Los empresarios “malos” y la patota del presidente

Marzo de 2005

Por Bill O'Rites

Es mucho más fácil culpar a los demás que reconocer los errores. Y es especialmente difícil reconocer los errores cuando uno no tiene los conocimientos ni la capacidad necesarios para saber que los está cometiendo.

Desde la chapucera e improvisada salida de la convertibilidad (festejada, como el default, por los que no entienden de economía ni de como funciona el mundo real, afuera de las mesas de café comiteriles), cuyas consecuencias a largo plazo apenas estamos empezando a ver (por ejemplo, el desmesurado aumento de la deuda pública, sin contraprestaciones, que provocó el tan festejado canje), el gobierno anterior y su heredero están inyectando dinero falso al mercado.

Suponiendo que una cotización del dólar real estuviera en los $2.00 (en la realidad era menor al comienzo), por tres años el gobierno ha estado retirando de la economía dos pesos (en dólares) para inyectar tres (en moneda nacional).

Otra forma de decirlo es que por cada dos pesos que aumentan las reservas, el circulante aumenta tres. Esto, al principio, no importaba, ya que al devaluar, el circulante había sido reducido a un tercio de lo que era, y el mercado tenía tan poca liquidez que los precios no podían reflejar el aumento espurio de moneda.

Para peor, el dólar caro no mejoró nuestra competitividad internacional (la supuesta razón para mantenerlo), porque a cualquier sector al que ingrese dinero extra por esta razón, es castigado por el gobierno por medio del perverso mecanismo de los impuestos de exportación (más conocido como retenciones). (Y no estamos exportando más, por lo menos nada con valor agregado). De paso, en vez de fomentar las exportaciones, que nos podrían dar dinero y trabajo legítimos, se desalientan, lo que no ocurre en ningún país que quiera desarrollarse. El único favorecido por la devaluación y el dólar artificialmente caro fue el gobierno, que festeja el aumento de la recaudación sin darse cuenta que se debe a que está quitando recursos legítimos al desarrollo nacional.

Pero esta situación, que tal vez hubiera sido necesaria al principio como recurso de emergencia para paliar el error de devaluar sin pensar cómo, se consideró una solución y se mantuvo en el tiempo. El aumento de la liquidez por la emisión de dinero falso produjo lentamente un aumento del consumo y por lo tanto una aumento de la producción. Estos indicadores fueron considerados por quienes no tienen idea de lo que es economía, como un signo de recuperación. ¿Para qué cambiar algo si todo va bien? (Pero, curiosamente, la “recuperación” fue acompañada por un aumento sólo tímido del empleo, y ninguno de la inversión. Lo único que aumentó es la cantidad de indigentes. Lo que no les pareció importante).

El papel moneda no es riqueza en si mismo. Es simplemente una forma de representar bienes en una forma más manejable que el intercambio directo de bienes. Si hay más papel pero los mismos bienes, cada pedazo de papel representa menos bienes.

En un ejemplo simple, (que tal vez hasta nuestros gobernantes puedan entender) si tengo 10 monedas de oro (las reservas), y emito 10 papeles representándolas (como comenzó el papel moneda), cada billete representará una moneda, y con él se podrá, supongamos, comprar un caballo de un valor de una moneda de oro. Si luego emito otros 10 billetes, sin aumentar la cantidad de monedas de oro, cada billete representará ahora media moneda, e inevitablemente, se necesitaran dos billetes para comprar un caballo. Cada caballo, que valía un billete, ahora vale dos ¿Aumentaron los caballos su valor? No, sólo aumentó su precio en billetes. ¿Está el dueño de los caballos tratando de conseguir una ganancia abusiva, porque ahora pide dos billetes por un caballo? No, sigue pidiendo el equivalente de una moneda de oro, para mantener lo que tenía. Simplemente se produjo lo que se llama inflación. (Si. Es tan simple como eso, aunque no lo crean)

Y volviendo a nuestro país, ahora se empiezan a notar las consecuencias de aumentar durante tanto tiempo la cantidad de billetes sin respaldo. Con mayor liquidez, (ayudada por los “festejos” de sueldos y aguinaldos de fin de año que decidió nuestro presidente para ganar simpatías), los caballos tratan de recuperar el valor que tenían en monedas de oro, aumentando la cantidad de billetes que se piden por ellos.

Ante esto, que era inevitable, y que fue anunciado por muchos economistas (considerados opositores al servicio de vaya uno a saber que oscuros intereses de la sinarquía internacional), el presidente reacciona con un berrinche infantil. En lugar de darse cuenta que fue su propio desmanejo de la economía lo que llevó a esta situación, culpa a los “malos empresarios” que se quieren aprovechar del pueblo.

Sólo que, a diferencia de los berrinches infantiles, que terminan siendo inocentes, decide enfrentar los problemas, que él mismo ayudó a causar, no sólo llamando a un boicot, sino, además incitando a sus patotas. El dinero robado a los particulares con la devaluación y las retenciones fue aprovechado para formar un ejército privado que, aparentemente, utilizará en adelante como fuerzas de choque para amedrentar a los opositores.

Está bien, las patotas accionaron contra una multinacional (el sólo serlo la hace un blanco político fácil), y ese aumento en particular fue causado por una circunstancia externa. Pero el presidente se refirió a todos los aumentos, y a todos los empresarios. El mensaje enviado a los que aún no fueron patoteados es obvio.

Además, amenaza con sancionar a las empresas. Un monarca absoluto o un dictador pueden sancionar. En una República, sólo la justicia puede sancionar, y sólo si se violó alguna ley, que no parece ser el caso. Un presidente de una República no puede castigar a los que no actúan como él quiere

Parecería que se acabó la poca libertad que nos quedaba. ¿Será que de ahora en adelante, si no hacemos lo que el presidente quiere, nos obligará a la fuerza o nos “sancionará”? Y no con la fuerza legítima del estado, sino enviándonos bandas de delincuentes, disfrazados de “protesta social”. Al más puro estilo de la mafia. O de una dictadura.
 


 

 

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