¿EXISTE UN LIBERALISMO NACIONAL Y POPULAR?

Junio 2005
Por CLAUDIO CHAVES

He leído con agrado y cierto placer un artículo de Buela publicado en internet titulado HISTORIA Y MEMORIA NACIONAL EN ARGENTINA.


Comento que soy un habitual y entusiasta lector de Alberto a quién ultimadamente he felicitado por otro, también de su autoría, acerca de la sexualidad y la fecundidad, una página bella, valiosa y cargada de humanidad.


En esta oportunidad me dispongo a escribir y de algún modo contestar ciertas opiniones de Alberto que evalúo antiguas y por lo mismo desgastadas, acerca de nuestra historia y sus investigadores.


Y vamos de lleno al problema


Al comienzo de su artículo asevera “que la existencia de las memorias nacionales se encuentran intrínsicamente vinculadas con la existencia de los pueblos, porque el pueblo es el sujeto de esas memorias” afirmación correcta que nadie discute y menos yo; sin embargo aquí tropezamos con la primera antigualla puesto que al enunciarla supone que algún historiador cae en semejante dislate. Ningún cientista social que se precie de tal, cualesquiera sea su ideología, “niega la existencia de los pueblos” de manera que esta es una frase hecha, una chicana, que desluce, de arranque no más, los argumentos de Alberto. Desafío al autor a que nombre un solo historiador, uno sólo, que reniegue de la fuerza de los pueblos en la construcción y realización de la historia. No existe, al menos en nuestro país.


Lo que sí puede ocurrir es que se tenga una distinta percepción del pueblo, pero eso es otra cosa.


Reconociéndole esta virtud a todas las corrientes historiográficas el debate debe centrarse en otros aspectos.


Inmediatamente Buela nos dice que en el tratamiento de la historia argentina pueden distinguirse grosso modo cuatro grandes corrientes historiográficas: la liberal u oficial, la revisionista o rosista, la liberal de izquierda o universitaria y la izquierda nacional o sincretista.
Sobre estas cuatro miradas se pregunta ¿que grado de responsabilidad tienen en la constitución de la memoria nacional de nuestro pueblo? Y comienzan las respuestas.


A la liberal le atribuye el mote de “oficial” señalando como fundadores de esta corriente a Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López en el siglo XIX, y en el XX a la Academia Nacional de la Historia con Ricardo Levene y adláteres.


El mote de “oficial”, hoy un tanto alicaído, supone, incorpora, implica en el imaginario cultural de los argentinos los peores defectos de un intelectual que se precie, a saber: tergiversación histórica, justificación de la injusticia social, mezquindad para con las mayorías, menguado patriotismo, entrega del patrimonio nacional, desprecio por lo popular, etc.


Esta concepción forjada, a su turno, por el revisionismo le era atribuida a los grupos de poder oligárquicos de entonces (fines del siglo XIX), los constructores de la Argentina del 80’ y hasta el día de hoy perdura como baldón.


Como consejo personal le recomendaría a Alberto abandonar ya esta definición que hoy está en boca de cuanto “pabote” remixado merodea el campo de la historia. Pigna, uno de ellos, repite al infinito este esquema vetusto, encargándose de distribuirlo, a la tilinguería mundana, la Rock and Pop y radio Mitre. ¡Alberto no te veo en esos ámbitos!


¿Cuál es, en consecuencia, hoy la “historia oficial”? ¿A que hacemos referencia cuando la mentamos? O como dice la canción ¿de qué hablamos cuando hablamos de “historia oficial”¡He aquí una buena pregunta!


¿Acaso será la que se construyó en el período agro exportador de 1860-1930 (Mitre y López) o podríamos aludir a la que se gestó en el período de sustitución de importaciones -el revisionismo- que valoraba como nacional y popular, tan sólo, a la Argentina industrial? ¿Cuál expresa mejor, hoy, las nuevas realidades? ¿Cuál abre caminos? ¿Cuál perfila horizontes? ¿Cuál interpreta acabadamente las necesidades populares?
¿Cuál consolida el statu quo y cual promueve el cambio?


¿Cree realmente Alberto Buela que el revisionismo histórico, exponente lúcido de la argentina de 1930-1976, de mercados autocentrados, sustitución de importaciones y justicia social en la patria chica, correlato en la Argentina de los nacionalismos de moda en el mundo, es en la actualidad la mejor línea interpretativa a seguir? ¿Lo que fue útil para el 30 y el 40 es necesariamente apto para el 2005? Y siguen los interrogantes.


¿Es posible recurrir al revisionismo histórico, en su condición de nacional y popular de otrora, para justificar la más grande transferencia económica social de nuestra historia como fue la devaluación de Duhalde. Y toda esa transferencia para promover nuevamente la Argentina sustitutiva. Ignora Alberto que la devaluación del 2002 fue peor que la que realizó la Revolución Libertadora, Pinedo en el 63 y Rodrigo en el 75?


No afirmo que Buela defienda la devaluación sólo digo que el revisionismo histórico rosista de la etapa sustitutiva hoy no sirve más, excepto que esté convencido de las bondades del modelo Lavagna y pretenda justificarlas apelando al viejo revisionismo, que ha dejado de ser fulgurante y luminoso. Ya no es una línea interpretativa que contribuya a esclarecer el presente. Ni siquiera expresa la memoria actualizada de los pueblos. Expresa sí el más alto nivel de conciencia histórica de una etapa, hoy superada.


El revisionismo contribuyó a construir el imaginario de una época, fue la historiografía de punta de la Argentina sustitutiva en un mundo cerrado y hermético. Esa Argentina se agotó en el 76’ y hoy no existe más. Por dos razones, porque el mundo ya no lo admite y porque el golpe del 76 definió a favor de los sectores agro exportadores el conflicto latente en el modelo sustitutivo. ¡Se acabó!


El intento de retornar a él por parte de Duhalde y Kirchner lo único que logra es agravar la desigualdad social, transfiriendo recursos de los sectores populares mayoritarios a los más altos y exclusivos vinculados a la economía mundial con un dólar tres a uno.

Párrafos más adelante, Buela, insiste en sus críticas y le atribuye a la historiografía liberal una mentalidad colonizada por la cultura anglo-francesa. Aquí nos detendremos un instante, tamaña acusación amerita profundizar la propuesta.


Sospecho que Alberto comulga con la idea, muy nacionalista, de que después de Rosas no hubo nada bueno ni recomendable en el país hasta el surgimiento de Perón, en una palabra durante cien años no valió la pena ser argentino. Este vacío popular de un siglo no es serio y menos, creíble. Por otro lado esta corriente historiográfica jamás explicó, en caso de que esto fuera así, lo que no creo, porqué el pueblo desapareció durante cien años de las páginas de la historia.


Pasa que Alberto adhiere a la idea, tan difundida en la intelectualidad argentina, de que el conflicto del siglo XIX fue el que se desarrolló entre unitarios y federales. Razón por la que al identificarse, por naturaleza, con los sectores populares abrazó la causa del federalismo – de haber sido el conflicto, como él y tantos creen, yo haría lo mismo.


En ese entendimiento proclamó su amor a Rosas jefe indiscutido del pueblo bonaerense e incubó su empecinado resquemor al unitarismo europeizante. Mitre y López dos antirosistas recalcitrantes son para la escuela rosista el emblema de la antipatria.


Bajo esta línea interpretativa todos aquellos historiadores que se atrevieron a investigar y revalorizar el rosismo conforman la galería de prohombres como también los primeros revisionistas históricos. Este esquema encierra una trampa insalvable y es que el paradigma unitarios versus federales es falso, apenas explica conflictos provinciales, jamás nacionales.


Corrientes historiográficas variopintas se enfrentaron durante largos años a propósito de una falacia o un equívoco: unitarios y federales, Rosas o Rivadavia, Lavalle o Dorrego y de este modo invitarnos a repartir nuestras simpatías u odios entre personajes de Buenos Aires, dejando fuera a la inmensa mayoría de los argentinos como eran los provincianos. La labilidad de la propuesta no resiste el análisis.


Frente a tanta confusión concurro a la sabiduría de uno de los más grandes pensadores políticos del siglo XIX que ha iluminado talentosamente el cuadro de situación:


“No son dos partidos, son dos países; no son los unitarios y federales, son Buenos Aires y las Provincias. Es una división de geografía, no de personas; es local, no política. Con razón cuando se averigua quienes son los unitarios y federales y dónde están, nadie los encuentra; y convienen todos en que esos partidos no existen hoy; lo que si existe a la vista de todos, es Buenos Aires y las Provincias, alimentando a Buenos Aires"
[1]


He aquí expuesta de manera clara y directa una visión que no puedo decir novedosa en virtud que estamos citando un libro escrito en 1857, pero sí inteligente y perspicaz, apartada de la visual sin más trámite que la negación o el desconocimiento.


Ahondando esta línea argumental podemos afirmar, junto a Alberdi, que por un lado se hallaban los porteños con sus líderes políticos más destacados Rivadavia, Dorrego, Rosas o Mitre (federales o unitarios lo mismo da) distintas caras de una misma moneda: Buenos Aires; enfrentando a los provincianos como Artigas, Güemes, Bustos, Paz, o el General Urquiza (unitarios o federales indistintamente).


Interpretar nuestro pasado de una u otra forma naturalmente, no es aséptico, inodoro e incoloro, por el contrario, modifica el resultado final y trae consecuencias para la comprensión del siglo XX.


Otro hombre del interior, en este caso poeta y político entrerriano escribió en la década del 60 del siglo XIX un interesante opúsculo para apuntalar la candidatura de Urquiza a las elecciones de 1867. En su trabajo se percibe la influencia de Alberdi y profundiza los aspectos políticos del conflicto, especialmente con sus opiniones sobre Rivadavia, político sobre el cual Alberdi guardaba cierta consideración y el autor citado ninguna:
"Rivadavia ha sido el ídolo del partido localista. En su nombre y en su servicio, creo las instituciones de aislamiento, que sirvieron al despotismo de Rosas, y que en la mano de la mazorca fueron el hacha destructora de las vidas y de las libertades del pueblo.


Luego vino Pavón, que sólo fue un cambio de hombres y la restauración del ascendiente perdido después de Caseros, la ruina y el desquicio para las provincias, la riqueza y el poder para Buenos Aires.


La misma política de todos los tiempos aciagos de la República.


Rivadavia, Dorrego, Rosas y Mitre han sido sus instrumentos.
¡Política sin entrañas! ¡Política fría y egoísta como un cálculo, tenebrosa y encarnizada como una venganza, árida y sombría como una duda, yo te maldigo!”
[2]


Así las cosas, la fractura entre unitarios y federales como abismo nacional jamás existió, fue una trampa urdida por los principales jefes porteños para no discutir la esencia del problema.


Rosas afirmaba pícaramente:
“Todos dicen que soy federal y me río”
[3] ¡Cómo no se iba a reír! este porteño astuto, si lo que lograba era desviar el eje del problema ocultando la raíz de los males: su porteñismo.


El Brigadier Pedro Ferré, Gobernador de Corrientes y heredero intelectual del artiguismo, observaba del siguiente modo el problema:
“Rosas hizo reunir a los sujetos de predicamento y les habló categóricamente en estos términos: veinte años de experiencia debe convencernos que no es posible conseguir la dominación de las provincias como conviene a la nuestra. Ellas se han resistido con éxito y lo harán siempre favorecidas de su localidad y en el entusiasmo con que sus masas han aprendido el sistema de federación. Si vosotros me aseguráis vuestra firma cooperación, propondré un plan cuyo resultado llenará el objeto porque combatimos. Es preciso que en lo sucesivo finjamos haber variado de sistema, declarándonos federales. Nuestros pasos, nuestras acciones, y todo cuanto exteriormente puede tener visos de federación, debemos emplear para merecer la confianza de los pueblos. Procuraremos con nuestros recursos ganar los hombres de más prestigio en las provincias para introducir nuestra influencia en todas: daremos el tiempo necesario para consolidar su confianza, procuraremos desunirlas y dividir la opinión entre ellas; les haremos sentir su pobreza, y nuestra protección en este caso les demostrará que no pueden existir sin nosotros”
[4]


Más allá de que lo narrado ocurriera tal como nos lo cuenta el Gobernador de Corrientes -es extraña esta confidencia pública de Rosas, revela cierta torpeza no creíble en él, su astucia lo hacía ser más reservado-, digo, más allá de esto, lo que aparece es el pensamiento de otro provinciano que considera intercambiable y funcional la palabra federalismo, esta laxitud terminológica, utilizable bajo cualquier circunstancia, hace sospechosa a la federación, como concepto y categoría.


Y un poco más adelante el correntino asevera:
“Es preciso conocer el valor de la palabra provinciano entre nosotros. Permítaseme explicarla para que sirva de advertencia al que componga un diccionario argentino. La voz provinciano o provinciana se aplica en Buenos Aires a todo aquel o aquella natural de nuestra República que no ha nacido en Buenos Aires. De poco tiempo a esta parte he observado que los naturales de Buenos Aires se llaman ellos exclusivamente argentinos”
[5]


He aquí la naturaleza de nuestros males.
¿Entonces unitarios y federales expresa lo mismo que provincianos y porteños? Como salir de este atolladero que, aseguro, no es menor a los fines de comprender nuestra historia y sus eventuales consecuencias.
El General Paz, “unitario” cordobés que enfrentó a Buenos Aires y a Rosas para alcanzar la organización nacional desde el interior (de haberlo logrado el país se hubiera constituido con Córdoba como eje y veinte años antes que Urquiza) al hablarnos de este problema, apuntaba:
"Puede ser útil saber que la amplia facción dentro de la República que incluye al partido Federal, no luchaba solamente por una mera forma de gobierno, puesto que otros intereses y otras creencias se unieron en su victoria. Primero estaba el conflicto entre la parte más esclarecida de la población y la más ignorante. Segundo, la gente del campo se oponía a la gente de la ciudad. Tercero la población común quería conseguir superioridad sobre la clase alta. Cuarto las provincias celosas del dominio de la capital, querían bajar la ciudad a su propio nivel. Quinto, actitudes democráticas se oponían a los puntos de vista aristocráticos e inclusive monárquicos. Todas esta pasiones, todos estos elementos de disolución y anarquía fueron encendidos por una violencia terrible y prepararon el camino para la conflagración."
[6]


De esta lectura podemos conjeturar que el problema entre unitarios y federales fue en primer lugar un problema estrictamente social. Para decirlo de una manera directa, un enfrentamiento entre ricos y pobres, entre la ciudad y el campo, (por aquellos años la población rural era el 90% y la urbana sólo el 10% restante). Arraigado el federalismo en la ruralidad, su gente sumaba la inmensa mayoría de la población, se entiende, entonces, la inteligente aseveración de Paz al atribuir a este sector la guarda del espíritu democrático en contraposición al aristocratismo monarquizante de los unitarios urbanos. La ciudad de Buenos Aires conflagraba con su ruralidad, la de Córdoba con la suya, la de Salta con la suya y así en todas las provincias.


“La ciudad y el campo, dos realidades distintas, dos mundos controvertidos y la conflictividad propia de la convivencia cotidiana.
El enfrentamiento entre unitarios y federales encerraba, entonces, el secreto de la lucha de clases y la complejidad social llevada a la exacerbación, pero en el marco estrecho y reducido de la provincia. Disputaban el poder político lugareño, provincial y no lograban construir una firme alianza nacional, sencillamente porque no había Nación”.
[7]  


En lo que a Buenos Aires atañe fue Rosas el gran caudillo popular pero dentro de los límites específicos de su provincia, más allá del Arroyo del Medio su figura se desvanecía en el afecto y la consideración popular, su condición de porteño le jugaba en contra. En el caso de Rivadavia y Lavalle, para nombrar sólo dos figuras expectables del unitarismo porteño, su popularidad alcanzaba los lindes estrechos de la ciudad, a extramuros sólo florecía la desconfianza y el desprecio.


Este fenómeno se repetía en cada una de las provincias argentinas entre los sectores urbanos y las masas rurales.

Este ha sido el primer revisionismo importante y trascendente, el que construyeron liberales nacionales y populares como Alberdi, Ferré, Andrade. A los nacionalistas se les ha escapado, en su odio ciego al liberalismo, que en esta corriente de pensamiento también hubo patriotas populares y no colonizados elitistas. Buela debería aceptar que así como hay una izquierda nacional también hay un liberalismo nacional y popular y otro antinacional y elitista. Y aceptar también que dentro del nacionalismo ha habido pensadores antinacionales y antipopulares como por ejemplo los hermanos Irazusta y el primer Ernesto Palacio, junto a los que escribían en el diario La República o La Fronda.


Finalmente no es cierto que sólo la revisionista o la izquierda nacional se hallen vinculadas a la memoria de nuestro pueblo porque rescatan la génesis de nuestra nación tres siglos antes que 1810.


Alberto debería leer a Alberdi, a Andrade a José Hernandez, al mismísimo Ricardo Levene que invitó a Perón a escribir en la Academia Nacional de la Historia, a J. Perez Amuchastegui y porqué no al general Sarobe, dilecto amigo del General Justo y maestro del General Perón.
[8]


Queda para otra oportunidad ampliar temas que por razones de espacio y tiempo han quedado fuera de este reducido trabajo.

 

[1] Alberdi, Juan B.: Grandes y pequeños hombres del Plata. Ed. Plus Ultra Bs. As. 1973. Pag. 32

[2] Andrade, Olegario V.: Las Dos Políticas. Ed. Devenir. Bs. As. 1957. Pag.76.

[3] Mayer, Jorge M: Alberdi y su tiempo. Cita del autor. T1. Pag. 99. Biblioteca de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires. Bs As 1973.

[4] Ferré, Pedro: Memorias del Brigadier General Pedro Ferré, octubre de 1821 a diciembre de 1842. Bs. As 1921. Pag. 45.

[5] Ferré, Pedro: Ob. Cit. Pag. 56.

[6] Katra,William: La Generación del 37. Ed. EMECE. Bs. As. 2000. Pag. 29

[7] Chaves, Claudio: Historia Política Argentina en Formación Política. Ed. ICP. Partido Justicialista de La Plata. 2001. Pag. 297

[8] Chaves, Claudio: Un Liberalismo criollo. De Perón a Menem. Ed. Catálogos. Bs. As. 2003.


 

 

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