Un intelectual gótico en tiempos barrocos

 

Abril de 2005

Por Enric Juliana - La Vanguardia
Editado por Cristina Plaza (PD)

 

PERFIL / Benedicto XVI
Miércoles, 20 de abril 2005

Hubo que recurrir al intelecto ayer por la tarde para adivinar que las primeras bocanadas de humo que expulsaba la chimenea de la capilla Sixtina eran de color blanco. Zarandeada por el viento, la fumata era ambigua y hubo que prestar mucha atención. Hubo que pensar.

Razonar que aquella no era la hora prevista para el último escrutinio y que, por tanto, si había humo, había Papa. Y algo en el aire frío y estático de la irregular primavera romana decía que una elección tan rápida conducía al cardenal Joseph Ratzinger. A la tenacidad estratégica de un hombre que supo oficiar de manera magistral los funerales de Juan Pablo II y quince días después, mediante un sorprendente cambio de plano, dar el definitiva paso al frente con una homilía contundente y sin concesiones.

Un programa granítico y severo, sí, pero nítido como los arcos de una catedral gótica. Intuición de Ratzinger. Así respiraba Roma en plena apoteosis barroca.

¿Ha optado el cónclave por un pontificado frío, seguro y transitorio ante el riesgo de división y por miedo al futuro?

"La bondad implica también la capacidad de decir no". Esta frase - que muchos padres seguramente suscriben, hoy más que nunca - quizá evite la tentación de comenzar el perfil biográfico de Benedicto XVI afirmando, temerariamente, que la Iglesia católica, temerosa de no estar a la altura del legado de Juan Pablo II, asustada por el incierto curso del mundo y replegada sobre sí misma, ha optado por el Doctor No.

Por el guardián de la ortodoxia que tantas veces ha dicho no en los últimos años: no al sacerdocio de las mujeres; no al reconocimiento de la homosexualidad como opción de la personalidad humana; no, por tanto, al reconocimiento de los matrimonios gays; no al laicismo como nueva religión contemporánea; no al relativismo cultural; no incluso a cualquier pasión excesiva por la música rock: "Es una expresión de las pasiones elementales, que en las grandes manifestaciones musicales adoptan un carácter cultural; es un contraculto que se opone al culto cristiano".

"Una bondad que deja correr las cosas no hace mucho bien al prójimo", también ha dicho en más de una ocasión el cardenal tedesco. Y también en ese punto muchos padres seguramente estarán hoy de acuerdo con el Papa Ratzinger. Las primeras líneas del perfil son claras. Y su lema cardenalicio aporta el trazo definitivo, el que da sentido al urgente garabato: Cooperatores veritatis, colaborador de la verdad. El Espíritu Santo ha vuelto a jugar fuerte.

Alejándose de los meandros italianos y de sugerentes aventuras, el cónclave ha movido pieza europea. Benedicto XVI es un Papa en clave europea, porque Europa sigue siendo el centro de gravedad del catolicismo y también su talón de Aquiles. Se ha optado por la inteligencia como voluntad de poder..., de poder aprehender la verdad.

El Papa alemán nació en Baviera, fortaleza del catolicismo en la Alemania de Lutero, el 16 de abril de 1927. Vino al mundo hace 78 años en el pueblo de Marktl am Inn, en el seno de una familia de campesinos pobres. Estudió Filosofía y Teología en Munich y Frisinga. Vivió el drama de la II Guerra Mundial como artillero de un cuerpo antiaéreo de la Wermacht. Desertó y fue hecho prisionero por los norteamericanos. En una Alemania férreamente encuadrada, algo supo en 1941 del aliento obligatorio de las Juventudes Hitlerianas. Él mismo lo ha reconocido; no será, por tanto, ningún scoop periodístico. "Hubo una cierta insuficiencia de los cristianos ante el holocausto, por culpa de la herencia antijudía, presente en el alma de muchos de ellos", declararía, cauto y milimétrico, en el horizonte del año 2000.

Ordenado sacerdote en 1951, se doctoró en Teología dos años después, para dedicarse inmediatamente a la docencia. Intervino en los trabajos del Concilio Vaticano II como asesor del cardenal Frings. Tenía entonces 35 años y en Europa bullían fuertes deseos de ruptura cultural. Era Mayo, pero el joven Joseph Ratzinger emergía en 1968 como una de las nuevas figuras de la teología católica.

Dicen que en pleno huracán contracultural, el doctor Ratzinger no era tan severo. Dicen que podía haber seguido el camino de su amigo y colega Hans Küng, al que once años después prohibirá enseñar teología en nombre de la Iglesia. Se dice también que su actitud aún era mórbida y comprensiva ante las innovadoras pulsiones de uno de sus alumnos, un brasileño llamado Leonardo Boff. Luego rompería con él. Luego dirigiría desde Roma una poda meticulosa y definitiva de la teología de la liberación.

El gran momento llega en octubre 1978 con la sorpresa Karol Wojtyla. Ratzinger, nombrado cardenal por Pablo VI el año anterior, es uno de sus electores. Ratzinger y Wojtyla se conocen, porque el teólogo alemán ha obtenido permiso de las autoridades comunistas de Varsovia para visitar el país. Ratzinger sabe perfectamente en 1978 qué significa la elección del Papa polaco y adónde conduce la perspectiva Wojtyla. Y Wojtyla sabe que necesita a un hombre como Ratzinger para dar seguridad doctrinal a su programa. Juan Pablo II le nombra prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, guardián de la ortodoxia.

¿Ha optado el cónclave por un pontificado frío, seguro y transitorio ante el riesgo de división y por miedo al futuro? ¿El pesimismo se está apoderando definitivamente del catolicismo? ("La Iglesia es una barca que hace aguas", dijo, ante la sorpresa general, en el último Vía Crucis romano). El Papa Ratzinger, gótico en días barrocos, tiene la respuesta. En ocasiones los conservadores de hierro dan sorpresas.
 

 

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