MALVINAS: PODER Y PETROLEO

“!Ojo al Cristo que es de Plata!”

Por Sergio Cerón
Octubre de 2004


“!Ojo al Cristo que es de Plata!”

George Bernard Shaw, el gran dramaturgo irlandés, predilecto durante varias décadas del público británico, caracterizó con su mordaz estilo al pueblo inglés, adoctrinado históricamente por su clase dirigente. Dijo en una de sus obras:

“Nunca se encontrará un inglés que no tenga razón. Todo lo hace por principios; te guerrea por principios patrióticos, te roba por principios de comercio, te esclaviza por principios imperiales, te oprime por principios de fuerza, sostiene a su rey por principios de lealtad y lo decapita por principios republicanos…”

Aquí encontramos una de las claves que explican la trayectoria del Reino Unido en el concierto internacional.

Otra clave nos la suministra el personaje que lanzó a Inglaterra hacia su expansión imperial moderna y que, como lo señala Shaw, decapitó a su monarca por principios republicanos. Oliverio Cromwell (1599-1658).

Devenido dictador, luego de ganar la guerra civil de fuerte contenido ideológico y religioso, se convirtió en el portaestandarte del protestantismo europeo y, como tal, desarrolló una obsesiva fobia contra España, convertida en el brazo político de la Iglesia Católica. En su discurso del 17 de septiembre de 1656, explicó la política exterior que debía seguir Gran Bretaña:

“…Porque, en verdad, vuestro gran enemigo es el español. Es un enemigo natural. Es naturalmente así; es así naturalmente por razón de la hostilidad que en él hay contra todo lo que sea Dios. Contra todo aquello de Dios que esté con vosotros o pueda estar en vosotros. El español es vuestro enemigo; su enemistad ha sido puesta en él por Dios. Es el enemigo natural, el enemigo providencial ; quien le tenga por enemigo accidental no conoce las Escritura ni las cosas divinas… Con Francia se puede hacer la paz, con España… no”

Desde el descubrimiento y la colonización de América por España, lo que hoy llamamos hispanoamérica es, para el Reino Unido o, si preferimos, por los anglosajones, una unidad política, económica y social a la que consideran su enemiga, simplemente por razones genéticas, con raigambre religiosa, cultural y hasta racial.

Esa disposición de ánimo de los ingleses ha sido transmitida culturalmente a sus descendientes americanos. El término “hispanos” (a veces “latinos”) tiene en Estados Unidos una connotación despectiva, que intenta marcar una escala jerárquica, en cuya cúspide figuran los “wasp” (blancos, anglosajones, protestantes). Y esto a pesar de los esfuerzos de los sectores que luchan contra las políticas discriminativas en un medio donde se disimula la descalificación que significa el término “negro”, apelando al eufemismo de “hombre de color”. Los ingleses usan para referirse a los argentinos el término “argie”, con la misma intención subestimativa con la que denominamos a los habitantes de las islas “kelpers” (una variedad de algas) acuñada originariamente en su madre patria.

Andrew Graham Yooll, periodista británico que escribe en “The Buenos Aires Herald”, suministra una tercera clave en un interesante y transparente libro editado hace algunos años: “Pequeñas guerras británicas en la América Latina”. Comienza con una frase introductoria: “Desde hace mucho tiempo la opinión de los pueblos de las repúblicas sudamericanas ha sido que los ingleses constituyen una nación de piratas”.

Y apela luego a un singular y desconcertante argumento, creo que sincero debido a su formación inglesa : arguye que el uso de ese término es un fácil recurso periodístico porque, a su entender, no se hace distinción (comillas) “entre los piratas de costumbres salvajes y criminales del continente, y los corsarios, bucaneros o corsos: todos saqueadores de poblaciones pacíficas en interés del enriquecimiento personal o los objetivos políticos de un gobierno remoto”

El libro - dice un comentario de la prestigiosa revista Criterio del 27 de junio de 1985 - …”hace un gran aporte: el de haber considerado a nuestra América como unidad desde el siglo XVI hasta nuestros días y el haber considerado guerras inglesas aun a muchas de nuestras guerras civiles”


Para Graham Yoll serían guerras británicas las grandes invasiones inglesas al Río de la Plata (la primera, en 1763, estuvo a cargo de una flota combinada anglo-portuguesa financiada por comerciantes de Plymouth y terminó con la voladura de la nave insignia “Lord Clive” por la artillería operada por vecinos de la ciudad de Buenos Aires). Y, además:

• La guerra con el Brasil por la Banda Oriental del Uruguay.
• El bloqueo francés del Río de la Plata (1838) y su secuela, el Combate de la Vuelta de Obligado (1845).
• La Guerra del Paraguay de la Triple Alianza.
• La Guerra del Pacífico, de 1879-83, mediante la cual Chile se apoderó de las costas marítimas de Bolivia y de varias provincias peruanas (guano y salitre).
• El conflicto del Límites con Chile de 1902.
• El bloqueo de Venezuela en el mismo año, por el cobro compulsivo de la deuda externa, con participación de otras naciones europeas. (doctrina Drago).
• La conquista del Canal de Panamá por Estados Unidos de Teodoro Roosevelt.
• La Guerra de Cuba y la instalación en La Habana del secretario de Estado William Taft como gobernador de la isla.
• La Guerra del Chaco, en la década de los años 30, promovida por la Standard Oil estadounidense (Bolivia) y la Royal Dutch anglo-holandesa (Paraguay).
• El nuevo conflicto por el Beagle en 1978 y el arbitraje británico que favoreció a Chile

La historia del Reino Unido está colmada de episodios que dan cuenta de su espíritu rapaz extendido, por otra parte, al resto de Europa, en particular aquella que recibió la influencia de la doctrina calvinistas: la predilección de Dios se manifiesta por medio de los bienes materiales que permite acumular a los individuos y a los pueblos. La predestinación sirve para justificar que los Estados Unidos hayan esgrimido, desde su nacimiento como nación protestante, la doctrina del “Destino Manifiesto”, en nombre de la cual se han erigido en país tutor del resto del mundo.


Tal vez uno de los episodios que mejor definen a Gran Bretaña, a la que en el siglo XIX se la definió como la “Pérfida Albión”, es la Guerra del Opio.

Bajo la conducción de Lord Palmerston, el gobierno de Su Majestad declara en 1840 la guerra al Emperador de la China, en nombre de la libertad de comercio, para obligarlo a abrogar las leyes que impedían el comercio del opio en su territorio. La droga devastaba grandes capas de la población. Se la producía en la India, dominio inglés. Y los comerciantes británicos obtenían grandes fortunas en una condición que hoy definiríamos como narcotráfico.

Entre las instituciones y los hombres que participaban de esa empresa surgen nombres como Swire, Dent, Baring, Rotschild, el Hong Kong Shangai Bank (hoy HSBC), Jardine Matheson, Chartered Bank, Peninsular and Orient Steam Navigation Company. En una palabra, la flor y nata de la dirigencia política y financiera de Londres de la época, que hoy todavía tiene vigencia.


La flota inglesa llegó desde las bases navales británicas de todo el mundo. El Ejército Chino, mal armado y corrompido por el uso del opio en sus filas, fue vencido. El Emperador debió aceptar:


• La plena legalización del uso del opio en China.
• Compensar a los comerciantes ingleses por el opio que había confiscado su gobierno.
• Pagar a la Corona la por entonces exorbitante suma de 21 millones de libras en plata.
• Conceder a Inglaterra el control del puerto de Hong Kong, que mantuvo hasta hace pocos años.


En 1860 estallaría la Segunda Guerra del Opio. Gran Bretaña y Francia, socios en las intervenciones en el Río de la Plata durante el gobierno de Rosas, actuaron de consuno sitiando al país oriental. “The Times” de Londres justificó el hecho:

Inglaterra con Francia, o Inglaterra sin Francia si es necesario… deben darle tal lección a esas pérfidas hordas, que de aquí en adelante el nombre de Europa sea motivo de temor, si no puede serlo de amor, por todas las tierras”.

A riesgo de ser reiterativo y agobiante, un solo antecedentes más, recogido del historiador y catedrático británicos James Cable. En su libro “Diplomacia de Cañoneras” (1977) sostiene que su país había enviado, entre 1919 y 1969, 59 expediciones navales con fines de intimidación. Menciona los países que sufrieron esa acción de “mostrar la bandera”: Argentina, Italia, España, Alemania, Noruega, Islandia, Irán, Albania, Agencia Judía (antes del Estado de Israel), Guatemala, Irak, Rodhesia, Tanganika, Zanzíbar, Unión Soviética, China, Turquía, Austria-Hungría, Lituania, México, Nicaragua, Egipto, Japón y Yemen del Sur.

Esta enumeración sirve para advertir que la Guerra de Malvinas no es fruto de la casualidad, ni de los delirios alcohólicos de un “general borracho” (Leopoldo Fortunato Galtieri), ni exclusivamente del intento de salvarse de un régimen militar en descrédito.

Hasta aquí vemos como Gran Bretaña se ha movido a través del tiempo en base a una política de Poder y de expoliación de otros pueblos, en particular de los que hoy denominamos del Tercer Mundo”.

A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, el imperio británico inició su tarea de desguace. Abandonó la India, renunció a las bases de Singapur, aceptó la plena independencia de la Unión Sudafricana, se retiró de Suez, de Kenia, de Rodhesia, de Malta, de Chipre, de Palestina, en fin, de todos los puntos clave que le habían permitido controlar la estrategia mundial. En 1946 presentó ante las Naciones Unidas la lista de los territorios que se proponía descolonizar; en la lista figuraban las Malvinas.

¿Cómo explicar, entonces, que en 1982 movilizará la mayor fuerza operativa aeronaval desde l945, para disputar con la Argentina dos olvidadas y miserables islas, situadas en el Atlántico Sur, pobladas por ,menos de dos mil almas y algunos millares de ovejas y sin valor estratégico desde que se abrió el Canal de Panamá?
 

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