Después de la tragedia

A la caza del cromagnón ilustrado

 

Por Juan Salinas Bohil

Enero de 2005


Doscientas horrendas y jóvenes muertes no pueden ocultar un mar de lamentos; sentidos los más cercanos; sobreactuados los más lejanos. Ya existen padres, que, gracias a sus calcinados hijos y a la bondad del monarca han conseguido trabajo. Adiós al subsidio de cincuenta dólares por mes y un muy eterno agradecimiento. “Una muerte, un empleo”. No parece mala idea para paliar esa otra millonaria tragedia de la cual no se habla: la desocupación. Habrá que ver qué dicen los economistas.

Ahora vendrán (¿vendrán?, ya están) altares, marchas, museos, fundaciones, asociaciones, ONG, viajes al exterior y dinero, mucho dinero. ¡Elemental Watson! El dolor verdadero mezclado con las necesidades materiales. ¿Por qué no? ¿Quién no las tiene? Es que los progresistas que gobiernan la ciudad disponen de un fenomenal presupuesto de casi dos mil millones de dólares. ¡Miren si hay para dar y recibir! Y el deudo que reciba algo de esa ayuda, habrá cobrado algo a cuenta de su silencio temporal por la indemnización que alguien –vaya a saberse quién, en qué lugar y en qué tiempo-- deberá pagarle. Así, los Repartidores sensibles, esos seres acerca de los cuales tanto y tan bien nos ha aleccionado el filósofo liberal Horacio Benoit; esos funcionarios que tienen dones humanísticos especiales, imperceptibles parar el simple ojo de los mortales, intentarán salvar así su responsabilidad.

El problema es político
Cuando desde el monopolio de los medios estatales de comunicación, los opinadores afirman que “la culpa es de todos” o “todos somos responsables”, debe prestarse atención. Existe un punto que es privado. Mejor dicho, son ciento noventa y un punto que fueron privados: privados de su vida. El problema que aquí tratamos es otro: lo público, la banca. La que siempre gana. La banca es el Poder; la cara y sólo la cara, los políticos. Los puntos somos nosotros.

Después de la tragedia, Eduardo Duhalde, que aún le quedan energías después de haber ordenado la devaluación y la pesificación, colocó a uno de sus hombres en el riñón del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. El recién llegado, veloz como la salida de Rodríguez Sáa de Chapadmalal, montó el Operativo Fuegos Artificiales. Álvarez es Blumberg, porque es funcional a la distracción colectiva. Sólo que no puede decir públicamente que admira a Kirchner y que es de centroizquierda. Álvarez también es Duhalde, Kirchner e Ibarra a la vez. Es Duhalde porque el mandamás lo puso a él y también al segundo. Pero también es el segundo porque el Presidente profesa el mismo credo que el tercero que es en definitiva quien paga su sueldo y los cuantiosos gastos reservados que tiene todo funcionario de carrera que se precie.

La banda progresista
La llegada de un hombre de la provincia al gabinete porteño significa que políticamente que Ibarra está colgado de un pincel, que no dispone de gente capaz de inspeccionar ni la cocina de una fonda, pero está y debe negociar. ¡Y qué bien negocia! Ibarra es comunista, pero no lo dice. Kirchner parece que también. Pero el Presidente es el Presidente y no es conveniente recordarlo en público.
Ibarra no tiene partido que lo respalde porque el Frente País Solidario (FrePaSo) que lo catapultó, una especie de Armada Brancaleone que agrupó al sesenta por ciento del peronismo de izquierda se hizo mil pedazos cuando Menem incorporó a su gestión a conservadores y liberales. De esa sigla quedan nombres memorables: Mary Sánchez, la sindicalista bailantera; Graciela Rosa Castagnola de Fernández Meijide, la profesora que les decía a sus alumnas adolescentes que el matrimonio no servía para nada; el otro Álvarez, el que renunció y volvió; Octavio Bordón, actual embajador en EE.UU; Eugenio Zaffaroni, actual miembro de la Corte Suprema e ideólogo de la Constitución de la ciudad y la nacional que fuera reformada en 1994.

Acusa, acusador
Preocupados por el desenlace de las marchas organizadas por familiares y amigos de la víctimas, el Poder, a través de sus voceros oficiales, ha recordado que no es conveniente derechizar la protesta. Tienen razón. La seguridad y el mercado son patrimonio de la derecha.

El intendente Ibarra acusó al empresario responsable del local y a los bomberos de ser culpables de la tragedia. El Presidente también se descargó contra aquellos que le recriminaron no haberse trasladado inmediatamente a Buenos Aires una vez conocidos los hechos. Y dijo: “¿Para estar en la Argentina tengo que estar en la Capital Federal para algunos periodistas, o aquella punta de la Patria (su provincia) no es la Argentina?

El Presidente se confunde y no es bueno tener un Presidente confundido. Es evidente que los críticos se han referido a su ausencia del puesto de mando del país en ese momento. Ese lugar, desde mucho antes de 1810, es la ciudad de Buenos Aires, lugar en que, como todo el mundo sabe, habita Dios: posiblemente privado de su libertad y encerrado en el obelisco.

Recordamos que cuando ocurrió el desenlace fatal en la mina de Río Turbio (en su provincia), el Presidente concurrió a solidarizarse con los familiares de las víctimas. ¿Por qué ahora no? ¿ Porque el ministro del Interior dijo que “No es un tema nuestro, es un tema de la ciudad”? Y si es así, ¿por qué recibe ahora a los familiares de las víctimas a la par que presta ayuda material y recomienda estudios jurídicos para que brinden asesoramiento a los deudos?

Estamos seguros que si ese mismo día y a la misma fatídica hora, algún integrante de las eternas Rondas de la Plaza de Mayo o colaterales políticas o periodísticas hubiese sufrido la más leve indisposición, el Presidente hubiese viajado con o sin avión presidencial a su puesto de mando.

No es bueno que es Presidente esté confundido. Tampoco que nos demos cuenta.

 

 

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