte Suprema con un explícito impulsor de su candidatura presidencial, a la sazón, evasor fiscal contumaz; así obtuvo la
segunda y sponsorea la tercera, señoras abortistas ambas.
Maltrato va, maltrato viene, "surfeamos" un año sobre nuestros problemones
acumulados y no resueltos. La mala cosecha norteamericana de soja, el descenso de las tasas de interés en la capital del mundo, la guerra
en Irak, el precio del crudo insólitamente bajo y estable fueron el oxígeno que nos mantuvo con el agua al cuello pero respirando. Si el
presidente Kirchner fuese realista, reconocería que su ingerencia poco o nada tuvo que ver con la evolución harto favorable de esas
variables; y si fuera agradecido, no escatimaría palabras de reconocimiento a Duhalde que lo sentó donde está ahora y al partido
peronista que, desde el Congreso, ha allanando su gestión toda vez que levantó prontamente la mano ante cada iniciativa impulsada por el
Ejecutivo.
Pero el hombre, más bien escaso de realismo y de gratitud, se arroga sin pudor la
paternidad del reciente veranito económico que está llegando a su fin, mientras no pierde oportunidad de abrir nuevos frentes con
líderes políticos locales, probablemente sin recordar la debilidad de su base propia de sustentación política.
Este padre maltratador que nos hemos echado encima tiene, sin embargo, su debilidad: los
piqueteros. El diputado D´Elía es un preferido evidente. Vuelve Kirchner a equivocarse pues con su política de "hijos y
entenados" fogonea tosca, burdamente otro enfrentamiento.
Mal con Europa, mal con los países vecinos, mal con todo humano del planeta que tenga en
su poder papeles de la deuda argentina (50% de ellos, coterráneos), mal con las empresas extranjeras que están en el país, mal con las
que podrían venir, mal con la Iglesia Católica, mal con las fuerzas armadas y de seguridad, mal con la oposición política, mal con los
propios peronistas, mal, irascible con todos, aún de la propia tropa. La pregunta es quién va a moderar los vientos huracanados que
Kirchner desató, propició y fogoneó desde su arribo a la presidencia, atento a que quien osa no aplaudir calurosamente sus hechos y
dichos pasa a engrosar la lista negra de los enemigos del régimen.
Y el tic se repite: si la crítica proviene de un argentino, se lo acusa de
desestabilizador; si es extranjero, que se entromete en la política interna. Pero nada se dice de la legitimidad del reclamo en sí. Se
lo descalifica de entrada sin evaluar su contenido. Conclusión de Perogrullo: no aceptan el disenso. Y así, en el autismo desconfiado,
la burbuja presidencial se comprime. Cada vez caben menos dentro de ella. Ya evacuó a Scioli, Duhalde, Solá y a Beliz más
recientemente.
Por eso, ahora que las nubes ya empezaron a echar sombras sobre el día a día, la
pregunta es quién se animará a comunicárselo al presidente. El público, nosotros, que miramos con preocupación e impotencia como
espectadores el devenir de nuestro propio destino, tenemos depositadas las esperanzas en la destreza pacificadora del caudillo bonaerense.
Mientras tanto, la "oposición" ideológica de centro-derecha (recordemos que el
beligerante y el otro pertenecen al mismo partido) está enredada ¿a propósito será? en batallitas: Macri debate con Telermann sobre el
bacheo de las calles porteñas; López Murphy homenajea a Perón en un intento –fallido y lamentable, por cierto- de quedar bien con
Dios y con el Diablo; Bullrich recuerda su militancia guerrillera (ahora, luego de graduarse como empleada del Estado en varias
administraciones de distinto color político, sin arrepentimiento previo por haber atentado contra el sistema en sus años mozos).
El panorama dista mucho de ser alentador. Empobrecidos los argentinos, divididos,
enfrentados, asustados los buenos, envalentonados los malos, acallados los críticos, subvencionados los vagos, perseguidos los otros,
amenazados todos con un caos por lo menos custodiado desde Balcarce 50, no es exagerado temer por el futuro cercano.
Lic. María Zaldívar
Bs. As. 30 de junio, 2004.-