No es loco; se hace el loco

Marzo de 2005

El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde

En el curso de los últimos veinte días - poco más o menos - el presidente de la República ha demostrado, por si faltasen evidencias al respecto, hasta qué punto la tendencia a confrontar y a polarizar, llevada hasta sus anteúltimas consecuencias - repito, anteúltimas - está en su misma naturaleza.

Lo que revela su beligerancia frente al diario “La Nación”; su subdirector, José Claudio Escribano; la Sociedad Interamericana de Prensa; Monseñor Baseotto; FIEL; algunos de los economistas más prestigiosos de la City —Manuel Solanet, José Luis Espert, Daniel Artana y otros— y, finalmente, la empresa petrolera Shell, es una conducta calculada y no una serie de reacciones espasmódicas, propias de un lunático o un vulgar cascarrabias.

Cuanto antes se entienda que la confrontación es el principal instrumento político de Néstor Kirchner, con mayor justeza se podrá comprender la dirección de su estrategia. Siempre tomando en consideración —lo cual no es un detalle menor— que no es su propósito, ni esta en sus planes, obrar a tontas y a locas o llevar los ataques contra determinados blancos emblemáticos hasta topes insoportables.

Puede arremeter contra el matutino fundado por Bartolomé Mitre pero no se le pasaría por la cabeza clausurarlo como antaño hizo Juan Domingo Perón con “La Prensa”. Se las toma, casi de manera personal, con Escribano, a condición de no ir más allá de una agresión verbal.

Carga a expensas de Shell y la llena de improperios, sin abrigar la secreta esperanza de expropiarla o cosa por el estilo. Si la frase se entendiese correctamente —no, pues, como un insulto— diríamos que Néstor Kirchner no está loco; se hace el loco cuando cree que le conviene.

Despotricó, en su primer viaje, contra ciertos empresarios españoles, dando lugar a que uno de ellos —y no precisamente de los menos importantes— dijera aquello de: “nos puso a parir”. Repitió su “hazaña” en Francia, sobre todo en el último periplo a la capital gala y hasta hizo esperar, en más de una oportunidad, al mismísimo rey Juan Carlos, reduciendo a escombros el canon protocolar.

Sin embargo, no osaría hacer lo mismo en Washington o Nueva York, delante de las poderosas cámaras empresarias norteamericanas. Uno no se lo imagina al santacruceño diciendo incendios de Esso similares a los que le enderezó a Shell.

Si lo suyo fuese pura improvisación o puro estado nervioso; si perdiese los estribos con llamativa facilidad producto de su mal carácter, no habría excepciones a sus ya célebres rabietas. Y, no obstante, es vox populi que el mal trato a sus ministros —del cual habló, horas después de su dimisión, Gustavo Béliz— no lo hace extensivo a Roberto Lavagna.

De las empresas, empresarios y gobernantes estadounidenses no dice una palabra de más. Ello habla, a las claras, más allá de si tiene mal carácter —que lo tiene, sin duda— de una estrategia y no de estados de ánimo pasajeros. Por eso carece de trascendencia la pregunta que ha comenzado a barajarse en los medios políticos y politizados respecto de si Kirchner cambiará su actitud con posterioridad a las elecciones del próximo mes de octubre.

Los mismos analistas que hace un año se preguntaban si luego de la salida del default el presidente adoptaría otra modalidad o tomaría un rumbo distinto del que venía siguiendo, ahora vuelven a la carga sólo que corren la posible fecha en la cual, teóricamente, podría notarse una variación: no es la salida del default sino las elecciones legislativas del cuarto trimestre de este año.

En el fondo la pregunta es intrascendente porque ya fue contestada. Kirchner no va a torcer su forma de hacer política. En primera instancia, en razón de que rara vez los hombres modifican su comportamiento pasados los cincuenta años; en segunda instancia, porque hasta el momento a Kirchner no le ha ido mal y, bien dice el adagio popular, “equipo que gana no cambia”.

La última de las razones es, quizá, la de mayor importancia: el presidente considera que hace cuanto más le conviene al país y a su gente y, de momento, las encuestas demuestran que algo más del 50% de los argentinos lo respalda en términos generales.

Es ridículo juzgar adversamente a Kirchner por no creer en las bondades del mercado como los liberales ortodoxos, no respetar las instituciones como los suizos y no ceñirse a las reglas del protocolo como la diplomacia inglesa.

Sencillamente el santacruceño tiene otras convicciones y otro estilo —o falta de estilo— de comportamiento que, por ahora, una mayoría de los habitantes de nuestro país no ve mal. El presidente adopta las actitudes que a muchos desagradan —y, en verdad, son desagradables— porque estima que a través de las mismas pone distancia de los comportamientos habituales de la denostada clase política, planteándole a la gente unas formas desenfadadas, campechanas, por momentos insolentes contra los poderosos de turno, que a muchos de sus seguidores les gusta.

Mientras semejante táctica le dé buenos resultados, difícilmente retroceda. Hoy, lo que busca el presidente es ser plebiscitado. No es ésta una mera especulación. Lo ha hecho público Kirchner y no hay razones para suponer que lo hizo sin convicción o, simplemente, para redondear un discurso ¿Qué significa ser plebiscitado? Por de pronto que el peronismo obtenga una cantidad suficiente de votos y una diferencia respecto de las fuerzas opositoras de una magnitud tal que no queden dudas respecto de quién tiene el poder y a quién respaldan los votantes.

El gobierno, en general, y Kirchner, en particular, llevan una ventaja inconmensurable en este orden porque han logrado —como dijimos tiempo atrás en estas mismas columnas— nacionalizar una elección de la que, estrictamente hablando, el presidente se adueñará, aun cuando la victoria sea la obra, a lo largo y ancho del país, de los distintos justicialismos provinciales.

Bastará —como ya se ha hecho— fijar una única fecha electoral y sumar todos los votos del peronismo del país para que el triunfo que en sus respectivos distritos cosechen De la Sota, Romero, Obeid–Reuteman y tantos otros sea, de alguna manera, expropiado por el presidente que se presentará, entonces, como la cabeza de todos ellos.

No importa que no lo sea y que, en la mayoría de los casos, poco o nada haya tenido que ver en los resultados.

Esto, claro, descontando que el PJ gane. Pero el plebiscito tiene otra faceta tanto o más importante que la anterior, que también la adelantamos hace meses. Dando por sentada la victoria del justicialismo, a Kirchner sólo le servirá si logra, en sus negociaciones con los caudillos provinciales, colocar a sus cuadros en las listas de diputados nacionales y de senadores, allí donde también se elijan representantes para la cámara alta. En los próximos cuatro meses de puertas para adentro del PJ se abrirá una ronda de idas y venidas entre Kirchner y esos caudillos, en donde el tema principal será la conformación de las listas.

Obviamente, el capítulo más importante se escribirá en la provincia de Buenos Aires y serán el presidente y Eduardo Duhalde quienes tendrán la última palabra. ¿Habrá dos listas paralelas que defenderán los colores peronistas? ¿Será Cristina, Chiche, el propio Duhalde o, quizá, Aníbal Fernández, quien encabece la boleta de senadores nacionales? ¿Cuántos de sus hombres podrá incluir Kirchner en la lista de diputados? ¿Qué tanto estará dispuesto a ceder el hombre de Lomas de Zamora?

Preguntas de esta índole podrían, sin exagerar, sumarse hasta el infinito. Porque lo que vale para Buenos Aires es también pertinente extenderlo a los demás distritos electorales. De momento nadie puede responderlas a ciencia cierta. Dependerá, básicamente, del poder con en que el presidente llegue a esas negociaciones. Por ahora, su peso sigue siendo decisivo.
 

 

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