LITERATURA :¿UN CHILENO QUE IMITA A CHATWIN?

Marzo de 2005

Escribe Jorge Etcheverry

El otro día me llamó la única funcionaria de la embajada de mi país con
la que todavía tengo relaciones cordiales. Me preguntó si quería llenar un
formulario para un catastro de todos los chilenos que viven en el
exterior.


Le aclaré que ahora yo tenía pasaporte canadiense y no tenía para qué
llenar ese formulario, pero se lo agradecí de todas maneras. Ella le mandó
saludos a mi esposa, aunque casi no la conoce. Pero en realidad no estamos
casados, somos más bien convivientes (common law). Como venimos de matrimonios anteriores fracasados no creemos mucho en esa institución. Pero ni la señorita del censo ni los otros funcionarios van a saber nunca la verdadera razón que tengo para no llenar ese formulario.

 

Me estoy acercando a pasos agigantados a la sexta década de una vida que muchos podrían considerar interesante y productiva, pero que yo no encuentro demasiado excitante.

Sé que hay muchos que me creen difícil y poco flexible. Allá ellos. A
pesar de lo que pudiera parecer, no soy una persona muy sedentaria. Viajo bastante. Así he podido satisfacer mi ansia de conocimiento y mi
vocación de escritor asistiendo a encuentros académicos y literarios en otros
países, a veces con mi compañera y a veces solo, aunque mi plata me cuesta. No
cuento, como muchos de mis colegas, con el apoyo económico de universidades o instituciones estatales. Pero no me quejo.

 

Así fue que se me presentó la oportunidad de viajar a mi país natal, esta vez no como el simple
visitante nostálgico que regresa a hacer el catastro de familiares y amigos, a superponer el viejo negativo que guarda en la memoria sobre la múltiple
y variable fisonomía de la capital, de la que huí hace más de un cuarto
de siglo debido a los sangrientos sucesos de todos conocidos. Esta vez se trataba de un recorrido literario, sobre todo poético, al menos de una
parte del país, que se extiende a lo largo del sur del continente americano
como la hoja de un corvo, ese tipo de puñal, bayoneta o cuchillo que hizo
famosos a los soldados chilenos en una guerra fratricida dos décadas antes del
siglo veinte. El viaje iba ser incómodo pero lleno de una riqueza
caleidoscópica, ya que el país se suceden la geografía y el clima de casi todas las regiones del mundo, en ese corredor angosto festoneado por dos cordilleras, encerrado por el desierto y la meseta por el norte y el continente helado por el sur.


Viajábamos en automóvil, aprovechando la modernísima carretera
longitudinal, un proyecto polémico del gobierno actual, que si bien aprecian el turista, el transportista y el hombre de negocios, no pasa lo mismo entre los particulares, por el alto precio del peaje, ni entre los
ambientalistas, que sostienen que el aumento del tráfico va a tener un efecto sumamente negativo sobre la fauna y flora de las diversas regiones. En eso estoy de acuerdo, aunque por distintas razones: por ningún motivo se debe permitir que la carretera atraviese el canal de Chacao y se prolongue en la isla de Chiloé.


Va a crecer el tráfico, se van a acumular miles de personas extra, se
van a edificar hoteles, restaurantes, casinos para sustento y recreación de
miles de turistas. Se van a atravesar ciertos límites hasta ahora más o
menos estables por la sabiduría y cautela de la gente local, que sabe ser
hospitalaria cuando se da la ocasión, pero también hermética y distante.


Algunas iniciativas llevadas a cabo en nombre del progreso pueden tener
efectos catastróficos. Hay peligros que no por mantenerse discretamente
al margen del conocimiento público son menos reales de lo que quisiéramos.

Asimismo, y coincidiendo otra vez con el partido verde de la zona,
estoy haciendo circular por el internet una lista de firmas para oponerse a
la pesca industrial en profundidad que realizan con impunidad los
pesqueros japoneses. Pienso además que sería bueno que algún partido político de
la región hiciera una campaña contra la pesca submarina, argumentando que contribuye a la extinción de especies ya de por sí escasas, como el
choro zapato, el loco, el erizo, el piure, aunque no sea esto lo que me
preocupa.


Lo que caracteriza a estos tiempos postmodernos es este tipo de
alianzas en que diversas partes interesadas logran distintos beneficios apoyando
agendas comunes. Para bien o para mal, Chile es un país que se define en gran
parte por su carácter marítimo.

Esa gira poética superó con mucho mis expectativas. El intercambio
personal y literario con escritores jóvenes, (al menos más que yo), con gente
que vive y crea en el país, fue para mí una fuente de inspiración,
conocimiento, reflexión, y porqué no decirlo, sana alegría. Incluso se dio la ocasión para un poco de bohemia que, para mi sorpresa, me las arreglé para soportar de lo más bien aunque yo era el más viejo del grupo. Debo confesar que a medida que nos adentrábamos hacia el sur, me parecía entrar en un territorio desconocido. La carretera se extendía extemporánea, su presencia no turbaba en lo más mínimo esa vitalidad tranquila y oculta, vegetal, casi hosca, siempre igual a sí misma, silenciosa o que da la sensación de serlo.


Ahí tuve la revelación del porqué de esa parquedad que siempre ha
caracterizado a los poetas sureños, y que tanto sorprende al poeta santiaguino, asediado como está por la confusión de discursos heterogéneos y de todo tipo de ruidos que a la larga logran inmiscuirse en su poesía. Debo confesar que en mi infancia ya había estado en el sur, en unas borrosas vacaciones con mis padres, y que fui alguna vez en tren a la austral ciudad de Valdivia con una delegación estudiantil y poética de la Facultad en que estudiaba en Santiago, que se convirtió en delegación etílica. Del tren nos fuimos directo a recitar con una agrupación poética de la ciudad, de ahí a una casa y de ahí recuerdo que me llevaron ya bastante tomado a otra casa donde me habían alojado. Cuando me desperté era como la una de la tarde, hora de volver a Santiago, ya todos estaban listos para ir a tomar el tren, un
poco irritados, ya que me estaban esperando sólo a mí. Además había faltado a la cita que después del recital me había dado para esa mañana una niña muy
buenamoza, que me dijo que mi poesía la había conmovido, que la hacía
recordar el mar. Todavía la recuerdo: alta, con unos ojos bastante
curiosos, muy grandes, un poco salientes, una piel como con tintes de un dorado verdoso, detalles que siendo curiosos la hacían más atractiva, como
suele suceder con ciertas mujeres que parecen equilibrarse trabajosamente
entre la fealdad y una rara belleza. Fuera de esa oportunidad perdida no era
mucho lo que recordaba de esa ciudad.

Así nos íbamos adentrando en la región, haciendo recitales de ciudad
en ciudad, siempre con pocas horas de sueño. Se sucedían las trasnochadas, las libaciones, la comida, los cigarrillos, la conversa, dormir un poco, la vuelta al auto, a la carretera, a dormitar a ratos (por suerte yo no manejo), a maravillarse por el paisaje. En las calles de Lota pude
saborear unos sándwiches de marisco en pan amasado. Una mañana me desperté temprano, casi al alba, excitado por el olor del mar y salí a la calle, caminé
hacia la playa y pude ver a lo lejos una figuras que jugaban en el agua, imprecisas, chapoteando, unas siluetas que parecían vestidas como para bucear, con patas de rana, trajes verde oscuro que jugaban con una mujer que se debatía en una lucha fingida, profiriendo gritos que simulaban
terror, que los otros coreaban haciendo mofa. Las gaviotas graznaban sobre mi cabeza, que me dolía con los últimos vestigios de la remolienda de la noche anterior. Pisé sobre una botella vacía, que casi me hizo perder pie. La calle a mis espaldas estaba llena de colillas de cigarrillos, botellas quebradas, incluso había un sostén de mujer. El olor a pescado lo
impregnaba todo, con sus reminiscencias eróticas. Cuando volví al hotel a
desayunar ya no había huella de los alborotadores en la playa.

Pero la cosa no terminó ahí. Una poetisa y narradora de Talcahuano que
decían que era lesbiana pero que yo creía que más bien tenía malas
pulgas, se notaba pálida, llorosa, la silla en su mesa que ocupada todas las mañanas su compañera de cuarto, una niña poetisa de la zona, estaba vacía. Evitó hablar conmigo toda la mañana, aunque nos llevábamos bastante bien y conversábamos bastante. Más tarde, cuando nos tocó leer juntos en un liceo, antes de almuerzo, le hice notar que a su amiga ausente la habían
sacado del programa, así como si tal cosa. Ella tenía los ojos llorosos pero no me contestó, cuando le dije que cómo, que eso no podía ser, que dónde andaba su amiga. Me dijo que no armara lío y que lo mejor es que me quedara callado. Y parecía que ésa era la orden del día, ya que por lo menos los otros escritores de la zona que andaban con nosotros, y nuestros anfitriones se quedaban callados y cambiaban de tema cada vez que yo trataba de preguntar.


A la hora de comida era claro que la niña no había aparecido. Cuando se
lo comenté a uno de mis compañeros de viaje me dijo “Se debe haber ido de vuelta a Concepción. Peleas de maracas”. Entonces tomé el tren a
Santiago y tan pronto como pude, el avión a Canadá.

 

 
 

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