LA ACCIÓN POLÍTICA COMO FASE AGONAL VS. EL ACUERDO DE CÚPULAS

Julio 2005
Por María Cristina Montenegro


Acabo de dejar en mi mesa de trabajo el cuarto diario de la mañana. La insistencia de los titulares por remitir a una sola cuestión la vida política e institucional de la República, me obliga a recordar las lecciones, no aprendidas por muchos decisores, del pensamiento político de los clásicos. Tanto no se ha aprendido que, ajeno a las demandas de una sociedad aturdida por el maquillaje de una retórica añeja de “ viveza criolla” y “canjes en mesas de comité” , se conforman las listas para el recambio legislativo en el mes de octubre. Esta es la agenda prioritaria del gobierno nacional por estas horas.

El partido gobernante se encuentra disputando una interna sin fin. La situación no es nueva. En las elecciones de 2003, se dio la particular puja de tres facciones de un solo partido político con posibilidades de acceder al poder. Fue la “ muñeca política” del ex presidente Duhalde, enfrentado abiertamente a su enemigo: Carlos Menem, candidato a presidente por una línea interna del PJ, quien llevó a la lista de su facción al que sería a la postre el presidente actual. Esto sin olvidar que una tercera corriente del justicialismo, liderado por Rodríguez Saa, se enfrentó, también, en la contienda electoral. Curiosamente la ciudadanía, en su casi totalidad, participaría en esta virtual interna peronista sin tener, en su mayoría, aparente conciencia de semejante acto.

Hoy, nuevamente la interna del peronismo se instala en la agenda gubernamental paralizando la gestión en una mora de meses advertida desde distintos medios y analistas. Sólo la zaga de Chaban y su inconcluso itinerario por domicilios prestados rompe la ya monótona tarea de los demiurgos políticos por poner, aunque más no sea, el barniz del cúmplase a la demanda del que se vayan todos, a sabiendas de que, en cínica maniobra, nadie se moverá de los lugares expectables. Todo ello asegurado por una maquinaria montada desde hace veintidós años.

Por eso es que esta mañana, fría y gris, de principios de julio, nada, ni el tiempo, da crédito al optimismo. La fe republicana y la ley como reaseguro de continuidad legal y legítima de la convivencia social, se torna impotente ante la farsante manía de maquillar la realidad, en un esfuerzo de marketing para un consumidor desorientado. Ya no la estimulante convocatoria al ciudadano responsable y lúcido: la construcción y el cambio como desafío de lo político, lo agonal como parte de un proyecto superior que se inscribe, coherente, en lo arquitectónico.

Cambiar todo para que nada cambie es el verdadero esfuerzo desplegado al amparo de los ingentes recursos que nutren nuestros impuestos, en dádivas indignas para quienes las otorgan como para quienes la reciben. Maniobras encubiertas por aullidos revolucionarios y con la insana manía de pensar que la “historia comienza cuando nosotros llegamos”.

A la postre, solo perdura el disvalor, la mentira y el engaño como ruinosas prácticas políticas y lo que debiera devenir en soporte y pilar de continuidad: la ley, se desvanece sin remedio ante el arrebato autoritario del caudillo de turno. No tenemos monarquía, como España o Inglaterra, que más allá de objeciones justas o injustas, implican el símbolo de la continuidad en el tiempo a través de su capacidad de simbolizar. Pero tenemos la Constitución y la ley como amparo al desamparo de lo fáctico, siempre complejo y caótico, siempre en continuo devenir heraclitano.

Las revoluciones, tan incontinentes en su prisa, hipócritamente generosa, de proclamar derechos, han violado siempre, hollado y roto, el derecho fundamental del hombre, tan fundamental que es la definición misma de su sustancia: el derecho a la continuidad. La única diferencia radical entre la historia humana y la historia natural es que aquella no puede nunca comenzar de nuevo.[1]

Pero, y esto no lo sabía Ortega y Gasset, el discurso revolucionario del presente argentino no es tal a la luz de las maniobras hechas con total desenfado de cara a quedarse con el poder total. A las pruebas me remito:

El principal distrito, el de la provincia de Buenos Aires, continúa convulsionado y sin que haya un acuerdo entre duahldistas y kirchneristas. Es probable que el arreglo llegue en algún momento, porque Kirchner y Duhalde son como dos boxeadores peso pesado: saben que si van al medio del ring a cambiar golpes se pueden hacer daño mutuamente y no va a ganar ninguno.

Pero, mientras más tarde en llegar el acuerdo, más secuelas va a dejar esa pelea en las instituciones del país. Y si no hay acuerdo, en la provincia de Buenos Aires es donde menos posibilidades tiene Kirchner de lograr más del 50% de los votos que necesita para conseguir la cifra final alta que podría significar, en las elecciones de octubre, un buen resultado del plebiscito de su gestión. En cambio, el PJ unido sí puede superar ese porcentaje.

La lucha en la provincia de Buenos Aires, además de ser por los votos, es para ver si en ese distrito se mantiene el sistema feudal que es dominado por Duhalde. Hoy, un Kirchner muy inteligente, que con la caja presiona a los intendentes, hace trastabillar ese poder feudal. Este es un problema que todavía no se va a resolver.
[2]

Por su parte, el politólogo Uriel Salomón pasa revista a la historia de las internas justicialistas para revisar el presente estado de situación del Partido Justicialista y lo que representa para el gobierno captar las voluntades de los dirigentes de Buenos Aires

Esta reseña histórico-política sirve para introducirnos en el análisis, más allá de las candidaturas, de los efectos de la disputada interna del PJ. En primer lugar, hay que entender que la provincia de Buenos Aires es un distrito clave: aporta 70 diputados a la Cámara Baja y una cantidad de votos considerable. Por ello, no es extraño observar esta necesidad del Presidente de pisar fuertemente en la provincia de Buenos Aires, aun enfrentándose con el hombre que le brindó el camino a la Rosada en 2003. Kirchner piensa y proyecta para 2007: su reelección y seguir construyendo poder a través de sus delfines.

La provincia de Buenos Aires ya cuenta con un antecedente de haber presentado dos listas peronistas. Fue en 1985, cuando la renovación de Cafiero fue por afuera y le ganó al aparato partidario liderado por Herminio Iglesias. Ahora la pelea es mayor, porque no se está jugando sólo una conducción partidaria: con la oposición dispersa y la UCR debilitada, la pelea puertas adentro del PJ se traduce a determinar el futuro del país: la interna es un juego que los peronistas saben jugar porque les es intrínseco.


Mientras el resto del país, domesticado por la simple acción crematística de los “ propietarios de las arcas nacionales”, tiene cerrada las listas a favor del presidente. En varias de sus provincias las elecciones legislativas no plantean dudas sobre la composición futura del Congreso Nacional. La fase agonal, centrada en nombres y orientada por la acumulación del poder, ha perdido de vista el debate de proyectos como subsecuente guía de la fase arquitectónica de la acción política

Leyendo Estudios Políticos de Raymond Aron, se puede reflexionar sobre la particular situación de la vida política argentina, en la hora presente.

Bertrand de Jouvenel sostiene que, en un análisis microscópico de los agregados humanos, el punto de partida para el análisis de la teoría política lo constituye la relación de un individuo con otros y la capacidad que posee un hombre de hacerse obedecer, actuar, combatir a uno o a varios hombres. No se comprende las colectividades si no se estudian las acciones y reacciones entre los individuos.

Es a partir de los planes de acción de los actores como se comprende la política.

La acción del hombre sobre el hombre constituye el primer elemento de toda sociedad y de toda política. Ahora que diferencia la acción política de cualquier otra acción social?

Todo proyecto, cualquiera que sea su naturaleza y siempre que exija el concurso de otros hombres, obliga al promotor a una acción política, pone en juego una técnica de reunión de los concursos, llamada técnica política. Toda acción que no sea individual y material supone un concurso de voluntad política, en su forma, ya que implica un ascendiente del hombre sobre el hombre- hecho elemental de la política- y es política por excelencia cuando la acción “ no tiene otro designio que la formación misma del edificio humano, la acción es entonces política tanto por su forma como por su materia... la acción política es necesariamente acumulativa... Done la acción de agrupar tiene por objeto final la existencia del grupo. Podría definirse la acción política como la actividad constructiva, consolidadora y conservadora de los agregados humanos [3]

El autor reconoce que en toda sociedad compleja el hombre participa de varios agregados pero existe una jerarquía en la participación por lo que se ha subordinado la formación del agregado como meta especifica a condición de que no sean destructores del agregado político, de la polite.[4]

El agregado político no tiene una meta especifica y tiene en sus miembros una unidad de inteligencia y acción. Todos los poderes confrontan con poderes inferiores o externos. La comunidad política, según Max Weber, es aquella cuya acción consiste en que los participes se reservan la dominación ordenada de un ámbito y de la acción de los hombres situados en èl de modo permanente o provisional, teniendo preparada para el caso la fuerza física, normalmente armada. La existencia de una comunidad política no es algo de una vez y para siempre.

Esta perspectiva tiene una lógica diferente para el estudio de otros agregados sociales como es el caso de la acción económica. Esta se caracteriza por la elección de alternativa de bienes destinados a satisfacer necesidades y se someten a la lógica costo- beneficio.

Lo que caracteriza a la cultura política es que la toma de decisiones se hace sobre un universo heterogéneo, de múltiples intereses cruzados pero que como comunidad organizada debe preservar un orden social pacífico y para ese fin detenta el poder.

Abiertas las trincheras en la comunidad y enfrentado los sectores en una espiral de violencia inaugura la anarquía, el peor estado para que un hombre pueda sobrevivir y proyectarse en un destino cierto dentro de una comunidad.

El político está obligado a priorizar la paz social, evitar la disgregación del poder y la instalación de la anarquía. Ahora bien, qué tipo de poder asegura la paz civil?. Indudablemente el poder legitimo, consentido por los ciudadanos y la eficacia de la gestión.

Los regímenes republicanos tienen, como centro ineludible de acción, a la Constitución por lo que el poder es el resultado de una competencia, permanente y organizada, entre partidos que tienen como meta acceder al ejercicio del poder como función transitoria, según lo establecido por la denominada Ley de leyes.

El sistema político implica la diferenciación de órganos y funciones. Es decir, distribuidos entre tres categorías de hombres: funcionarios y administradores, por un lado, políticos elegidos democráticamente, por lo tanto investidos de legitimidad. Ambos sometidos a las mismas leyes que cualquier ciudadano controlados por la tercera categoría de hombres: los jueces. Los tres constituyen el poder estatal.

Ahora bien, cuando esta lógica de la política y del político se pierde aparecen otros fundamentos de la acción, ya no política de mando- obediencia, sino de búsqueda del poder como un fin en sí mismo. No necesariamente a través de acceso con un golpe de estado. Puede hacerse, de hecho es una triste experiencia en varios países de la región, a través del propio sistema electoral y enmascarados en la retórica republicana. El partido político convertido en una “unidad de negocios” actuando en función de acuerdos de cúpula termina definiendo las listas de “candidatos” para los cargos públicos electivos.

Visto desde esta perspectiva, y tomando el concepto de Anthony Downs:
Un partido político es un equipo de individuos que buscan el poder solamente con vistas a gozar de los ingresos, del prestigio y de la fuerza que son inseparables de la dirección del aparato gubernamental... Cualquier agente, sea individuo, partido o coalición privada, se conduce siempre racionalmente. Con ello entiendo que actúa en función de sus fines, dando uso mínimo a sus recursos, y no emprende sino acciones cuyo provecho marginal excede al costo marginal.[5]

Por supuesto que ningún partido, ningún político, confesará que tiene otros objetivos aparte de obtener ingresos, prestigio o poder, mientras que un empresario no tendrá ningún inconveniente de confesar que aspira a maximizar sus ganancias.

Este ejercicio, mimetizado en el formalismo democrático, de la acción política deviene en absolutismo y en la sacralización del gobierno como personificación del estado. Esto a través de la lógica ritual de las manifestaciones multitudinarias apoyadas por la fría maquina del reparto clientelistico de la cosa pública.

Suplantado el concepto de lo político, como ejercicio legitimo del poder para la obtención de la paz y la prosperidad de los ciudadanos, por la mera lucha del poder por el poder en sí mismo, arrastra consigo las posibilidades de la articulación de intereses del heterogéneo social, la garantía de la vigencia de la ley y de la igualdad de todos frente a la misma. Finalmente, se lleva consigo la paz social y la libertad de los miembros de esa comunidad.

Si la sociedad libre es la máxima aspiración del hombre, es la ley y no los hombres quien debe reinar sobre los hombres. Por lo que será necesario limitar en lo posible el gobierno de los hombres por los hombres y aumentar el gobierno de los hombres por la ley. (Hayek)

Esta nevando en las Altas Cumbres y una persistente llovizna cae sobre La Docta a punto de cumplir un nuevo aniversario. Pero los diarios no hablaran demasiado de don Jerónimo Luis sino del cierre de las listas de dos corrientes que nutren, obedientes sin remedio, el mismo afán de un unicato sin retorno. Córdoba la rebelde, por pecado original de desobediencia histórica, en razón de la impronta visionaria de su Fundador se desdibuja en la monotonía gris de esta mañana de invierno tal como la sana pluralidad republicana se torna monocroma en el paisaje del próximo Congreso Nacional.
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[1] Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.
[2] Roberto Bacman, Director del Centro de Estudios de Opinión Pública en La Gaceta de Tucumàn
[3] Raymond Aron citando a Bertrand de Jouvenel: De la Souverainetè
[4] Bertrand de Jouvenel: De la Souverainetè
[5] Raymond Aron citando a Anthony Downs
 

 

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