A LA BÚSQUEDA DE LA TRANSVERSALIDAD
DEL EXTREMO CENTRO
 

Por MARÍA ZALDIVAR

3 de agosto de 2004

 

Distraigo unos minutos su amable atención para comentarle unas cuestiones que giran en mi cabeza desde hace algún tiempo.

 

La primera: en este caso particular y por única vez, me voy a apartar del principio que cultivo de no utilizar la primera persona del singular para escribir, pues sostengo la necesidad de reservar las opiniones personales para los ámbitos privados y destinar el contacto con los lectores para las reflexiones de conjunto.

La arrogancia de considerar valiosa mi visión de los procesos es una vanidad que no padezco. Prefiero aprovechar la deferencia ajena de leerme para proponer diversos temas a la consideración conjunta en el seno de una sociedad sedienta de propuestas, de pensamiento y de proyectos de largo alcance que dignifiquen al ser humano, lo eleven más allá del día a día y extirpen de sus entrañas esa instalada sensación de vacío existencial que nos angustia a los argentinos.

Dicho esto, paso al segundo punto: no voy a gastar más energía en criticar la presente administración. Kirchner y los suyos han demostrado lo que son y lo que pretenden. Desembarcaron hace más de un año, tiempo suficiente para colegir que, en el mejor de los casos, lo han desperdiciado y, en general, lo han empleado de la peor manera. Hasta aquí mi tolerancia. Ellos me han convencido de que nada bueno se puede esperar de esta gestión de gobierno porque las escasas ideas que les rondan son antiguas, fracasadas, mezquinas y disociadoras.

No han dicho más que dislates; basta con recordar, por ejemplo aquella vulgaridad de “¡Minga con el Fondo Monetario!” o el reciente “La Argentina es un país muy seguro” que no puede interpretarse sino como una desdichadísima falta de respeto a quienes padecen a diario la violencia callejera, la inseguridad y un insostenible aumento de la delincuencia, casi fogoneado desde el poder con su política activa de no hacer nada.

Y aún peor que los dichos son los hechos: el reavivamiento gratuito de viejos rencores; la remoción de jueces con mecanismos de dudosa legitimidad; la selección de funcionarios entre los más amigos y no entre los más idóneos; la intolerancia como respuesta al disenso; el incumplimiento de compromisos adquiridos con países amigos; el imperio de la arbitrariedad; la elección recurrente de los malos modos como política de comunicación; y hasta el detalle del saco rigurosamente desabrochado, a modo de enano desafío al buen gusto y al lenguaje de los gestos universalmente aceptado.

En aras de no aburrirme ni estancarme, esta fue la última enumeración de errores oficiales. Para quienes esos episodios y los que quedaron sin mencionar, no por eso menos desafortunados, siguen sin convencerlos respecto del rumbo equivocado o el “sin rumbo” que transitamos, habrá que buscar otra manera de traerlos a la realidad.

Mientras tanto, he aquí el tercer asterisco. Para los que sí vemos en el cocktail del súbito deterioro de las instituciones con la impavidez oficial el preaviso de una profecía inexorable, se impone la desesperante necesidad de construir una transversalidad opuesta a la que alentó Néstor Kirchner, lamentablemente fracasada antes de ver la luz en su totalidad.

Si esa fuerza de izquierda con que deliraba el Presidente se hubiese plasmado, la Argentina estaría encaminándose a la lógica política de los países razonables del planeta, esto es, el espectro partidario dividido en dos grandes e irreconciliables grupos: llámense laboristas en Inglaterra, demócratas en Estados Unidos, zurdos o populistas acá, reuniría a los partidarios de la fuerte intervención del estado en la economía y, por derrame, en la vida cotidiana de las personas. Sería el club de los que solucionan las desigualdades “redistribuyendo” la riqueza; ajena, por supuesto; los que alientan la inversión con aumento de impuestos y retenciones a las actividades productivas; los que confían a un burócrata del partido gobernante la defensa del consumidor y los que creen que el estado puede ser eficiente y seguramente más justo y bondadoso cuando la juega de empresario.

Allí habrían anidado juntas, por fin, izquierdas varias y los peronistas y radicales que privilegian la justicia redistributiva al respeto de los derechos individuales, y el bien común a la libertad. Se hubiese desenmascarado el pensamiento colectivista infiltrado en los partidos tradicionales y eso habría impuesto un profundo reacomodamiento ideológico en todo el resto.

No pasó. La transversalidad soñada por Kirchner es la historia de una frustración temprana. Sin embargo, ahora que su opción es recostarse sobre el partido peronista o la ingobernabilidad, la necesidad de una definitiva confluencia de las fuerzas de centro-derecha no naufragó con el proyecto oficial, que tampoco no las contenía.

El tercer punto de este monólogo, entonces, es el compromiso, es la decisión personal de orientar los esfuerzos, propios y ajenos, a edificar la opción de la libertad, de las garantías constitucionales, del progreso, única chance posible de refundar ésta, nuestra vapuleada república.

Buenos Aires, 3 de agosto de 2004.-
Lic. María Zaldívar

 
mzaldivar2003@hotmail.com
 

 

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