LAS REPUBLICAS EN PUGNA EN EL PLANETA DE LOS SIMIOS

 

Por Maria Cristina Montenegro

Enero de 2005


La muerte llegó bajo el signo del fuego y en el altar insensato de la República del Cromañon se inmolaron las victimas propicias de un territorio sin ley. Preciosas vidas de niños, jóvenes y adolescentes quedaron para siempre en la historia trágica de la otra República que, en jirones, ausente, tristemente patética, recibe del mundo entero las condolencias por la tragedia ante un gobierno ausente.

En cualquier país civilizado, donde algo doloroso haya ocurrido, sea un desastre natural o un desastre no natural, los primeros en estar al frente de los operativos de rescate son las máximas autoridades del Estado. Sin mezquinas especulaciones sobre los costos políticos ni el temor de enfrentarse con los deudos, lacerados e impotentes, en búsqueda de alguien que se responsabilice de tamaño infortunio.

Pero si la República del Cromañòn engulló a las victimas en su primitivo ritual salvaje, la otra República, civilizada y democrática, no pudo defender a sus ciudadanos de muertes absurdas, doblemente atroz por la edad de las mismas.

Paradójicamente, el único responsable detenido es el jefe de la República del Cromañòn, sobre el que caerá el peso de la ley en lo que le compete pero, las autoridades de la otra República ¿no tienen ninguna responsabilidad?

La cobardía de no estar cuando los hechos se sucedían, en una secuencia enloquecida de dolor y rabia, de luto y llanto que embargaba a la sociedad argentina, solidaria aún y a pesar de todo, ¿no tiene un condigno castigo?

Pareciera que en una pirueta burlesca del destino, una sociedad en decadencia se desangra, busca culpables olvidando las responsabilidades propias.

De lo irreversible quedan dos alternativas: olvidar rápidamente lo sucedido, enterrar a las victimas y seguir el camino como si nada hubiese ocurrido o replantearnos, en un esfuerzo profundo, colectivo y heroico, las bases mismas de la convivencia social.

La primera opción, no cabe dudas, es el camino hacia la anomia y la disgregación, inexorablemente hacia la vida hobbesiana de la Repùblica del Cromañòn.

La segunda alternativa nos pone, definitivamente, frente a nosotros mismos, sin demagogias ni retóricas vacías, en un esfuerzo compartido y sin tregua por restaurar el Estado de derecho, la vigencia de la ley y el ejercicio de la libertad responsable.

Para reconstruir la República moderna, civilizada, con un fuerte empuje en su progreso espiritual y material habrá que vencer a la República antropófaga y vil, primitiva y sanguinaria, anárquica y corrupta por ausencia de ley y por la cobardía ruin de quienes deben asumir las responsabilidades dirgenciales.

¿Seremos capaces de asumir nuestras responsabilidades de ciudadanos, de padres, de hermanos, de docentes, de profesionales, de hombres de los medios de comunicación para reconstruirnos y reconstruir instituciones republicanas de mejor calidad que las existentes?

¿Seremos capaces de generar gobiernos que asuman la responsabilidad política de dirigir un Estado que estimule la libertad individual dentro de las responsabilidades implícitas, porque no existe libertad sin límites ni derechos sin obligaciones, que permita al hombre vivir, cada uno, como miembro significativo de una comunidad solidaria?

¿Seremos capaces de rescatar del olvido el sistema de valores coherentes que alguna vez tuvimos? El respeto a la ley, desde su faz moral, que obliga al individuo a ajustar su conducta no sólo por consideración hacia ella sino también por simpatía con el prójimo, lo cual permite la existencia de una sociedad cuyo imperativo categórico es la conservación de la vida y la libertad de sus miembros, donde el potencial creador de sus capacidades puedan conjugarse en el destino común de una configuración nacional.

En fin, urge rescatar los valores que, desde el principio de los tiempos, hicieron la diferencia entre las dos Repúblicas en pugna “el sentido del deber, sentido de la responsabilidad, horror hacia el crimen, respeto a la justicia, todos esos sentimientos que son una conciencia sensible de la moral...” . Sólo en nosotros, como pueblo, está la respuesta estratégica.
 

 

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