La paga de los soldados: los costos de la guerra y el precio del valor imperial (cont)

 

Segundo problema o desafío global: El aterrizaje forzoso
Los EEUU están pidiendo prestado hoy aproximadamente U$S 540 mil millones por año al resto del mundo para pagar el déficit que financia el consumo de bienes y servicios de los americanos y las transferencias de ayuda al extranjero. Este déficit sin precedentes se paga a través de préstamos directos y la venta de activos de los EEUU a empresas o personas extranjeras.

 

Eso incluye todo: desde acciones y bonos hasta empresas completas y propiedad inmobiliaria. Los EEUU importan algo así como U$S 4 mil millones de capital extranjero diarios, de los cuales utiliza la mitad para cubrir el déficit de la cuenta corriente y la otra mitad para financiar inversiones en el exterior. Este déficit representa un 5,4% del PBI y es sustancialmente mayor que su record anterior de 1987 (3,5% del PBI), cuando el dólar cayo a un tercio de su valor y los mercados de valores se desplomaron en el “Lunes Negro”. ¿Y que predicen los expertos del Banco de la Reserva Federal de Nueva York y del Instituto de Economía Internacional? ¡Que este déficit va a ser aún mayor!


El aumento de tal déficit durante los últimos 30 años está vinculado a la baja de largo plazo del ahorro nacional, a su vez provocada por los constantes aumentos de los déficit del presupuesto federal de los EEUU. Los servicios del pago de la deuda son muy sensibles a las variaciones de la tasa de interés, cuyo crecimiento en el tiempo vuelve a incrementar el déficit de la cuenta corriente.


Si nada cambiara de aquí en adelante, la toma de deuda externa continuaría hasta que los extranjeros acumularan todos los activos de los EEUU que quisieran poseer, hasta llegar a un punto de aumento de la tasa de interés (ahogo de la inversión) y una caída del dólar (saturando importaciones y estimulando exportaciones) que gradualmente cerraría el déficit. Como consecuencia de ello, los americanos dejarían de tomar deuda del resto del mundo, los servicios de la misma no aumentarían, se las arreglarían con menos inversión y menos capital, pobre crecimiento del PBI y por supuesto de su nivel de vida.


Con todo lo malo que este escenario pueda parecer, esta especie de “aterrizaje suave” es lo mejor que se puede esperar en la medida que el proceso fiscal y la tasa de ahorro nacional, de los EEUU permanezcan sin cambios. Pero de acuerdo a muchos economistas, es muy posible que la dinámica del ajuste gradual en algún punto sea interrumpida abruptamente por una súbita pérdida de confianza que lleve a una corrida del dólar. Si el dólar se desplomara en una gran caída libre, la inflación y las tasas de interés se dispararían sustancialmente dejando los mercados financieros destruidos. Los EEUU ya han tenido experiencia cuatro veces de corridas del dólar en los últimos 30 años: en 1971-73, 1978-79, 1985-87 y 1994-95 con proyecciones muchos más modestas que las que se tienen hoy. Comenzaron en forma tipificada después que el dólar había venido bajando suavemente por algún tiempo. Pero ninguna de ellas fue tan seria como el aterrizaje forzoso que los EEUU enfrentan hasta ahora.


Las consecuencias de la próxima corrida del dólar, si ocurriera, llevarian a serias repercusiones en la economía “real”, como una pérdida de confianza del consumidor, una contracción severa, y en ultima instancia, una recesión global...


Virtualmente ninguno de los líderes políticos, hombres de finanzas y economistas entrevistados por este autor, cree que el déficit de cuenta corriente de los EEUU puede ser sustentable en los actuales niveles por arriba de 5 años más. El ex Presidente de la Reserva Federal Paul Volcker afirma que las probabilidades de entrar en crisis en los próximos 5 años son de un 75%; el ex Secretario del Tesoro Robert Rubin habla de “la llegada de un día del serio reconocimiento de la crisis”. ¿Que es lo que podría detonar un crisis semejante ? Casi cualquier cosa: un acto de terrorismo, un mal día en Wall Street, un informe de caída del empleo o aún un comentario irritable de un funcionario de un banco central.


Los escépticos con respecto a este tema prefieren no preocuparse diciendo que los gobiernos del mundo nunca permitirán que ocurra una crisis. Estos intervendrían masivamente para sostener a la moneda americana comprando dólares. Por cierto que podrían intentarlo. Pero los gobiernos extranjeros también podrían perder la paciencia mucho antes de volcar cantidades monstruosas de dinero de sus propios contribuyentes en activos en dólares en franco descenso. Y una vez que el humor de los inversores privados alrededor del mundo cambie decisivamente, poco es lo que los gobiernos podrán hacer aun cuando trabajen con nervios de acero. La magnitud de los activos negociables en el mundo (los mercados de valores globales están actualmente capitalizados en U$S 30 billones) haría inútil los esfuerzos del más incisivo club de bancos centrales.

La mayoría de los economistas suponen que algún tipo de ajuste es inevitable. Pero para que los EEUU puedan exportar más e importar menos, hay una cuestión matemática que dice que el resto del mundo debe hacer lo inverso. Y que si el resto del mundo se rehúsa a ello? En épocas deflacionarias de caídas de demanda, algunos líderes mundiales podrían sentirse obligados a mantener los superavit comerciales por cualquier medio que llegue a sus manos: comprando dólares, bajando tasas de interés, subsidiando exportaciones o usando el recurso del proteccionismo y control de capitales. Tales políticas podrían tener éxito por un tiempo demorando el ajuste, pero solamente contra el costo desplazar la economía global fuera de órbita y empeorar lo que Rubin llama “la llegada de un día de serio reconocimiento de la crisis” cuando ocurra.

 
El tema no es solamente teórico. Con la caída sustancial del valor de la cotización del dólar desde principios del 2002, los inversores globales le podrían estar diciendo a los mercados que el ajuste del déficit de la cuenta corriente de los EEUU está vencido hace rato. Aunque algunos países han aceptado este hecho – como los europeos y Canadá – otros lo han rechazado sistemáticamente, particularmente Japón, Taiwán, Corea del Sur y China (cuya moneda está ligada al dólar). El resultado de esta asimetría regional es que los que siguen el “camino europeo” son castigados, mientras que los que siguen el “camino del Asia” la pasan mejor resistiéndose al ajuste. Con el tiempo, sin una mejor cooperación mundial, los que siguen el camino europeo podrían renunciar a la pelea y recurrir a una serie de medidas para conservar sus superávit tales como restricción de importaciones y otras medidas proteccionistas de facto.


Una de las cosas en la que los economistas coinciden es que, para que el mundo haga un reajuste para mantener un crecimiento equilibrado, los EEUU tienen que exportar y ahorrar más mientras que el resto del mundo tiene que importar más y consumir más. Esto va a requerir grandes cambios tanto en el área del trabajo como en la del capital y ni que decir profundos cambios culturales dentro de esas economías.


Mucho de esto ocurre porque el potencial económico de los EEUU está en descenso. Un cuarto de siglo atrás, los EEUU era todavía el prestamista más grande la tierra; 20 años atrás, sus activos globales todavía sobrepasaban sus pasivos. No obstante hoy, sus posición de inversión neta es negativa en U$S 3 billones. Los americanos quizá esperen que el resto del mundo va a continuar prestándoles fondos ilimitados por siempre. Expresión de deseos que es irreal a todas luces.
 
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