¿HACIA ESTADOS FALLIDOS?: HAITÍ, BOLIVIA, ECUADOR, CASOS TESTIGOS DE UNA CRISIS GENERALIZADA EN AMERICA LATINA

 

Mayo de 2005

Maria Cristina Montenegro

 

INTRODUCCIÓN

El Estado de derecho tiene sentido porque garantiza a la comunidad la existencia del precioso bien de la libertad, prerrequisito para su desarrollo espiritual y material. Es sobre la arquitectura institucional republicana que ésta tiene vigencia y se fortalece.

 

Las instituciones representativas, entonces, son la encarnación de la libertad, de la convivencia social y del progreso de los pueblos. Nacidas del Parlamentarismo, como limitaciones del poder absoluto, fueron incorporadas a las Cartas Constitucionales de Europa Continental y del muchos de los países que emergieron en los procesos de descolonización. En algunos casos se tradujeron en regímenes políticos vigorosos y estables, casualmente en aquellos países que lograron avances significativos en su desarrollo. En otros casos su recorrido fue totalmente diferente: o no pudieron enraizar o lo hicieron tan débilmente que las crisis reiteradas terminan amenazando la propia existencia del estado nacional.

 

En este segundo grupo de estados, fundamentalmente surgidos del proceso de descolonización del Siglo XX,  se ha centrado la mirada de los estudiosos dando lugar a la concepción teórica denominada “estados fallidos”. Una gran profusión de trabajos están intentado dar cuenta de los conflictos intraestatatales sucedidos en África, especialmente en las crisis de estatalidad en los países de los Grandes Lagos, que se expanden en el resto de la periferia y que rebelan la inviabilidad de muchos estados para subsistir en la era de los cambios acelerados. Liberados a su suerte, luego de la desintegración del sistema bipolar, se sumen en la anarquía y las luchas fratricidas, guiados por caudillos interesados en el asalto al poder mientras las hambrunas y las guerras consumen por millones sus “ pueblos soberanos”.

 

La noción de estados fallidos describe las características internas de un estado post colonial que carece de capacidad para suministrar bienes políticos, económicos y de seguridad a sus poblaciones, entonces, el estado está en incapacidad de seguir funcionando como tal.

 

Es decir, tiene sus raíces en la dinámica de la guerra fría y sus consecuencias persisten en la era de la post guerra fría. El  análisis se centra en la capacidad del estado nacional para mantenerse y adaptarse a los cambios en la estructura de poder de la nueva era. Como éstos no pueden hacerlo su quiebre arrastra consigo toda posibilidad de estabilidad ad intra y ad extra con el consecuente impacto en el campo de la seguridad y de la estabilidad económica regional y global.

 

Por otra parte, la existencia de estos estados débiles, a punto de colapsar, son vistos como lugares atractivos para el asentamiento de redes del delito internacional: terrorismo, narcotráfico, venta ilegal de armas, etc. Su problema, entonces, no es meramente teórico, de las relaciones internacionales, sino de importancia significativa para los tomadores de decisión con incidencia en el sistema internacional.

 

Las crisis de estatalidad que se observa en el Continente americano ha originado inquietudes respecto de que pueda generarse experiencias similares a las ya enunciadas. La primera crisis haitiana dio cuenta de que la existencia de condiciones propia de los estados fallidos podían extenderse fuera de África. El aumento de la pobreza y los vicios en las prácticas política han dado origen a diferentes puebladas y actos violentos que terminaron con gobiernos elegidos democráticamente. Tal situación ha minado las expectativas positivas que acompañaron la restauración de los regímenes democráticos hace dos décadas.

 

Ahora bien, las particularidades del proceso de descolonización del Siglo XIX en América da cuenta de la necesidad de revisar el concepto “ estado fallido”. Es decir,  en la adopción del concepto para explicar la realidad americana se debieran incorporar nuevos elementos de análisis respecto del fenómeno histórico- sociológico que acompañó la construcción de los estados nacionales, desde la perspectiva de su cultura política basado en una concepción particular de la “cosa pública”. Esta concepción incidirá en la manera en que se preserve y fortalezca la institucionalidad democrática.

 

El supuesto del que se parte en el trabajo es que: la debilidad de las instituciones representativas, en las democracias americanas, está dado en el principio de patrimonialidad con las que se administra la cosa pública. Cuestión que incide directamente en las posibilidades de desarrollo nacional, lo cual termina por pauperizar a las poblaciones y torna vulnerable al sistema democrático. En un estadio avanzado, esto conduce al malestar social, su fragmentación y el surgimiento de los conflictos violentos. Su consecuencia final es el debilitamiento de la capacidad estatal para mantener los mínimos estándares de estabilidad y seguridad interna amenazando, subsecuentemente, la estabilidad y seguridad regional.

 

Los golpes de estado por rebeliones populares en  Haití, Argentina, Ecuador, Bolivia,  nos pone ante el imperativo de hacer un análisis profundo de las bases de la institucionalidad transcurrido 20 años del retorno a la democracia. La corrupción y el dispendio de recursos públicos, la instalación de una verdadera casta política que se ha beneficiado de la cosa pública desde hace años, han ocultado, tras la máscara formal de democracia,  prósperos negocios en medio de masas empobrecidas. Esto no sólo no ha fortalecido el sistema democrático, tantas veces prometido,  sino que ha profundizado el deterioro moral y material de las sociedades.

 

El objetivo, entonces, es pensar en las posibilidades de salida del malestar político, social y económico de los países de la región ante la posibilidad cierta de tener “ agujeros negros”, producto de estados fallidos, cuyas consecuencias derramaran en el resto de la región llevando inestabilidad.

 

ALGUNAS LECCIONES NO APRENDIDAS

Las preocupaciones por la falta de arraigo de las instituciones democráticas, en varios países del Continente Americano, no surgen el las últimas décadas. En su análisis sobre la Democracia en América, Alexis de Tocqueville hacía referencia a las diferencias de comportamiento institucional por parte de los pueblos del Nuevo Mundo. Precisamente le llamaba la atención las disímiles maneras en que desarrollaban su institucionalidad democrática.

 

Todos los pueblos de América tienen un estado social democrático. Sin embargo, las instituciones democráticas no se sostienen sino entre los angloamericanos. Los españoles de América del Sur, tan favorecidos por la naturaleza física como los angloamericanos, no pueden soportar la república democrática. México, que ha adoptado la constitución de Estados Unidos, tampoco. Los angloamericanos del Oeste la soportan con más dificultad que las del Este.[1]

 

Aducía que el mantenimiento de las instituciones democráticas estaba basado en las leyes y las costumbres más que en las causas físicas y la dotación de recursos.

 

Si las colonias americanas fueron fundadas con criterios similares, por hombres iguales entre si o que llegaron a serlo al habitarlas, sin generar una aristocracia como la europea, por qué las instituciones democráticas crecieron y se consolidaron en EE.UU. ?

Si los enormes espacios y los ingentes recursos naturales podían consolidar sociedades prósperas, democráticas y libres, por qué América del Sur fue escenario de guerras interestatales o guerras civiles que debilitaron sus instituciones reiteradamente, sumiendo a gran parte de sus pueblos en la miseria y la ignorancia?

 

Percibo en otros pueblos de América las mismas condiciones de prosperidad que entre los angloamericanos, menos sus leyes y sus costumbres; esos pueblos son paupérrimos. Las leyes y las costumbres de los angloamericanos forman, pues, la razón especial de su grandeza y la causa predominante que yo busco .

Estoy lejos de pretender que haya una bondad absoluta en las leyes norteamericanas. No creo que sean aplicables a todos los pueblos democráticos y, entre ellas, hay algunas, que, en los Estados Unidos mismos, me parecen peligrosas .[2]

Pero, sostenía el autor, las leyes eran  sólo una parte de la respuesta. Esas mismas leyes habían sido copiadas por México, país vecino y en similares condiciones físicas para desarrollarse, y no habían logrado enraizar y ser el marco del desarrollo del país.

La respuesta completa, Tocqueville, la encontraba en la costumbre:

 

Son particularmente las costumbres las que hacen a los americanos de Estados Unidos, los únicos entre todos los americanos capaces de soportar el imperio de la democracia ...[3]

 

Con todos los defectos que puede tener la sociedad norteamericana, logró a tiempo conformar una sociedad ajustada a la ley y a sus instituciones, evitando el camino de la anarquía y de las dictaduras. El Estado norteamericano debió crear una nación uniendo numerosas nacionalidades provenientes de diferentes partes del globo. La inmigración que le dio sustento, luego de la consolidación territorial, encontró un orden político basado en la ley y en el respeto a la conformación republicana de división de poderes y control

 

En orden a lo antedicho, la idea de la ley como valor fundamental para la convivencia social perece nuclear en el análisis de Tocqueville.

 

Si históricamente los regímenes puros, según los clásicos, se sustentaron en principios: la monarquía en el honor y la república en la virtud, podemos señalar que la sociedad democrática tiene su principio en la  obediencia de la ley y el respeto al mandato ciudadano.

 

No hay que tomar la idea de Montesquieu en el sentido estricto. Lo que quiso decir ese gran hombre es que las repúblicas sólo podían subsistir por la acción de las sociedades sobre sí mismas. Lo que él entiende por virtud, es el poder moral que ejerce cada individuo sobre sí mismo y que le impide violar los derechos de los demás. Cuando el triunfo del hombre sobre esas tentaciones es el resultado de lo débil de la tentación, o de sus cálculos de interés personal, no constituye virtud a los ojos de los moralistas, pero entra en la idea de Montesquieu, que habla del efecto mucho más que de su causa. No es que en Estados Unidos la virtud sea grande sino que la tentación es pequeña, sino que el interés es bien entendido, lo que viene a ser lo mismo. Por tanto Montesquieu tenía razón, aunque hablara de la virtud antigua, y lo que dice de los griegos y de los romanos se aplica aún mejor a los norteamericanos.

 

Es posible, siguiendo el pensamiento de Tocqueville, que la costumbre arrastre el análisis hacia el origen mismo de las sociedades de tal suerte que se pueda allí, buscar la respuesta a la pregunta de por qué las instituciones democráticas prenden en un país y en otros no, siendo ellos parte de un mismo continente.

 

Sabido es que los colonos ingleses buscaron el América un destino que se les negaba en su país de origen. Su empresa colonizadora estuvo motivada por razones religiosas, políticas y económicas. Su pacto social estuvo fuertemente orientado por cuestiones de índole religiosas toda vez que llegaron a las tierras americanas para escapar de la ortodoxia religiosa vigente en la madre patria. Su idea fuerza: la libertad religiosa.

 

En el caso de la conquista española la empresa se basó en la extensión de la religión al nuevo continente, la idea de la libertad religiosa estuvo ausente. La evangelización y la incorporación de los nativos a la fe de la Corona española fue el gran desafío luego de la Reconquista española con el desalojo de los árabes de la Península.

 

La conquista inglesa corrió por cuenta de los conquistadores, por lo que se constituía en verdaderas empresas de carácter privado. El español venía bajo el signo de la cruz y la espada y la Corona era su mandatario por lo que su empresa era de orden imperial.

 

La construcción del pacto social angloamericano fue un acto de creación propia y, como sostiene Tocqueville, la construcción de su institucionalidad política surgió del propio genio norteamericano nacido de las trece colonias insertas en un enorme territorio a conquistar en base a propias fuerzas. Es probable que la empresa de construir un país de la nada haya sido, para el ciudadano norteamericano, la epopeya del hombre moderno encarnado en los Padres Fundadores. El sentido práctico de la vida lo llevó a resolver los problemas a medida que se presentaban sin las grandes obsesiones teóricas que motivaron las revoluciones continental europeas y las ideologías subyacentes. Algo de esa herencia europea quedó en los pueblos de América Ibérica y nutrieron largamente los debates y las corrientes de pensamiento sobre la construcción de estas naciones.

 

La construcción institucional iberoamericana estuvo nutrida por  el pensamiento francés, inglés y norteamericano, pero sobre una base político- cultural que no pudo evolucionar hacia la modernidad republicana con nuevas instituciones, acorde con las características propias, emergentes del proceso independentista. Entre los efectos más notorios de la falta de verdaderas instituciones representativas y de división de poderes, como principio básico republicano, puede encontrase en los grandes escándalos sobre el manejo de los recursos públicos que impregnan las historias nacionales post coloniales. Con el tiempo se profundizaron esos vicios, a pesar de los discursos formales de la calidad republicana que impregnaban sus cartas magnas. Esta actitud terminó por distorsionar y tergiversar los principios que decían sustentar. Si la existencia del respeto a la ley y a la división de poderes fueron fuente vigorosa de consolidación institucional en los Estados Unidos, la ausencia de las mismas hicieron frágiles las bases de la institucionalidad en el resto de América. 

 

USO Y ABUSO DE LOS RECURSOS PUBLICOS

Ahora bien, por qué,  a pesar de la heterogeneidad de ese gran bloque denominado América Latina, existe una suerte de matriz básica que impregna su cultura política, reactiva a la estabilidad democrática y terreno fértil para las interrupciones institucionales y las rebeliones populares son una manifestación, que no hacen más que reiterar ese “ malestar de las democracias americanas”.

 

Varios autores emparentan esta situación con las raíces de la construcción de los estados. La administración colonial española y portuguesa se centró en el concepto patrimonial del monopolio estatal, denominado por Weber como mercantilismo del régimen de dominación patrimonial, caracterizado por el monopolio lucrativo del comercio,. En cuanto a la ley, los principios de justicia no eran el de la legalidad o ilegalidad sino el de la severidad o su benevolencia, es decir una actitud discrecional de la autoridad real.

 

La idea de patrimonialidad de Max Weber, se refleja en la concepción española de que, ayudados por sus servidores, los dominios americanos son una extensión de la casa real. Como sostiene Maquiavelo

 

Todos los reinos de que se guarda memoria, han sido gobernados de dos maneras diversas: o por un príncipe y sus esclavos y criados, los cuales le ayudan a regir el reino por su gracia y permiso; o por un príncipe y sus barones, los cuales deben su rango no a la gracia del soberano, sino a la antigüedad de su sangre[4]

 

En el régimen patrimonial el centro de la autoridad política es la voluntad omnímoda del príncipe. Este debe velar para evitar el crecimiento excesivo de una aristocracia independiente. Es por ello que en el periodo colonial, el poder central de la metrópoli siempre tuvo recelos de los sectores criollos y aún de sus propios enviados, de tal suerte que las autoridades virreinales duraban el tiempo que fuera la voluntad del rey.

 

La idea patrimonial de la autoridad pasó a los gobiernos independientes, en los países americanos, impregnando las mismísimas estructuras institucionales. Con el tiempo los resultados se tornan más dramáticamente visibles,  en las dos décadas de vigencia de los sistemas democráticos, en varios de los países de América Latina.

 

La idea de que la cosa pública pertenece a los contribuyentes, y el gobernante es su administrador por un tiempo, hace que la  vigencia de la ley y el control funcional del poder opere en una suerte de beneficio colectivo. Esto hizo que la independencia norteamericana y la construcción del estado fuera una suerte de continuidad- cambio casi natural. La expansión, la incorporación territorial y la consolidación del estado nacional contrasta con la permanente vulnerabilidad de los estados nacionales del resto del Continente.

 

Concebida la cosa pública como materia exclusiva del gobernante, éste dispone arbitrariamente de su destino y ajusta la ley a las necesidades del momento. Como existe un sistema formal democrático para la elección de autoridades, los procedimientos requieren de mayorías promovidas de tiempo en tiempo, con la calidad de soberanía popular. Pero en países donde la pobreza y el analfabetismo reina la voluntad del soberano puede ser manipulada. Así, los recursos del Estado se tornan indispensables para el canje por votos, estableciéndose, bajo diversas formas instituidas de asistencialismo, las vinculaciones clientelisticas entre el gobernante y las masas desposeídas. La ausencia de transparencia, el debilitamiento o anulación de controles y el despego de la norma hace el resto: la multiplicación de la corrupción sin distingos entre lo público y lo privado, el mantenimiento de la pauperización social  son los cotos de caza de los “cazadores de votos”. La acción depredadora torna endebles bases institucionales de los estados. Esto concluye con periódicos coup d` ètat y rebeliones populares que, tras el grito inicial de que se vayan todos, tienen un corto momento de ilusión creyendo que han ejercido su soberanía directa derrocando al gobernante de turno. Pero es sòlo un reflejo del realismo mágico americano. Al día siguiente se cae en la cuenta  que todos han regresado para ocupar nuevamente las distintas instancias gubernamentales.

 

En la presente realidad histórica las sociedades se han vuelto más complejas y heterogéneas con demandas siempre numerosas y urgentes. La globalización comunicacional y económica ha perforado las fronteras y las crisis intraestatales siguen la dinámica de los efectos dominó. La era planetaria no acepta vacíos de poder y las urgencias ciudadanas se tornan aguas turbulentas si no hay diques institucionales que encausen los conflictos y articulen intereses. Los estados nacionales con instituciones sólidas pueden responder a dichas demandas y mantener la paz social o, por el contrario, frente a estados incapaces de suministrar los bienes necesarios, las poblaciones se rebelan y, a través de la violencia, enfrentan a gobiernos elegidos por la soberanía popular y los destituyen.

 

Pero, puede suceder que, bajo promesas populistas la ciudadanía opte por los “hombres fuertes” o caudillos predestinados, a los que muchas veces las sociedades en crisis prefieren como salvadores de la situación: mejor la dictadura que la anarquía. A poco de llegar al gobierno a los mandatarios se les caen  las máscaras democráticas, con las que accedieron, e instalan regímenes despóticos

El despotismo, que por naturaleza es tímido, ve en el aislamiento de los hombres la garantía más segura de su propia duración y procura aislarlos por cuantos medios están a su alcance... un déspota perdona fácilmente a los gobernados que los quieran, con tal que ellos no se quieran entre sí, no les exijan su asistencia para conducir el Estado y se contentan con que no aspiren a dirigirlos ellos mismos..[5]

 

La división de la sociedad entre los buenos y los malos, entre nosotros y los otros, en definitiva: entre amigos y  enemigos, se ha constituido en la práctica constante de los déspotas. Esto les permite movilizar las energías de las masas adictas detrás de grandes slogans, apelando a cuestiones emotivas irracionales y mantenerlas en estado de constante “ vigilia” frente a un enemigo corporizado en algún grupo determinado de la sociedad: la oposición, la oligarquía, etc.

 

Su fidelidad se logra a través de dos maneras: a) la captación simbólica, apelando a sentimientos de nacionalidad y asignando responsables de sus frustraciones en enemigos internos o externos, y b) mediante dádivas materiales traducidas en una amplia gama de subsidios, prebendas y planes asistenciales sostenidas por los contribuyentes cuyas cargas impositivas terminan siendo confiscatorias.

 

Pero llega el momento en que la realidad impone sus leyes y los discursos vacíos, los engaños sistemáticos dejan de tener efecto mostrando la verdadera cara de la crisis. Las sociedades, ya profundamente fragmentadas, se tornan sectores con intereses enfrentados, aparecen las movilizaciones y la violencia escala en espiral, superadas las vallas de contención, establecidas por la ley y sus organismos ejecutores, caen bajo la picota de la fuerza y arrastra tras de sí los últimos restos de la institucionalidad republicana.

 

CONCLUSION

Nos preguntamos entonces: pueden las instituciones representativas democráticas prender en pueblos con grandes masas de analfabetos, sumidos en la pobreza estructural y regidos por sectores dirigenciales que, bajo recetas populistas, mantienen en miserables condiciones a su “ clientela cautiva”.

 

Puede un pueblo miserable decidir su destino cuando en cada elección vota a un candidato que le ha “ comprado el voto” por dádivas ofensivas a su dignidad o, en caso contrario, con grandes promesas a futuro que sabe, a ciencia cierta, que no cumplirá.

 

La cuestión es, entonces, reconocer que hay algo endógeno en nuestras sociedades que impide un desarrollo institucional democrático, que no obedece a la maldición de los dioses ni a los misteriosos complots de un poder extraño, y que hipoteca el futuro de varias generaciones.

 

Parte los graves problemas tienen su origen en la tradición autocrática vinculada con la concepción patrimonialista de la cosa pública. A esto se ha sumado con enorme poder destructivo, las nuevas formas de corrupción pública y privada como la vía de drenaje permanente de los recursos públicos por el que drenan también todo vestigio de legalidad e institucionalidad.

 

La pregunta es desafiante y la respuesta no puede tardar ¿ Se podrá salvar del fracaso a los estados americanos en situación de riesgo?.

 

Creemos que es a través de un pacto social, que permita articular el régimen político, las instituciones representativas y la infraestructura  política, social y económica, que se podrá superar el grave trance que viven diversos países americanos.

 

Pero esta es una decisión política que requiere de la voluntad ciudadana. Como sostenía Reymond Aron: el subsistema político, influido por todos los demás subsistemas, tiene sus propias leyes de funcionamiento y de desarrollo. Este a su vez influye sobre los demás porque él, a través  de la toma de decisiones, se orienta hacia el logro de los objetivos de la sociedad.


 

[1] Alexis de Tocqueville: Democracia en América.1957 FCE pp 302

[2] Alexis de Tocqueville: Democracia en América.1957 FCE pp 303

[3] Alexis de Tocqueville: Democracia en América.1957 FCE pp 304

[4] El Principe, cap. IV

[5] Alexis de Tocqueville: Democracia en América.1957 FCE pp 469

 

 


 

 

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