UNA ENVIDIA QUE FREUD NO PODRIA EXPLICAR. MARIA JULIA ALSOGARAY Y PEREYRA DE OLAZABAL

Julio 2005
Por María Zaldívar
Buenos Aires, 8 de julio, 2005


La Argentina del siglo XX ha servido para dinamitar muchas teorías. Lo que funciona en otras latitudes puede ser perfectamente inútil acá, y viceversa.

Mientras el poder político de los Estados Unidos, por ejemplo, busca reconocimiento y protección jurídica internacional para los soldados norteamericanos que luchan en defensa de la libertad alrededor del mundo, nosotros perseguimos y condenamos a nuestros propios uniformados que vencieron al terrorismo local.

Que la falta de liderazgos resulta una realidad pavorosa, causa y consecuencia simultánea de la degradación pertinaz de la fauna dirigencial que nos conduce en las últimas décadas, hace posible que el teatro de revistas haya iniciado hace ya algún tiempo una mudanza hormiga hacia el escenario no menos mamarrachezco en que se convirtió el Congreso Nacional. Porque, si nos detenemos a reflexionar sobre la función de las cámaras legislativas, nunca como actualmente son su esencia misma: la representación popular.

Con dolor, con vergüenza y desconsuelo, es justo reconocer la legitimidad de Morgado, Artaza, Brandoni, Casán, Vaca Narvaja, Abal Medina, Pitrola y D´Elía; y agrego, hoy son mucho más representativos que Jaim Etcheverry, Favaloro, Alsogaray o Mitre. La izquierda, con esa mirada pesimista que tiene de la vida, suele repetir “la realidad no es ni buena ni mala, lo que no tiene es remedio” y deja maniatada la ilusión del cambio y con ella, el sentido mismo de la existencia humana. Los liberales miran la vida exactamente al revés y dicen: “La realidad puede ser buena o mala, pero lo bueno es que muchas veces tiene remedio” reconociendo al hombre la enorme posibilidad de modificar las cosas.

Así, nadie sino los argentinos hemos sentado esa calaña de representantes en las bancas; nadie sino los argentinos hemos por lo menos permitido a veces y aplaudido otras, la remoción irregular de jueces de la Corte Suprema, la dependencia política del Poder Judicial, la existencia de presos políticos y el periodismo alquilado.

La Argentina berretinera es patrimonio del gran público, que entre una década y la siguiente puede pivotear entre los No Alineados y los socios extra-OTAN sin inmutarse. Puede permitirse un jefe de estado que desconoce una deuda millonaria contraída con el mundo bajo reglas mutuamente aceptadas, que lo hace en nombre del beneficio y la soberanía nacionales, que se jacta de su lenguaje del empuje y que, como corolario de defachatez, mantiene fugados del país más de 600 millones de dólares.

En este escenario, nunca mejor aplicado el término “escenario”, ahora que las cámaras se llenarán de faranduleros del mundo del espectáculo, el liberalismo argentino intenta resurgir en cabeza de Jorge Pereyra de Olazábal. Sin pudor, pues muy probablemente este ingeniero sexagenario desconozca los orígenes del pensamiento político que pretende representar, emerge con la pesada mochila de su menemismo a cuestas e intenta mimetizarse en la alianza neo-peronista-radical de Macri-López Murphy, luego de haber chequeado que las huestes de Patti huyeron ante la sola mención de su extenso y políticamente impresentable apellido.

Hoy, al borde del desconsuelo al ver que las listas se van conformando sin él en uno y otro polo de la mediocridad reinante, sin poder enhebrarse en ninguna, el frustrado aporta lo suyo a la galería de originalidades argentinas: cual manotazo de ahogado, pulveriza la teoría esbozada por Freud y perfeccionada por Melanie Klein sobre la envidia femenina a los atributos del hombre. El liberalismo argentino, cuyo referente contemporáneo no dejará de ser María Julia Alsogaray (detenida o en libertad, retirada de la acción política o en campaña) le niega al pobre Pereyra un lugar en el espacio. Y como esclavo de lo fashion que es, compró aquella “truchada” del marketing político y aprovechando la mesa de saldos que siempre ofrece periodismo en alquiler a precios módicos, intenta acercarse a “Julita” para salir en la foto.

Porque cuando asumió la triste realidad de que las cámaras no lo siguen y los micrófonos no esperan sus respuestas, envidió la popularidad del fantasma. En esta Argentina que impuso por ley la participación femenina en la cosa pública, que debe soportar la letanía feminista de todo lo discriminadas que son las mujeres, un señor paradójicamente liberal según acusa, lucha con la sombra de una mujer por un espacio que probablemente nunca le haya pertenecido. Vergonzosamente patético.

Mientras Pereyra de Olazábal se concentra en deshilachar desprolijamente lo que pudiera quedar en pie de liberalismo en la Argentina, mientras especula con arañar un carguito legislativo que lo cobije por algunos años y le asegure la renta y los fueros, mientras acomete contra su inventora probándole al gran público que está listo para hacer política porque acepta y aplica aquello de que el fin justifica los medios, un populismo preocupante avanza frente a los ojos de quien quiera verlo y se va apoderando de nuestras libertades, de a una.

 

 

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