INGENIERIA DEMOKRÁTICA : EL VOTO DE LOS PIBES CHORROS
 

por Luis María Bandieri

 

Se propone desde el oficialismo reducir a dieciséis años la edad mínima para ser elector en los comicios donde se elijan los titulares de las magistraturas políticas. En puridad democrática, el sufragio debe ser universal. La igualdad, que es una de las piedras fundamentales del dogma de la democracia, implica reconocer una equivalencia de cualidades entre los individuos para ser elector. Las restricciones para el ejercicio electoral deben, pues, reducirse al mínimo de los mínimos. Así, en la historia del sufragio, éste fue independizándose, sucesivamente, de las limitaciones por carencia de propiedades o de cierto nivel de ingresos, por falta de un nivel de educación elemental o por razón de sexo.

 

En esa línea, resulta obvio que deberá irse independizando también de las limitaciones por edad y permitir el ejercicio comicial, en consecuencia, allí donde se manifieste la voluntad en tal sentido, cualquiera sea el momento de la vida en que aquélla se exprese. Quien tiene voluntad de votar, debe suponerse que posee discernimiento para ello. No existe ningún argumento decisivo para privar del derecho al voto por razones de edad, que no pueda ser tachado de arbitrario, como los que excluían, en su tiempo, al proletario, al analfabeto o a la mujer.

En este punto, debe recordarse que los obreros, los iletrados o las mujeres ganaron su derecho a participar como electores a través de campañas largas y, a veces, sangrientas. Son de sobra conocidas las luchas de los socialistas decimonónicos –frente a los cuales los anarquistas, como Bakunin o Proudhon, denunciaban el carácter ilusorio de la soberanía popular- y las de las sufragistas –que incluso enfrentaban a otras mujeres que, como lady Jersey, pedían que no se las obligara a esa pesada carga adicional.

 

En nuestro país, los radicales pasaron los veinte primeros años de su historia urdiendo conspiraciones cívico-militares para conseguir la pureza del sufragio, y respecto de la mujer vale la pena salvar del olvido a Julieta Lanteri de Renshaw, una de las primeras médicas diplomadas en nuestro país, que en 1919 creó un Partido Feminista e intentó candidatearse a diputada. No se observa hoy ningún movimiento de adolescentes que pidan el sufragio, no se han advertido piquetes de púberes cortando las calles en estas vacaciones de invierno al grito de “¡queremos votar!” y, último pero no menos importante, Luisina, Benjamín, Camila o Felipe, los chicos modélicos de Rebelde Way, hablan de todo menos de elecciones. ¿Quién quiere a los pibes votando, pues?

Para responder a la pregunta debemos pasar de la descripción del ideal democrático a su “verdad efectiva”, como le gustaba decir a Nicolás Maquiavelo. Hace unos años que en Occidente se está viniendo abajo lo que Hans Kelsen llamó la “ficción de la representación”. Como advirtió en su tiempo Juan Jacobo Rousseau, si el pueblo delega su soberanía en representantes, deja de ser soberano y la corona pasa a aquéllos.

 

La planetarización de la democracia representativa ha terminado por desnudar esta ficción basilar. Los órganos de la democracia representativa, especialmente los parlamentos, han dejado de ser la caja de resonancia de la voluntad popular para transformarse en el reñidero donde disputan, por interpósito legislador los “poderes indirectos”, que nadie elige, pero que casi todo pueden ganar, arriesgando muy poco. Los partidos políticos se han convertido en máquinas para adquirir y gestionar la renta política, esto es, el botín de cargos y ñoquis; el reparto de planes asistenciales entre la clientela; prebendas y sinecuras; el cobro de un “peaje” por el dictado de las normas orientadas al incremento de la renta económico-financiera, etc. Una ideología básica y autorreferencial une al “partido único de los políticos”, más allá de la dicotomía de antigualla entre izquierda y derecha, y consiste en asegurar su reproducción y supervivencia. Todo ello bañado en una emulsión de corruptiva, ya que sobrevivir exige, ante todo, “hacer caja”.

 

En la mayor democracia del mundo, los EE.UU., disputan hoy la presidencia imperial dos multimillonarios, ya que sin ese requisito nadie puede entrar en carrera. Y tan categórico es el imperativo plutocrático, que hasta para disparar un panfleto contra Bush el Joven –“Fahrenheit 9/11”-, se requiere que el panfletario –Michel Moore- sea él mismo multimillonario. En nuestras repúblicas iberoamericanas, más retrasadas, para ganar elecciones hay que “hacer caja”, pero aún no se exige a los candidatos una gran fortuna –basta con el deseo de adquirirla una vez desplegada la alfombra roja. Sin embargo, también en este punto el progreso habrá de alcanzarnos en poco tiempo.

El panorama de la política global, y el similar de la local, no mueven ni pueden mover a la adolescencia. La buscan hoy desde el gobierno, al parecer, a efectos de la disputa por el aparato político del justicialismo bonaerense, el último paquidermo sudamericano. Ganémosle la parada a los viejos caciques suburbanos con la clientela de los “pibes chorros” de la villa, parecen decir los estrategas K. Hagámoslos políticamente rehenes de los fabricantes de mayorías, así como antes los hemos hecho culturalmente rehenes de los productores de chucherías mentales y socialmente de los traficantes del delito y de la droga. Total, son mocosos...

 

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